Campo literario y relaciones de dominación. Entrevista de Jacques Dubois a Pierre Bourdieu

Jacques Dubois es un sociólogo belga. Ha sido crítico literario por más de cinco décadas y es profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Université de Liège. Es autor del libro L’institution de la littérature (traducido al español como La institución de la literatura),  donde siguiendo el trabajo de Pierre Bourdieu analiza la literatura como un lugar de poder, aún más poderoso en tanto no se acepta como tal, y ofrece un modelo metodológico riguroso para comprender cómo el hecho literario se relaciona con otras instituciones sociales y con las condiciones históricas, revelando así su carácter ideológico y político.

En esta entrevista realizada a Bourdieu, publicada en el número 15 de la revista Textyles (1999) y de la que aquí presentamos un extracto, se aborda el tema de los grupos de poder y el mercado en la literatura, la incidencia del Estado en les autores y los lugares minoritarios del trabajo literario.

Traducción de Mariela Malhue




Jacques Dubois: ¿Podemos decir que hoy en día las cartas se distribuyen en la medida en que la literatura francesa ya no tiene el aura, la fuerza de centralización que tuvo por tanto tiempo? De tal suerte que las literaturas periféricas son, desde algún tiempo, llevadas en un doble movimiento que es este de la europeización de la cultura y de la emergencia de las identidades menores. Como si el viento fuese favorable frente a una literatura francesa que falta, incluso si es de manera temporal,a una internacionalización del espacio literario.

Pierre Bourdieu: Las relaciones de fuerza al interior del mundo literario, sin duda, han cambiado. Es complicado. Actualmente, el polo comercialestadounidense ha tomado cada vez más peso en relación al polo literario. En el espacio literario, propiamente dicho, pienso que París se posiciona muy fuertemente aún, la gente anhela ser traducida en París. Pero es muy difícil hablar de aquello porque es evidentemente una apuesta de lucha. Desde que ensayistas como Domenech dijeron «la novela francesa está muerta» así como en Alemania o en Estados Unidos, esa idea ha tenido un éxito loco por razones inmediatamente inteligibles. Y aquello ha tenido mucho éxito en los escritores de Le Figaro que se regocijan de escuchar decir que la novela, es decir, la literatura de vanguardia, está muerta. Estos son debates muy complicados donde la gente es juez y parte, y tienen intereses escondidos tan evidentes que podemos suponer que todos los juicios debieran ser tomados como elecciones de intereses. Es por ello que dudo siempre en intervenir. Vuelvo a tu pregunta. Es verdad que yo tengo cada vez más la tendencia de pasar del análisis a la crítica. Hay que inventar una nueva forma de lucha y el campo literario es uno de esos lugares de lucha política específica muy importante que es abandonada por los escritores que a menudo se cierran en su narcisismo.

JD: Usted no ignora que Bélgica conoce, desde hace un año aproximadamente y sin interrupción, eventos muy estremecedores. Es toda una sociedad que se pone en cuestionamiento. Muchos intelectuales de todas las áreas son intervenidos durante esos eventos, en particular un gran número de «intelectuales orgánicos». Muy poco los escritores. Incluso los más habladores se quedan en silencio. Pero esto no merece ser más ampliado.

PB: Ese silencio instala un problema. Sin duda los grandes escritores están tan absorbidos en sus tareas, tarea muy extraña, muy difícil, que incluso, con toda la buena voluntad del mundo, están un poco perdidos, y luego no tienen ni elementos de análisis ni armas. También puede ser que no existe un modelo. En todo caso, es una pregunta que me hago muy seguido, a propósito del Parlamento de Escritores1, la cual yo lancé con un poco de ingenuidad. Descubrí que era muy difícil conducir a los escritores a acciones racionales y específicas a la vez. Firmar peticiones contra la proliferación de armas atómicas, o llevar acciones del tipo Pen Club2 para tal o cual escritor perseguido, es fácil. Pero las acciones específicas, quiero decir, acciones que conciernen a los intereses específicos de los escritores, es mucho más difícil. Uno de los roles que podría jugar la sociología —porque la sociología de la literatura, como todas las ciencias, puede ser aplicada—, es la de intentar dar a la vez fines y sobre todo medios racionales a las acciones políticas específicas, a las acciones literarias en favor de la literatura, a las acciones artísticas en favor del arte. Asistimos, en el mundo entero, a una regresión del arte de avanzada e incluso a una restauración del arte pomposo. O es muy difícil movilizar a la gente contra ese tipo de fenómeno solapado. Por ejemplo, uno se podría movilizar porque cuatro o cinco personas han escrito en una revista de la nueva derecha, de la derecha fascista. Pero podría pasar que aquellos que denuncian los compromisos políticos con la extrema derecha (como Jean Claire o Jean Baudrillard) sacrifican el mismo conservadurismo estético (pienso en los críticos del Monde o de Art Press). Es extremadamente difícil hacer tomar conciencia a las personas sobre la existencia de luchas políticas en el arte, en la filosofía, o en la literatura, que no son reductibles a las luchas políticas en el sentido ordinario.

