[Nuevo estilo de baile] «Los perros no sueñan» de Franco Cárcamo

Los animales actúan de una forma que nosotros, los seres humanos, les asignamos una personalidad. En este último «Nuevo estilo de baile» del año, un inédito Franco Cárcamo nos muestra cómo ciertas conductas asimilables a los canes, por muy racionalizadas y consensuadas que sean, pueden ser la cristalización de nuestros instintos más retorcidos.




Lo que más le gustaba al perro era dormir en su jaula. Y no en cualquier jaula, sino en esa que llevaba su nombre. Cuando llegó a la casa, su dueño compró un corral de madera de segunda mano y lo instaló en la mitad del living, dado vuelta, para que pareciera un calabozo. Dentro, un peluche con la forma de un gato y una almohada manchada con su olor, eran su hogar. O eso sintió cuando la puerta improvisada (un forado cortado con serrucho y vuelto a pegar con un par de bisagras), se cerró detrás de él.

«Aquí vas a dormir bien».

Lo sacaron como cada mañana. Ese día hacía calor y los pliegues detrás de sus rodillas se mojaban con el roce. En realidad, el patio de la casa no era más que un rectángulo de cemento con una franja de tierra y un árbol en medio. El sol estallaba en el suelo y le quemaba las patas, pero el perro hizo sus necesidades como siempre: ordenado, feliz de liberar su vejiga después de una noche larga sin poder salir, orgulloso de sentir la mirada de su dueño clavada en su muslo levantado, en su cola, en el chorro que cada vez era más preciso. Mear lo hacía sentir un buen perro. Útil y bien portado como los de casa, esos esenciales para el equilibrio familiar.

Volvieron a la cocina y el animal se sentó junto a su plato.

«Levanta la pata»

El perro obedeció torciendo su cuello para demostrar que escuchaba. Hizo lo que le pidieron y el dueño respondió «así me gusta» con voz ronca. Una descarga sacudió su cola, aunque el plástico se mantuvo en la misma posición. Le gustaba seguir órdenes. Lo hacía sentir realizado, lo que era un tanto falso porque los animales como él no conocían un concepto tan sofisticado. Pero sentía algo como eso: la sangre volviéndose más densa en sus articulaciones, un ligero calor en su frente, las ganas de temblar. Una sonrisa que en el agujero de la máscara nadie podía ver, aunque ahí estaba, estampándole algo parecido a la felicidad.

Su dueño caminó a la cocina y trajo consigo una caja de cereales. La acercó al plato metálico (que nunca se movía de su esquina) y la dejó suspendida en el aire, sin terminar de voltearla. Miró al animal.

«Ahora saca la lengua»

A veces, el perro hacía más de lo que le pedían. Como un regalo se acurrucaba entre los pies y se convertía en un ovillo histérico, como un regalo o un sirviente demasiado animoso. Cuando eso ocurría, cuando el perro chillaba nervioso como una caja musical, su dueño –Master33– lo miraba con ternura, aunque luego se endurecía e irremediablemente su imaginación se iba a otros lugares. Le gustaba pensar, por ejemplo, en la forma desgastada de ese culo. En el músculo abierto sosteniendo la cola de plástico desde quién sabe cuándo. Se demoraba en la imagen, la saboreaba hasta ser capaz de ver la forma de ese agujero: una circunferencia abierta, como una segunda boca pero sin dientes. Un culo demasiado cansado para expulsar ese cuerpo extraño. En eso le gustaba pensar cuando empezaba su jornada, en que el perro lo hacía sentir como todo un hombre.

«¿No vas a decir nada?»

El animal se paró en sus patas traseras y ladró por comida. Dibujó círculos en el suelo y se agitó con fuerza, como queriendo partirse en dos. Hizo un esfuerzo para no alcanzar la caja, porque el trato incluía que él no podía ser más grande que el hombre que le daba de comer. Cuando sus rodillas comenzaron a dolerle sobre la cerámica, volvió al nivel del suelo y usó su cabeza envuelta para acercarle al hombre su plato. Esa era su forma de pedir las cosas por favor.  

