Inéditos: Un cuento de Olivia Teroba

La que pareciera ser la instancia perfecta para un muy buen viaje, termina siendo anulada por una ruptura amorosa reciente y el miedo a la sanción social y penal de quedar en evidencia.

Con descripciones secas y precisas, Olivia Teroba, quien a fines del año recién pasado publicó el volumen de ensayos Un lugar seguro (Paraíso Perdido, 2019), erige un fluido relato que nos lleva a reflexionar sobre el sentido del uso de las sustancias recreativas cuando las condiciones emocionales no son las adecuadas.


Abisal

Me como un ácido entero y me encierro en la habitación. Hace tiempo que lo tengo guardado en el refri, envuelto en papel de estaño dentro de una bolsita con Ziploc. Lo andaba postergando, no me sentía bien. ¿Ya me siento bien? Mejor no pensar en eso. Quedémonos en que no pude, ni quise hacerlo antes. Tengo lista la música, algunos libros de pintura, incluso una libreta para dibujar. El cuarto comienza a balancearse un poco, un ardor me sube por el estómago. Debí comer algo antes, siempre se me olvida. Me acuesto en la cama. Cierro los ojos.

¿Por qué hoy? Porque estoy sola en el depa. Porque simplemente me siento lista. El lugar se va sintiendo más estrecho. Me esfuerzo en no malviajarme. Todo está en la mente. Una canción me llama y me sujeta por un rato a la realidad. Aprovecho esta poquita lucidez y abro un libro. Son pinturas japonesas. Acuarelas. El rostro de la mujer mira de lado. ¿Se la está cogiendo un pulpo? Comienzo a tocarme, a imaginar que soy la mujer penetrada por los tentáculos. Tengo un orgasmo. Me encanta estar sola.

No se me quita el apremio, la sensación de estar todo el tiempo distraída. Doy vueltas en la cama y no puedo acomodarme. La música se torna repetitiva, eterna. Sé que tengo que salir y tomar aire: algo no está bien. La calle está lejos, ¿cómo se me ocurrió hacerlo sola? Debería comer un dulce, o tomar leche, sí, alguien dijo algo de la leche, pero es muy tarde ya, esta voluntaria intoxicación me recorre el cuerpo. Intento levantarme y me voy de lado. Intento siquiera moverme: los pensamientos me lo impiden, se enrevesan, son una maraña que no puedo controlar. Con dificultad me abrocho el pantalón y me pongo la sudadera. Estoy puestísima. Hasta la madre.

Junto al depa, que comparto con otras chicas, hay un Oxxo. Las otras chicas son todas unas mojigatas. No sé qué pensarían si me ven así. Me da muchísimo miedo que alguien me vea. Pasa una patrulla. Me imagino lo peor. Que se detendrán a examinarme y no podré responderles. Es una tontería, es horrible es andar por la vida cargando todos los miedos. Respiro, fuerte. El aire entra a mis pulmones: frío, limpio, refrescante. Entro al Oxxo. Compro una paleta helada. Esquivo la mirada para que el chico que atiende no vea mis pupilas dilatadas. Debí traer los lentes de sol.

Estoy frente al departamento. La paleta se derrite en mis manos. ¿Debería entrar por los lentes? ¿O seguirme derecho y caminar por ahí? Temo que me vean los vecinos. Por suerte es fin de semana y casi todos, al menos los que son estudiantes, vuelven a sus ciudades de origen. Menos yo, que estoy aquí y me acabo de comer un ácido.

Me doy cuenta de que llevo mucho tiempo parada en la puerta: ya me terminé la paleta, me queda sólo un palito pegajoso que sostengo entre los dedos. ¿Entraré a lavarme las manos? ¿Voy por los lentes? ¿La gente pensaría que estoy puesta sólo porque llevo gafas de sol? ¿Me sigo derecho, caminando? Estoy rusheando. Así se dice cuando a alguien se le va el hilo y no sabe cómo actuar. Y se queda inmóvil, como yo ahora. Como el día que no sabíamos si abrirle o no la puerta a Hank o lanzarle las llaves por la ventana. Me río sola, no sé cuánto tiempo llevo así pero la vecina ya me saludó y me abrió la puerta y se rio conmigo.

—¿Se te olvidaron las llaves, verdad?

Me sigo derecho sin responder. No puedo articular palabra.