JD: El concepto de autonomización juega un gran rol en su teoría. Por otro lado, tenemos la impresión de que usted ha pensado alternativamente las autonomías de las esferas de producción moderna recientemente como una falla de la democracia cultural (los artistas se cortan en público) y dentro de poco como una disposición propicia a la vida intelectual, incluso a los compromisos (el artista o el hombre de ciencias intervienen con tanto peso en el espacio público que han acumulado capital en su pulcra esfera). Desde este punto de vista, ¿cuáles son las literaturas, aún poco autonomizadas y que conservan entonces un poco de arraigo social (Quebec, por ejemplo; Bélgica puede ser)? Podríamos creer que son las más propicias para la acción intelectual, y al mismo tiempo, eso no se verifica casi nunca en la práctica (me parece conocer de Bélgica una fortísima apropiación en relación al campo social).

PB: La intención de autonomía (la literatura autónoma) se puede afirmar en relación a las fuerzas económicas y políticas, por una parte, o por otra, a relaciones de cosas específicas, quiero decir, propiamente literarias, dominantes. Son dos cosas totalmente diferentes: las literaturas de países pequeños subsisten fuertemente a la dominación de lo literario, sin embargo, pueden, bajo ciertas condiciones —ha habido grandes revoluciones, la austríaca, la irlandesa, etc.—, apoyarse en la autonomía política para hacer subversiones literarias. Pero eso supone una toma de conciencia heroica de las formas específicas que toma la dominación, en materia de lengua, principalmente. Eso supone —¿cómo decir esto?— una toma de conciencia de aquello que hay de literario dentro de la dominación. Ahora, muy a menudo, bajo la influencia del marxismo por ejemplo, se ha politizado desliteralizando, se ha trasladado las luchas del terreno literario al terreno político. Ustedes tienen gente que fue muy revolucionaria políticamente, pero muy conservadora literariamente. Pero inversamente, gente que siendo subversiva literariamente, eran sospechosos de ser conservadores políticamente, como si fuera una forma de escapismo. Las revoluciones específicas son muy mal reconocidas, en todas partes, en literatura, en religión, en todos los campos.

JD: Como Quebec, pero menos que Quebec, la literatura de Bélgica es una literatura donde el patrocinio del Estado es importante. En todo caso, y sin tener el punto de comparación con Francia, puedo decir que, en la última mitad del siglo, el Estado, sus instancias culturales, han hecho mucho por promover la literatura del país, han aportado un sostén real a los escritores, incluso sin que ninguna política de enseñanza haya sido implementada. ¿Diría usted que este sostén estatal tiene un gran efecto perverso?

