[Texto de presentación] La palabra rabia de Pedro Montealegre

La palabra rabia es el primero de los libros que Pedro Montealegre (1975-2015) publicara durante su residencia en España. Inhallable en Chile, la editorial Komorebi se hizo cargo el año pasado de reeditar dicha obra en el país. El siguiente texto de presentación, escrito por Lucas Costa, fue leído en el lanzamiento del libro, un lejano 22 de diciembre del 2019, en un Santiago prepandémico.


Una píldora en medio del anapesto imposible
Sobre La palabra rabia (Komorebi, 2019)

No conocí a Pedro en vida, pero siento que le debo mucho, pues su obra me ha dejado atónito desde que llegó a mis manos un ejemplar de Buenas noches, buenos días y siguió ese mismo curso luego que, azarosamente, me encontrara con Transversal en una vieja librería de Oaxaca. No podía creer que fueran obras escritas por la misma persona. Por eso me parece un acierto el que hoy tengamos por fin acceso al libro que abre esta serie torrencial de obras (entre las que se cuenta Animal escaso, La pobre prosa humana, Transversal y este, La palabra rabia) cuya vocación por la búsqueda y la radicalidad resulta inaudita. Publicado hace ya 15 años en España, hoy lo celebramos en un Chile completamente distinto. Se podría decir que, en apariencia, este cúmulo de textos supone para el lector verse enfrentado al problema de lo críptico. Yo prefiero pensar que su obra realiza lo que Wallace Stevens dice en uno de sus adagios: «La poesía debe ser irracional». Por lo mismo, no pretendo esclarecer el fondo de este libro, pues me parece que mientras más se quiera entender más empantanados estaremos.

La palabra rabia resalta por su carácter poliédrico, bajo una articulación detonada y abundante, donde se amontonan frases, locuciones, preguntas e imágenes. Podríamos decir que su búsqueda va mucho más allá de lo aclarativo: es un poema en expansión que logra acumular y desperdigar el sentido en muchos caminos y senderos. Entre los cortes de las frases se le ofrecen al lector vías que luego desaparecen de cuajo y aparecen en otro lugar. Se trata de una densa textura de la cual emergen efectos rarísimos, en las que se mezcla una sensación de gestación y destrucción a la vez: «Y tú, allí, revoluciona el repertorio, ¿es de hierro?, ¿es ladrillo? Construcción, no me sirves para poder vivir. Yo quiero ser de todos, llamarada sin causa, más que arder en direcciones del hábito». El libro opera muchas veces bajo el poder de la enumeración, en donde un término sigue al otro, luego que este es enfatizado, enfrentado o contradicho, y así resulta una cadena singular y recóndita. Cada término se ve mutado por el que viene antes y después, en una sumatoria nunca absoluta. El poema avanza entonces hacia ideas movedizas, sin norte claro, sino todo lo contrario, para «tentar el transcurso, una roca hacia aquí. Esto es colisión».

«En toda enumeración hay dos tentaciones contradictorias», afirma Perec, «la primera consiste en el afán de incluirlo TODO; la segunda, en el de olvidar algo; la primera querría cerrar definitivamente la cuestión; la segunda, dejarla abierta; entre lo exhaustivo y lo inconcluso, la enumeración me parece, antes de todo pensamiento (y de toda clasificación), la marca misma de esta necesidad de nombrar y de reunir sin la cual el mundo (“la vida”) carecería de referencias para nosotros». En el acto de acumular, entonces, estarían implicadas esas dos posibilidades: que el texto se abra sin un término fijo de sus interpretaciones y el establecimiento convencional de un orden, adosado a cierta sensación de estabilidad que supondría nombrar de esta manera. Pero no con Montealegre, donde todo parece tambalear: «Yo comienzo a romper una placenta de madre. Qué es la rajadura sino un parto. Yo te digo: vengo —todo tú coordenadas, todo referencias— cada muerto te dice: cada tajo te ama». Así, en este libro se juntan, entran en contacto, se contrastan entre ellas, diversas formas de relacionarse y de volver a ligarse. De dicha combinación surge el cuestionamiento con respecto al entorno y a las múltiples versiones del yo. Y esta acumulación es solo posible mediante una voz que se detona a sí misma: «Esta voz se diluye. Solo queda al blanco. No hay mancha. Transgresión. Yo consumo. Yo muero. Yo cedo: ¿y a qué? Rotar y rotar. Una danza no es tinta. Una danza de pólvora, la chispita del doler. Mejor tentar la danza». El hablante está tamizado por una conciencia que, al mismo tiempo que desarma la identidad de quien pronuncia, fuerza la propulsión del decir que recorre el poema. La palabra rabia devela así una conciencia específica con respecto a lo que significa ocupar un lugar de enunciación y de que el yo siempre puede pasar por encima de los otros. Eso se emparenta con una idea de transversalidad que veo que opera en el poema: hay una especie de equidad nominativa, donde todo elemento en la cadena adquiere la misma relevancia. No hay jerarquías y quizá a eso se refiera Gómez Olivares en el epílogo de esta edición cuando habla de su «antiautoritarismo». Se trata de un texto que no tiene, por decirlo así, altos ni bajos: no hay cúlmenes. Es una extensa red, aplanada por su insistencia en el cambio y los sobresaltos, donde las definiciones se postergan como así también las resoluciones.