El hombre vacío unas zucaritas vencidas sobre el recipiente y dejó caer un chorro de leche. La mezcla se volvió un pegamento, pero el animal la lamió con paciencia, lento, cuidando no derramar. Le gustaba sentir hambre. Su dueño se preparó un café y tres rodajas de pan integral con jamón y lo miró comer desde la mesa. Lo único que se podía escuchar esa mañana era el animal comiendo. Su lengua arrastrando el cereal deshecho, sus labios sorbiendo la leche. Él ya le había dicho que no soportaba el sonido del sorbeteo, pero esa mañana estaba de buen humor.

Otras veces, Master33 miraba al perro y sentía ganas de aplastarlo. Pegarle en el costado de la cabeza y escuchar el chillido rasgando el silencio del living. Le gustaba verlo huir, gateando lento, para después alcanzarlo y hacerlo llorar. A veces, inventaba razones para castigarlo y encerrarlo en un armario y llenarse con esa vibración. Todo para después abrirle la puerta y hacerle cariño, para no tener más remedio que rescatarlo de un daño que solo él le podía producir: rascarle la cabeza, dejar que el animal le lamiera la mano, hasta encontrar una nueva forma de escuchar esos grititos que tanto le calentaban.

Cuando terminó su desayuno, al perro le pusieron su cadena y lo dejaron amarrado al árbol del patio. En la sombra la tierra se sentía fresca. El aire se movía entre sus piernas desnudas, el polvo se le pegaba en el cuerpo, el sol le golpeaba la piel. La cadena que lo agarraba del cuello ni siquiera era tan larga como para llegar a la puerta de la casa y todo eso lo hacía feliz. Exhibirse al cielo lo calentaba, pero luego se sentía tan satisfecho que los ojos se le cerraban y el sol lo hacía dormir. Ese día soñó que él y Master33 iban a la playa.

«Quédate así»

Cuando el dueño volvió de un trabajo que el animal no conocía (pero que parecía importante), le dieron de comer. Esa tarde le sirvieron arroz con carne picada, todo vuelto una pasta oscura. También le cambiaron el agua y le lavaron el plato. Entrada la noche, Master33 puso una película del Viejo Oeste y el perro terminó su día con la cabeza entre sus rodillas, y un par de dedos velludos tirándole las orejas que sobresalían de la máscara. Eso porque era viernes. Cuando el hombre llegaba más cansado, el perro se convertía en un banco para que él apoyara sus pies. Otras veces, olía sus calcetines. Y cuando el animal tenía suerte, culiaban. Master33 lo ponía en cuclillas sobre el sillón mirando el respaldo. Le sacaba la cola cuidadosamente y luego tapaba el hoyo con su verga como si temiera que su cuerpo se fuera a desinflar. Una vez, lo intentaron con la cola y la verga al mismo tiempo, pero fue mucho esfuerzo. Otras veces el dueño se acercaba a la jaula y, entre los barrotes, se asomaba solo lo suficiente para que el animal lo lamiera. Aunque eso solo cuando el perro se portaba bien.

Así pasaba las semanas el animal. Corriendo tras una pelota de plástico que ya tenía marcada las líneas de sus dientes. Lengüeteando la superficie amarga de unas botas cada vez que lo dejaban subirse a la cama. Durmiendo bajo el árbol de limones o relamiendo los restos del plato de comida. Eso hasta el anochecer, cuando era tiempo de volver a su jaula y acurrucarse sobre la almohada celeste que le habían dado como regalo el día de su llegada, cuando establecieron las reglas y la naturaleza de su relación. Los perros debían ser criaturas enérgicas, pero su parte favorita era irse a la cama. Nunca había dormido tan bien como esa primera noche, cuando tuvo que agacharse para acomodar su cuerpo en la celda. Allí estaba seguro, mucho más seguro que en el mundo exterior, donde la gente no sabía cómo tratarlo o lo confundían con otra cosa.

