[Crítica] El faro de Felipe González

Recientemente publicada y ganadora de los últimos Juegos Literarios de Santiago, El Faro (La Pollera Ediciones, 2020) es la primera novela de Felipe González. En el siguiente texto, Diego Armijo comenta el debut narrativo del escritor chileno.




La metáfora de alguien que se para en un precipicio y solo mira sus pies
[sobre El Faro de Felipe González]



Este año, en que la municipalidad de Santiago desistió de abrir convocatorias a los premios de obras publicadas e inéditas para apalear la crisis por la pandemia, se publica la última novela ganadora: El Faro (La pollera, 2020), primera novela de Felipe González (y primer lugar en los Juegos Literarios Gabriela Mistral, año 2019), autor que ya había publicado el libro de poesía Los zapatos de gamuza. Crónica de la muerte de Luis González (Mar de gente, 2014). 

En El faro, González trama la experiencia vital de un protagonista sin nombre, mediante recuerdos  recortados, mientras estudia en Valparaíso durante los primeros años del siglo XXI. Esta se ve cruzada por dos mujeres, que funcionan como su educación sentimental, y la desaparición —posible suicidio— de su primo, suceso ubicado en el faro de Playa Ancha.  

En las primeras páginas, el relato logra una potente reflexión en torno al carácter del suicida, arquetipo que, según el protagonista, no se ajusta con la visión que tiene sobre su consanguíneo. 

Pero luego continúan muchas páginas más: se desarrollan aprendizajes amorosos, con un tono de ternura ingenua, en tanto se dibuja, aun habiendo esfuerzo en mantener la profundidad ya lograda, a Constanza —la chica cool, avasallante, pero superficial, homóloga del protagonista— y a Alejandra —la mujer que oculta algo en su sencillez—. 

En la página 44 se lee:

“Cada cierto tiempo tenía la impresión de que la Alejandra alegre y relajada era sustituida de improviso por otra, y lo más desconcertante: cuando regresaba no parecía darse cuenta de la impostura y, por lo tanto, de las inconsistencias escalofriantes que se producían”.

Gestos como este, el convertir en valor de uso mercantil/emocional a las mujeres con las que se relaciona con el protagonista, van royendo El faro.  

En el plano territorial, Valparaíso —aquí otro pequeño acierto— se nos muestra como una ciudad donde no hay posibilidad de esconderse. Marcan el paso del protagonista, los sucesivos encuentros con su primo, amigos y amores. El problema reside en que, al ubicar ciertas acciones en lugares reconocibles —la plaza Victoria, por ejemplo—, la ciudad se vuelve un decorado: no hay desarrollo en la búsqueda de un valor del espacio. De hecho, los hitos que se nombran se convierten en signos geográficos vacíos, no importando dónde suceda la acción. Es paradojal que esta idea de transformación postal se desarrolle en las páginas finales de la novela, en las que se describe una residencial anteriormente habitada por el protagonista y su metamorfosis en tienda turística: se muestra el resultado, pero no el efecto, cuyo desencanto que no permite sueño —ficción— ni construcción —literatura.

Este foco neoliberal del testigo/protagonista, se hace nuevamente evidente al relatar una protesta en las afueras de la universidad ubicada —dice— en Playa Ancha. Seguimos, nosotros lectores, sus efectos en quien nos narra. El relato se contrae y se enfoca, hasta golpear la nariz con el lente de esta cámara del yo, en las lágrimas derramadas por el efecto del gas tóxico del zorrillo, máquina dirigida por los “carabineros”  —en esta novela, con mayúscula, para mayor corrección lingüística. Aquellas lágrimas se combinan con otras nacidas de un desamor. De la protesta, sus protagonistas y contradicciones, del espacio y sus efectos, nada. Solo las lágrimas de un joven hombre dolido. 

Las experiencias personales no tienen importancia sino se colectivizan, pues es ahí, en la puesta en valor del efecto en sociedad del más mínimo gesto del ego y no en la particularidad aparente de una “historia” clara y sincera, mediante una prosa eficiente, en donde reside el valor de la literatura. 

En la página 13 se lee:

“Los adultos, que tanto me habían hostigado por los efectos de mi torpeza motriz —líquidos derramados, loza hecha añicos—, eran capaces de cometer actos infinitamente más dañinos en su ámbito propio”.

Por lo mismo, no basta el relato generacional, hay que escarbar. Pero en El faro se elige utilizar lo superficial para adornar la autocomplacencia. 

En la página 94 se lee:

“Ella fue como el fugaz halo del faro cuando nos da sobre los ojos y a la vez que nos ciega nos ilumina, por tan poco tiempo. Antes y después todo fue oscuridad, antes y después fui y he sido solo una cucaracha perfectamente aplastada —hasta poco antes de la cabeza—, casi con minucia artística, contra el suelo, agonizante. Sin embargo, no logro soñar con Alejandra”.

El faro real, como construcción que permite iluminar un espacio para luego cubrirlo en la oscuridad, en tanto artefacto para una novela, en idea se plantea como un gran posibilidad narrativa, desperdiciada por una prosa sin riesgos que gana premios, como lo hizo: la metáfora de alguien que se para en un precipicio y solo mira sus pies.  







Diego Armijo Otárola (Viña del Mar, 1994). Es comerciante —libros y detergente—, profesor —Historia— y contador. Becario del Fondo del Libro del CNCA, año 2019. Ha publicado los cuentos reunidos en Glorias Navales (Balmaceda Arte Joven Valparaíso, 2019) y la novela Carcasa (La Calabaza del Diablo, 2020). Escribe perfiles y reportajes, con foco regional (Valparaíso), en Plataforma Crítica. Habita Glorias Navales.