Dentro del departamento sigue la música y me tienta a quedarme; me lavo las manos, tomo los lentes y una botella con agua lo más rápido que puedo. No quiero estar encerrada, la verdad no me gusta estar sola. Bueno, sí me gusta pero no así, o tal vez no, odio cualquier tipo de vacío y por eso lo lleno todo con pensamientos y palabras, mientras mis temores se quedan por ahí, como moscas, zumbando amenazantes.

¿Y si callara los pensamientos? Estoy en el parque ecológico, acostada sobre el pasto. El trayecto hacia acá normalmente me cansa, ahora llegué rapidísimo, casi no recuerdo cómo. ¿Corrí? ¿Volé? Comienza a llover. Veo la hora en el reloj de pulsera. Cierro los ojos y la boca de mi mente. Me quedo callada y cerrada, por dentro y por fuera. Exploro mis sensaciones. Son largas, profundas, intensas. Me dan ganas de llorar, y volteo a ver el reloj. Me iré dos minutos, sólo dos minutos. Voy y vuelvo. No quiero que la gente del parque sepa que estoy drogada.

Caen gotas ligeras. Me llega la sensación de que ya estuve aquí alguna vez, de que este parque me gusta, de que hay algo añorable aquí. Recuerdo hace tiempo, cuando íbamos los dos juntos, pachequísimos, a caminar por ahí y a besarnos. Es un recuerdo dulce, para variar. Es la primera vez que lo recuerdo sin que me duela.

Llevo rato mojándome bajo la lluvia, y eso me trae de vuelta. ¿Por qué me preocupaba que me vieran, si traía las gafas? Esta pinche paranoia. Un tipo se me acerca con una sombrilla y me sonríe. Lo rechazo apenas viéndolo de reojo y alzando la mano con la palma de frente, en una señal muy de aquí, que significa “no, gracias”; o más bien “no estés chingando”. Se aleja sin decir nada. Pobre tipo. La verdad no quiero conocer a otro caballero más, los odio. Cuando me abren la puerta, me dan la mano para bajar del camión, recorren la silla para que me siente, o pagan mi cuenta, me hacen sentir inútil y estúpida.

Apoyada contra el tronco de un árbol, miro cómo la lluvia rebota absurda sobre el lago. Puedo escuchar el mundo: las gotas salpicando, el agua corriendo, los pasos de la gente sobre el pasto; conversaciones, gritos de niños que corren a resguardarse, los autos que pasan a un lado en la carretera. Y más abajo. Los insectos. La brizna. Y más abajo. Mi respiración. Mi corazón latiendo. Y más abajo. Todos estos sonidos juntos. Intento no verbalizar los pensamientos. No pensar. No palabras. Música. La música que está por encima y por debajo de todo.

Estoy empapada y muero de frío. La lluvia y el llanto terminaron de despertarme, estoy más consciente. De inmediato vuelvo a refugiarme en el pensamiento. En la gente. En lo que soy yo. Me acerco al lago—¿para qué atajarme, si estoy bien pinche empapada?— y me veo reflejada en el agua. Me da vértigo. ¿De veras soy yo? Me da miedo. ¿Por qué estoy aquí? ¿De qué estoy escapando?

Empiezo a entender la soledad como una región de hectáreas, enorme, por donde camino y caminaré por mucho tiempo. Puede que alguna vez cruce caminos con alguien pero… no, por ahora no. Es demasiado reciente. Tardará en irse casi tanto como duró. Años. Suspiro. Ahí, mirando mi cara reflejada en el lago, tan húmeda como yo ahora, casi puedo ver el abismo que me separa de los demás.

Regreso a casa, me doy un baño, tomo un té. Entro a mi habitación. Veo el celular. Tantas llamadas perdidas, tantos mensajes. Lo apago. No vale la pena. Al menos hoy no.

Respiro. El aire entra por mi nariz, fuerte, enorme, y de ahí nutre todo mi cuerpo. Lo llena. Apago la luz. Pongo música. Cierro los ojos.


Olivia Teroba

Olivia Teroba (Tlaxcala, 1988). Estudió Comunicación y Literatura Hispánica. Publicó el libro de ensayos Un lugar seguro (Paraíso Perdido, 2019). Ha obtenido becas de escritura y premios en cuento. Vive en Ciudad de México, donde trabaja como freelance, escribe y hace cartas astrales.