Había buscado mucho tiempo en internet a alguien como Master33. La primera vez, hace años, cuando se hacía llamar Perro_sumiso, invitó a un joven de buzo deportivo a su casa. Cuando el perro lo recibió en cuatro patas en su living, el joven lo pateó en la alfombra y le rompió tres costillas antes de huir.

El segundo lo recibió en su parcela. Y una vez que el perro se vistió como correspondía, se sentó en el suelo junto a ese desconocido para ver televisión. El hombre reprodujo su película favorita, que en realidad era un video de él poniéndose mantequilla de maní en el culo y dejando que su pastor alemán lo lamiera.

El tercero buscaba un compañero. Cuando cayó la noche en su departamento del centro, el dueño lo subió a su cama y durmió junto a él, hecho un bulto, como si también fuera un animal.

«Eras un cachorrito callejero antes de llegar aquí»

Demoró tres años en encontrar a alguien que lo quisiera como él quería. Antes de eso, la mirada de vergüenza que le lanzaban los hombres cada vez que se presentaba ladrando de rodillas no lo dejaban dormir. Cada noche se despertaba por el frío, por un temblor o por culpa de esas pesadillas, en donde uno a uno esos hombres que tanto deseaba, se burlaban de él. Grandes y varoniles, le rompían otro par de huesos o se pellizcaban entre ellos sin dejarlo participar, mirándolo solo de reojo, hasta que el perro los quería tanto que terminaba incendiándose, solo y en silencio. Pero ahora descansaba en su jaula. Ahora por fin soñaba con despertar todas las veces en el mismo cuerpo y en el mismo lugar. Jugar en el patio, mear en el árbol, perseguir la misma pelota y transpirar sobre el cemento bajo el sol. Se quería durmiendo en el regazo de un hombre, ese hombre. Se imaginaba paseando por la calle, con su mano firme sosteniendo el otro extremo de la cadena. Se permitía soñar con un corral más grande, lleno de otros perros como había visto en internet, donde también otros dueños vigilaban desde afuera cómo jugaban los animales. Y cuando tenía otra pesadilla, cuando un antiguo grupo de amigos o familiares llegaban a la puerta de su jaula armados con un traje para llevárselo de vuelta, su dueño, su gran dueño, le acercaba una de sus camisas y el perro volvía a dormir. A soñar con un lugar cálido. Con una alfombra bañada en su olor y con el fuego de una chimenea lamiéndole la piel. Una piel que nunca más necesitaría la ropa.

«Así te quiero ver»

La primera navidad que pasaron juntos, lo hicieron como la familia pequeña que eran. El perro tomó un baño. Y, solo por esa noche, le sirvieron un pequeño banquete, a una hora en que la que no lo solían alimentar: carne al jugo cortada en trozos pequeños, arroz con verduras y una pequeña porción de papas con mayonesa, todo separado en pequeños platos. Se suponía que el animal debía olvidar el correr del tiempo humano, pero cuando pasaron las doce viendo películas de navidad, su primer instinto fue ladrar. Esa noche, el dueño le hizo un regalo. Se trataba de una medalla circular, sin ningún nombre inscrito porque Master33 se dirigía a él como «el perro»; en cambio, en sus dos caras, llevaba inscrita su dirección.

«En caso de pérdida devolver a». Y, en la parte trasera, «José Miguel Lillo 430»

La medalla colgaba de una correa sin púas. Un trozo de cuero amable que delataba su buen carácter y necesidad de recibir cariño. El dueño le sacó el ejemplar viejo y el animal no despegó la mirada de sus manos. Su cuello sentía frío cuando estaba desprovisto de algo apretándolo, pero pronto cerraron el broche en su nuca y la medalla dio unos saltitos en el aire.

«Ahora tienes un lugar al que devolverte»

El animal sintió que alguien volvía a poner los trozos de costillas que le faltaban y que su cuerpo se volvía más liviano. Lo estaban bautizando como un perro de casa.

