[Reseña] Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto de Manuela Espinal Solano

Paulette R. Fernández comenta el más reciente libro de la editorial porteña Kindberg, Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto, de la escritora colombiana Manuela Espinal Solano.




Vivir al compás de una canción ajena. Sobre Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto de Manuela Espinal Solano

Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto, novela corta de Manuela Espinal Solano (Medellín, 1988). Publicada en Colombia por Angosta Editores en 2016 y reeditada este año por la editorial chilena Kindberg, esta obra es un relato a modo de experiencias fragmentadas sobre lo que significa crecer dentro de un núcleo familiar ligado a la música y cuya protagonista no puede escapar de las garras de un talento que reside en sus venas, a pesar de rehusarse a seguir los pasos de su madre cantante.

«¿Sólo una canción? Eso ya es demasiado. Eso ya es todo», es una de las frases que se encuentran en esta novela donde se vislumbran ciertos temas que subyacen a toda la narración: la herencia, la desobediencia, la soledad, la esperanza son algunos de los ejes articuladores de una escritura que nace como la respuesta desobediente a una herencia musical impuesta por una madre enamorada del canto y los escenarios, y una hija que lo único que quiere es plasmar de música los espacios íntimos en donde las voces ajenas no pueden penetrar para venerar su talento. Así, la mirada del otro es un punto de partida.

El relato se articula con una escritura que parte algo tímida, desde un tono testimonial que habla en susurros sobre los primeros pasos de la madre que persigue el sueño de ser una cantante reconocida en escenarios internacionales, mientras que la voz tenue que cuenta las experiencias se ve a sí misma desde las costumbres en torno a la música. Costumbres impuestas que comienzan a desarticularse con el paso de las páginas y que se cuestionan desde el presente escritural, así como desde los recuerdos fragmentados que relatan las reglas implantadas desde la herencia musical y que la amarran a una familia cuyos lazos sanguíneos se entrelazan con las melodías de canciones compartidas día a día en espacios conocidos.

La herencia musical como tópico reafirma la posición desafiante de una pequeña que, durante toda su vida, ha entendido su talento como un secreto que se cuenta en la privacidad de su living con un cepillo en la mano a manera de micrófono; una performance genuina que nace de la espontaneidad y donde no se espera nada más de ella que el disfrute íntimo de una melodía que escucha cuando se encuentra sola en su espacio, y no sobre un escenario para ser admirada por un público de rostros anónimos. Ser reconocida como cantante es una de las exigencias más importantes en una familia de músicas, pero la tristeza es la melodía que colorea cada fragmento de las experiencias narradas desde la voz de una pequeña que se siente perdida dentro de tanta expectativa. Cuenta lo que su madre ha tenido que vivir para subsistir con el canto, y los tropiezos que ha tenido que superar para seguir intentándolo; deja entrever el desamparo de una vida solitaria al verse siendo arrastrada de un lugar a otro para que la madre pueda cumplir su sueño por medio de la voz de una hija que no tiene cabida más que desde el canto. Un canto ajeno de melodías conocidas por todos que no logran expresar los deseos propios: «Esta música no nos pertenece, pero nos gusta». Vivir al compás de una canción ajena, de un compás heredado de voz en voz, donde toda canción se implanta en los rincones de cada experiencia de las generaciones venideras que intentan encontrar su lugar entre las notas musicales.

De alguna forma, este libro se trata del nacimiento de una desobediencia a esta herencia, de encontrar la pertenencia bajo parámetros personales que van más allá del talento, que van de la mano de explorar las capacidades propias:

Hemos tenido conversaciones en las que dices todo lo que esperas de mí y, después, cuando terminamos y no quedan más argumentos ni tuyos ni míos, te sientas en el borde de la cama a lamentarte, intentas convencerte de que hasta aquí llegó tu herencia. No pudiste dejarme la música, yo no la quise.

Para la protagonista, su refugio es la escritura, la expresión hecha prosa de un sentimiento que estuvo silenciado por años. Su pertenencia se encuentra en la escritura: cuando todo parece cambiar, la escritura se mantiene firme y constante. El acto íntimo llevado a cabo en silencio se plantea como respuesta a los distintos actos de performance que debe utilizar para navegar en su vida como hija y nieta de artistas. La protagonista escribe su soledad en medio de una vida de arrojos e imposiciones, llena los vacíos de las experiencias en las que no tuvo cabida, con sugestiones dadas por su propia imaginación para dar sentido a las acciones de la madre. La herencia se termina con la negación de compartir la canción que la protagonista lleva vibrando en la sangre y, sin embargo, la escritura plantea el legado que la música ha significado para su vida. La música que escucha cuando escribe la experiencia no muere al ser narrada con una pluma y no cantada por sus labios, sino que deja su huella escribiendo una novela que cuenta la música que compone su vida.



Paulette R. Fernández (Santiago, 1992). Egresada de Licenciatura en Lengua y Literatura de la Universidad Alberto Hurtado. Actualmente cursa el Magíster en Literatura en la PUC. Forma parte del equipo editorial de la revista autogestionada Ouroboros-Sorobouro.