[Ensayo] «Efluvio de la infancia» de Alonso Tolsá

Rehabitar el recuerdo de la infancia es generarse mentalmente una zona de confort, situación muy necesaria que —por supuesto— se ha exacerbado por estos días. Aproximarnos a la memoria personal más prehistórica desde otras veredas, como lo hace aquí Alonso Tolsá desde la literatura infantil, puede ser un ejercicio de reflexión y autoconocimiento tan significativo como el descubrimiento de ciertas lecturas y sus contextos. A pesar de lo sucinto, este breve ensayo puede ser la invitación perfecta a sumergirnos en otras profundidades: solo basta continuar a través del trayecto trazado por las referencias.

 


 

Si dejáramos llevarnos más allá de esa frontera que divide el tiempo, una añoranza inmarcesible confirmaría que hay muchos mundos discordantes secretamente arraigados a este mundo: basta con mirar la portada de un libro aparecido en nuestras manos por azar, o escuchar de pasada cierta melodía, para ser arrastrados al dominio del ayer como al reducto emotivo y mental de un instante preciso. La memoria es la llave en el pestillo de esas puertas encubiertas a las que asistimos al reencuentro con personas o cosas que creíamos extraviadas, su incongruencia enseña a soportar el cambio.

Puede que no sea evidente el vínculo entre la crueldad y la infancia, pero bien vista, ésta refleja la rigurosidad moral de los niños, confrontados desde temprana edad al dilema entre el bien y el mal de modos no abstractos sino afines al mundo tal y como lo experimentan. Jean Piaget ha expuesto los factores lógicos que les permiten plantear juicios de elección además de principios físicos más o menos exactos; no hay duda de que el cerebro infantil concibe formulaciones que nos acompañarán por el resto de la vida y por eso se antoja exacerbada la repercusión de las lecturas tempranas. Escrito e ilustrado por el psiquiatra francfortés Heinrich Hoffmann, originalmente el Struwwelpeter había sido el obsequio navideño para uno de sus hijos. Cansado del desenlace de las fábulas de siempre, en el invierno de 1844 Hoffmann tomó un cuaderno en blanco y le dijo a su esposa: «Le voy a hacer al niño el libro ilustrado que necesita. La imagen de la desgracia le instruye más que todo lo que se pueda decir con las mejores intenciones». Muy distante de los Cuentos en verso para niños perversos y del repertorio musical que comprende Une souris verte o Pirouette, cacahuéte, la crueldad del Struwwelpeter quedó reflejada en historias como Paulina y los fósforos, en el que una niña desobediente juega con cerillos incendiándose hasta quedar reducida a un montículo de cenizas humeantes; Conrado, el niño que se chupaba el dedo relata la historia de un chico al que su madre le advierte que si no deja de llevarse el pulgar a la boca se lo cortará el sastre con sus enormes tijeras, como se adivina, el desenlace muestra al pobre Conrado con las manos mutiladas; o La historia del melindroso Gaspar en donde un pequeño gordinflón decide no probar más bocado de manera que adelgaza hasta morir, en la última imagen vemos su tumba sobre la que descansa un plato de sopa caliente.

Las imágenes que colman la mente infantil están destinadas a permanecer, si la pedagogía es una de las cuestiones humanas más elevadas es por la naturaleza imborrable de la instrucción preescolar. Struwwelpeter fue la primera relación ordenada de valores con la que yo entré en contacto, el silogismo de cada historieta era enteramente instructivo: si me acerco a la estufa acabaré chamuscado como Paulina, si dejo de comer la sopa enflacaré hasta morir como Gaspar, etcétera.

La fama de Las aventuras de Nils Holgersson aumentó a propósito de la adjudicación del Nobel en 1909 a Selma Lagerlöf, profesora de primaria afín al movimiento feminista de Estocolmo que zanjaría con su obra el debate acerca de la reforma ortográfica sueca. Las aventuras fueron concebidas a solicitud del gobierno como un desacostumbrado libro escolar de geografía: Nils es un niño revoltoso y malvado al que encanta un duende encogiéndolo al grado liliputiense, en la granja donde vive con sus padres hay una cerceta jovial que anhela volar al norte con la bandada silvestre liderada por la mítica Okka; las mil y un circunstancias adversas del viaje estrechan la complicidad del grupo estimulando una transformación interior en el niño. El lago Vombsjön es escenario de la afrenta de la zorra Esmirra; el cabo Kullaberg del baile anual de las grullas; en Ivösjön, Nils termina con la vida de la malvada corneja Ráfaga; el puerto de Smyge ve la amarga despedida de la bandada del territorio de Escania… En lo estrictamente político, Lagerlöf manifiesta mediante parábolas la ventaja de la monarquía respecto a la democracia y el peligro potencial de elegir líderes equivocados así como la permanente amenaza de consentir la migración, dos razones típicamente asociadas al debilitamiento del imperio sueco posterior al reinado de Carlos XIII.

La evocación como método arquetípico por el que a los adultos les es permitido volver a la infancia terminó de consolidarlo Marcel Proust; su admirable reconocimiento psicológico, mudó el modelo imperante en la literatura occidental desde Oliver Twist del good little boy al perverso polimorfo freudiano, marcado por el Edipo y el principio del placer. Antes de dormir, en un pasaje inolvidable, tía Matilde le cuenta al niño la antigua leyenda de Genoveva de Brabante, calumniada por el despechado sirviente Golo quien deambula en su caballo después de conseguir que ella sea desterrada del feudo; la retraída luz de la linterna conjugada con las sombras avivan la incertidumbre del pequeño que, preguntándose si él será tratado con justicia y si algún día de amar a alguien será correspondido, piensa en su madre acongojado porque aún no acude a darle el beso habitual. Sólo el brío imaginativo de Kenneth Grahame en El viento en los sauces es comparable a la emulación inconfundiblemente proustiana del pensamiento animista de los niños; en En busca del tiempo perdido la progresión racional de la imagen de la memoria sitúa otra vez las cosas en el mundo que componían esa imagen, trasladándolas de un modo excepcional al presente.

biasa guyaa lu né tonka nini.

A pesar de desconocer la lengua zapoteca, la rica cualidad evocativa de las canciones que mi madre entonaba para procurarme el sueño volvían innecesaria cualquier perífrasis: envuelto en su voz como en una tela oscura de tafetán me suspendía a salvo en la oriflama del sueño que mezclaba salvajemente la verdad con la mentira.

Sobrepasé la primera infancia a inicios de abril, precisamente cuando cumplí siete años y tuve que admitir que no volvería a contemplar a la niña de las ilustraciones de un libro de cuentos rusos de no sé qué autor, pues alguien lo había sustraído de manera inadvertida de su sitio. Muchos años después reanudaría mi entusiasmo frente al retrato de Amalia de Llano y Dotres de Federico Madrazo en el que reinventé la suave expresividad de aquel rostro que había sido capaz de infundirme una honda variedad de afectos elementales; era como si nuestras flores y las de los jardines vecinos y los gatos de la pequeña parroquia y el rastrojo del pueblo y las canciones de cuna, todo eso, calles y parques, emergiera de pronto de aquellas pinceladas.

 


Alonso Tolsá (Santa María del Tule, 1988). Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de ensayo. Lector diletante.