Crítica: Azares del cuerpo de María Ospina Pizano [Paulette R. Fernández]

Imagen: Álvaro Ybarra Zavala

Narrativa de las experiencias. La pertenencia de las corporalidades. Sobre Azares del cuerpo de María Ospina Pizano

Azares del cuerpo (Edicola, 2019) es la primera novela ficcional de la autora María Ospina Pizano, cuya primera publicación data del 2017. Profesora de cultura latinoamericana en la Universidad de Wesleyan, Estados Unidos, se dedica a trabajos de memoria y violencia en la cultura de su país natal, Colombia. Estos conceptos son la raíz de la escritura que se detecta en el libro: la memoria y la violencia desde un espacio corporal que detona relatos, supuestamente, sensoriales.

La premisa de la novela contempla que «Cada cuerpo es un relato. En las historias de María Ospina Pizano, son los cuerpos quienes narran lo que viven las protagonistas que los habitan». Desde el título de la novela, se nos presenta como enunciado la relevancia de las corporalidades, de las sensaciones que debieran evocar los relatos dentro del libro.
Las narraciones transitan desde la voz de una exguerrillera cuyos recuerdos de violencia le atacan los sentidos con cada paso que da para avanzar a una vida normal luego de escaparse de la selva, a un relato de muñecas cuyas partes guardan recuerdos de antaño y recuperan una historia familiar contada por retazos. Sin embargo, no se hacen suficientes las intervenciones de las corporalidades más allá de algunas menciones de evocaciones de recuerdos de un pasado indefinido. Se nombran partes del cuerpo sin detallar descripciones que hagan que el lector o lectora puedan experimentar la angustia, el asco, la nostalgia y la pérdida a la que se alude.

Podría tratarse de una transición de relatos sin un orden establecido. Un paso vertiginoso sin un hilo conductor real que permita acceder a esos relatos que habitan en los cuerpos de las protagonistas. Se crean avistamientos lejanos de intentos de descripciones, se vislumbran sensaciones no del todo logradas. Las protagonistas guardan un posible lazo, una relación de lejanía entre ellas, con personajes que crean grados de separación entre un relato y otro.

El lenguaje no alude a la sensorialidad, las descripciones no juegan con la corporalidad del lector para hacer de la lectura una acción dinámica. Son descripciones genéricas de escenas poco detalladas. Pareciera ser que el cuerpo se toma como un repositorio de memorias y experiencias que se expresan mediante la escritura que se queda atascada en un trozo de papel.

El paso de una descripción como la de la guerrillera y el bombardeo de recuerdos en un cuerpo que no le permite crear una careta de normalidad que comprende una pugna entre una historia escrita a puño y letra de sus vivencias en la selva, y las tachaduras de una editora que busca rescatar y exagerar momentos que le son propios a un cuerpo lleno de traumas y heridas escondidas bajo la piel:

Creo que Yo quería convencerlas de la que sí estaba aquí, mejor dicho de que estaba viviendo en este mundo, cerca de ellas viva. Siempre me preocupó que se resignaran a mi ausencia a que yo estuviera muerta o perdida como les pasa a tantas familias que se resignan y dejan así. Yo no quería que me enterraran en su mente.

Este, creo, es el relato que más se acerca a narrar experiencias corporales, y toca temas como los traumas psicológicos y las huellas de vacío que deja la violencia de la guerrilla. Esto, sin embargo, se vuelve una excusa a medida que se pasa a los demás relatos: la guerrilla es una mera mención, la violencia se transforma en concepto subjetivo, cuyo sentido recae en las experiencias personales de las protagonistas.

El cuerpo como herramienta se suspende y se intercambia por la necesidad de dejar huella en el mundo, de dejar por escrito los sentimientos, se exalta la violencia del olvido: la escritura versus la corporalidad.

Aurora tampoco quería perderse la oportunidad de capturar el movimiento excepcional de los cuerpos esquivos afuera de su casa. Evadiendo la carnicería a la que tendría que someter unas páginas ya escritas.

En otros relatos se analogan los cuerpos de los muertos por la violencia de la guerrilla:

Yo llegué al anfiteatro y fui de bolsa negra en bolsa negra registrando todas las vísceras y pedacitos de cuerpos, que una pierna por ahí, que un pedazo de brazo por allá. Y me puse a revisar algunos de los cuerpos que habían quedado enteros hasta que encontré el de mi cuñado.

con los restos de muñequitas coloniales:

En la cómoda de la izquierda los cajones estaban marcados «antigüedades», «partes porcelana», «ropas», «rostro», «religioso», «zapatos» con la caligrafía pulcra de su abuelo. Al otro lado del cuarto había un viejo mostrador con una pila de brazos, piernas, torsos, bolsas con varias cabezas rubias, cabezas de osos y perros de peluche, manos, caderas de plástico de diferentes tonos de color piel.

Sin embargo, pareciera que realmente los cuerpos no fueran los protagonistas, sino que la escritura misma, la necesidad de dejar testimonios de ciertas experiencias que comprenden un antes y un después. Por lo tanto, creo que desde el título el libro es engañoso: creemos que nos toparemos con una lectura llena de descripciones sensoriales, y que las voces se verán movilizadas por cada recodo del cuerpo de las protagonistas, pero no es así. Las corporalidades buscan encontrar un territorio de pertenencia y dejar estipulado por letra que ellas han vivido y lo que han experimentado.

Portada Azares del cuerpo

 

María Ospina Pizano, Azares del cuerpo (Edicola, 2019)

 


Foto Paulette RosalesPaulette R. Fernández (Santiago de Chile, 1992). Egresada de Licenciatura en Lengua y Literatura de la Universidad Alberto Hurtado. Forma parte del equipo editorial de la revista autogestionada Ouroboros-Sorobouro.