[Nuevo estilo de baile] Un cuento de Diego Armijo

Continuando con nuestra flamante sección de narrativa emergente, el encargado de continuar los fuegos este mes es Diego Armijo. Dueño de una prosa modelante del ritmo de lectura a partir de la disposición textual, en el siguiente cuento nos presenta un viaje en transporte público y un diálogo coral luego de una performance de música callejera.




Parlante

Lo di todo, lo di todo. Lo dio todo, verdad, pero ni tanto igual, cansada. Ahora pasando por los asientos. Los asientos, pasajeros, público obliga. Cualquier monedita sirve. ¿Quién me debe plata?

—No quiero aportar a este llamado arte.

En los asientos de atrás, los que miran por las ventanas, usted señora allá adelante. Última vuelta, que no se vayan a arrepentir después. Lo maneja bien, sabe de tono y palabra, total las trabaja. Su mano calcula ganancia en tanto peso y sonido al choque. Muchas gracias, espero lleguen sin novedad a sus destinos.

—Que latera, pero linda.

¿Qué pasa si una llamada festiva, un encuentro fresco o el raspe diga ganador? Si de novedad dices, todo, malo y bueno, es. Vaya editándose. Se pasó tío de buena onda, déjeme en el paradero, nos vemos tío.

—Buena niña, algo que le sirva.

Que ni alcanza a detenerse, pues ninguno de los que esperan levanta el dedo, disminuye velocidad y ella, la costumbre, la gracia, bajándose en movimiento, patinando en vacío. Oye si me voy y le suben a la radio altiro. Radio de cumbia, noticias de café con leche provincianas. Vendedores que me miran en mis gracias.

—Me ha ido mal con los helados en la mañana.

Oye que me fue bien. Bolsillos de su buzo cargados y por el peso cayéndose, poco. La tripa avisa, ubicada en el paradero de la plaza Sucre, cruza, busca en la boca del metro algo para engañar al guata. La guata que rima. Las micros que se estacionan.

—Esta va pa Reñaca Alto pa las Glorias.

¿Y a cuánto tení los panqueques, los panes con soya, o papas mayo y arroz, pan amasado, arepas, sushi, papas rellenas?

—Las hamburguesa de lentejas caseras, artesanales las colaciones con pollo.

Ya buena, dame eso. Pasa su pago en sencillo, feliz cualquier comerciante. Una menos peso sí.

—No sea de esos que preguntan todo y andan puro alegando precios.

Acurrucada, las servilletas que se empapan igual, sus pies colgando en la piscina, fuente, en medio de la plaza Vergara. Está seca, se notan las monedas chicas que prometían deseo. No hay agua, la muni ahorra, ahora. El pasto más húmedo igual.

—Que lata volver a pega, si no alcancé ni a reposar.

Ella tan a la distancia de sus colegas. Que no son como una, si se la pasan frestaleando todo sobres sus picos, o de los otros, la rima fácil, el deseo se les nota, entre líneas, si no es sencillo esto, salir, no, e improvisar con la realidad. Hay que estudiar, leer todos los días el diccionario. Cultivarse, como los tomates que crecen en todos lados, de lo que venga, y transformarlo en arte.

—Le pone color y no cacha na, no como uno.

Comida y satisfecha va a la próxima micro. En la Parroquia encaramada a una 214, chofer que ya de casero va, enganchada al fierro, casi en puntillas, que pequeña, empieza. No se apaga la radio, disminuye sintonía nomás, aún se identifican, pasajeros, la misma que rapea; alguien que silba al Nino Bravo.

—Ya se subió ya otra a puro hacer ruido, estos niños.

No pide palabras. Es que siempre las mismas se tiran al pensar rápido la gente. O aparece el pesado, pasándose para la punta el trabajo de una, inventándose cosas que no tienen por donde para rimar. Ha decido ir al tambaleo del transporte, que el lenguaje le vibre en son. Sea ella parlante. Ya va, las da, las tira, las arma y juntas, suenan.

