[Extracciones] Como una música de cosas rompiéndose de Ricardo Vivallo

El proyecto escritural de Ricardo Vivallo (fundador y editor de Libros Tadeys), del que ya conocimos Cuaderno de Guayaquil en 2017, parece constituirse desde el ejercicio del apunte (o, en sus propias palabras, «escribir desde la renuncia a escribir. Algo así como una crónica de la no-escritura»).

A continuación compartimos fragmentos de su última publicación, Como una música de cosas rompiéndose (2020), libro autoeditado con un pequeño tiraje y vendido por su propio autor (y del que hoy no quedan copias). Esta selección espera ser una forma de acceso, al menos parcial, a dicho libro.

 


 

Tapa Como una música de cosas rompiéndose

Es un hecho: no podemos alterar las acciones pasadas, pero sí podemos modificar nuestro juicio sobre su recuerdo. Pienso: tengo treinta y cinco años y no he hecho nada con mi vida. El pasado inmediato —los últimos diez años, digamos— se me aparece como una zona de la que solo irradia una intensa sensación de nulidad. Pero sé que no fue así. En esos diez años me enamoré, escribí, leí, me divertí, tuve sueños y en más de una ocasión fui —casi— feliz. Pero por algún motivo, solo queda en la memoria el sedimento negativo de la experiencia.

 

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Tachar sin culpa, enérgicamente, lo escrito. El gesto de escribir implica su revés, el íntimo conocimiento de lo que merece ser obliterado. Nunca se ha de ser mezquino con las tachaduras.

 

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Como un buzo que busca en las profundidades el cuerpo de un bañista extraviado, el escritor explora los planos sumergidos de la conciencia con la esperanza de hallar el vínculo entre lo disperso.

 

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En un bar irlandés en Providencia. «What you see it’s what you get», dice un gringo que toma un whisky en la barra. Creo que habla de negocios, pero la frase me parece digna de algún poeta objetivista. Lo que ves es lo que hay. El libro que leo dice: «Uno escribe porque no puede ver». ¿Se escribe, entonces, siempre desde la ceguera?

 

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Quizás el gran error, el error decisivo, fue creer que la vida era solo un pretexto para la escritura.

 

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El gesto de transcribir, de copiar en el diario personal fragmentos de diarios ajenos: una suerte de posta. Los escritores de diarios como una comunidad secreta, abocada —sin saberlo— a la escritura de un único libro, el único que importa.

 

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Pensar la ansiedad y/o la angustia como problemas narrativos: como soy incapaz de inventarme un relato coherente y continuo de lo real, me angustio porque no sé lo que va a pasar, porque no entiendo el argumento de mi propia vida, me enfermo de indecisión, me paralizo. ¿La ausencia de relato, la incapacidad de crear(se) uno es lo que enferma?

 

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La buena escritura nunca es definitiva; su fuerza radica, precisamente, en la tensión —siempre renovada y vibrante— entre el sentido y su forma.

 

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Escribir desde la renuncia a escribir. Algo así como una crónica de la no-escritura.

 

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Registrar no tanto la experiencia misma como el movimiento de la mente en el instante de la escritura. Lo biográfico, lo anecdótico son solo pretextos. Algo así como pintar naturalezas muertas. El yo es solo el motivo que permite dar cuenta de las luces y sombras que lo vuelven circunstancialmente visible.

 

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Un libro que no termine, que sea solo la posibilidad infinita de un libro. Una especie de máquina inútil e inagotable. La sala de un museo que renueva automáticamente, a diario, el blanco de sus paredes.

 

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Escribir —dice Conrad— no es más que la conversión de la fuerza nerviosa en lenguaje. ¿La calidad de la escritura depende esencialmente, entonces, de la resistencia y eficiencia de los nervios del que escribe? ¿Por eso solo puedo escribir así: a chispazos, siempre al borde del cortocircuito y el apagón definitivo?

 

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Seducir es engañar. La escritura es seducción. Una serie de estrategias que usamos para obtener la sumisión del otro.

 

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Al escribir, no desdeñar asomarse a las grietas que abre en el pensamiento la interrupción.

 

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La sensación de vivir atrincherado en uno mismo. El yo, una zanja hedionda y húmeda, en la que nos protejemos, como podemos, de la impiadosa blitzkrieg del mundo.

 

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Una escritura disociada de la voluntad de contar algo, que no busca seducir, ni convencer de nada, y que en su continuo devaneo es solo el registro (aleatorio, descentrado) de ciertas urgencias y breves perplejidades.

 

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Lo único que hay: una deslavada claridad flotando sobre las cosas, sin penetrarlas.

 

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Una mente esencialmente prosaica, sin imaginación; completamente inhábil para percibir poéticamente el mundo. Una sensibilidad burda, ordinaria, fundamentalmente histérica y volcada obsesivamente sobre sí misma. Todo eso disimulado, más o menos bien, tras una fachada de indiferencia.

 

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Intento leer, pero no logro enfocarme. Voy de un libro a otro, leo una línea, un párrafo, y me detengo. Mi cabeza es pura dispersión, como una mosca que no puede decidir dónde posarse. Me distraigo de todo, menos de mí mismo.

 

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Una ola inmensa caía sobre la playa. La fuerza del agua nos arrastraba lejos. Gritos desesperados, como una música de cosas rompiéndose. Nos aferrábamos a unos fierros y aguantábamos como podíamos las embestidas del agua. Una gaviota con un racimo de vísceras colgándole del pico.

 

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Ningún lugar adonde ir, pero aún así, el deseo imperioso de moverse.

 

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No los restos, los residuos o los escombros de una obra mayor, tampoco el correlato autobiográfico de esa obra, sino el despliegue de una escritura que asume la imposibilidad de cualquier obra, que no se dirige a ninguna parte, que es pura acumulación inútil, el detritus de una obra imaginada que nunca existió ni existirá, desaparecida para siempre.

 

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Como el amor, la escritura es el deseo furioso de algo fugitivo.

 

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«Cerremos este diario: el tiempo de los sentimientos ha concluido. Haber escrito un diario siempre fue señal de debilidad». [György Lukács, 11/2/1911]

 


Ricardo Vivallo (1984) es editor en Libros Tadeys. Publicó Cuaderno de Guayaquil (Saposcat, 2017). Como una música de cosas rompiéndose es su segunda publicación.