Futuro esplendor: Poemas de Daniel Ahumada

Daniel Ahumada es un joven poeta, reseñista y miembro del colectivo Traza. En 2018 publicó la plaquette Niños grises. En los siguientes poemas, que son un adelanto de su primer libro (en preparación), ensaya una escritura que, tanto en su imaginario como en la oscuridad de su lenguaje, remite ineluctablemente a la tradición de la poesía hebrea.


(Bereshit)

no reconoce recorrido el polvo
nunca oculto en las mañanas de invierno
o las únicas mañanas

senos y estómago
muebles rechinan la estructura de ciertos cuerpos
donde escribo con mis manos
la recepción de una luz anónima

en el pavimento la niebla golpea torpe
no hay trabajos que recibir
las polillas duermen entre telas torturadas
o tu tos sobre arreglos florales

una mesa se extiende entre el sonido de la voz y su garganta
cobíjate en mí durante el pogromo oscuro de las arañas
o toma la copa como un padre alimentado

no te detengas sobre la primera palabra que pronuncia
cada trayectoria curva desciende hacia un profundo vino
escucho el eco que recibe mi nombre
el zumbido revolotea alrededor

la ausencia de cuadros
esquinas pobladas de trajes irreconocibles
el ruido de la estática radial

mi cuello levanta y rompe el hábito
en mi sonrisa sobria de rabino
cubierto pétreo por mis facciones
siento en mi costado caer sangre que reparto
entre sus lenguas tiernas

mientras esté desnudo en este baño de vapor
no habrá otras bocas delante de mí
no habrá más salmos que los míos
seré el único profeta de mis niñas grises


(Recuerda el Día de Shabat)

noción de prado y castigo
el atardecer recorre un sombreado de hierro
tela difuminada
las cortinas parpadean en el último trote del ganado pálido

cesa el ejercicio
respira mientras la oración irrumpe
trasquilar
tejer
hacer dos lazos o unir dos hilos

alegre
tomo la mano hembra
para adorar sus uñas

memoria sus ojos cerrados
memoria en las rocas
aquellas tablas me llaman a no morder
carne sin desangrar

se atragantan las tazas trizadas
somos la corona de flores
madre nuestra
la vista es una herida convexa

voces penetradas
perdón madre
mantente muda mientras

sostengo el murmullo
no más miedo
no más mugidos

¿mamá somos acaso
cada una un brazo de la vela?


(Naciste rígido como un rey)

dentro del terreno templado
los canarios cantan su kadish

mi amor
niño-golem
levanta tierra con tus brazos pequeños
reconoce la voz en tu reflejo
mientras curo las heridas en mis pezones
entre piedras tu estómago engendró una sombra
no me niegues la mirada

desnudo
llorabas por perder tus huellas entre el crujido
los cadáveres
hojas secas de laurel hablaban del egoísmo

qué hay de bueno en quemarse en los infiernos de un plato
mientras los restos añejos gritan por su propia penuria
algo les respondes con tu lengua
hablas de la ley y de sus rimas
de lo estéril
hablas sobre mí
no escuché el final de tu susurro

a los restos devuelves la mirada
solo la repetición de tu primer llanto en mis palmas

los dientes infantiles comienzan a caer
pobres por el roce del sonido
la campana
el caldo
o mis quemaduras

dijiste que mi lengua negra en sonrisa
esa era la luz quebrada que tanto extrañabas
y no me dolió cortarla
y entregártela


(Hábito de hierro)

días tiernos de óxido
nos habla el metal

claveles erectos se deprimen
con el exceso de lluvia

cuando el regazo tierno endurece
palabra semítica que porta a la deidad ciega
un carácter de luz

la mesa
tercera persona
un juez grave

somos buenas personas nos decía
somos buenas personas
y nosotras llorábamos

las voces son un crujido de hojas secas
la torpeza de un niño
huesos corroen huesos
barba raspa el rostro
padre
nombre no es nombre sino humo
cariñoso

pero denso para ennegrecer
los ropajes

no habrá calvicie sobre sus cabezas
promete
no habrá calvicie
mientras caiga lluvia por mis brazos

mi padre
se recuesta en el bergere
se hunde en la arena de la pared
y toce


(Nociones para una lingüística de las moscas)

mi padre esperó en cama tres días
mientras las moscas
lo observaban desde esa esquina

una silueta se reúne
en el hedor enfermo
el claroscuro devora los contornos de su estómago

su tórax deriva en manuscrito
una letra débil que intentamos rescatar
pero no queda carne en el abrazo
ni voz que nos pida nada

las moscas vigilan
cierran la puerta
y nos expulsan de la habitación

su sombra se desmonta
la sobriedad de las sábanas donde tanto lamentó

sus pasos de sal
fuimos buenos mi amor
fuimos buenos

y la saliva de mosca sana
manchas de sangre
la suciedad
e incluso pareciera feliz
que sonriera

la mirada quebrada que nos niega
derrama su líquido sobre él

alcanzamos a ver un leve gesto
nos dice
mis niñas
mis pobres niñas


(Enmudecen los salmos)

el cuerpo es descubierto
el cuerpo es lavado

se diluyen el sudor
la sangre
la joyería

el cuerpo es purificado de su peso onomástico
un constante fluyente
deshace lo que alguna vez reconocimos como él

el cuerpo se seca
se desatan los nudos
mandamientos

el cuerpo se viste con las ropas donde reza
su barba permanece intacta
no se nos permite mirar

se censura su nombre
sin recitar elegías

mi padre pidió
que no se pronunciara ninguna palabra sobre él

una aureola turbia cubre su cabeza
parece desierto entre el cúmulo de telas

nuestros cuerpos
un espacio en blanco

las reglas dictan nuestra postura
lágrima en el ojo izquierdo
no visible
el llanto debe esperar

las moscas marchan con sus restos
el sol golpea nuestra congregación
mi padre hubiera
deseado ser parte de esas llamas que miran impávidas

pedimos perdón por cualquier deshonra en su contra
las moscas cantan un salmo
no puedo evitar llorar

el nombre padre es cerrado


Foto Daniel AhumadaDaniel Ahumada (Calama, 1995). Profesor de Lengua Castellana y Comunicación por la Universidad Alberto Hurtado. Es parte del colectivo de escritores Traza y del comité editorial de Traza Editora. Ha codirigido el taller de poesía Territorio en el Centro Cultural Manuel Rojas. Publicó la plaquette Niñas grises en 2018. Actualmente prepara su primer libro de poesía.