—Pulenta la cabra, sabe, sabe.

Que cierro los ojos y me largo, las calles pasan, que me las sé por los giros del chofer, los hoyos que me hacen saltar, el tiempo que demora de esquina a cruce. Su voz, en olas, tan a cuadras del mar, canturrea, es evidente en los vidrios terremoteados de tono, los cerros de contención cerquita. Cerro hogar.

—¡La puerta!, ¡ábrame por atrás!

Se le pasa su paradero, el que le sirve de muleta. Su rima se ha hecho larga, pero es hermoso lo construido en el aire. Hasta aplausos le regalan, cosa rara, entre monedas grandes, billetes que estirados se les ve aumentado el valor. Terminó, llena, grata, para bajarme en 15 Norte, en el paradero del mol.

—Oye si me toca a mí esta micro, ya dijimos, chocolates yo y vo después mentitas.

Aprovecha, ella, siempre, todos, de usar el baño del comercio, todo el proceso y jabón, sin pagar nada. Cómodo, no como en la casa, pero igual, más limpio sí. Mi mamá que trabaja de esto, pero en el paris, los pisos brillositos. Le tengo que ayudar, sí, en la casa siempre, no me molesta nada.

—Cuídese mucho que anda cada malulo por ahí.

Que recorre, paso y forma, cultura común, distintiva, ese edificio, sin mirar para dentro, vitrinas de cosas superficiales. Lo mío está en la ropa usada, las tías de la feria de Achupallas, o las tienditas de calle Valpo, el carrusel, las ferias artesanales, especialidad, respuestas a mi tenida. Por la salida, traspasa, 14 Norte, la plaza O’higgins, y sabe que ahí, en vivo, los otros.

—Ojalá no venga ese otro.

Ya solo les voy a cachar la onda. No valen la pena, tan básicos, jurando que basta la parada, lo violento de sus palabras, hacerse los toritos. En una porción de la plaza esos cabros, similares en estilo a ella, en atención a la batalla, la construcción sintáctica en práctica, decidiendo perdedor y hablante. Me interesan más, si es por decir algo, los pelambres. Se pela, se descuera cada sílaba, grupitos que juntos, de distancia corta, te envalentonan para subirte a las micros. Así yo alguna vez.

—Ojalá no venga ese otro.

Paradero de la plaza, micros a reñaca bajo, Concón y la 209 que para Achupallas, me acerca. No me llevo bien con ellos, choferes, que nunca quieren que improvise, pasan de largo, hasta cuando los necesito para irme a la casa. Les pego a sus cagás de micros, la lata suena atronando, la palma me queda roja. Sube, ojo ciego, por atrás, quedando un tirante de su mochila entre las puertas ya cerradas. Cerrada la mochila. Mochila que adentro el parlante. Parlante tanteándose con las manos para el botón y sonar la pista. La pista y ya, vamos, sin permiso, qué me importa a mí que te vayai a enojar. Voy.

—Son las 6 y media en radio Festival.

Subida Alessandri, ¿cuál?, el asesino del Seguro Obrero. Santa Inés por un lado, las casas bonitas, ladeadas, y esas torres feas de lo demolido. En calle 2, ahí mi amigo el Danilo, buena onda, buenas bases se baja, ojalá fuera más despavilado para hablar nomás. Por el otro, un bosque de flora autóctona, protegido por ser recinto de marinos. Le da con todo. Se ha aflojado la molestia del chofer, hasta mueven siguiendo el verso algunos pasajeros.

—Ya, ahora te bajai.

En la rotonda de Santa Julia, como kiltra de destino, ganado el día, decide encaminarse a su casa. Varios paraderos la distancian. La prefiere ir caminando. Compra pan en el 5 y medio, se coloca los audífonos después de todo un día escuchándose.

