[Adelanto] Hemos sido todos hermanos hermafroditas como ostras de Lenore Kandel

Lenore Kandel (1932-2009) fue una mística y poeta de la generación beat. En 1966, un panfleto con sus poemas, The Love Book, fue confiscado por la policía de San Francisco y después declarado «pornografía sin ningún valor social». Felizmente, la revuelta que generó su censura solo la hizo más leída.

El ensayo sin título que presentamos a continuación apareció en el único libro que publicó en vida: World Alchemy: Poems by Lenore Kandel (Grove Press, NY, 1967), y es parte de Hemos sido todos hermanos hermafroditas como ostras, antología próxima a ser publicada en Lima por la editorial Baalbuceantes. La traducción es de Aaron Gallardo.




La poesía nunca es compromiso.

Es la manifestación/traducción de una visión, una iluminación, una experiencia. Si comprometes tu visión te vuelves un poeta ciego.

Hoy ya no tiene sentido aquella poesía que existe principalmente como ejercicio de destreza. El oficio es valioso mientras sirva como brillante partera de claridad, belleza, visión; cuando se enamora de sí mismo produce masturbación de palabras.

Los poemas que escribo conciernen a todos los aspectos de la criatura y el universo total a través del cual se mueve. El fin es dirigido a un incremento de conciencia. Puede ser conciencia de la forma en que un ave corta el aire con su vuelo o conciencia de la dificultad y necesidad de confianza o conciencia del deseo de conciencia y también del miedo a tomar conciencia. Esto puede lograrse a través de la belleza o el shock o la risa, pero la dirección siempre hacia la visión despejada, interior y exteriormente.

Esto demanda honestidad en el poeta y el poema. Una honestidad a veces celebratoria y otras dolorosa, sea del poeta, el lector o ambos. Dos poemas míos, publicados en un pequeño libro, tratan el amor físico y la invocación, el reconocimiento y la aceptación de la divinidad en el hombre a través de este amor físico. En otras palabras, se siente bien. Se siente tan bien que puedes salir de tu ego privado y compartir la gracia del universo. Esta oración tan simple y bastante evidente, amplificada y practicada poéticamente, levantó un furor difícil de creer. Gran parte del furor fue causado por el uso poético de ciertas palabras de cuatro letras de origen anglosajón en lugar de gentiles eufemismos.

Esto nos lleva a la cuestión del lenguaje poético. Lo que es lenguaje es lenguaje poético, y si la palabra que un poeta requiere no existe en los lenguajes que conoce, depende de él o ella descubrirla. Con la única condición de que la palabra sea la palabra correcta demandada por el poema, y solo el poeta puede ser el último juez de eso.

Los eufemismos escogidos por temor son un pacto con la hipocresía y destruirán inmediatamente el poema y eventualmente destruirán al poeta.

Cualquier forma de censura, sea mental, moral, emocional o física, sea de dentro hacia afuera o de afuera hacia adentro, es una barrera contra la conciencia de uno mismo.

La poesía está viva porque es un medio de visión y experiencia.

No es necesariamente cómoda.

No es necesariamente segura.

La poesía ha salido de las aulas hacia las calles y ha traído un cruce de polinizaciones cuyos frutos se hacen viables en ambos medios. La academia se ha acostumbrado a alimentar el miedo a la ofensa, es decir aquello que pueda ofender a alguien. Las visiones y la lengua han sido a menudo eclipsadas y enmudecidas, el poema muchas veces ha sido un vehículo de gimnasia literaria.

La poesía de la calle evita la trampa del miedo pero a menudo pierde su visión por falta de claridad, por dejadez, por falta del arte del oficio.

La poesía como poesía no necesita ser clasificada en alguna de estas casillas o ninguna otra. Existe. No puede existir en compañía de la censura.

Cuando un poeta censura su visión ya no puede decir la verdad tal y como la ve. Cuando censura el lenguaje del poema no usa las palabras que son para él las palabras más perfectas que puede usar. Esta auto-atrofia resulta en una limitación artificial impuesta por un arte cuya dirección se encuentra más allá de lo concebible.

No hay barreras entre poesía o profecía; ambas son por naturaleza destructoras de cadenas, estallidos de percepción, líneas hacia la infinidad. Si un poeta miente sobre su visión miente sobre sí mismo y en sí mismo; esto produce una barrera real. Cuando un poeta usa un lenguaje que no es el perfecto para el poema, se vuelve una persona de miedosa conveniencia.

Cuando una agencia exterior intenta censurar la poesía, se censura la aceptación de la verdad y el salto hacia la revelación.

Cuando una sociedad tiene miedo de sus poetas, tiene miedo de sí misma. Una sociedad con miedo de sí misma es otra definición del infierno. Un poema que es escrito y publicado se hace disponible a todos quienes quieran leerlo. Esto me parece a mí que implica una responsabilidad primaria en el poeta: Que él dice la verdad como la ve. Que la diga tan bella, tan asombrosamente como pueda; que incendie su propio sentido de la maravilla; que trabaje la alquimia en el lenguaje: Estas son la forma y la existencia de la poesía.

Buena parte de la audiencia de la poesía moderna es joven. Nos movemos en un mundo donde las polaridades y posibilidades de la vida y la muerte existen como conciencias ubicuas. Una vez el concepto y la disponibilidad de la sobresaturación se hicieron conocimiento público, el aura de posibilidad de la muerte cósmica se hizo visible. Hemos tenido eras en las que los jóvenes podían deslizarse suavemente en las vidas de los mayores, que si querían ignorar los problemas profundos de la humanidad, de la relación del hombre con el hombre, podía ser fácil lograrlo. Este no es tiempo como ellos y las elecciones de los jóvenes son profundas y difíciles. A los dieciocho el joven debe decidir si entrará al pasatiempo nacional de la muerte. Una gran mayoría de jóvenes están decidiendo manifestar una forma distinta de vida, una motivada hacia el placer, hacia la iluminación y la preocupación mutua, en vez de aceptar el mundo de la guerra y el desgarro personal que se les ha sido ofrecido por la mayoría de sus mayores.

Hay que tomar decisiones duras y no hay forma posible de evitarlas.  

Aquellos que leen poesía moderna lo hacen por placer, por entendimiento, algunas veces por consejo. Lo mínimo que pueden esperar es que el poeta que comparte sus visiones y experiencias con ellos lo haga sin hipocresía. Comprometer la poesía al oficio es el pequeño, suave asesinato del alma.

San Francisco 1967




Aaron Gallardo (Lima, 1996). Estudió Lingüística y solía trabajar como intérprete. Ha traducido a Ginsberg y Ferlinghetti para su pequeña editorial marica @baalbuceantes, con la que publicó su primer libro Los sodomitas de las Colonias, que se puede leer aquí: https://drive.google.com/file/d/1OsijIlPgKvjaD6VRSaURTiyh4U239acM/view. Grafitea de noche.