Esa noche durmieron juntos. El hombre en medio de la cama, el perro a sus pies cubierto por una sábana delgada. Hacía calor. A la mañana siguiente, el animal se levantó más temprano y entre las escenas de sus sueños que no terminaban de desaparecer, se le ocurrió ser desobediente por primera vez. Tomó con su hocico la camisa que había usado su dueño la noche anterior, fue al patio en silencio, y la enterró bajo su árbol, como un tesoro.

A diferencia del perro, Master33 sí contaba el tiempo. Había estado casado una vez, y se había mantenido siete años y cinco meses mirando el mismo rostro todos los días, antes de huir. Por eso le gustaba el perro. Porque usaba una máscara, y porque podía apretarle el collar cada vez que quisiera solo para ver su cuello cambiar de color. Pero cuando semanas después de navidad notó su alegría, su tranquilidad y esa rutina sin esfuerzo, Master33 dejó de calentarse.

Quizás era la edad, pero comenzó a sentir menos ganas de estrujarle el cuerpo. Sin previo aviso, comenzó a aplicar castigos de forma más frecuente, descubriendo un nuevo pasatiempo, que era dibujar manos rojas en el culo del animal. Los rasmillones ya le parecían aburridos. Empezó a darle menos comida y le compró una cola más grande para imaginar, de nuevo, su cuerpo expandirse. Pero la compañía del animal, más que un maestro, le hizo sentir un hombre viejo.

Mientras navegaba por internet, el dueño se encontró con el video de una mujer rescatando a dos cachorros de las ruinas de un huracán. Entonces improvisó. Un buen día, imposible saber cuál, Master33 trajo a otro perro a vivir a la casa.

sus manos. Su cuello sentía frío cuando estaba desprovisto de algo apretándolo, pero pronto cerraron el broche en su nuca y la medalla dio unos saltitos en el aire.

«Te traje un hermanito», dijo con una cadena en las manos, igual que en los sueños de su animal.

En el otro extremo había un joven delgado y orgulloso, de piel clara y poco vello como un galgo. Entonces él, que no había visto a más hombres que su dueño en varios meses, se dio cuenta que su cuerpo era diferente. Rechoncho como un bulldog. De pelaje oscuro y abundante, atravesado por marcas y gastado. Ahora bien, eso no importaba. Él era mejor mascota, se permitió pensar para sí mismo. Su mirada era más mansa y soportaba bien el dolor.

Cuando ambos animales se encontraron en la alfombra, se saludaron con un gruñido. Se olieron los culos, bajaron sus colas y se prepararon para defender el pedazo de tierra que sus rodillas bautizaban como propio. El hombre acarició a su nueva mascota y la llevó a conocer el patio. El perro nuevo olió el mismo árbol, levantó el mismo muslo, pero no pudo orinar. Aún tenían que enseñarle. Pusieron un segundo plato en la misma esquina y sirvieron las mismas zucaritas con leche, pero él las miró con desconfianza. Logró comer solo una parte, metiendo la máscara en el plato y esparciendo gotas blancas sobre la cerámica en el proceso. Se sacudió, le ladró al dueño y corrió por toda la casa hasta que el sonido de un florero estallando contra el suelo lo hizo, por fin, detenerse.

El perro vio a su dueño acariciar al intruso, enseñarle algunas cosas con paciencia como si fuera un bebé. Pero él falló todas las veces. Por ejemplo, mientras el hombre miraba la televisión, el nuevo intentó subirse a sus rodillas y lamerle la entrepierna en un gesto vulgar y desesperado. Le ladraba al aire y se ponía de pie, especialmente cuando quería alcanzar los hombros del humano como un juego en donde él, el animal, era su pareja. Esos fracasos le dieron esperanza. Le hicieron ver que el otro perro tenía la vida corta, pero cuando llegó la hora de castigarlo por su mal comportamiento, y Master33 dejó caer su palma cuatro veces sobre ese culo redondo, el perro no pudo evitar sentir algo parecido a la envidia.

