[Nuevo estilo de baile] «Bisagras», un cuento de Florencia Rabuco Quiroga

Ilustración: © ArchDaily

Una olla de presión bullendo permanentemente, la aplicación de una fuerza determinada sobre una línea temporal desde distintas perspectivas, los vegetales recocidos deshaciéndose. En «Bisagras», Florencia Rabuco Quiroga trabaja el concepto de presión desde una dimensión humana, donde la claustrofobia y la angustia serán los ejes que mantendrán la tensión hasta el final en este Nuevo estilo de baile.




And round her house she set
Such a barricade of barb and check
Against mutinous weather
As no mere insurgent man could hope to break
With curse, fist, threat
Or love, either.

«Spinster»
Sylvia Plath


En la cocina hierve una olla a presión llena de zapallos y papas sobrecocidas. Lleva más de treinta minutos bullendo y el agua amenaza con derramarse por los bordes, como si quisiera carcomer su recipiente, como una boca rabiosa que alguien ha cerrado por fuerza. Quiere abrirse y gritar mientras va quemando todo a su paso, pero cualquier intento de pronunciación desaparece en forma de un vapor que asciende para encontrarse con las paredes de metal y caer en el burbujeo otra vez hasta que alguien llega y apaga el fuego. Pero eso no sucede porque nadie está pensando en apagar el fuego. El ciclo del agua se repite dentro de la olla una y otra vez, y los vegetales comienzan a despedazarse mientras chocan unos contra otros. Son las cinco de la tarde de un día de invierno en Valparaíso. El mar no está tan cerca, aunque es posible divisarlo desde el balcón si se asoma un poco el torso sobre el vacío. Felipe se inclina pero no ve más que su aliento confundiéndose con la bruma costera. Desde dentro, Mónica observa su espalda y camina hacia él con determinación. Una nube de vapor con olor caldo de verduras inunda el aire y Felipe se voltea.

           —Hijo, ya llegó.

El departamento 402 pertenece a un conjunto de blocks de viviendas sociales construidas trece años atrás. Se puede decir que no tienen entrada ni salida porque no hay nada que los separe de la calle. El único límite son las puertas de cada una de las casas, altas y gruesas, todas iguales, pintadas por el frente de color damasco y con una sola gran manija circular en el centro. Hay seis departamentos por piso; para acceder a ellos hay que subir por una escalera exterior y luego atravesar un pasillo largo y frío desde donde no se percibe el cambio de las estaciones. Ahora Felipe está sentado sobre el comedor y observa la página de un libro casi sin mover los ojos. Su espalda tan recta contra el respaldo de la silla es una pose un tanto inusual en él. Se restriega los dedos de su mano derecha con los dedos de su mano izquierda. Se oyen fuerte los gritos de un hombre en el exterior, sus golpes de puño y patada contra la puerta hacen temblar la muralla. Felipe guarda silencio pero su cuerpo luce incómodo. Mónica está en la cocina y sus manos enajenadas cortan y cortan camotes. Concentra su mirada en las rodajas que caen a su derecha sobre la tabla de madera, las aparta en grupos de cinco y luego sigue cortando. Por el papel mural con diseño de loza que recubre las paredes se deslizan gotitas de agua. De a poco, el vapor de la cocina comienza a elevar la temperatura de todo el departamento, a empañar los vidrios, a cargar el aire con su peso sofocante. Felipe se acomoda y reacomoda en la silla pero no se levanta para intentar apagar el fuego. Mónica parece cómoda y prefiere mantener las ventanas cerradas. Su pelo rubio pierde volumen, se le pega en la cabeza y en la frente. Se ve cansada.

La válvula de escape o contrapeso, también llamada válvula de seguridad o válvula de alivio, es una pieza fundamental de la olla a presión. A través de un movimiento giratorio permite que el vapor de agua se libere solo en la justa medida para evitar la explosión del recipiente que contiene un fluido cuya temperatura y presión exceden los límites sugeridos.


