Reseña: Ocultar la perla: Todos mis quchillos de Andrea Alzati [Ricardo Espinosa]

Podría decirse que la belleza es una forma particular de estar. Cualquier cosa —una curva suave, un árbol cimbrado, un rostro compungido—, cualquier cosa atravesada por la belleza parece habitar el mundo con una fuerza extraña. Nunca es tan agudo el asombro de existir como cuando enfrentamos lo bello. Nunca nos sentimos tan colmados, tan dentro del cuerpo, tan despiertos.

La experiencia, sin embargo, no es homogénea. Ante lo bello presentimos, acalambrados de irrealidad, un matiz de angustia. En el seno de todas las cosas se lee un recordatorio amargo: esto que es podría no ser. Cada que la realidad embiste con una de sus formas, nos asesta, también, el golpe de la inexistencia. La belleza se encuentra siempre rayada por el filo de la nada, el vacío, lo negativo.

Desgarrada entre estos dos extremos, lo que es y lo que no es, lo bello y lo increado, flota suspendida la obra de Andrea Alzati. Si Animal doméstico (2017), su primer libro, es un catálogo íntimo de los prodigios de la materia, lo que es, Todos mis quchillos (Komorebi, 2019) se inclina al otro lado, el oscuro, lo que no es, lo que deja de ser. Los símbolos discurren de forma negativa, brotan en la página atravesados por lo que no son:

 

no hay un río
está la palabra río
que no dice agua
no hay una formación de rocas
de más de diez mil años luz
no hay un ave azul

cruzando el cielo a las cinco de la tarde
porque aquí no hay cielo
hay espacios vacíos
esperando ser ocupados
por una altísima construcción vertical
y el cuerpo

 

Tradicionalmente, una descripción poética no es más que el reconocimiento verbal de una presencia. Si seguimos con definiciones, la poesía no es sino una manera particular de nombrar las cosas. En Todos mis quchillos, el poder de evocación del lenguaje se encuentra frustrado, volcado contra sí mismo: lo que se nombra es la ausencia, la mutación, la desintegración.

La blancura de la página, apenas arrugada de palabras, es un vientre infértil, repleto de sonidos inútiles, que se desbaratan como notas desafinadas. El fundamento de este libro no es el significado, sino su fantasma, la sospecha de que detrás de la palabra hay una oquedad insondable, que detrás de la materia hay algo que no es materia. Todo lo que existe, existe perforado por la posibilidad de la nada.

Es un vértigo viejo y remoto. Uno que nació el mismo día o la noche en que la primera mirada contempló algo en trance, cualquier cosa, el cielo, el mar, una montaña, e imaginó que todo esto, este universo desbordado, es tan solo un accidente que podría no haber sucedido, y entonces arremete el desequilibrio, el presentimiento del aborto universal, de una existencia frustrada:

 

¿qué atraviesa a una mujer que huye de lo dulce en las esquinas?

¿qué atraviesa los ojos cuando los cuchillos se cierran?

¿sobre qué fruta flota el mar?

¿dónde rompen las olas de las generaciones que ya no llegan?

 

El cuchillo, en este páramo habitado por lo que no ha descendido al reino del ser (¿en qué rincón oscuro planearon las cataratas su caída inagotable?) se convierte en una herramienta que aniquila identidades: a merced del filo del cuchillo, las cosas dejan de ser lo que fueron y se transforman. Un filo parte algo. Y, entonces, algo nace.

 

manzanas rojas son atravesadas
por cuchillos de distintos tamaños y formas

una manzana atravesada por un cuchillo
es un animal nuevo
aún después de haber sido capturado sigue huyendo

 

Hay todo un linaje de cuchillos infames en la historia de la literatura. El puñal alucinado y regicida de Macbeth; el bisturí como instrumento de la metafísica de Salvador Elizondo; la navaja de afeitar descartada de Malraux; la espada fecunda y reutilizada de Joao Cabral de Melo Neto. ¿Qué naturaleza tiene el cuchillo de Andrea?

Una indudablemente doméstica: que aunque no renuncia a su vocación de cortar, ejerce una especie de violencia benévola que alimenta, cultiva, prepara, cocina. Es el utensilio del cuidado de tres generaciones de mujeres que sirven comida día tras día. Este es el plano más evidente.

Sin embargo, en Todos mis quchillos los elementos no son estáticos: Andrea Alzati monta un juego conceptual que explora su multiplicidad y los dinamiza. El cuchillo, la perla, la manzana, las esquinas, la mesa y los ojos abandonan su campo de acción ordinario para intercambiar sus propiedades:

 

las manos cortan la mesa en sus esquinas

O también:

la mesa es atravesada
por una manzana
nadie espera ser atravesado
excepto cuando sucede

 

Los símbolos comienzan a contaminarse en sus elementos constitutivos. Es un ejercicio en que se cortan las palabras con otras palabras hasta pulverizar su significado, hasta desgranarse en partículas fundamentales. Así, ante el texto, ninguna interpretación se siente cierta; no se siente, tampoco, forzada. Todo significa todo y nada significa nada.

La palabra-cuchillo lastima la realidad: la razona, la raciona, la escinde. En el ímpetu de comprender se nos muere el paciente, como el niño curioso mutila una mariposa para descifrar su secreto.

*

Al leer Todos mis quchillos se me hizo imposible no pensar en Mazatlanica, una instalación de la artista sinaloense Fritzia Irízar. Uno entra y se encuentra con ostras abiertas, iridiscentes, bajo la mirada de una lupa magnificadora. A su alrededor hay pantallas que muestran el proceso al que fueron sometidas para extraer la perla mazatlanica: con una suerte de machete afilado se talla la coraza y, colocándolo en una pequeña ranura, se abre de un golpe. La perla es un tesoro subdérmico que conforman las capas de nácar a través del tiempo.

Tras unas cortinas gruesas y negras, al lado izquierdo, entras a un cuarto oscuro dividido en dos por unas bancas. De un lado se muestra cómo, a través de incisiones calculadas, se abre la piel de la ostra para la extracción de la perla; del otro, vemos el brazo extendido de un ser humano. Las tomas son microscópicas, casi claustrofóbicas. Armada de un bisturí, una mano hace un tajo breve, que luego procede a ampliar, cortando el tejido con una suerte de tijera médica. Tras abrir un boquete sangriento, se introduce en el antebrazo una perla, y se cierra la herida. Vemos el bulto de la perla bajo la epidermis.

*

En Todos mis quchillos las palabras-perla, las palabras-cuchillo, se esconden también tras el velo de otras palabras. Y se someten al mismo proceso de desvalorización, de invisibilización. En Todos mis quchillos reina una confusión lingüística, una desorientación del lenguaje: las palabras, esas herramientas con las que accedemos a la realidad, no son unívocas, ni fijas, ni sólidas; son entidades endebles y vulnerables, que sufren, se mutilan y transforman. Como cuerpos heridos que convierten la carne lastimada en esferas de concha nácar.

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Andrea Alzati, Todos mis quchillos. Komorebi, 2019.
 

Foto Ricardo EspinosaRicardo Espinosa (Culiacán, Sinaloa, México, 1991). Estudió la carrera de Literatura y Creación Literaria en Casa Lamm. Ha publicado textos de narrativa y ensayo en las revistas Luvina, Homozzaping y Tierra Adentro.