Nicolás Campos Farfán: «Hay una forma de leer que se ha vuelto común y me parece espantosa»

Contrario a lo que podría pensarse por el contexto que todos conocemos, el 2020 fue un año de concreciones para Nicolás Campos Farfán (Santiago, 1983). En nuestra casa, publicó el poemario de ciencia ficción Vocoder y, en Overol, su segunda novela, Un amigo es una niebla. Conversamos con él acerca del origen y las implicancias de ambos textos tan disímiles.


¿Cómo surge Un amigo es una niebla?

Antes de responder esto a lo mejor debería aclarar que Un amigo… fue escrito hace cuatro años (para el que le parezca desatinado un libro así en estos momentos) y consiste en el relato de cuatro fiestas, que sirven como pie forzado para ir desgranando otra historia. Y, bueno, siempre me interesaron las fiestas como motivo, porque me parecen reveladoras, sobre todo cuando comienzan a decaer. Y también porque me gusta esa estética de botellas vacías, de conchos de trago, puchos en la mesa, etcétera; donde a uno le toca imaginarse qué pasó ahí. Se me vienen a la cabeza algunos videoclips ya viejos, como Criminal de Fiona Apple o Change de los Deftones. También me interesa la curva de ánimo que se dibuja en las fiestas: la gente que anda eufórica y después languideciendo o las conversaciones que se dan ahí, que pueden ser muy honestas o muy falsas, según como se vea, aparte de toda esa dinámica de ir mostrándose y escondiéndose cuando se conoce gente nueva, y que nunca queda del todo clara. Bueno, esa era la idea inicial. Luego se fue cerrando con la historia de la novela.

Llama la atención las referencias musicales que mencionas, dado que no es el estilo de fiestas en general, en donde predominan hasta ahora (y, quizás, desde el tiempo en el que está situada tu novela), estilos como el reggaeton y la pachanga. ¿Cómo la música determinó el espacio narrado en tu novela?

Tienes razón en que no son canciones de fiesta, menos de pachanga. Diría que están ahí más como excepción que como la regla general, y, bueno, tampoco nadie aparece bailándolas, salvo Wild is the wind, que es una balada y una pareja la pone casi para interrumpir una fiesta, o para hacer otra fiesta aparte. Y las otras canciones están mencionadas por sus videoclips, que aparecen reproducidos en la tele de un bar. Me interesaron porque tienen un imaginario que para mí es poético, y porque sus descripciones tienen relación con lo que se va narrando. Por otra parte, también esas canciones sirven para subrayar un pequeño esnobismo en ese círculo de personajes. Igual no digo lo de snob como si fuera un problema, no hay culpa en eso.

Un amigo es una niebla. Overol, 2020

¿Cuáles son tus expectativas de lectura respecto a la novela considerando las críticas dispares que ha tenido?

La verdad, uno no sabe bien hacia dónde va su libro y sería patudo plantearlo como si fuera una tarea. Sería más respetuoso decir que lo lean como quieran, y en parte estaría bien, porque una lectura distorsionada o incluso mal hecha puede ser más interesante que una lectura –digámosle así– correcta. Dicho esto, no puedo evitar decir que últimamente hay una forma de leer que se ha vuelto común y me parece espantosa: la que suelen aplicar los periodistas, uno que otro reseñista cómodo y los evaluadores del Fondo del Libro. Me refiero a la lecturas que reducen las novelas a uno o dos de sus aspectos sociales o históricos o a la profesión de los personajes, o a su sexo o su pertenencia a cualquier grupo social, y terminan entregando una versión empobrecedora de lo que puede ser un libro. Incluso es común que, bajo ese criterio, se caiga en tonteras como confundir a los personajes de una novela con la novela misma, o a los personajes con el autor del libro. Y lo peor es que esta lectura no se aplica tanto por incapacidad sino por conveniencia, o por flojera, porque es un recurso fácil para someter una crítica a discursos nítidos, casi de propaganda, y deja bien parado al que la hace.

¿Cómo se ajustaron, a años de haberla escrito, los puntos sensibles de la novela? Específicamente, ¿cómo replanteaste el feminismo desde una perspectiva masculina considerando la situación actual y el mayor grado de consciencia que deberíamos tener los hombres actualmente?

No fue algo tan intencional trabajar ese tema, aunque estaba claro que era inevitable la aparición de un montón de masculinidad tóxica al narrar una historia ambientada en una universidad de hace casi veinte años. Eran prácticas que apenas se criticaban y ahora, bueno, no se puede hacer como si no hubieran existido, sobre todo porque hubo hasta violaciones, como se ve en la novela. Y esas violaciones no eran solo un acto bruto, digamos, sino que también tenían elementos culturales: venían desde una cultura, instalada en la universidad, que no les daba importancia. Era inevitable el asunto, como te decía, pero a decir verdad casi el único cuidado que tuve al tratarlo fue evitar que los personajes aparecieran como “aliados”, cosa que me parece demasiado fácil y sin evolución, aparte de sospechosa; y evitar presentarlos como canallas que no tienen arreglo. Además, ante hechos así, no corresponde opinar tanto: son elocuentes por sí mismos.

¿Qué diferencias percibes entre el trabajo de una novela o poesía a nivel de edición?