§

Tras la puerta había un hombre que habría denominado un extraño. La golpeaba como una bestia, como si se le fuera la vida en cada patada, en cada empujón y en cada clamor ronco que expulsaba gritando mi apellido, su apellido, llamándome como si fuera un perro perdido de su jauría. Tenía catorce años y estaba sentado en el comedor a muy pocos metros de la puerta. Esa era mi trinchera. Desde ahí observaba el oscilar de las cadenitas de seguridad que había instalado hace casi cinco meses con mi mamá. Tenía abierto frente a mí el cuadernillo de desafíos matemáticos que mi profesora me había entregado para las vacaciones. Recuerdo esa angustia a la que me había acostumbrado, la de observar la hoja sin poder recuperar la concentración. Esto pudo haber sucedido un viernes cualquiera de aquel año. En ese momento sabía lo que iba a pasar y también sabía que me quedaría sentado exactamente donde estaba, con los dientes apretados, esperando a que se lo llevaran o a que se fuera solo después de suplicar de arrepentimiento. Acariciaba con los dedos la tapa de cartón forrado que mi profesora había mandado a poner a la impresión. Su voz dura retrocedía ante los muros del pasillo y entonces el eco deslizaba sus palabras por las baldosas y luego bajo nuestra puerta. Fingía no oír  mientras las aristas y los vértices se comenzaban a multiplicar frente a mí. Cuando me entregaban las guías de matemáticas en el colegio, lo primero que hacía era repasar con lápiz mina los trazos negros, imperfectos por la mala calidad de las fotocopias, que unían puntos sobre el vacío para formar impresionantes cuerpos geométricos que jamás se encontraban con una cara distinta de sí mismos. Me gustaba completar los espacios aunque nunca lograse que mis líneas fueran tan rectas ni tan negras como para confundirse con las originales.

Pensaba en mi papá como en un hombre casi cualquiera gritando al otro lado del muro. Pensaba en los hombres cualquiera como sujetos de manos gruesas, torpes y secas. De mediana estatura, de jeans gastados y camisa limpia adentro, escondiendo una panza abultada aunque todavía turgente. De voz sobria y sonrisas en las que no podía confiar, lo único que lo distinguía de lo que yo entendía como un hombre cualquiera era su altura. Imaginaba desde mi trinchera que de pronto me sobrevenía un arrebato, que cerraba el cuadernillo de una vez y que el sonido de la portada contra la pila de páginas me daba el ímpetu que me faltaba para levantarme de la mesa, quitar una cadenita, la otra, el pestillo y abrir la puerta. Pero entonces me encontraba con su figura que se mezclaba con la oscuridad del pasillo. Levantaba la mirada buscando su rostro y cuando lo encontraba cerraba mis ojos sin hacer ni decir absolutamente nada más. Me quedaba paralizado. No sabía cómo comunicarme con esa cabeza que había estado dirigiendo su cuerpo y su voz cada viernes, desde hacía varias semanas, al otro lado de nuestra puerta.

Resultaba evidente que el cuadernillo que tenía sobre la mesa no había sido impreso en las fotocopias del colegio. Las figuras geométricas descansaban sobre un fondo blanco, limpio, perfecto. La tinta describía bien cada uno de sus lados, nada podía entrar y nada podía salir. No había correcciones pendientes en las que entretenerme, lo único que yo tenía que hacer era agachar la cabeza, seguir las instrucciones y hacer los ejercicios en silencio. Me quité los lentes empañados y volví a observar la página frente a mí. Nada que resolver. Caminé hacia el teléfono de la cocina, mi mamá había cerrado la puerta, pero la casa completa desprendía el olor a cocción en un día de invierno. Ahora cortaba rodajas de camote en el mesón. Cuando estuve a punto de descolgar el auricular me dijo que no llamara, que ya había llamado a la Mariela hacía un rato atrás.

           —¿Pero cuánto tiempo es un rato mamá?

