[Extracciones] ¿Flotan los pétalos en el espacio? de Chika Sagawa

Chika Sagawa (1911-1936) fue una poeta modernista japonesa. Su prematura muerte, a causa de un cáncer estomacal, a la edad de 24 años truncó una escritura que asomaba como prometedora (y que también dio pie para su iconización y, peor aun, su mitificación); sin embargo, alcanzó a dejar incipiente obra, parte de la cual fue traducida por Daniela Morano y publicada recientemente bajo el título ¿Flotan los pétalos en el espacio? (Libros del Pez Espiral, 2020).

A continuación, les dejamos con el prólogo del libro. Parte de los poemas, los puedes leer haciendo click aquí.





Fue en 2002 que Sawako Nakayasu —poeta y traductora japonesa residente en Estados Unidos— se encontró con la fascinante obra vanguardista de Chika Sagawa (1911-1936).

El descubrimiento ocurrió durante un viaje a Tokio, cuando Nakayasu aún no sabía nada de poesía japonesa. Resultaba para ella como una página en blanco, un mundo sin jerarquías sobre lo que se debe o no leer según la academia. Con esta distancia, Nakayasu tuvo una experiencia de lectura «pura e inusual» y siguió libremente su instinto.

Leyó de Sagawa por primera vez en un libro sobre el poeta Kitasono Katsue, en que se mencionaba a la comunidad vanguardista de la preguerra: Takiguchi Shuzo, Nishiwaki Junzaburo, Haruyama Yukio y Sagawa Chika.
Entre todos estos hombres, Nakayasu se interesó en la única mujer, la menos difundida. Fue difícil acceder a su obra: desde la edición póstuma de los Poemas reunidos en 1936 (al cuidado del poeta Sei Itō), solo había sido reeditada en 1983. Según afirma Nakayasu, en una primera instancia accedió a los poemas de Sagawa gracias a una joven de dieciséis años que los transcribió en su blog personal.

Al leerla, era evidente que Sagawa se diferenciaba de los otros autores de la época. No solo de sus contrapartes masculinas, sino también femeninas. Aunque a simple vista parecía una poeta convencional, con referencias a la naturaleza, el contenido estaba lejos de ser común por su mezcla particular de tradición y modernidad, su sensibilidad pictórica, y porque se alejaba de los tópicos de la poesía femenina de la época.

Con el correr de los años, Nakayasu tradujo a Sagawa al inglés y la publicó numerosas veces (en 2006, 2011 y 2015), difundiendo su obra más allá de las fronteras de Japón. Nakayasu es conocida también por la traducción de otros poetas japoneses, como Tatsumi Hijikata, Itō Hiromi y Takashi Hiraide.

El admirable trabajo de Nakayasu me permitió luego a mí descubrir a Sagawa, apreciar su obra y realizar las versiones que conforman esta primera antología en español, cuyo título extraje del poema «Fragmento». El orden de los textos sigue la edición original, salvo «El ángel del océano», que me pareció un cierre adecuado, antes de extractos del diario de la poeta desde el hospital.

Chika Sagawa (seudónimo de Kawasaki Chika) nació en 1911 en Hokkaido, al norte de Japón. Se instaló en Tokio a los diecisiete años, en un momento histórico convulsionado. Poco antes, en 1923, había ocurrido el Gran terremoto de Kantō, que devastó la capital y cobró decenas de miles de vidas. La catástrofe cambió profundamente al país, incluyendo el entorno cultural, lo que aceleró la irrupción de la modernidad en una tierra hasta entonces cerrada en sí misma. El arte contemporáneo, la arquitectura, el diseño y la literatura occidental se abrieron paso con fuerza.

Para la generación de Sagawa, resultó el momento propicio para reformar viejas costumbres. Durante siglos, la poesía en Japón se rigió por formas de unidades silábicas fijas, como las del género waka, que incluía al tanka («poema breve», del que deriva el célebre haiku). En la segunda mitad del siglo xix ya había aparecido una forma más libre, shintaishi (o jiyushi), escrita en japonés clásico. Esto anticipó la exploración moderna: tal como ocurrió en otras latitudes, surgieron corrientes poéticas que introdujeron cambios sustanciales a través de la experimentación formal, especialmente el verso libre, que genera otros ritmos poéticos.

En el caso japonés, esto tiene una particularidad a nivel idiomático. Antes de la era Meiji (1868-1912), el lenguaje no estaba unificado. Esta inestabilidad lingüística fue aprovechada creativamente por poetas como Sagawa y sus compañeros vanguardistas. Además, el sistema de escritura japonés resultó ideal para experimentos: una palabra puede ser dispuesta tanto de forma vertical como horizontal, cambiando
así de significado. Esto varía igualmente según el tipo de escritura escogida: hiragana, kanji o katakana.

Por lo demás, los poetas comenzaron a integrar palabras occidentales, creando una corriente surrealista y dadá en respuesta a la tradición japonesa, y experimentando con imágenes visuales y manifiestos. En este mismo sentido, Sagawa realizó diversas traducciones del inglés, que incluyen a James Joyce, Virginia Wolf, Mina Loy o Charles Reznikoff, cuyas
obras resuenan en sus versos.

Ahora bien, la voz poética de Sagawa se distingue por una distancia reflexiva ante la fascinación de las vanguardias. Percibía que el método de composición surrealista conlleva el riesgo de producir un discurso azaroso exento de sentido o una simple imitación. Como indicó en uno de sus escasos textos en prosa: «Sospecho que la mayoría de los poemas están escritos a partir de una ocurrencia al azar de un poeta. En algunos casos está bien, aunque ese tipo de poemas ya están arruinados. Son banales y de vida breve». Sagawa exploró las imágenes surrealistas, pero con una gran conciencia de lo que buscaba decir, y aunándolas con imágenes de la tradición japonesa.

En los poemas de Sagawa, las imágenes oníricas se filtran por la ventana, pueblan el cuarto de un hablante femenino urbano, que habita entre los objetos modernos en un tenso y extraño diálogo con la naturaleza en
movimiento (insectos, peces, lluvia de pétalos). Naturaleza que devora al hablante y se aúna con su cuerpo, como una criatura cercana y distante: «Ahora cuelgo mi caparazón para secarlo. / Mi piel escamosa es fría como el
metal. // Nadie conoce este secreto que oculta la / mitad de mi rostro» («Insectos»). Esta distancia con el cuerpo implica una metamorfosis constante, que revela la parte oculta de la identidad propia, en que se manifiesta extrañeza ante lo desconocido de sí mismo: «Extiendo mi mano a la oscuridad / Solo para encontrar una brisa de cabello» («Cinta de mayo»). Así, la experiencia del cuerpo femenino es ambigua, como una presencia vigilante ante el acecho constante de la muerte: «Todas las sombras caen de los árboles y se unen en mi contra. Bosques y ventanas empalidecen, como una mujer. La noche se ha desplegado por completo» («Aire sombrío»).

Lamentablemente, para el gobierno nacionalista japonés de los años 1930, cualquier escritor que no acatara las formas tradicionales de la poesía terminaba por desaparecer del panorama literario. Prácticamente todos los
poetas vanguardistas fueron olvidados durante décadas.

Sagawa murió de cáncer al estómago a los veinticuatro años, en enero de 1936.




Daniela Morano (Santiago, 1993). Egresada de Literatura Creativa en la Universidad Diego Portales.