[Nuevo estilo de baile] Un cuento de Francisca Álamos

Ilustración: © Francisca Álamos

Lo normal: a un hombre se le mueren los seres queridos a lo largo de su vida. De distintas formas, por distintas causas. Como corresponde, nada de qué preocuparse. De pronto aparece una pregunta, una duda a perturbarlo todo.

Con este cuento de Francisca Álamos inauguramos «Un nuevo estilo de baile», sección destinada a mostrar el trabajo de narradorxs jóvenes e inéditxs.




Las formas de morir
(o del principio y fin de la existencia de las personas1)


La primera fue la abuela. Pero, para ser honestos, su muerte no le significó demasiada dificultad.

Por entonces vivían en Temuco. Él, sus padres y la abuela, en una casa fría y pequeña que calentaban con un montón de leña húmeda. Sobrevivían perfectamente en ese tiempo, allá en Temuco, recuerda. Sin embargo, de pronto la abuela. De pronto para la abuela los años, de pronto cada vez más vieja, más chamuscada, el cuerpo entero recubierto de una tela de pliegues, y la espalda, qué decir de esa espalda, insolente, echa curva buscando el suelo. Insolente nada, en realidad, nada más se estaría anticipando. Como sea, la abuela no fue problema. La abuela murió como corresponde. En un hospital, de una enfermedad que primero le cambió las palabras por mugidos y luego los mugidos por un tubo para respirar. Como corresponde, decía, aunque no se vaya a pensar que no le dio pena. Cómo no le iba a dar pena, qué tipo de nieto hubiese sido ese. Claro que cuando la abuela murió, allá en Temuco, lloró como lloran los niños, los nietos, a moco tendido. Y se habrá abrazado a su mamá. Y a su papá también, seguro, porque por entonces su papá aún no. Y claro que la echó de menos. Por algo muchas veces durante las semanas, meses y hasta un par de años después de su muerte, la de la abuela, despertó en mitad de la noche, sediento o sudoroso, o seguro de haber oído ruidos en la cocina, y cuando se levantó a buscar un vaso de agua o prepararse un té caliente, se encontró a la abuela en el living, muy así como si nada, bajo un mantón de lana escuchando la radio. Y entonces él se habrá quedado ahí mismo dormido, con la cabeza apoyada en las piernas de la vieja y el té caliente enfriándosele en la cocina. Claro que la echaba de menos. Pero, como decía, a pesar de todo eso, la muerte de la abuela no le significó gran problema. Al fin y al cabo, sabía entonces y sabe ahora que esa no era la abuela, esa era el fantasma de la abuela. Lo comprendía perfectamente. Cómo no iba a entender algo tan sencillo como eso, si la abuela había muerto como corresponde. Se podría decir, incluso, que simplemente murió de vieja. Como es natural.

Luego la cosa se pondría un poco más complicada. Quién sabe si por el curso de los acontecimientos, o nada más que porque la vida siempre se pone un poco más complicada con el paso de los años. Y lo de poco lo habrá agregado después, en realidad, con el paso del tiempo y su manual de supervivencia.

Para cuando ese luego, es decir, para cuando la cosa se complicó, habían dejado Temuco hace un par de años. Él, su madre y su padre, me refiero, porque recordemos que la abuela ya había muerto. Tenía veinte años, y también sobrevivían entonces, recuerda. Aunque la vida en Santiago no tenía leña húmeda, no era así de fácil, sobrevivían perfectamente en ese pequeño pero acogedor departamento en pleno centro, donde pasan las cosas. Piso 10, torre 12, remodelación San Borja. Cuando todo eso aún era la construcción de una promesa, no el otrosí de una sentencia. Y sin embargo de pronto. De pronto por las calles los años. Y en el pequeño departamento del centro no hay nada de acogedor en el ruido de las bombas, en los gritos que el tiempo, cruel pero eficiente, no demorará en convertir en el guion de una efeméride. De pronto su padre. No murió como corresponde, su padre. Por eso fue todo tanto más complicado. No tuvo fantasma su padre y por eso en vez de llanto, de llanto a moco tendido, todo, pero nunca llanto. Porque para llorar, para encontrarse con un fantasma viendo la tele, o en la
cocina, en las reuniones con los compañeros o incluso a plena luz del día, en una de tantas caminatas por la Alameda, su padre debió morir como corresponde. No murió como corresponde su padre. Por eso fue tanto más complicado.

Lo bueno de tanta miseria es que luego la cosa se pondría un poco más simple. Quién sabe si por el curso de los acontecimientos, o nada más que porque la vida siempre se pone un poco más simple con el paso del tiempo. Lo de poco, en realidad, lo agregará después. Es que al final uno se acostumbra a todo. Vulgarmente. Y con los años, el matrimonio, el trabajo en los edificios de gobierno, el café caliente a media tarde con los amigos, en algún sucucho del centro. En fin. Cuando él mismo tiene hijos grandes y su madre incluso bisnietos, es decir, cuando su propia madre podría bien morir como corresponde, ya ambos se acostumbraron a visitar en el cementerio al padre, ese sin cuerpo y sin fantasma. No por nada dice el manual que al que desapareció se le presume muerto.