PB: No necesariamente, tengo un punto de vista que puede ser paradojal. Las producciones que podemos llamar de avanzada, por decirlo rápidamente, son producciones sin mercado, que no pueden más que sobrevivir —en gran medida— artificialmente, gracias a las ayudas, etc. ¿Eso implica necesariamente una dependencia? En absoluto. Tome el ejemplo de la sociología. Ella se puede interesar en los objetos que le asigna el Estado hoy: los pobres, los excluidos, la droga, etc. Pero ella puede servir también de medio que le asegura al Estado estudiar al Estado. Ella se puede servir de la libertad que le da el Estado para criticar al Estado. El hecho de recibir subsidios del Estado no implica en absoluto que sea sometida a las exigencias y a los veredictos del Estado. Al contrario, en el momento donde se tiene la posesión, en el momento en que uno es un profesor titulado, uno tiene una libertad garantizada. Incluso hay que hacerse valer de este. Lo que instala la pregunta de las condiciones verdaderas de la autonomía. ¿La independencia viene solamente del dinero? ¿No viene también de las mediaciones que ella ocupa en las clasificaciones específicas del campo? Llamo a eso la ley de Jdanov, una ley muy triste: los dominados en un campo, literario, artístico, filosófico, sociológico, etc., tienen una propensión a la heteronomía, quiero decir, a plegarse a las demandas de la Iglesia, del partido, del Estado, del rey, mientras que la gente más consagrada, según las normas específicas, los más reconocidos por los pares, son aquellos que tienen mayor libertad. Es una ley tendencial, no es mecánica. Hay muchos sometidos entre los consagrados, pero la correlación es muy, muy grande.

J.D: ¿Pero por qué Bélgica ha dado tres grandes formatos en los géneros menores y fuertemente comercializados, como Hergé en el cómic, Simenon en el policial, Ray en lo fantástico y Brel en la canción (chanson francaise)? Como si ellos hubieran actuado evitando la dominación soportada por una dominación elegida. Como si todo un territorio paraliterario, que ha sido mal ganado en tanto legitimación, hubiese sido constituido en cierto momento en el espacio de expansión de los «colonizados» y en consecuencia de la libre expresión.

PB: Se puede entender por qué los dominados son grandes entre los pequeños, los menores… No sé si fue Bernard Shaw quien dijo que los irlandeses eran los bufones de los ingleses. Se había dado cuenta que a menudo eran buenos con la sátira, con la comedia, etc., y tenían la capacidad de reírse de ellos mismos. Esto ya se ha dicho a propósito de los judíos. Los pueblos estigmatizados, dominados, tienen tendencia a convertir la necesidad en virtud y a defenderse contra el hecho de interiorizar la dominación burlándose de ellos mismos. Pero también al convertir la necesidad en virtud, se puede intentar brillar en el ámbito que se concede a los dominados ya que los dominantes lo desprecian.



1 El Parlamento Internacional de Escritores fue fundado en noviembre de 1993 en respuesta a los asesinatos en Argelia de muchos escritores y en particular de Tahar Djaout, seguido del Cruce de las Literaturas de Estrasburgo, dirigido por Christian Salmon, que había lanzado un llamado a la creación de una estructura de protección de los escritores amenazados, que reunía más de 300 firmas. La organización fue constituida en 1994, en París. Su oficina ejecutiva, que contaba con Adonis, Breyten Breytenbach, Jacques Derrida, se entregó a la tarea de contribuir a crear una red de ciudades-refugio, todas comprometidas con las encuestas e investigaciones sobre las nuevas formas de censura.

2 El PEN Internacional, única asociación mundial de escritores, fue fundado en Londres en 1921 para promover la amistad y cooperación intelectual entre escritores de todo el mundo. Originalmente, el acrónimo PEN se refería a «Poetas, Ensayistas y Novelistas», pero actualmente, con más de 25.000 socios, incluye a todo tipo de personas dedicadas a las letras, tales como periodistas, historiadores, traductores e incluso blogueros. La asociación cuenta con 149 centros PEN International independientes, distribuidos en más de 100 países.
Entre sus objetivos se encuentran: enfatizar el rol de la literatura en el desarrollo del entendimiento mutuo y la cultura mundial, luchar por la libertad de expresión y actuar como una voz potente en nombre de los escritores asediados, encarcelados o asesinados por sus posturas.



Mariela Malhue (Santiago, 1984). Psicóloga por la Universidad de Buenos Aires y licenciada en pedagogía por la UMCE. Ha publicado el libro Estancia y doméstica (Libros del Perro Negro, 2010) y las plaquettes Facciones de un trayecto (Paisanita, 2015) y Lago Esquirla (Traza, 2020. Ha participado de las antologías Nunca nuncaKumedun / Kumewirin. Antología poética de mujeres mapuches (siglos XX-XXI)Devenir isla. Hacia una cartografía de poetas cubanas y chilenas. Forma parte del colectivo Traza y actualmente prepara El libro de las renuncias.