[Reseña] La marcha hacia ninguna parte de Tania Favela

Publicado hace casi dos años, La marcha hacia ninguna parte (Komorebi, 2018) de Tania Favela tiene la cualidad de no agotar sus lecturas. En el siguiente texto, Cristián Gómez Olivares reseña en profundidad el libro, dando cuenta de la profusividad de sentidos que abre en su deriva y que acaso sitúa el trabajo de la autora mexicana entre lo más interesante y audaz de la poesía actual en Latinoamérica.

 


 

No es casualidad que el título de este libro provenga de una cita de Hugo Gola, el poeta argentino que vivió su exilio en México, donde fue capaz de transformar su obra poética en magisterio. Favela, alumna aventajada que se ha encargado de difundir y mantener el legado del argentino, se apropia libremente de un momento de la obra de Gola para hacerla germinar en su propia escritura. Pero La marcha hacia ninguna parte no bebe únicamente de la fuente de Gola, sino que de una lista que la misma autora comparte con nosotros hacia el final del libro, y entre cuyos nombres se cuentan, entre otros, Emily Dickinson, Katherine Mansfield, Miguel Casado, Lorenzo García Vega y Blanca Varela, entre otrxs.

No creo que sean gratuitos los dos puntos señalados hasta ahora: su filiación con Gola, por una parte, la declaración de sus «deudas», por otra. Si uno lee el libro de Favela, rápidamente podrá darse cuenta de que son dos los motores que rigen la escritura de este volumen. Por una parte, la dispersión de la persona poética, o más bien: su desaparición, para darle paso a múltiples voces que no disputan sino que comparten la enunciación de estos poemas. Y, en segundo lugar, pero intrínsecamente relacionado con lo anterior, la fragmentariedad del poema que replica, imita o reproduce la dispersión de las voces ya señalada. Incluso podríamos argumentar que visualmente estos poemas también se entregan a la tarea de ocupar el espacio de la página como una forma de producir sentido, i. e., el modo en que vemos el poema también es parte de la construcción del mismo. Cuando lxs lectorxs se adentran por estas páginas, rápidamente pueden percibir que el poema no avanza en una linealidad –del verso o del sentido– sino que más bien tanteando el terreno, como si no estuviera del todo seguro ni de lo que enuncia ni de la forma de enunciarlo. Los espacios entre cada «frase» que conforman los versos, actúan, por tanto, no solo como cesuras que orientan nuestro régimen de lectura, también lo hacen en su capacidad de generadores de significados, de unidades significativas en la producción total de la lógica del conjunto. En la misma línea creo que se encuentran los numerosos paréntesis á la Kozer que, me atrevería aventurar, podría ser uno de los autores caros a Favela. Incluso no creo ir muy lejos si invoco el derecho a la contradicción del que hablaba Baudelaire («Entre la nutrida enumeración de los derechos del hombre que la sabiduría del siglo XIX repite tan a menudo y con tanta complacencia, se han olvidado dos asaz importantes, que son: el derecho a contradecirse y el derecho a marcharse», Vida y obras de Edgar Alan Poe. Prólogo para la traducción de Historias extraordinarias); contradicción que encontramos una y otra vez en versos como estos: «está hablando de ella pero –de ahí la dificultad– está hablando de él» (20); o «El médico ha comprendido // el médico no ha comprendido» (59).

Tapa La marcha hacia ninguna parte

Aún más: hay poemas que resultan verdaderas poéticas de este afán de opacidad en la que la poeta confía a muerte en sus medios, en un juego de cacofonías que no desdeña la ironía detrás de la paronomasia. Así, en la página 66, el ir y venir entre «caridad» y «claridad» y «autoridad» y «opacidad» se resuelve en un anhelo de más oscuridad, donde el nudo gordiano resulta ser esa autoridad que nunca identifica del todo su proveniencia. ¿Quién otorga esa autoridad para hablar, para decir?, ¿quién decide el régimen de lo dicho en el poema? Las páginas que se suceden después de este poema no buscan responder (no, al menos, directamente) estas preguntas, pero sí ahondar en otros cuestionamientos semejantes o colindantes a los anteriores.

La página subsiguiente se detiene a narrar una fábula (estos dos términos pueden resultar equívocos, pero valgan para el propósito de describir el funcionamiento del poema en cuestión) en la que podemos imaginar la casa descrita como un símbolo, entre otras cosas, del poema. Lo interesante es que no se ingresa por la puerta principal, sino la trasera; tensar la página y cada letra (cito del poema mismo) porque tanta fábula cansa. Si esto podría leerse como una invectiva contra esa poesía llena de anécdotas y meramente narrativa, las siguientes páginas (68, 69 y ss.) nos brindan la oportunidad de complejizar semejante lectura. Sí, hay un intento por alejarse de un texto confesional y experiencial, pero la cosa va más allá. Tal vez sería mejor señalar que todos estos poemas pertenecen a una sección del libro titulada «La lengua está blindada». La pregunta del millón de dólares sería: ¿blindada ante qué?, ¿de qué necesita defenderse la lengua? Y además: ¿de qué materiales se constituye ese blindaje?, ¿qué es, en suma, ese escudo protector?

