[Ensayo] «Finitud del antropónimo» de Laura Sofía Rivero

«Los padres existen para cuidar, alimentar, regañar y poner nombres. Esta última actividad me parece fascinante, una apuesta riesgosa. Sin verdadera conciencia, todo padre experimenta el gozo más grande de utilizar una lengua: dar nombre a otro».

De esta manera, Laura Sofía Rivero orienta una reflexión sobre el acto de nombrar, transitando por sus implicancias parentales, sonoras y determinantes. Contenido originalmente en Tomografía de lo ínfimo (Fondo Editorial Estado de México, 2018), el siguiente ensayo constituye una invitación a pensarse a sí mismx desde algo tan familiar y a la vez ajeno como lo es el propio nombre.

 


 

Una decisión fortuita

Dibujo las letras de mi nombre por milésima vez. Quizá sea, entre todas, la palabra que me resulta más familiar. Es mi palabra. Yo no la elegí, pero prontamente pasó de ser una imposición a serme íntima. Trato de imaginarme con otro nombre. ¿Y si yo fuera una Andrea? ¿Una Verónica? ¿Una Cecilia? En definitiva no me identifico con ninguna. Sus caracteres inscriben en mi cerebro los rasgos del rostro de mi exjefa, de una amiga cercana, de una compañera de la primaria. Pero no puedo reescribir toda mi historia con otro nombre. Cambiar de mote en automático me pide cambiar de peinado, de voz y de costumbres. Ser una nueva persona.

Nombrar a los hijos es una de las cuatro tareas básicas que conforman, a grandes rasgos, el ideal de la paternidad. Los padres existen para cuidar, alimentar, regañar y poner nombres. Esta última actividad me parece fascinante, una apuesta riesgosa. Sin verdadera conciencia, todo padre experimenta el gozo más grande de utilizar una lengua: dar nombre a otro. Sin embargo, muchos ven esta decisión como un problema al cual encuentran diferentes soluciones: repetir el nombre del padre o del abuelo en una suerte de réplica monárquica, consultar un pintoresco librito con nombres para el bebé, homenajear las obsesiones personales (que van desde el fútbol hasta la Biblia), o combinar antropónimos sólo porque juntos suenan más bonito.

Sea cualquiera de las anteriores, todo nombre de pila es una imposición, ejercicio dominante, colonial. Por eso, es extraño pensar que las diez letras que componen mis dos nombres me sean tan entrañables. Yo no los decidí, pero la repetición me ha hecho asumir que de alguna forma me pertenecen. Si alguien lo grita, yo volteo la cabeza. Si le cambian una sola letra, no logro reconocerme en él. Un nombre es marca para toda la vida.

En el Génesis, Dios le pide a Adán que ponga un nombre a las bestias y aves. Así es como le regala un poder casi infinito: el del lenguaje. La astucia de Dios le hace saber dos importantes lecciones lingüísticas. La primera: la lengua delimita, da identificación, se compone de signos diferenciadores. El todavía obediente Adán le llama elefante al elefante y león al león. En ese acto descubre una segunda enseñanza adelantándose a Saussure desde el inicio de los tiempos: la lengua es un hecho social. Este precepto le queda claro cuando termina su labor de lexicógrafo y se da cuenta de que no tiene nadie quien le ayude: “Llamó, pues, Adán por sus propios nombres a todos los animales, a todas las aves del cielo, y a todas las bestias de la tierra: mas no se hallaba para Adán ayuda o compañero a él semejante”. Adán se sabe solo.

Actualmente, en las actas de nacimiento, los padres juegan a ser Adán nomotetes, es decir, nombradores. Mediante unas letritas mecanografiadas hacen constar su fatal o bienaventurado designio. Lo cierto es que papá y mamá tienen una tarea que se le suma a la de elegir el mote: supervisar los dedos traviesos de la secretaria. Un error en las teclas será heredado al hijo. Como ocurrió con mi amigo Edagar, quien se resignó a la errata que le pinta figura de nórdico o de personaje de El señor de los anillos, aunque en la imaginación de sus padres estaba un proyecto menos ambicioso: regalarle el nombre de su padre, Edgar Rodríguez.

Muchos nombres extravagantes se los debemos no al descuido sino a la imaginación parental. No faltan los creativos y cursis que combinan sílabas de sus dos nombres hasta llegar a una palabra como Anbú, que es remembranza de los padres Ana y Bulmaro. Y su selección, no sólo expide un tufo ególatra sino su falta de interés en la ortografía hispánica; pues poco les importó poner una n antes de la b que provoca un malestar en la garganta.

Al menos ellos tuvieron la delicadeza de componer una palabra nueva. Mi sobrina Iramsi debe su nombre a un fenómeno de espejo que a su madre, Ismari, la llevó a voltear su propio nombre. Ya me imagino el bautizo de mi sobrina-nieta en unos años, Marisi o Amsiri, da igual; al fin y al cabo, todo nombre de sílabas entrecortadas tiene pinta de sumerio.