El problema viene después, mucho más tarde. Cuando no sabe si la vida se puso más simple o más complicada. No porque de pronto empezaran a morir, a cuentagotas, los amigos, los compañeros de tantas batallas. No, eso también lo comprendía perfectamente.

El problema, realmente, llegó luego. Y el problema aún mayor es que ese luego es esta noche. Y no es que haya muerto esta noche. Marta, su mujer, digo. No. No murió esta noche, murió hace casi un mes. Mujer de 67 años, mediana estatura, peso normal, ojos castaños, pelo negro. Natural no. No el color del pelo. Sí la muerte. Sí todo lo demás. Los burócratas de funeraria, tan parecidos a los de gobierno, las misas, la tarde en el cementerio, las palabras sentidas de hijos y nietos en una capilla llena de gente. Todo como de costumbre, todo como corresponde. Pero sucede que esta tarde se encontró, de casualidad, cuando caminaba desde el café de vuelta hacia su oficina, con algún viejo amigo. Que en realidad si le hizo esas preguntas tan amigo no puede haber sido, pero las definiciones de ese tipo también se diluyen con el tiempo. Y el viejo amigo le hizo las preguntas de rigor. Por sus hijos, por sus nietos, por su madre. Aunque por ella le preguntara con decoro, porque todos saben que hace rato que su madre está en edad de morir como corresponde. También por su mujer, le preguntó el tipo, que si era un viejo amigo en realidad da lo mismo. Pero ni siquiera fue ese el problema esta tarde, porque de dudar entre si decirle o no la verdad, no lo dudó ni por un segundo. Tampoco fue el problema que el viejo amigo, el tipo, el muy hijo de puta que le hizo esa pregunta, no se conformara con saber eso. Que su mujer había muerto. Que había muerto hace casi un mes. Que sí, fue un golpe durísimo. Que los hijos destrozados. Que los nietos a moco tendido. El problema, realmente, vino cuando le preguntó de qué. Y no porque no supiera responder. Claro que le contestó, sin problema. Pero fue entonces cuando ya era demasiado tarde. Porque se escuchó como desde lejos, y su voz le sonó a hastío. Al chirrido de ventana oxidada. A grito de fantasma.

Y ahora, que han pasado horas desde ese encuentro y casi un mes desde la muerte de su mujer, y que llegó a su casa, totalmente a oscuras, encendió las luces, se sacó la chaqueta y la corbata, puso el agua a calentar y prendió la tele, como siempre, e intenta concentrarse en el hombre de la televisión, porque parece que habla algo importante, algo sobre política internacional, la crisis mundial, qué se yo. Ahora el chirrido adentro ese le impide escuchar atentamente. Le sube el volumen, incluso, pero, aun así, la tele le parece como un teatro mudo y el chirrido a esta altura se convirtió en algo realmente molesto. Es que de golpe se dio cuenta que lo que no entiende, lo que no sabe y lo tiene así, es si con la muerte de Marta la vida se puso más simple o más complicada, y por más que lo piensa, no logra responderse.

Pero intenta no desesperar. Baja el volumen de la televisión y va a la cocina a prepararse algo de comida y otro té. El té lo calma un poco y se vuelve a recostar en la cama, pero no pasan ni un par de minutos y se siente de nuevo con una inquietud que no logra comprender. Y como no entiende, porque si algo ha aprendido en la vida es a hacer lo que debe, va a buscar, una vez más, el manual. Luego vuelve a recostarse.

«Artículo 78. La persona termina en la muerte natural»2, lee en voz alta, como una madre que le canta a un niño una canción de cuna. Para apaciguarse.
«Artículo 80. Se presume muerto el individuo que ha desaparecido»3, continúa leyendo.

Las formas de morir son estrictamente dos, dice el manual. La abuela murió de muerte natural, piensa. Los amigos también. El padre murió de muerte presunta. De qué murió su mujer. Eso es lo que no logra responder, por eso no sabe si esta vez la vida se puso más simple o más complicada.

Cuerpo, hubo. Marta no es una muerta presunta. Él mismo fue quien la encontró, tirada sobre las baldosas del baño conyugal. Fantasma también. Pero con el fantasma es donde empieza a dudar. Es que no está realmente seguro de si el fantasma apareció antes o después de la muerte. Y el problema, entonces, comienza a ponerse realmente sesudo cuando, con nerviosismo, deja a un lado el libro azul marino y comienza en su cabeza a reconstruir los hechos.

Lo que sucedió es que el oxígeno y la sangre no llegaron al cerebro, y este lentamente se apagó, dejó de funcionar, como es natural. Eso, palabras más,
palabras menos, es lo que dijeron los médicos.