Los suyos eran cortes limpios. Secos. Rápidos. Eran una diligencia y como tal los ejecutaba ella: los puños arremangados, el ceño levemente fruncido, el cuchillo bien tomado por el mango. Si hubiese tenido que hablar con los tubérculos, lo hubiese hecho con palabras concisas y cordiales. Me quedé allí y traté de concentrarme en las rodajas. Había diez ya desplomadas sobre la tabla de cortar y todas tenían un grosor parecido. El vapor que emanaba de la olla presión se había impregnado en la tabla y oscurecido el tono de la madera. Fijé la vista sobre las manos de mi mamá, que no expresaban duda, que rebanaban sin temblar, como si no fuera posible para ella equivocarse. El sonido que provocaba el filo del cuchillo al chocar con la madera luego de cada corte era suave y acompasado. Uno, dos, tres. Mi papá había dejado de golpear la puerta, pero sabíamos que seguía ahí porque jamás se había ido por voluntad propia sin hacer algún tipo de escándalo lastimero. Volví a la puerta y observé por el ojo mágico. Estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada en la muralla del frente. Solo pude ver su silueta acercándose rápido a mí y comenzando a gritar mi nombre otra vez, primero como una pregunta y luego como una amenaza. Retrocedí porque sentí miedo, como si su cuerpo firme fuera a diluirse para atravesar por el pequeño agujero y luego recomponerse al otro lado de la puerta, al lado nuestro. Tropecé con los pies de mi mamá y ella me sostuvo por los hombros. No sé cómo supo, le dije. Mi papá se abalanzó e introdujo una llave en la cerradura. La puerta cedió dos centímetros y quedó sujeta por las cadenas. Mi mamá y yo nos tiramos contra ella desde adentro y volvimos a cerrar. Mamá por qué tiene la llave por qué tiene la llave de nuevo. Ella siempre fue una mujer de reacciones rápidas, pero estaba nerviosa. Quitó las cadenas y salió al pasillo. Con todo su cuerpo empujó a mi papá contra la muralla y, mientras él se recuperaba, arrojó la copia por el pasillo lo más lejos que pudo. Cerró de un portazo y mientras ella encajaba nuestra llave por dentro yo cerré todas las cadenas. Mi mamá se fue y volvió con una revista y scotch en la mano. Rompió un trocito de la portada, lo pegó sobre el ojo, volvió a la cocina y comencé a escuchar otra vez el un, dos, tres.

Tac, tac, tac.

Tomé el auricular otra vez y dije rápido al 3 1 1 1 4 2 local, por favor. Mi mamá iba a quitármelo para colgar.

           —¿Mari?

Me levanté al baño a las dos de la mañana. Me detuve unos segundos en el pasillo a oscuras, encandilado con la luz amarilla que escapaba por la abertura de la puerta que mi mamá no había terminado de cerrar. Me acerqué y la vi a través del espejo. Tenía el rostro y sus ojos verdes enrojecidos. Tenía las mejillas y la garganta empapadas con sus lágrimas. Tomaba grandes bocanadas para no ceder a una respiración entrecortada, para no hacer ruido. Se observaba llorar como si su imagen fuera la de otra persona que no tenía razones para mostrar debilidad. Dije mamá y se dio vuelta asustada, se restregó la cara con su antebrazo y cerró la puerta de un solo golpe.

§

Al Puto, como le gustaba llamarlo cuando pensaba en él, lo había conocido hace quince años, cuando tenía dieciocho y todavía su pelito era de un rubio y largo excepcional. Vivía en el poco amable pueblo de La Calera y tenía en total seis hermanas mayores y menores que le decían pelo de choclo desde que puede recordar. Tomaba todos los días una micro interurbana para ir a estudiar al liceo de niñas de Viña del Mar y ahora no deja de pensar en ese trayecto como en una maldición inmerecida. Solía disfrutarlo, solía amarlo profundamente porque era el único momento del día en que no estaba sometida al escrutinio de nadie. No estaba su papá exigiéndole nada. No estaba el murmullo de sus hermanas hablando a sus espaldas. No tenía que fingir que le importaban los consejos de toda clase de moderaciones que le daba su mamá. Cuando lo conoció, el Puto no tenía las manos duras ni esa mirada de muñeca rusa que alguna vez le pareció atractiva porque la creía digna de un hombre. Lo conoció porque él le sonreía por la ventanilla de la micro que había empezado a manejar solo un año atrás, a los diecisiete. Le pasaba las monedas del pasaje y, mientras él le devolvía un boleto, ella le deslizaba las puntas de sus dedos por la palma antes de irse a sentar al final del bus. Le gustaba ver cómo trataba de encontrarla en el retrovisor. Por la tarde, cuando llegaba al paradero frente a la Plaza Vergara, dejaba pasar dos o tres micros. Cuando las veía venir a lo lejos, ponía atención a las patentes y, solo cuando veía la suya, se ponía a la fila y fingía haber llegado recién. A él le llegaba el sol de ocaso de frente y así, con su tez anaranjada, le sonreía.