Pienso en los nombres mientras escribo el mío debido a una revelación reciente. Durante veinticinco años le he dicho Martín a uno de mis tíos políticos sin saber que es una versión corta de su nombre completo. Cuatro letras faltan a su verdadera identidad: Martiniano; un nombre casi prócer de la patria, villano de telenovela y que, como decía su suegra, tiene todo de bueno excepto por el -ano.

 

El nombre es la cosa

En varias pláticas de sobremesa, mi padre me ha contado la manera en cómo eligió mis nombres. Su reflexión casi erudita lo llevó a pensar en dos que fueran fáciles de pronunciar y escribir para un niño, diferentes a los de sus familiares para agilizar las llamadas por teléfono, armónicos al pronunciarse juntos, y, principalmente, de un significado bello. Me insiste en que descartó muchos porque, a pesar de cumplir con todas sus expectativas infringían la última regla que le parecía más importante. ¿Cómo le pones a tu hijo un  nombre que significa “guerra” o “amargura”?, me dice. Si a alguien se le dice que es tonto, por el hecho de repetírselo, quizá termine siéndolo aunque en un principio no fuese así. Lo mismo pasa con los nombres.

La seguridad con la que deja caer esa sentencia en su taza de café me impacta. La idea que mi padre tiene del destino huele a la Grecia antigua. Para él los nombres son objetos sagrados, otorgan virtudes o manchan caminos. Con su comentario, nos ha regresado a la discusión antiquísima que tenía ocupados a los frailes del Medioevo y la replantea: la cosa es el nombre.

Si nuestra vida fuera espejo del significado de nuestro apelativo, muchos de mis conocidos tendrían que ser magnos guerreros, cazadores de osos o héroes impíos. Varios nombres germanos aún son elegidos por los padres aunque no sepan que en su origen trataban de marcar el destino de un hijo apto para la guerra. Sin embargo, mis amigos Alfonso, Gerardo, y Adolfo no emprenden ninguna batalla diaria más que al intentar escabullirse para entrar en un vagón del metro.

A pesar de esas contradicciones, a veces me pregunto si en verdad en el antropónimo no está suscrito algún rasgo o defecto. Para mí, las Jessicas suelen ser un golpe en los riñones. Mi prejuicio ante todas las que conozco me hace detestarlas de tan sólo saber su nombre y confirmar mis sospechas con su arrogancia característica. ¿Por qué todas las Ximenas de mi generación son niñas mimadas? Si el significado del nombre es azar en plenitud, no entiendo por qué hay algunos que parecieran ser sellos de personalidad que garantizan un tipo de carácter. Pareciera que a todos nos está vedado salir de los márgenes impuestos por nuestro apelativo.

Agradezco que mi nombre no fuese elegido por el onomástico. De ser así, me llamaría Gonzala o Gregoria. Fue con el Concilio de Trento que se consagró la costumbre de adoptar a los santos católicos como patronos del hijo que naciera en su día festivo. Esta usanza hizo desaparecer casi por completo otros motes que resultaban familiares antes del apogeo del cristianismo: Lope, Elfa, Garci, Tello, Violante. Nombrar a partir de los santos es una manera de apadrinar a los hijos con una fuerza superior, al punto que les posibilite seguir el camino de quien honran. Mismo ejercicio de dar al bautizo el poder de enderezar conciencias. No obstante, conozco Virginias, Santas y Esperanzas que se rebelan a las virtudes ostentadas en su nombre.

 

Sobrenombres

Llamarme Laura Sofía sonaba muy bien cuando mi padre me dijo que significaba: “la que triunfa por su sabiduría”, atendiendo a una etimología que seguramente él construyó con poco rigor científico, pero con mucha esperanza en el futuro. Sin embargo, cualquier nombre molesta cuando se intercambia por sus variantes menos dignas. La primera vez que alguien me llamó “Chofas” emulando el alias de un personaje de telenovela infantil, descubrí que cada uno de los nombres tiene su versión maligna. No sólo soy Laura, como la amada de Petrarca; sino también, ¡señorita Laura!, como la peruana Bozzo.

Todo nombre es susceptible a deformarse. Principalmente al sobrepasar las dos sílabas de extensión y se le busca un hipocorístico, manera corta de llamar al otro. Si los padres son los que eligen el nombre del hijo, la sociedad se encargará de esconderlo tras un apodo. Es cierto que existen algunos que podrían ser deseables y cariñosos, pero también es verdad que la mayoría son juegos de ingenio cuyo fin es la mera ridiculización. De nada sirve llamarse Guillermo si pronto habrá de cambiarse por “Memo”, “Memito” o, peor aún, “El gordo”. Las familias son especialistas en fosilizar los diminutivos que, cuando niños, no quedan mal en nadie; pero que en la adultez se escuchan tan ridículos como el vestir un babero.