Lo di todo, lo di todo. Lo dio todo, verdad, pero ni tanto igual, cansada. Ahora pasando por los asientos. Los asientos, pasajeros, público obliga. Cualquier monedita sirve. ¿Quién me debe plata?

—No quiero aportar a este llamado arte.

En los asientos de atrás, los que miran por las ventanas, usted señora allá adelante. Última vuelta, que no se vayan a arrepentir después. Lo maneja bien, sabe de tono y palabra, total las trabaja. Su mano calcula ganancia en tanto peso y sonido al choque. Muchas gracias, espero lleguen sin novedad a sus destinos.

—Qué latera, pero linda.

¿Qué pasa si una llamada festiva, un encuentro fresco o el raspe diga ganador? Si de novedad dices, todo, malo y bueno, es. Vaya editándose. Se pasó tío de buena onda, déjeme en el paradero, nos vemos tío.

—Buena niña, algo que le sirva.

Que ni alcanza a detenerse, pues ninguno de los que esperan levanta el dedo, disminuye velocidad y ella, la costumbre, la gracia, bajándose en movimiento, patinando en vacío. Oye si me voy y le suben a la radio altiro. Radio de cumbia, noticias de café con leche provincianas. Vendedores que me miran en mis gracias.

—Me ha ido mal con los helados en la mañana.

Oye que me fue bien. Bolsillos de su buzo cargados y por el peso cayéndose, poco. La tripa avisa, ubicada en el paradero de la plaza Sucre, cruza, busca en la boca del metro algo para engañar al guata. La guata que rima. Las micros que se estacionan.

—Esta va pa Reñaca Alto, pa las Glorias.

¿Y a cuanto tení los panqueques, los panes con soya, o papas mayo y arroz, pan amasado, arepas, sushi, papas rellenas?

—Las hamburguesa de lentejas caseras, artesanales las colaciones con pollo.

Ya buena, dame eso. Pasa su pago en sencillo, feliz cualquier comerciante. Una menos peso sí.

—No sea de esos que preguntan todo y andan puro alegando precios.

Acurrucada, las servilletas que se empapan igual, sus pies colgando en la piscina, fuente, en medio de la plaza Vergara. Está seca, se notan las monedas chicas que prometían deseo. No hay agua, la muni ahorra, ahora. El pasto más húmedo igual.

—Qué lata volver a la pega, si no alcancé ni a reposar.

Ella tan a la distancia de sus colegas. Que no son como una, si se la pasan frestaleando todo sobres sus picos, o de los otros, la rima fácil, el deseo se les nota, entre líneas, si no es sencillo esto, salir, no, e improvisar con la realidad. Hay que estudiar, leer todos los días el diccionario. Cultivarse, como los tomates que crecen en todos lados, de lo que venga, y transformarlo en arte.

—Le pone color y no cacha na, no como uno.

Comida y satisfecha va a la próxima micro. En la Parroquia encaramada a una 214, chofer que ya de casero va, enganchada al fierro, casi en puntillas, que pequeña, empieza. No se apaga la radio, disminuye sintonía nomás, aún se identifican, pasajeros, la misma que rapea, y alguien que silba al Nino Bravo.

—Ya se subió ya otra a puro hacer ruido, estos niños.

No pide palabras. Es que siempre las mismas se tiran al pensar rápido la gente. O aparece el pesado, pasándose para la punta el trabajo de una, inventándose cosas que no tienen por donde para rimar. Ha decido ir al tambaleo del transporte, que el lenguaje le vibre en son. Sea ella parlante. Ya va, las da, las tira, las arma y juntas, suenan.

—Pulenta la cabra, sabe, sabe.

Que cierro los ojos y me largo, las calles pasan, que me las sé por los giros del chofer, los hoyos que me hacen saltar, el tiempo que demora de esquina a cruce. Su voz, en olas, tan a cuadras del mar, canturrea, es evidente en los vidrios terremoteados de tono, los cerros de contención cerquita. Cerro hogar.

