[Extracciones] Las voces de Hiroshima de Tamiki Hara

Tamiki Hara se encontraba en las afueras de Hiroshima a las 8:45 de la mañana del lunes 6 de agosto de 1945, momento en que Little Boy se transformó en la primera arma nuclear utilizada en un conflicto bélico. Se estima que murieron instantáneamente más de 70.000 personas. Aún no hay consenso sobre la cantidad total de muertos: entre 90.000 y 200.000 a fines de ese año. Este hecho se transformó en un eje central de la literatura de Hara, llegando a ser reconocido como uno de los grandes exponentes de la 原爆文学 (genbaku bungaku) o literatura de la bomba atómica. Las voces de Hiroshima (Noctámbula, 2020) reúne catorce textos breves escritos en torno a esta experiencia. En estos relatos Tamiki Hara se sirve de las palabras para configurar espacios íntimos y dolorosos que nos devuelven el sonido de su tiempo.


一匹の馬
Un caballo
(p. 1983)

Fue hace cinco años.
Los días cinco y seis de agosto los pasé acostado en el suelo mirando al cielo; el seis, en una hondonada del dique fluvial, y el siete, junto a la muralla del santuario. La primera noche me mantuve en reposo absoluto para no cansarme y, aunque a la madrugada refrescaba, sentí una leve esperanza a medida que el cielo aclaraba; sin embargo, la noche del segundo día, al yacer directamente sobre el suelo, el dolor de piernas y caderas era insoportable. Me deprimía no saber por cuánto tiempo seguiría en ese estado, pero comparado con la miseria de la gente alrededor, quizás yo era de los afortunados, pues casi no estaba herido y podía pararme derecho.
Al amanecer del día ocho, atravesé la plaza oriental de ejercicios militares rumbo a la estación de Hiroshima; el sol matutino resplandecía y hasta donde abarcaba mi vista, todo era una escena anormal.
Al llegar a la estación, un pelotón de marinos recogía con palas los escombros al costado de un edificio calcinado, con movimientos sumamente ágiles y enérgicos que grabaron en mi oído el ruido que hacían. En una calle un poco más lejos de ahí, una mesa solitaria parecía hacer las veces de oficina de la estación de Hiroshima, hacia donde me dirigí a preguntar si ya se había restituido el servicio ferroviario.
Desde allí me devolví hasta el santuario Toshogu, y justo cerca del sauce de la plaza militar divisé la silueta de un caballo parado, que no tenía ni silla ni aparejo alguno; a la vista, parecía no estar herido, pero en realidad parecía gemir extrañamente por algo, abatido y con la cabeza bien gacha.
Me devolví al recinto del santuario y me tumbé a la sombra junto a la pared de piedra, ya que cerca del mediodía me darían el comprobante de damnificado. Me puse de nuevo a caminar hacia el otro lado del camino, en dirección a Yaizu; un agente del Departamento de Policía Oriente se había instalado con un escritorio frente a los restos del tronco de un árbol carbonizado a la orilla del camino.
No bien hube regresado con mi comprobante, llegó un camión de ayuda desde Mihara.
Recibí con las palmas de las manos dos grandes bolas de arroz rellenas y volví a la sombra junto a la pared. Como estaba muy hambriento me los empecé a comer como si nada, hasta que, no sé por qué, de pronto surgió de un rincón de mi mente el pensamiento de que cómo podía yo estar ahí comiendo arroz tan tranquilo, lo que de inmediato me hizo sentir náuseas y tiritar hasta el fondo de la garganta.


死について
Sobre la muerte
(1951)

Con tus manos congeladas
al encender el último fósforo
la llama iluminó en seguida el entorno
para revelar un limpio y gentil suelo en que morir

Alguien está muriendo
que alguien está muriendo,
susurró la rosa en tus mejillas.
La triste niñita de Andersen.

Siempre es esa la visión que tengo
al contemplar la estrella que brilla en el abismo de la muerte