Los apodos son callosidades de la identidad cuya molestia se disminuye por la costumbre y el uso. A veces, esos apelativos espurios terminan por suplantar al original. De allí que nos parezca extraño el nombre de Aristocles, pero no el de Platón. Las anchas espaldas del filósofo le dieron un mote que usará por la eternidad. El apodo no es sólo un sobrenombre sino un dedo que señala y hace justicia a la raíz latina de la que proviene, apputare, que significa “evaluar” o “comparar”.

En los últimos años, los apodos no gozan de tanto prestigio entre la sociedad debido a las campañas antibullying que atiborran las escuelas. No me imagino a Cervantes quejándose ante la Comisión de Derechos Humanos por el acoso e insatisfacción que quizá le produciría en estos tiempos ser llamado “El manco de Lepanto”. Es cierto que se zanja una enorme brecha entre los buenos y los malos apodos. Pero la prohibición acrítica sesga la imaginación: ser poseedor de un apodo terrible, forja el carácter. Y ponerle sobrenombres a los otros, es ejercicio cerebral y demostración creativa.

Los alias* nos convierten en un otro, son palabras máscara que diluyen la identidad. Si la carne, alma y sexo pueden condensarse en un mote, de la misma forma puede modificarse e incluso abrir oportunidades que ciertos estatutos cerraban. Para las mujeres el cambio de un nombre es un trasvestimiento lingüístico que en ocasiones da más oportunidades y revela su poca valía en ciertos círculos de influencia. El pseudónimo corrobora los prejuicios sobre los sexos. A Joanne Rowling le pidieron esconder su mote femenino tras dos letras que no la descubrieran como mujer. Cecilia Böhl de Faber, Mary Anne Evans y Amantine Lucile Dupin hicieron lo mismo velando su identidad bajo los ahora reconocidos nombres de George Sand, George Eliot o Fernán Caballero.

El sobrenombre es un escondite no solo para quienes usan pseudónimos sino hasta para malhechores o soldados. Los nombres de guerra pueden ocultar una vida para forjar otra en la trinchera, como es el caso del afamado Subcomandante Marcos. Narcotraficantes y asesinos se resguardan bajo alias que les crean una fama, a veces, televisiva: “La Barbie”, “El Chapo”. En la palabra edificamos un refugio, el verbo es antifaz.

 

Carnet de identificación

Los nombres son paradojas infranqueables. En un principio su función primaria era particularizar, pero con el tiempo se ha preferido la estandarización que se basa en la repetición ad nauseam: Juan, Ana, Pedro, José, María. El consenso general rehuye a la excentricidad. Incluso, algunas instancias gubernamentales prohíben ciertos motes que por su evidente extrañeza “exponen a los menores de edad a las burlas”.

El 12 de febrero del 2014, la Dirección General del Registro Civil de Sonora publicó una lista con nombres que estarían prohibidos para su uso. El índice de motes vedados da cuenta de marcas de productos, anglicismos y anfibologías que mancillan la hispanidad o a las conciencias débiles como: Burger King, Hitler, Indio, Rambo, Sonora querida o ─mi favorito─ Escroto.

Es verdad que, en una primera lectura, todo nombre fuera del uso común salta a la vista como una mancha; pero también es un hecho que la sobrepoblación nos ha desbordado por los lindes del planeta a un punto casi inimaginable. En un mismo salón de clases, pueden convivir una serie de personas cuyos nombres son parte de la moda de una generación o de la falta de creatividad que recicla los clásicos: varias Marías, un montón de Alejandros. Es cierto que las sociedades modernas encontraron en los apellidos la resolución al problema de los antropónimos limitados, pero en definitiva las confusiones continúan. Pareciera que los padres extravagantes tienen una creatividad lingüística que resulta necesaria aunque terrible: el niño Walmart, la pequeña Sherlyn Topanga, el joven Rodolfo Goku podrán padecer el escarnio, pero no experimentarán la terrible desazón de saberse calcomanías repetidas.

La finitud del nombre es pata coja del lenguaje. Revelación de que todo acto humano es limitado. Es fácil que la identidad personal (esa que defendemos y preservamos con ademán sagrado) se diluya al hacer una búsqueda básica y mínima en Facebook: teclear las letras de nuestro nombre nos posibilita desdoblarnos y conocer brevemente la vida de esos otros que también voltean la cabeza cuando les llaman por esa palabra que parecía ser nuestra solamente. Nuestro nombre es compartido, es maldición de tocayo. Se disemina en el mundo y es tan nuestro como de esas otras manos que lo inscriben en actas, talones y firmas sin saber que nosotros también nos amarramos a la fragilidad de su escritura.

 

* A la lengua de Virgilio debemos mucha de la tradición de nuestros nombres, así como nuestro interés por desfigurarlos. Esta palabra proviene del latín: alia nomine cognitu, que significa «conocido por otro nombre como».

Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993). Ensayista. Obtuvo el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2017 por el libro Tomografía de lo ínfimo, y el Premio Dolores Castro 2016 por Retóricas del presente (IMAC, 2016), entre otros. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del programa «Jóvenes creadores» del FONCA. Algunos de sus textos pueden leerse en su blog personal: http://parasitomimetico.wordpress.com.