Se casaron a los dos años de conocerse y se mudaron a Quilpué un año después del matrimonio. Felipe acababa de cumplir dos. El Puto se llevó la micro y se puso a hacer un recorrido de tarde-noche que a ella no le servía para ir a ninguna parte. Se levantaba temprano, cuando él todavía estaba durmiendo, y se quedaba dormida tarde, pero antes de que él regresara. Cuatro días a la semana le encargaba el hijo a una vecina y se iba a Valparaíso de nueve a seis. Había hecho la práctica del secretariado en la Firestone y se había quedado a trabajar ahí porque al jefe le caía bien una mujer bonita pero con carácter fuerte, una que no se dejara pasar a llevar para que los mecánicos del taller no se le anduvieran distrayendo. Se quedó ahí y en poco tiempo se hizo experta en neumáticos, conoció sus distintos tamaños y grosores, cada una de sus capas, las formas y profundidades de las bandas de rodamiento, el olor de una goma nueva y el de una antigua. Aprendió a estimar el tiempo de vida útil que les quedaba a las piezas usadas y a manejar todo tipo de vehículos, pesados y livianos.

Son pasadas las cuatro de la mañana de un jueves en Quilpué. Se abre la puerta de entrada a la casa y ella no la oye cerrarse. En ese momento no entiende por qué pero no se extraña de ello. Piensa que él debió haber estado muy seguro de que la iba a encontrar dormida, quizás con su hijo acostado en la cama de ambos. Faltaban dos horas para que sonara la alarma de su reloj despertador. Lo escucha caminar a tientas y con torpeza por el living. Algo liviano cae al suelo. Se asoma a la habitación pero no se percata de que ella lo está mirando. Entrecierra la puerta, entra al baño del pasillo y enciende el agua de la ducha, pero vuelve a salir y se dirige a la cocina. Ahora escucha correr la llave del lavaplatos y luego a su esposo desplomarse sobre el sofá. La puerta de entrada a la casa se cierra. Mónica entiende por qué no se había extrañado de que la dejase abierta. Puede sentir desde la cama el frío de la madrugada. Nadie habla pero ella escucha los pasos de una segunda persona por la casa. Le hierve la sangre. No puede creer que haya sido tan, pero tan puto. Se levanta y hace tanto ruido como es posible hacer al caminar. Enciende la luz y se pone la bata. Al salir de la habitación alcanza a ver a una mujer desapareciendo por la puerta. Le grita ¡puta de mierda! y luego lo mira enfurecida. Le dice que se vaya inmediatamente de su casa. Y entonces él se levanta del sillón donde pensaba quedarse dormido. Se levanta rápido, impetuosamente. Ella siente un terror instantáneo pero no alcanza a dar ni un paso atrás para esquivarlo. No alcanza y él la toma del cuello, se lo aprieta, se lo exprime. Sin soltarla la empuja con todo su cuerpo hacia atrás y le hace chocar la nuca contra el refrigerador, la loza con la comida guardada del día anterior se estremece en su interior y la vibración de los cristales es lo único que se oye tras el silencio bestial que hay entre los dos. Ella lo mira hacia arriba. Es un hombre cualquiera que apesta a cerveza. Recuerda una tarde en que los mecánicos estaban libres y le enseñaron técnicas de ataque y de autodefensa. No duda y le da un golpe seco en la boca del estómago. El Puto retrocede y empieza a toser, a ahogarse. A ella no le importa. Corre y hace un bolso lo más rápido que puede. Echa plata, ropa, zapatos, maquillaje y la agenda de contactos telefónicos. Entra a la habitación de Felipe y se percata de que no estaba dormido. Él le extiende los brazos y hace pucheros. Lo toma, busca las llaves de la micro en la chaqueta que su marido dejó caer al suelo y sale de la casa. El sonido del motor rugiendo se transforma en un leve temblor de ventanas que los vecinos oyen aun entre sueños. Mónica acomoda el retrovisor y dedica dos segundos a observar la silueta de su marido pateando el aire, lejos, en mitad de la calle. Todavía es de madrugada y ella conduce mientras su hijo llora en el asiento del copiloto.

—Hijo, mira el sol, mira el sol cómo sale.

Felipe deja de llorar y abre bien los ojos porque esta es la primera vez en su vida que ve amanecer.

Se detiene en la estación de buses y abandona la máquina en el estacionamiento. Todos los conductores la reconocen y la miran estupefactos porque jamás se hubieran imaginado que sabía manejar así o que fueran a verla manejando así a las cinco y media de la mañana y en pijama. No les presta atención y entra al edificio del terminal. La señora Consuelo acaba de abrir los baños y está trapeando la entrada. Sienta a Felipe sobre el lavamanos y le dice que la espere ahí dos minutos. El niño obedece y ella entra a un cubículo. Cierra de un portazo y de inmediato pide disculpas en voz alta aunque sabe que no es necesario. Se quita la bata de dormir y se pone el uniforme, se quita las pantuflas y se calza los zapatos de taco. Mea. Tira las llaves de la micro en el basurero junto al papel confort sucio. Frente al espejo se maquilla y se toma el pelo en un moño apretado. Le agradece a la señora Consuelo, que le responde con una sonrisa sin preguntar nada. Compra un agua, una leche en cajita y un paquete de galletas para los dos. Toma el primer bus interurbano del día rumbo a Valparaíso. No vuelve más.