En cierto punto me hace recordar al Gamoneda de Descripción de la mentira, a los primeros libros de Juan Carlos Mestre y al De Rokha más torrencial. Pero ¿cómo es el torrente en La palabra rabia? Porque no estamos frente a lo que se entiende por poema fluido: uno pasa por diversos obstáculos, saltos y baches para seguir. Hay veces en que la frase termina al final de un párrafo a la manera de un solo verso, pero en muchos momentos es entremedio de una frase que se corta. Quizá la clave de esto recaiga en el nombre de uno de sus capítulos, «La grieta»: «Mira la grieta: / es el hambre, el desierto: arrójate a ella. Niño negro arrojado: / no es fondo el final, apenas caer: su sola existencia ha desnudado la plata —la forma de la usura cada resto de plástico. ¿Cada yo lo es? / ¿Lo es cada tú?». Para lograr su especificidad, la puntuación juega un rol fundamental en la composición de este poema, como puertas o portales; bisagras que hacen cambiar el estado de lo que se dice. Como señalara Eduard Ramírez, en una de las pocas lecturas que existen de este libro: «En general, estos recursos juegan un papel explicativo o esclarecedor, pero con esta profusión producen el efecto de desmontar el discurso lógico convencional. Y con ello exploran, al mismo tiempo, caminos alternativos para la expresión con la voracidad y el desorden que nos anuncia». Acá hay otro tipo de fluidez, donde se enfatiza la grieta mediante su puntuación: la separación, el corte, la diferencia entre las cosas que las vuelve, precisamente, igualitarias.

Y pareciéramos estar frente a una especie de lenguaje en estado de ebullición, de una creación en ciernes. Como si el poema se encontrara a medio camino y no estuviera del todo terminado. Por eso su puntuación no es perfecta, sino errática y arbitraria. Ello está de la mano con cómo piensa, por ejemplo, Denise Levertov, la ruptura del verso que no es «una forma de puntuación que se suma a la puntuación que forma parte de la lógica de los pensamientos completos. Las rupturas de verso, aunadas al uso inteligente de las sangrías y otros inventos de marcación, representan una puntuación peculiarmente poética, alógica, paralela (no competitiva)». Ese rasgo de discurso incompleto nos permite ver que el poema no se cierra sobre sí mismo, sino que se abre hacia otro. No se acaba ahí. Ese algo que se posterga parece no estar en el libro ni la escritura. Por eso resulta esclarecedor este fragmento del poema místico sufí que abre la primera sección: «¡Que la separación cese y que el Tú avasalle al yo!». Este libro, con sus costuras al aire, no está resuelto porque requiere de nosotros para echar a andar su cauce. La palabra rabia es entonces y no es todo lo que contiene este libro: todo lo que nominaliza, todo lo que asocia y detona: «¿Es fondo la idea? Es lienzo —lo profundo no se traza con nada. Te hará arder en deseos de huir». Y ese huir puede ser ya no como signo de desencuentro sino todo lo contrario: de despojo, de dejarlo todo para encontrarse: «Formas deliciosas —prohibidas— de huir», se nos dice en otro fragmento.

Para mí este es un libro que me transmite calma, como si se hubiese hecho cargo de lo que se reclama en las paredes: organiza tu rabia. No nos olvidemos que esa es una palabra clave para poder pensar en lo que nos está pasando. Y miro la portada de esta edición y pienso en una notable paradoja, porque no puedo ver sino el zinc que se usa para blindar las vitrinas, para cercar la entrada de un libro que permanece abierto. Publicado en el Chile de hoy no solo nos permite cambiar la forma en que entendemos cierta producción de la poesía chilena, sino también en cómo leemos el presente. Porque si, como señalara Pound, la poesía es siempre noticia que se mantiene fresca, este libro entonces no cambia su crítica sutil pero feroz contra el establishment funcional, utilitario del lenguaje al que nos tiene tan acostumbrado el contexto en que vivimos.

Por eso creo que puede plantear una idea interesante de notar: el poema entendido como hambre, como la necesidad de verbalizar para que otro se alimente y hacerlo mediante la abundancia, en un tejido donde todos los elementos tienen cabida. Como afirma el mismo Pedro en otro de sus libros: «Un poema compuesto con algo inefable como la enjundia», con otro tipo de comunicación, defectuosa que, por lo mismo, los otros pueden hacer suya. Por eso yo no sería tan categórico como para utilizar este, un texto tan sinuoso, como bandera de algún tipo de discurso fosilizado, pues es un libro que se preocupa de enunciar y llevar a cabo su propia libertad. Y termino pensando en el nombre Pedro: piedra o poliedro de muchas caras, como lo evidencia este estadio de su escritura; pero sabemos que su obra que tiene tantas y tantas caras que resulta maravillosamente irreductible como una píldora en medio de un anapesto imposible.


Lucas Costa (Santiago, 1988). Ha publicado los libros Encomienda (Cuneta, 2013) y Playa de escombros (Alquimia, 2017). El año 2010 fue becario de la Fundación Neruda y el 2012 obtuvo el Premio Roberto Bolaño en poesía. Con Playa de escombros obtuvo una beca de creación del CNCA el 2013. Junto a Cristian Foerster dirigió el taller de escritura poética emergente Al Pulso de la Letra. Trabaja en diversas instancias de fomento lector.