Cuando fue tiempo de dormir, su “hermanito” se subió a la cama del dormitorio y sus patas dejaron marcas oscuras sobre el cobertor. El perro no dijo nada. No iba a enseñarle al otro cómo ocupar su lugar. Miró desde un rincón cómo esa bestia brillante recibía las mismas instrucciones de nuevo y sintió rabia cuando volvió a intentar meterse bajo las sábanas. Pero cuando vio cómo llevaban al intruso a su jaula, su propia jaula para dormir, su collar lo abrazó tan fuerte que lo dejó sin respiración.

El hombre hizo entrar al nuevo primero, luego le hizo señas a él para que lo siguiera. Pero el perro se quedó sentado, mirando su jaula contraerse.

«Vamos, vamos. Adentro»

Para que pudieran acomodarse, los animales se encaramaron uno encima del otro. El perro vio que su acompañante apenas podía aguantar la risa bajo su máscara, y que no hacía otra cosa más que jugar a ser uno de ellos. Él se durmió con hambre y, luego de mucho tiempo, volvió a tener pesadillas.

Esa noche no vio a nadie de su pasado. Esa vez se soñó tirado en la calle, desnudo bajo el cielo plomizo, aullando junto a un basurero. Estaba sucio y hediondo. Manchado con restos oscuros y sin afeitar. No llevaba su máscara, una barba antigua le cubría el rostro. Y las personas que pasaban a su lado no le prestaban atención. Estaba en cuclillas y todavía llevaba el collar. Pero la cadena, en el otro extremo, caía al suelo. Tenía frío y era libre.

A la mañana siguiente llevaron a los animales al patio. Luego de hacer sus necesidades, el hombre sacó un hueso de plástico de su envoltorio y lo lanzó al espacio que mediaba entre los dos.

«Para que jueguen»

Ambos perros se arrojaron al juguete, y como el recién llegado tenía el cuerpo más liviano, logró escabullirse con el hueso de un zarpazo. Fue una pelea corta, más bien una confirmación. El dueño aplaudió y celebró el triunfo del galgo, acariciándole el cabello mientras él agitaba su cintura o lo intentaba. Entonces, como nunca, el perro se sintió un fracaso. No como cuando lo despidieron de la librería por no ser lo suficientemente rápido en la caja, o como cuando lo expulsaron de la carrera de contabilidad por reprobar el mismo ramo tres veces. Ahora era incapaz de cumplir con su única misión, alegrar el día de ese hombre que estaba hipnotizado por un animal nuevo persiguiéndose la cola. Ahora, pensó, iba a ser como esos perros callejeros a los que la sarna y las garrapatas le esculpían la pie y le cerraban los ojos. Ahora iba a envejecer en un paño sucio masticando cada día el mismo hueso. Ahora iba a estar solo. Eso le pasa por no defenderse. Por dormir todo el día y domesticarse. Por ser más una planta que un perro guardián.

En la tarde se mantuvo cabizbajo. Se echó en un rincón de la cocina y no quiso ver televisión, ni comer de la caja de cereales cuando se la ofrecieron. Se sentía enfermo, como si tuviera parásitos en el abdomen y legañas en los ojos. Pensó que si se quedaba todo el día quieto, tarde o temprano iba a llamar la atención, pero la rutina familiar siguió su curso acostumbrado: la televisión, otra salida al patio, agua limpia para beber. El galgo era enérgico y molesto. Juguetón, como empezó a decir el dueño, cavaba hoyos imaginarios en donde había cemento, le ladraba a los gatos de la televisión y se paseaba orgulloso con el hueso que acababa de ganar, hasta que al living lo llenaron las sombras y de nuevo fue tiempo de dormir.