Pero ¿y antes de eso? Marta, así, con el cerebro a media máquina, pasó varios días en ese hospital. Y antes, Marta inconsciente en la camilla, que varios enfermeros transportan a toda prisa por el pasillo. Antes, Marta en una ambulancia, en otra camilla. Antes, Marta en el baño y él gritando, desesperado, a quienquiera que haya sido la pobre operadora que le respondió el teléfono. Antes, él en el ahogo que precede al grito y al llanto, cuando abre la puerta del baño y ahí está Marta, o el cuerpo de Marta, o el fantasma de Marta, ya no sabe, tendido sobre las baldosas. Antes, él en otro lado, en la oficina, como siempre, y Marta desparramada en el suelo aún se mueve un poco, en espasmos. Antes, Marta cae con estrépito. Antes, Marta se sostiene apenas, con ambas manos en el lavatorio y se mira al espejo. Hasta ahí, incluso hasta ahí, la vida con la muerte de Marta le parece que no se puso más complicada.

Y no quiere seguir hacia atrás. Porque sospecha que en el luego del atrás es donde comienza a dudar de si realmente no se puso la vida mucho más complicada. Y el parece también se lo agregará después. No con los años, porque tantos más no le van a quedar, pero sí con el olvido, la imperiosa necesidad de tapar del techo las goteras.

No quiere seguir hacia atrás, pero el chirrido ese lo hace por él sin siquiera preguntarle. Y cuando vuelve a abrir el libro y lee una vez más lo que en la vida leyó tantas veces. El chirrido se convierte en algo más. En algo parecido a la duda, luego a la desesperación. Un espasmo de certeza de que ha descubierto un vacío y algo debe hacer. Arreglarlo. Tapar el hueco. Porque la vida real, vacíos no aguanta.

Apaga la televisión y comienza a pasearse de un lado a otro, de una forma que cualquiera pensaría que está teniendo un ataque de histeria. Debe alertar a todo el mundo de este asunto gravísimo, lo antes posible. Primero piensa en llamar a sus amigos y compañeros, citarlos a una reunión ahora mismo. O mejor llamar a algún número del gobierno, debe haber algún número para emergencias de ese tipo, piensa. Pero de inmediato se arrepiente. Qué podría hacer una operadora cualquiera. Entonces se le ocurre, finalmente, una idea que lo convence. No sabe cómo demoró tanto. Lo que debe hacer es llamar directamente a los que se encargan de estos asuntos. No para nada tiene decenas de amigos en el congreso, alguno de ellos deberá escucharlo, enmendar el libro, hacerse cargo. Solo una vez con su celular en la mano se percata de que son pasadas las dos de la mañana y nadie va a contestarle a esa hora. Tendrá que esperar al día siguiente.

Va a buscar un vaso de agua, se toma las pastillas nocturnas, se recuesta en la cama y apaga la luz del velador. Está todo oscuro, silencioso todo, menos, aún, el chirrido ese. Esto no está bien, piensa. Alguien tiene que escucharlo. Alguien tiene que. Esto no está bien. Rápidamente lo invade el sueño y los ojos se le comienzan a cerrar. Esto es gravísimo. Esto no… Está a punto de quedarse definitivamente dormido, pero justo antes, antes de dormirse por completo, está casi seguro, siente a su lado el peso de Marta introduciéndose en la cama. No de su cuerpo, de su fantasma.

Y va hacia antes, hacia cuando Marta frente al espejo, en su boca todavía agua, en su mano todavía un frasco. La vida sí se puso más complicada. Está seguro.

Luego. Luego llegará la mañana, el día siguiente, el olvido. Y despertará tranquilo. Casi entusiasta de un nuevo día. Llegará una nueva ducha de agua bien caliente, la ropa de oficina, la corbata, el trabajo, el café a media tarde. La vida sin huecos y en calma. De manual.

Y cuando durante los próximos días, semanas, años, los tipos, que de nuevo le parecerán los amigos de siempre, le hagan la pregunta, él contestará: «De muerte natural. Murió de muerte natural».

De qué más va a haber muerto, se dirá a sí mismo, para sus adentros. Para donde ahora un gemido, una incomodidad, le hace una leve cosquilla en el pecho.






1 Nombre del Título II del Libro I del Código Civil de Chile. Libro «De las personas».
2 El artículo 78 se encuentra en el Libro I, Título II del Código Civil, ya mencionado. Dice este artículo: «La persona muere de muerte natural».
3 El artículo 80 se encuentra en el mismo libro y título mencionados. Dice este artículo: «Se presume muerto el individuo que ha desaparecido, ignorándose si vive, y verificándose las condiciones que van a expresarse».


Francisca Álamos (Santiago, 1990). Estudió Derecho en la Universidad de Chile y actualmente se dedica al derecho, a la ilustración y a la escritura. Ganó los Juegos Florales Gabriela Mistral 2017 en categoría cuento.