[Extracciones] (Una banda de punk llamada) Rattus de Andrés Paniagua

Imagen: © Swedish Punk Fanzines

Parafraseando a Mario Montalbetti, cuando se nos pide recordar, en realidad lo que se nos está pidiendo es hacer memoria. Es decir, fabricamos y acomodamos lo que recordamos a nuestras necesidades y deseos: recordamos a pedido y queremos creer que lo recordado ocurrió. En (Una banda de punk llamada) Rattus (Barnacle, 2020), Andrés Paniagua se propone ese ejercicio a partir del punk, cuya implicancia épica quedará a cargo del lector.




Reventar botellas contra la pared.
Los dedos tensos.

Buscar resquicios en la opacidad
después de todo
el mundo es un lenguaje que nunca elegimos.


§


De espalda a la pared
entre el objetivo y la cámara
cubiertos por distintas gradaciones del mismo color
algunos grafitis sobreviven.

Volutas frías sin explicación.

La nitidez de las ideas fijas puesta a secar
junto a la puerta que dejas abierta al salir.

Existe otra fotografía.
La encontré en internet.

Somos la ilustración en blanco y negro acompañando la nota. Reunidos en círculo, el encuadre nos troza antes de alcanzar la cadera; las botas en el extremo derecho pertenecen a S.

Piezas disecadas en el museo del rencor.
No encuentro la manera de acortar la distancia.

Cada intento de acercarme a S. arroja largas ausencias proyectadas sobre las calles que atraviesan la ciudad hasta llegar a una réplica del David.

Solo un carnicero podría
obligar al cuerpo a replegarse en un presente que desciende al mucho necesitar y sentir dónde te ha tocado crecer.

Ese momento nos inquieta.

Mirarás las fachadas llenas de mierda
desde la periferia hasta el centro
por todos los sitios, las ratas esperan amontonadas
                                                                         /en basureros
o alineadas en arroyos

somos ratas contaminadas

el número crece y la recolección es cada vez más abundante.
Suben en hileras para tambalearse a la luz, girar sobre
                                                                             /sí mismas

sus grititos de agonía en los callejones

unas hinchadas y podridas

otras rígidas, de bigotes tiesos.

Por debajo del orgulloso puente colgante
donde reposan los excrementos

incapaz de distinguir

mirarás un gran cielo amarillo.

Te veo acariciar la basura que flota.

El disco se ha detenido.


§


La sombra de esta mirada que trepa con lentitud.
Es cierto que los rostros son los primeros en caer.

En esa memoria siempre lista para ser aniquilada el ojo experimenta una presencia en busca de conmemoraciones.

Incapaz de pronunciar se derrumba

pero el sentido de una muerte es destruir otra cosa.

No sé cómo empezar o cómo decir.

La voz que canta esa canción, “Rock & violencia”, sobre todo los últimos meses, se dijo agotada. Ingresó al hospital en dos ocasiones, al menos dos, seguidas de una temporada de recuperación en casa.

Pienso en ese modo de mirar fijamente.

J. Calhoun acuñó el término “sumidero de comportamiento” e ilustró a detalle cada una de las ratas que crecen, que se acumulan progresivamente a lo largo de la página 140 a la página 147 del número 206 de Scientific American; cuerpos tambaleantes, mezclándose con las agrias escamas de la humedad.

Imágenes parlantes sometidas a la exclusiva tarea
                                                                          /de ser vistas.

El gesto tan familiar de los movimientos de S.

Solamente cuando habíamos hablado largo rato S.,
                                            /poco a poco, se dirigía hacia mí.

Nunca me animé a preguntarle.

Al describir la rata negra, Gesner no es capaz de evitar la descripción del nudo que ata los rabos: “[…] basta decir que no hay movimiento libre, y el menor intento termina por asfixiarlas. Hocicos abiertos y llenos de espuma.”

Un paisaje nuevo porque lo comparo con otro paisaje                                                                                 /anterior.

Pese a todo no ve nada
una imagen nunca dice nada.

Hubo noches cuando descendíamos no para morir,
                                              /sino para mantenernos vivos

nos arrastramos tambaleantes.

Y quien conozca esa manera de andar, ese pararse entre dos pasos o cambiar de dirección o volver atrás sin propósito no podría suponer que S. anudó un objeto y lo sostuvo en sus manos antes de saltar.

La posición de S., con la cabeza ligeramente inclinada.

Alguna ocasión dijo “no”, es verdad.

Pienso en el gesto de la cara transformándose a cada instante, haciendo imposible pasar por debajo de él, interpretar el verdadero sentimiento.

Contra la pared, con el hocico abierto, los rescoldos de su cuerpo caen proyectando la trama de algo parecido a un tapiz

una gran nube sucia.

¿Podría un memorial superar el atractivo de la ausencia?

El amor disuelve todos los detalles

quien escuche, quien sea
no será herido.


§


Y cuando elegimos controlar las circunstancias
                                             /pretendemos que son objetos
o virtudes o simplemente otros sí mismos
feos y curiosos los vemos agitarse alrededor
de una colonia de ratas albinas

como si fuera posible

traducir las paredes de un terrario buscamos aplicaciones
y en cambio hallamos desvíos

maneras de no entender

cómo o qué nos nombran en su mente
ni lo imaginamos

y ellos entrando y saliendo
de la sensación

y solo la luz de estas lámparas y al centro diferentes patrones
en medio de todo este movimiento

como si fuera posible
a sus pies.




Andrés Paniagua (Ciudad de México, 1992). Es autor de Usted está aquí (Mantarraya, 2016) y Sin nada detrás (Periferia de Escribidores, 2019), y coautor de Señales de ruta, con César Campos (Herring Publishers México / Gold Rain, 2019). A veces traduce. Ha sido publicado en distintas revistas y sitios web como Tierra Adentro, Oculta Lit, Dolce Stil Criollo, Vozed, Digo.palabra.txt, Low-fi Ardentía, El Humo, Al-Araby, Angel City Review, entre otros. Forma parte de Lhabloratorio Colectivo. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA en el período 2017-2018.