—¡La puerta!, ¡ábrame por atrás!

Se le pasa su paradero, el que le sirve de muleta. Su rima se ha hecho larga, pero es hermoso lo construido en el aire. Hasta aplausos le regalan, cosa rara, entre monedas grandes, billetes que estirados se les ve aumentado el valor. Terminó, llena, grata, para bajarme en 15 Norte, en el paradero del mol.

—Oye si me toca a mí esta micro, ya dijimos, chocolates yo y vo después mentitas.

Aprovecha, ella, siempre, todos, de usar el baño del comercio, todo el proceso y jabón, sin pagar nada. Cómodo, no como en la casa, pero igual, más limpio sí. Mi mamá que trabaja de esto, pero en el paris, los pisos brillositos. Le tengo que ayudar, sí, en la casa siempre, no me molesta nada.

—Cuídese mucho que anda cada malulo por ahí.

Que recorre, paso y forma, cultura común, distintiva, ese edificio, sin mirar para dentro, vitrinas de cosas superficiales. Lo mío está en la ropa usada, las tías de la feria de Achupallas, o las tienditas de calle Valpo, el caracol, las ferias artesanales, especialidad, respuestas a mi tenida. Por la salida, traspasa, 14 Norte, la plaza O’higgins, y sabe que ahí, en vivo, los otros.

—Ojalá no venga ese otro.

Ya solo les voy a cachar la onda. No valen la pena, tan básicos, jurando que basta la parada, lo violento de sus palabras, hacerse los toritos. En una porción de la plaza esos cabros, similares en estilo a ella, en atención a la batalla, la construcción sintáctica en práctica, decidiendo perdedor y hablante. Me interesan más, si es por decir algo, los pelambres. Se pela, se descuera cada sílaba, grupitos que juntos, de distancia corta, te envalentonan para subirte a las micros. Así yo alguna vez.

—Ojalá no venga ese otro.

Paradero de la plaza, micros a reñaca bajo, Concón y la 209 que para Achupallas, me acerca. No me llevo bien con ellos, choferes, que nunca quieren que improvise, pasan de largo, hasta cuando los necesito para irme a la casa. Les pego a sus cagás de micros, la lata suena atronando, la palma me queda roja. Sube, ojo ciego, por atrás, quedando un tirante de su mochila entre las puertas ya cerradas. Cerrada la mochila. Mochila que adentro el parlante. Parlante tanteándose con las manos para el botón y sonar la pista. La pista y ya, vamos, sin permiso, qué me importa a mí que te vayai a enojar. Voy.

—En radio Festival, son las seis y media.

Subida Alessandri, ¿cuál?, el asesino del Seguro Obrero. Santa Inés por un lado, las casas bonitas, ladeadas, y esas torres feas de lo demolido. En calle 2, ahí mi amigo el Danilo, buena onda, buenas bases se baja, ojalá fuera más despavilado para hablar nomás. Por el otro, un bosque de flora autóctona, protegido por ser recinto de marinos. Le da con todo. Se ha aflojado la molestia del chofer, hasta mueven siguiendo el verso algunos pasajeros.

—Ya, ahora te bajái.

En la rotonda de Santa Julia, como kiltra de destino, ganado el día, decide encaminarse a su casa. Varios paraderos la distancian. La prefiere ir caminando. Compra pan en el 5 y medio, se coloca los audífonos después de todo un día escuchándose.



Diego Armijo Otárola (Viña del Mar, 1994). Es comerciante —libros y detergente—, profesor —Historia— y contador. Becario del Fondo del Libro del CNCA, año 2019. Ha publicado los cuentos reunidos en Glorias Navales (Balmaceda Arte Joven Valparaíso, 2019) y la novela Carcasa (La Calabaza del Diablo, 2020). Escribe perfiles y reportajes, con foco regional (Valparaíso), en Plataforma Crítica. Habita Glorias Navales.