No lo tengo muy pensado. Creo que solo he ido pasándome de un género a otro para ver qué sale, y porque –no me imaginaba diciendo esto- me gusta mucho escribir. Y a nivel de edición, diría que trato de no marcar tantas diferencias con los géneros. Es más, se ha dado que he trabajado con editores que son especialistas en otros géneros. En el caso de Un amigo es una niebla, los editores fueron los Overol, Daniela y Andrés, y ellos son poetas y se nota en que el libro está editado con criterios como la concisión o la preocupación por las imágenes, que son más propios de su género. Y en el caso de Vocoder, que es un libro de poesía, fue trabajado con un editor al que le gustan más los relatos y, por influencia suya, salieron unos pocos poemas que tienen elementos de prosa o de microcuento. El asunto es que me gusta que se haya dado un poco de hibridación gracias a la colaboración de otros. 

Efectivamente, una de las dimensiones que más destaca en Un amigo… son las imágenes. Independiente del trabajo con Overol. ¿Estaban presentes en el primer borrador? ¿En qué sentido determinó esta visión el resultado final de ambos libros?

Sí, estaban, la gran mayoría. Aunque algunas se pulieron, claro. Por ahí los editores, en el caso de Un amigo…, me sugirieron otros cambios. Quitamos algunas cosas que se repetían, y partes en que el narrador reflexionaba sobre cómo iba presentando la historia. Creo que a otro editor, por ejemplo a uno que le guste el género novela, esos aspectos no le habrían molestado en nada. Pero a editores que vienen de la poesía, como en este caso, sí, les cargaban las repeticiones. Por supuesto, con esto último estoy haciendo una generalización un poco al lote. Y en el caso de Vocoder, el trabajo de edición fue principalmente de montaje, de ordenar los poemas para darles una coherencia o una especie de narrativa interesante.

¿Identificas alguna línea transversal de tu obra a pesar de sus marcadas diferencias?

A lo mejor, es la única que mencionas tú (la importancia que les doy a las imágenes), aunque suene un poco vago. Igual hay varios temas que se repiten, al menos en los libros de narrativa. Tanto en los relatos como en la novela, aparece varias veces la experiencia del extraño, y se recalcan ciertos problemas de comunicación entre las personas: todos los relatos, son de alguna forma, expresiones de duelo. También hay un interés en los vínculos, de amistad o de compromiso, que se dan fuera del ambiente de la familia. Supongo que esto se debe a que casi no tengo amigos que tengan hijos, todos vivimos de formas más o menos inestables y la posibilidad de tener hijos la vemos muy, demasiado de lejos. Por ahí me ha interesado representar a esa mini clase social a la que pertenezco, al menos hasta ahora.

Otra línea que podría mencionar común es la de la música, o más específicamente, la del sonido. De hecho, Vocoder es una referencia clara a eso. ¿Cómo esta dimensión determinó el ideario del libro?

Cierto, se ha colado harta referencia musical y al sonido. No sé cómo justificarlo bien, pero al armar ese libro, que a grandes rasgos se trata sobre una idea más o menos personal del futuro y la tecnología, no podía quedar fuera la música y la idea del ruido. Supongo que esa mezcla viene del cine, de los videoclips y el imaginario de algunos discos de música electrónica que me gustan mucho. En cuanto al título del libro, claro, tiene relación directa con todo esto: un vocoder es un aparato que decodifica la voz humana y la transforma en robótica. Me gustó como metáfora. Pone en evidencia lo truchas que muchas veces son estas ideas de futuro, que todos traficamos. Le quita seriedad al libro.

De estas ideas sobre el futuro, tanto colectivas como personales, ¿cómo termina por cuajar Vocoder?

Me acuerdo de que a partir de haber leído Lo abierto de Giorgio Agamben escribí un ensayo corto sobre «lo animal en lo humano» que se publicó en la web Lo que leímos. Y a partir de ese ensayo, tuve la idea de armar una serie de poemas sobre animales. En el camino, no sé cómo, esa idea de lo animal se cambió por la de “lo robótico”, que acá sería, a grandes rasgos, una imitación de lo que se entiende como “lo humano”. Así partió este librito, que es sobre cómo ya dejamos de usar la tecnología para vivir en ella. Creo que se trata sobre eso, y sobre formas de vida derivadas de los avances tecnológicos. Después fueron apareciendo otros temas que son afines, como los glitches, la obsolescencia programada y cierta idea de los videojuegos o realidades virtuales, que acá son entendidos como una especie de retiro espiritual.

Vocoder. Jámpster eBooks, 2020.

Uno de los aspectos que más destaca en Vocoder, es que aleja la estructura clásica de la poesía de ciencia ficción que es de corte más épico-narrativo, además de  centrarse en imágenes. ¿Existían aspiraciones estéticas y/o experimentales con el poemario?

En Vocoder no hay una influencia fuerte de las historias de la ciencia ficción. De ahí lo que tomé fue la estética, que antes era lejana para nosotros y ahora se puede decir que nos hemos instalado a vivir en ella, sobre todo en esta pandemia. Y como aspiración estética, supongo, tomé como ejemplo algunas obras que normalizan estas formas de vida, que muchas veces son como imitaciones de la vida, como Sans soleil y Level five de Chris Marker, o algunos libros de Hakim Bey, o la trilogía Koyaanisqatsi. No sé, hay más influencias, claro. También me acuerdo que me rayaba mucho leer sobre la cultura de los hackers de los 80 y 90. También me importó la experiencia de algunos videojuegos a los que he dedicado un montón de horas, como los Deus Ex o los Fallout. Aunque todas esas obras no me interesaron tanto como futuro. De hecho, veo todo eso con nostalgia, lo cual tiene su lógica, si todos estos futuros o ideas de futuro son puras fantasmagorías. 


Matías Fuentes Aguirre (Santiago, 1990). Ya no vive en Santiago.