§

Mi mamá me cuidaba y me quería con ternura inusitada. Siempre me gustó su gesto rudo y el carácter reservado que mantenía sin querer incluso cuando estábamos los dos. Me sentía cómodo con esa forma tosca de protegerme que entendía perfectamente. Le dije una vez que recordaba el origen de nuestra forma de comunicación. Fue el día soleado en que llegamos al departamento en Valparaíso. Ella dice que no podría acordarme, pero me acuerdo de haber metido mis dedos en las bandas de rodamiento de un neumático que me doblaba en tamaño, y de que un hombre vestido con overol me había sentado en el asiento del piloto de un camión. Recuerdo sentir miedo y luego estar en silencio sobre las piernas de mi mamá que tecleaba en la máquina de escribir mientras hablaba con una mujer por teléfono. Recuerdo la voz de la Mari inundando el espacio y el sol anaranjado sobre la alfombra.

A los diez años mi mamá me dio un par de llaves y me dijo que podía volver solo del colegio. Desde entonces me acostumbré a pasar las tardes en la casa de la Mari esperando a que ella llegara de la Firestone. En su departamento era imposible hacer cualquier cosa que no fuese hablar o cocinar, o cocinar hablando. Solía repetir mucho que mi mamá era una mujer joven y una mujer buena y yo asentía porque sabía que ambas eran afirmaciones ciertas. Me enseñó a hacer pan, berlines y luego empanadas. Me decía que tenía buen ojo para la comida y de vez en cuando removía mis vagos recuerdos con preguntas sobre mi papá. Yo siempre decía la verdad, decía que recordaba su cara y una extraña sensación: el miedo intenso a los movimientos de su cuerpo y a su voz. Entonces ella me preguntaba por qué a su cuerpo, por qué a su voz. Pero yo nunca había querido esforzarme por imaginar qué había pasado ni por qué a mi mamá no le gustaba hablar de él.

Esa tarde estábamos mezclando la masa de unos queques de limón que yo le ayudaría a vender en los blocks. El muro que daba hacia el pasillo, el que compartíamos con todos los departamentos pares de cuarto piso, se estremeció e hizo crujir la puerta. Nos asomamos y entonces lo vi. Y supe. Y él supo. Se acercó rápido y como avergonzado de sus gritos se puso de rodillas y me abrazó fuerte. Sentí mi torso hueco y adolorido como si de pronto alguien tirara de los extremos de una cuerda atada a mi pecho. No me moví y entonces presionó mis hombros y me observó como si realizara una inspección. No lo miré, pero le dije que por favor me dejara de tocar y que no volviera a venir nunca más. Separó sus manos de mí y de inmediato hizo el ademán de acercarse otra vez. La Mari vio mis ojos llenándose de lágrimas y se puso por delante. Él se sacudió a manotadas la harina de mi ropa que había quedado en su camisa. Desde atrás, a mis once años, observé por primera vez los ojos de ese hombre alto y extraño que era mi papá. Miraba a la Mari hacia abajo y con displicencia, pero ella le sostenía la mirada. Me dijo que entrara y luego cerró la puerta, pero los muros eran delgados y escuché las palabras que un hombre cualquiera diría a cualquier mujer. Le dijo que era una vieja de mierda, que no se metiera en hueás que no eran asunto suyo y después la mandó a ponerse el delantal. Entonces pensé en mi mamá y con la manga de mi chaqueta me sequé las lágrimas. Me puse el delantal que la Mari siempre me prestaba y con el de ella en la mano volví a salir al pasillo y la abracé por el costado.

Semanas después él apareció con la llave de nuestro departamento y entró mientras mi mamá y yo tomábamos once en el comedor.

§

La presión es definida como la«acción de apretar o comprimir», como la «fuerza moral o influencia ejercida sobre una persona para condicionar su comportamiento», como el «acoso continuado que se ejerce sobre el adversario para impedir su reacción y lograr su derrota». Presión, también nombre femenino en desuso que significa «prisión» y alude al estado de la presa que es capturada por un halcón de cetrería, el miserable que es criado, domesticado y enseñado para cazar a los de su misma especie.

