[Extracciones] Retratos de poetas rusos de Ilyá Ehrenburg

En palabras de Fulvio Franchi, los retratos de Ehrenburg son esa proyección de unos pocos rasgos esenciales que intentan revelar al poeta tal y como es, desde la perspectiva del poeta que escribe sobre poetas.

Publicado recientemente por Añosluz y traducido por Nikita Gusev, Retratos de poetas rusos es una obra que, como las propias experiencias del autor, recorre las frágiles fronteras de la biografía, el ensayo, la antología y las memorias, representan ese cruce de múltiples facetas de su autor, pero también de las de sus protagonistas. Crítica, biografía y valoración de la poesía: quizás solo una obra de este carácter puede presentar a autores tan fundamentales de una literatura nacional como el que les dejamos de Marina Tsvietáieva.




Un andar orgulloso, una frente alta, pelo corte taza: podría ser un muchacho audaz, quizás una señorita quisquillosa. Al leer poemas canturrea la última palabra del verso, terminando con un trabalenguas. Canta lindo el muchacho, le gustan las canciones fuertes sobre Kaluga, Stenka Razin, de travesuras infantiles. La señorita prefiere a la condesa de Noialles [1], los estandartes de Vendeé.

En uno de sus poemas, Marina Tsvietáieva habla de sus dos abuelas: la más simple, la biológica, que le da de comer a sus hijos, y de la otra, la pane polaca, una dama de guantes de seda. Dos linajes. Una Marina. Solo eso hacía, le cantaba a Stenka el bandido, y cuando vio a los soldados en marzo del diecisiete cerró los postigos y lloró: «¡Oh, mi noble, mi regia tristeza!». Las ideas, parece, vinieron de la pane: es esa tierna mentalidad romántica de la vieja fe; los escudos, los títulos, la sincera pose de André Chenier [2] a toda costa.

Pero de su otra abuela recibió el alma: no las palabras, sino la voz. ¡Cuánta turbulencia y rebelión hay en esa conmiseración por la muerte del «imperio»!

Hace mucho me desacostumbré a interesarme por lo que dice la gente; me interesa solamente «cómo» dicen ese algo aburrido. Al escuchar los poemas de Tsvietáieva, reconozco las canciones de princesa esteparia, y no las exclamaciones de una defensora de la armonía. Es más probable que esas frenéticas exclamaciones lleguen más a los desquiciados nocturnos de los clubes parisinos, que a los gruñones marqueses del escabeche de Coblenza.

Resulta mucho más fácil comprender a Tsvietáieva olvidando la actualidad y viendo fijamente su obstinada frente, escuchando su voz orgullosa y audaz. En alguna parte confiesa que le gusta reírse cuando no se permite reír. Agrego, ama hacer muchas más cosas que no están permitidas. Ese «no se permite», la prohibición, el canon, la barrera, se convierten en las corrientes vivas de una poesía de la libre voluntad.

Después de ingresar por primera vez en el solemne círculo de los poetas rusos o, más precisamente, en el círculo de la noble  «sociedad de la estética libre», notó inmediatamente lo que estaba prohibido hacer: atentar contra la infalibilidad de Valeri Briúsov; y fue lo primero que hizo, sin nada que envidiarle a Arthur Rimbaud contra los indignados parnasianos. Estoy convencido de que, para ella, en esencia, no importa contra qué rebelarse, como el Vesubio, que con el mismo agrado se tragaría un feudo o una comuna ejemplar. Ahora los escudos están prohibidos, y ella los proclama con un pathos rebelde, con una audacia digna de los más grandes herejes, soñadores, insurgentes.

Pero hay también en los poemas de Tsvietáieva, además del desafío y de la valentía, una imbatible ternura y amor. No son para el hombre ni para Dios, sino para la tierra negra, sofocada por los vapores primaverales, para la oscura Rusia. A la madre no se la elige ni se la rechaza como a un departamento incómodo. Marina Tsvietáieva lo sabe, y aún bajo tortura jamás traicionaría su tierra natal.

Comúnmente pensamos a Rusia usando una sjima [3] o con un cuchillo en la bota. La Ortodoxia o «ni en Dios ni en el Diablo». Tsvietáieva es una pagana luminosa y dulce. Pero ella no es helenista, sino una auténtica rusa, que besa el oscuro pecho de Moscú, y no las piedras de Epiro. En vano la bautizaron, en vano la educaron. Un cuerpo caliente respira bajo la túnica bizantina. Ayunos e inclinaciones no pudieron erradicar la incansable risa de su interior. La Rusia de las dos religiones, la fugitiva excomulgada, la de los juegos del solsticio habló en esta dama, que todavía se conmueve por las buenas costumbres del gentilhombre embalsamado.

Sin embargo, todo esto será olvidado: la ensangrentada batalla de los siglos, la furia de los que arrancan los cordones de los hombros y el respeto de los que rezan admirando esos harapos. Los maravillosos poemas de Marina Tsvietáieva quedarán, como quedará la sed por la vida, la voluntad por el colapso, la lucha de uno contra todos y el amor exaltado por la cercanía de la muerte en la puerta.

[1] Condesa Anna Mathieu de Noailles (1876-1933), poeta francesa.
[2] André Chenier (1762-1794), poeta francés, ejecutado durante la revolución.
[3] Hábitos del monje que ha tomado los votos más estrictos de la religión ortodoxa.





Ilyá Ehrenburg (Kiev, 1891 – Moscú, 1967). Político, novelista, poeta y periodista. Testigo y protagonista de su época, conoció a las más destacadas personalidades de las primeras siete décadas del siglo XX. Publicó, entre otras obras, Las extraordinarias aventuras de Julio Jurenito (1922) y El deshielo (1954). Este último título dio nombre a su época, años en que se intentó una desestalinización de la vida cultural y política rusa luego de la muerte de Stalin. Sus memorias Gente, años, vida (1967) es una verdadera enciclopedia de la historia del siglo XX tanto en Rusia como en Europa Occidental. Junto con Vasili Grossman editó El libro negro, una recopilación de documentos sobre el exterminio de judíos en la Unión Soviética y otros territorios, que fue prohibido por la censura y publicado en Rusia completo recién en el comienzo del siglo XXI.