«Habla su lengua el que habla», se nos dice en la página 68, en una especie de verdad consabida que no por serlo deja de requerir una explicación. Pero hay que distinguir saussurianamente entre habla (particular) y lengua (colectiva) y, si quisiéramos ir más lejos, asociar esa habla con el ego y la lengua con el inconsciente, a la manera de Lacan. Pero entre habla y lengua se da, en el poema, una dialéctica, un ir y venir que se condice con los movimientos, los tanteos del o la hablante a través del cuerpo del poema, tartamudeos «bla, ble, bli –la lengua está blindada– (dice)» (68) que paradójicamente ratifican la inseguridad de la voz. Pero esa lengua «se va de lengua», se nos dice en la misma página, i. e., se habla a sí misma, se independiza del hablante para imponerse sus propias reglas, lo que a su vez nos lleva a recordar esa frase, otra vez de Lacan, según la cual «el inconsciente está estructurado como un lenguaje».

En un poema, tal vez uno de los más importantes del libro, en la página 61, se nos reitera una de las ideas/motivos fundamentales de La marcha hacia ninguna parte, como es el de desfamiliarización de la experiencia y el lenguaje, o, mejor dicho, la desfamiliarización de la experiencia a través del lenguaje. El extrañamiento producido por el cambio de los nombres, en una suerte de requisitoria platónica sobre la verdadera naturaleza y alcance del lenguaje, nos lleva a poner en entredicho nuestra capacidad de relacionarnos con las cosas y con la realidad, esto es, a poner en entredicho nuestra capacidad de conocerlas. «(…) cada tanto // la calle cambiaba su nombre y el puente // ya no era puente», nos dice Favela en uno de los versos más emblemáticos de este texto.

Sin querer ahondar en un debate sobre el lenguaje inaugurado por Platón en su Crátilo, pero que continúa abierto hasta nuestros días, resulta claro que esta encuesta sobre el lenguaje necesitaría otra vuelta de tuerca más, en la medida en que las diferencias entre el lenguaje de la comunicación cotidiana y el lenguaje poético son, o pueden ser, muchas, aunque alguien también podría decir que nos estamos quedando cortos al no calificar tales diferencias de abismales. Como sea, el gesto adánico de nombrar importa el anhelo de definir aquello que se ha nombrado. Si la relación entre significante y significado es, desde Saussure, una relación que asumimos como arbitraria, la relación de ambos polos, al interior del o los lenguaje(s) utilizado(s) por la poesía, es, por oposición, una relación necesaria. Si vaca puede ser cow o vache o mucca, «de desnuda que está, brilla la estrella» es imposible decirlo de otro modo.

Me pregunto si no es hacia esta paradoja donde apunta este libro que ahora reseñamos, hacia el estatuto ciertamente precario, pero a todas luces único, del idioma de la poesía. Hacia una reivindicación del mismo. La cita de Hugo Gola con que se abre el libro así lo atestigua: «la marcha hacia ninguna parte / la imagen rueda / por las piedras / las descubre / el horizonte inalcanzable / franja de luz lejana».

La imagen en contacto con las piedras las descubre. Puede que el horizonte aún sea inalcanzable, pero sigue siendo una luz hacia la cual acercarse. El acercamiento practicado por Tania Favela es, ciertamente, uno de los más lúcidos dentro del panorama actual de la poesía latinoamericana.

 


Cristián Gómez Olivares (Santiago, 1971). Es poeta y traductor. Ha publicado, entre otros títulos, La nieve es nuestra (Liliputienses, 2012; Luces de Gálibo, 2016) y Butterfly (Colectivo Semilla, 2017). En 2018 publica el libro de ensayos La poesía al poder. De Casa de Las Américas a McNally Jackson (Cuarto Propio). Fue miembro del IWP (International Writing Program) de la Universidad de Iowa y fue Writer in Residence del Banff Center for the Arts. Es miembro del consejo editorial de Cardboard House Press y dirigió la colección Los Poetas Editores de Ediciones Liliputienses. Dirige, junto a Edgardo Mantra y Manuel Illanes, el sello Siglo XXII Ediciones, dedicado íntegramente a la traducción de poesía contemporánea.