Presión u opresión, fuerza, compresión, aplastamiento, coacción, apremio, imposición, influencia, conminación, estrujamiento, intimidación, amenaza, tensión, violencia.

Mónica no tiene nada más que cortar sobre la tabla. La válvula de escape ha dejado de girar a gran velocidad porque el agua ya se ha evaporado casi por completo. El departamento está saturado y el vapor ha comenzado a salir hacia el pasillo del cuarto piso. El hombre gritando en el pasillo se ha ido hace treinta minutos por su propia voluntad. Esto es un evento extraordinario. La Mari toca la puerta para ver si está todo bien porque sabe que no está todo bien. Felipe le abre y observa su gesto expectante pero no sabe cómo explicar lo que está pasando. Suena el teléfono en la cocina y la mamá toma al hijo por la muñeca para que no responda. Pero responde la Mari. Es el hombre el que habla y su orgullo varonil hace rodar y rodar su lengua antes de saber siquiera si alguien le está prestando atención. La Mari escucha atenta y mientras lo hace arranca una hoja de la libreta telefónica y le escribe una nota a Mónica.

DICE QUE TIENE LAS LLAVES DE TU DEPARTAMENTO, ¿ES VERDAD?

Se lleva una mano a la frente y muestra sus dientes apretados. En ese momento la Mari cuelga el teléfono y le dice que nada es su culpa. Ella tiene más vida acumulada que Felipe y Mónica juntos en ese departamento y se limita a decir que el hombre es un idiota. Felipe piensa que es una broma y se ríe.

           —Va a volver y va a cortar las cadenas de la puerta.

Entonces mira a su mamá y su expresión le desarma la sonrisa. Pregunta a las mujeres que por qué, que para qué, que qué es lo que pretende hacer cuando destruya su puerta, que qué es lo que ha querido hacer todo este tiempo. La Mari se levanta y abre el ventanal. El vapor de la casa se mezcla con la bruma del exterior. La temperatura comienza a descender rápidamente. Su mamá está sentada en el comedor y él por primera vez reconoce en su rostro el miedo. Piensa en voz alta, dice que va a llamarlos y se dirige a la cocina. La Mari lo sigue y le quita el auricular de las manos.

           —Mi amor, tú ya sabes que ellos solo vienen cuando algo está pasado o ya pasó, ¿qué les vas a decir?

Felipe se muerde las uñas y no responde.

           —Tiene que ser después, tiene que ser cuando él esté aquí.

Mónica se levanta de pronto y comienza a mover las sillas para bloquear la entrada. Su hijo la ayuda como siguiendo unas instrucciones que no ha recibido. La Mari piensa y dice no, no, no. Comienza a quitar los muebles de la puerta y Felipe hace lo mismo. Las papas y los zapallos, dejan por fin de golpearse unos contra otros y el agua hirviendo que resta se comienza a enfriar. La Mari toma a Mónica del brazo y la lleva al 404. El comedor está cubierto de harina y hay una montaña de redondelas de masa en un costado. Se dirigen al clóset y saca una caja con destornilladores de distintos tamaños. Le pide a su vecina que los sostenga y luego ambas salen al pasillo cargadas con todos los que creen que podrían servir. Mónica aprieta el interruptor y el tubo arroja sobre ambas una luz blanca intermitente. La Mari se arrodilla y comienza a probar cada uno de ellos en la bisagra más cercana al suelo. Descarta rápidamente los pequeños y los medianos, intenta con los planos y los de cruz. Madre e hijo prueban a la vez en la bisagra del centro hasta que logran encajar uno. La Mari da un grito y entre los tres se turnan para destornillar a toda velocidad. Cuando terminan con la primera puerta se desplazan rápidamente a la siguiente. Felipe ayuda a desencajarla del marco y juntos la arrastran para sacarla hacia el pasillo. Solo cuando las dos puertas están apoyadas en el muro, una junto a la otra, confirman que son exactamente iguales, que siempre han sido así: perfectamente intercambiables.



Florencia Rabuco Quiroga (Viña del Mar, 1996). Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad de Chile y diplomada en Estudios de Género por la misma casa de estudios. Actualmente, se encuentra cursando la carrera de Pedagogía en Educación Media. En el ámbito literario, ha participado en múltiples talleres de escritura creativa y, este año, fue beneficiada con la línea de creación del Fondo del Libro del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile para desarrollar un volumen de cuentos con enfoque de género.