La tragedia de Hiroshima fue como un cuadro del juicio final o algo así; pero para mí, que pude escapar, no se trata de haber rehuido la mirada de la Parca. La muerte estaba muy cerca de mi ser debilitado. Luchando contra el hambre y el frío, leí los cuentos de Andersen en el segundo piso de una granja. La belleza de aquella imagen de la niñita que muere abandonada por la sociedad me quedó grabada casi al punto de llevarme a la locura. Adelgazado y debilitado como un grillo, solía caminar solo y cabizbajo por el oscuro y largo camino campestre, dudando si sería capaz de seguir viviendo más adelante. Quizás yo ya estaba casi desahuciado de este mundo, cuando en el cielo nocturno que cubre la oscuridad terrestre resonó aquel universo de estrellas que embelesó a Pitágoras.
Tras eso, me fui a vivir a Tokio, pero la amenaza de muerte se mantuvo. Me vi inundado por un tropel de malas circunstancias que arrebató mis escasas vestimentas, me despojó de mis libros y hasta de un lugar donde quedarme.
Sin embargo, la tempestad de la muerte no parecía soplar sobre mi físico. Desde antes hasta después de la guerra, esta tormenta iba derribando abruptamente la existencia de la gente. Antiguamente, bajo la oscuridad y desesperanza bélica, mi deseo era dedicar cuerpo y alma a describir simplemente la belleza del cielo azul de mi infancia. Sin embargo, hoy en cierta forma tiendo a precipitarme hacia una sensación de vacío, pensando que a lo mejor mi vida y lo que la cultivó no son más que escombros. Eso, por la intensa y tenaz inminencia de la desdicha y la idiotez. Originalmente, para alguien de tan escaso talento y capacidad como yo, quizás habría sido una osadía tratar de ganarme el sustento como escritor. Si la tragedia me impidiera vivir y me dejara sin aliento, no habría nada más que hacer. Sin embargo, mientras me quede algo de vida, obviamente quiero dedicar a ello todas mis fuerzas.
Y no quiero recibir a la muerte como si fuera un cuadro infernal de crueldad interminable. Si es posible, quisiera recibirla como algo sereno y armónico. Quisiera dirigir la mirada más allá del horizonte, sin terminar ahogado ni enceguecido por la desdicha de hoy. Para mí es un enorme consuelo poder también leer las serias obras de la generación joven que sobrevivió a la estación de la muerte. No sé hasta cuándo durará la desazón, la confusión y la conmoción humanas, pero creo que no queda más que construirse un firme mundo interior para hacerles frente.
Hoy en día vivimos realmente en una época rara e infrecuente. ¿Seré yo el único al que mientras camina hambriento por las ruinas, con su supervivencia acorralada hacia la pared, le sonríe de pronto una visión hermosa o una atmósfera clara?


五年後
Cinco años después
(1950; p. 1983)

Rota, desde los altos peldaños de piedra
cae la escultura de un dragón
un hilillo de agua al costado de los peldaños
la gente viene a beber
la rapidez de la muerte
en el abismo entre un cielo ardiente y las raíces de los árboles
rodeado de cadáveres
que cayeron ennegrecidos
una mujer carmesí llora a gritos
como en llamas, bajo el torii

Es lo que tenía garabateado en un cuaderno de hace cinco años.
Hace cinco años… Al otro día de la tragedia, llegué al recinto del santuario Toshogu, donde pasé todo un día con su noche.
A la sombra de los árboles junto a la escalinata de piedra, había un manantial del que fluía el agua con que a ratos saciaba mi sed. Continuamente llegaba alguien y se agachaba a beber. Los pies me llevaban hacia esas aguas cristalinas, de alguna forma, no solo para beberla. Incluso ahora… Es como si esa sencilla agua me susurrara algo de entre los recuerdos de ese panorama inhumano.
Una joven quemada se voltea bajo el pórtico torii del Toshogu.
«Señor soldado, ayúdeme».
¿Lo carmesí era su voz o su boca?… El espacio parece desmoronarse sobre mi mareada cabeza.


死と愛と孤独
Muerte, amor y soledad
(p. 1949)

Desde que sobreviví a la tragedia de la bomba atómica, algo me marginó violentamente a mí y a mi literatura. Aunque me costara la vida, eran precisamente esas crudas escenas vistas con mis propios ojos las que quería dejar relatadas. En una serie de obras como Flores de verano y De las ruinas, dejé registro de aquella inusual experiencia.
Sin duda, desde esa confusión y esos gritos de muerte, me encendí en plegarias por un nuevo ser humano. Probablemente fuera esa una de las razones por las que alguien tan pusilánime como yo fue capaz de aguantar esa hambre y miseria horribles. Sin embargo, la vorágine de la posguerra me azotó estruendosamente y aún hoy está por aplastarme. Este tema lo traté en Talones de fuego, Días de calamidad, etc.
Para mí, vivir en este mundo es como si cada instante desbordara un estremecimiento abismante. Desde ese entonces, la miseria que ocurre día a día dentro del alma humana, el sufrimiento al límite que se impone a cada persona y ese tipo de cosas me clavan intensas punzadas. ¿Seré capaz de soportarlas y relatarlas?
Antiguamente, cautivado por la muerte y por pensamientos oníricos, solía escribir obras de fantasía y recuerdos de infancia. Por aquel entonces, prácticamente nadie tenía en cuenta lo que yo escribía, excepto una persona, mi esposa, quien adoraba casi con locura esas pobres obras. Luego, la muerte nos separó y me topé con la tragedia de Hiroshima. Quizás recordarla haya sido lo que me sostuvo a mí y mi literatura dentro de esa prolongada desdicha. Deseo también así dejar un escrito como testimonio de aquello.
Entonces, por mucho que mute mi literatura en el futuro, las palabras que titulen mi autorretrato serán probablemente estas tres: muerte, amor y soledad…
Con ambas manos en los bolsillos de un viejo abrigo que he usado por más de diez años, camino cabizbajo al atardecer por el sendero contiguo al foso de Kudan.


Tamiki Hara (1905-1951). Escritor japonés, conocido por su trabajo en torno a la bomba de Hiroshima, catástrofe de la que fue un sobreviviente. Entre sus libros destacan Natsu no Hana (1947) y Shingan no kuni (1951). Se suicidó en Tokio a los 45 años, lanzándose a las vías del tren.