Master33 se quedó mirando la jaula y observó a los animales incómodos, torciéndose y cruzando las patas para poder encajar. Se dio cuenta que no había pensado en ese detalle cuando trajo al segundo perro y decidió que era mejor que el de siempre, el más grande, durmiera en el sillón. Le pareció un gesto de amabilidad. Un premio por sus meses de servicio y, al mismo tiempo, un gesto de disciplina para con el nuevo. Que viera que a él le tocaba dormir en la jaula. Pero cuando abrió la puerta del corral e intentó sacar al animal más manso, el perro se arrojó chillando contra los barrotes. Temblaba. Lo arrastró con más fuerza y el animal le gruño por primera vez. Estaba descubriendo su instinto. Defendió con garras y dientes la jaula que lo ayudaba a dormir, la última parte del mundo que guardaba sentido y tenía su olor, así que cuando lograron sacarlo corrió sobre sus rodillas para meterse de nuevo. Master33 lo tomó del collar como nunca y los relieves del cuero le rasmillaron la piel. Lo llevaron hasta el sillón y le indicaron con voz firme que debía mantenerse ahí. Como último recurso, el dueño levantó su mano en el aire para adelantar una cachetada que como un rayo podía caer en cualquier momento. Pero eso no era parte del trato, pensó el animal. Un “hermanito” nunca estuvo en el arreglo. No podía pararse o decir palabra porque eso habría sido como renunciar a sí mismo. No podía decidir quién entraba o quién salía de su familia, porque las decisiones las tomaban los hombres.

Los perros no ponían reglas. No les quedaba más remedio que perder el sentido del espacio, a causa del dolor de cabeza y la rabia nadando en el estómago. No les quedaba más que defenderse, agrietarse enteros con un ladrido y hacer lo que haría cualquier animal. Mordió la mano de Master33 y se arrojó furioso contra el galgo, que pequeño, no pudo hacer nada contra su fuerza. Saltó sobre su hermano, agarró su oreja y tiró rápido, arrancando un pedazo de carne con el mismo sonido que hace la ropa cuando se rasga.

Entre el sabor a carne cruda, una nueva patada en las costillas y los gritos de alguien amontonándose en su cabeza, el perro se desmayó.

Cuando volvió a abrir los ojos, ya no usaba su máscara. Esta vez llevaba un bozal y una cadena que nunca había visto lo mantenía atado al árbol del patio. Tenía frío, pero había dormido como nunca. Sin recordar, siquiera, lo que había soñado. Afinó el oído y escuchó la casa estaba en silencio. A juzgar por los pájaros era demasiado temprano.

Mucho rato después oyó la puerta abrirse. Tenía sed. Las rodillas se le deshacían en manchas rojas, el cemento tenía pegado trocitos de piel y alcanzó a verse tres manchones verdes en un costado. La boca le sabía ácida. Del umbral apareció Master33 con expresión nerviosa y, junto a él, un hombre mucho mayor. El perro miró su cadena. Por primera vez estar amarrado le hizo sentir en peligro. Comenzó a chillar, pero cada vez que su caja torácica se inflaba los huesos de sus costillas amenazaban con romperse. Ambos hombres intercambiaron dinero frente a él. El mayor –un anciano grueso y de camisa inflada– caminó hacia él, con su cabeza calva y su olor a sudor. En su cintura una correa de color café llevaba incrustaciones de metal, como balas partidas.

Fue ese hombre el que tomó su cadena y lo hizo caminar. Intentó abrir la boca, pero el bozal la apretaba con fuerza. Se sentía mareado. Además, la garganta se le había quedado vacía. Caminó sobre sus patas lentamente, sin oponer resistencia y dejando puntos rojos en el suelo. Miró el árbol e imaginó la camisa de su dueño ahí enterrada, cada vez más lejos. Pidió en su cabeza soñar con ella, pero cuando miró hacia arriba y el hombre que lo había cuidado tanto tiempo desvió la mirada, supo de inmediato que esa noche no iba a poder dormir.



Franco Cárcamo (Valparaíso, 1988). Licenciado en Artes por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Master of Fine Arts Degree in Creative Writing in Spanish por la New York University.