María Florencia Rua: «No dejo de abrir los ojos en señal de asombro por todas las formas de movilización espontánea y organizada del pueblo»

Imagen: © Diego Figueroa / Migrar Photo

Recientemente publicado por la editorial Elefante, La coma es la primera novela de la poeta argentina María Florencia Rua, quien reside actualmente en Chile. Paulette R. Fernández conversó con ella sobre los temas centrales del libro y su proceso de escritura, así como sobre las posibles lecturas que pueden hacerse de la novela a partir del estallido social en Chile.


Primero que todo, quería saber si me podrías contar un poco sobre tus inicios en la
escritura, y cómo funciona este proceso creativo para ti.

Yo empecé escribiendo poesía desde muy chica, desde los seis años. Todavía conservo poemas de esa época que —en general— estaban escritos en segunda persona y parecían ser escritos para mí, tenían órdenes. Me escribía como un dios o un padre, se puede decir que me ordenaba hacer cosas: limpiá tu cuarto, mirá el cielo, pensá en cómo aparecen las estrellas. Después, el colegio fue domesticando eso y —la poesía en rima que me daban en las clases— me alejó completamente de la idea de poema. Me aburrió. Entonces, me puse a escribir cuentos raros donde había líneas larguísimas en las que nombraba a todas mis amigas (las del colegio, las del barrio, las que conocí en las vacaciones, eran como una lista de nombres interminable), y mezclaba el realismo con sueños que tenía: escapar a Alemania, fundar una ciudad de golosinas, no sé, pensamientos que me salvaban de las pesadillas al dormir. No pasaba nada en los cuentos, no tenían argumentos ni grandes ideas, así que los abandoné —como todo— porque me parecían inservibles. Ya en la adolescencia —y a partir del mundo de los blogs—, empecé a hacer consciente que escribir era mi manera tanto de sobrevivir a muchas cosas que me lastimaban como de conectarme con otros, inclusive desconocidos y extraños. Internet fue un faro. Me volví dark, leí a Pizarnik de una manera muy literal y me metí en un pozo, donde lo único que podía hacer era escribir. No aguantaba ir al colegio, perder a mis amigas, tener que enamorarme, ir a un boliche. Escribía poemas malísimos, cualquier cosa, que organizaban el sentido de mis días. Tuneaba los blogs con música y tipografías especiales; había hasta un cosito que podías hacer que lloviera cuando la gente entraba a la página. Para mí era mi cuarto propio virtual. Llegaba del colegio a escribir y pasaba todo el día chateando hasta tarde y escribiendo poemas, entradas, falsos diarios, letras de canciones en cursiva. Nos comunicábamos así con otrxs perdidxs en el canal de los bordes de internet.

Foto 1 María Florencia Rua

Ya entrando en temas específicos de tu libro, ¿cómo comenzaste el proceso de escritura y qué te llevó a escribir sobre un tema tan complicado como el estar en un estado vegetativo?

Nunca escribo desde el tema, no trabajo desde la idea o del argumento, sino desde una situación y una voz que me convocan y que dejo que me lleven. En este caso, la estructura —que empezó siendo un monólogo en la ruta y que de a poco fui fragmentando en diarios corridos, poemas, canciones, cuadernos de clase falsos, escenas, etcétera— dio con esa estructura de cruces de géneros. Me di cuenta de que, más allá de la evasiva hacia mi deseo de contar historias, había un relato que corría y se cortaba todo el tiempo. Aunque fue un poco accidentado, recién ahí di con el argumento: separaba todo en puntos suspensivos por incapacidad de generar un hilo y en esa incapacidad fue que el hilo se generaba. Entonces, las pausas, las comas, los puntos suspensivos, me tiraron la data del «estado vegetativo». Algo que pensé medio dormida y me hizo sentido: si los monólogos eran de la niña en la ruta, y un viaje en la ruta no soporta tanta corriente de inconsciencia, qué puede pasar a partir de un accidente, de algo que se trunca, qué posibilidades abre el accidente en la escritura, en el cuerpo, en la voz, en la fusión de las voces de la niña viajera y la niña atada a la máquina.

Con respecto a lo anterior, dentro de tu libro planteas que las personas (médicos) hablan de lo que se siente estar en coma cuando nunca lo han vivido, ¿cómo te enfrentaste a este tema para poder traducir esas emociones en estos relatos fragmentarios?

Es que hay emociones que funcionan de metáforas de otras. Ser objetivizada: no sentir la
posibilidad de expresarte, que no te escuchen, que a nadie le interese lo que te pasa, que avancen sobre vos sin tu consentimiento, que te digan qué es lo mejor para vos, hasta que te obliguen a bailar en una fiesta donde estás parada mirando las plantas, qué se yo; hay emociones donde somos violentadas que persisten y que se pueden traducir en cualquier situación. No se ha avanzado lo suficiente en la tecnología como para saber qué es lo que se siente estar en coma y la novela no pretende ofrecer un diagnóstico realista al respecto. Se habla de cuerpos que importan y cuerpos que no, cuerpos que pueden ser tocados, hablados por otros, inyectados, atados, pinchados una y otra vez.

Concerniente a las formas de habitar el cuerpo, el estar en «la coma» permite visibilizar y problematizar dos de sus variantes: un cuerpo enfermo que no te pertenece, ya que se suspende la decisión propia por la de los médicos tratantes, y la apropiación y resignificación de un habitar en un cuerpo inerte, que está quieto. Respecto de esto, ¿fue algo intencional tensionar estas dos visiones de la corporalidad en el estado de coma?

Como vos decís, Azul puede observar por primera vez que su cuerpo pareciera no pertenecerle por estar quieto encerrado en la cama de un hospital y que su decisión propia, su deseo de ir a un cumpleaños o de ir a buscar a las vaquitas en una camioneta, a ningún adulto le interesa. Frente a esto, descubre que la única forma de responder a la violencia es dándole valor a su quietud, buscando alianzas posibles que operen por fuera de esa mirada imposibilitadora; por ejemplo, creando un nuevo Hospital Nancy en su mente. No sé si la idea sea tensionar sino administrar y socializar estrategias imaginarias, más allá de la tensión posible que el texto produzca por el contexto en el que vivimos.

Foto 2 María Florencia Rua

Otro de los temas centrales que, creo, es fundamental dentro de la narración fragmentaria de tu libro, es el de la responsabilidad parental, como una crítica en donde se vislumbra una pugna entre la figura del padre, responsable del accidente que deja a Azul en estado de suspensión, y su progresiva desaparición dentro de la trama. Sobre esto, ¿cómo es que esta creciente invisibilización del padre funciona como un potenciador de que Azul se proponga a sí misma como su figura parental?

Creo que en cuanto el padre deja de ir a visitarla, desaparece, se convierte en un mito, en leyendas, en recuerdos; y Azul, en lugar de quedarse a esperarlo y a llorar por él, decide volverse padre de sí misma, en el sentido de poder hallar en ella, no la falsa condescendencia (por eso es que abandona rápidamente ese lugar serio y se aburre), sino una suerte de padre parodia, una excusa para reescribir el mito, el accidente, el abandono, para convertir las órdenes en metáforas malas, las analogías de su cara en otros médicos, sus ideas en doblajes de películas tontas, su imagen de héroe en un lúser de la sensibilidad.

Siguiendo con el caso de Azul como su propio padre, dentro de algunos fragmentos propones que en el estado de coma se abre una puerta de posibilidades de ser lo que se desea, como el ser un hombre. En este caso, el hecho de que la protagonista se llame Azul es, quizás es una sobreinterpretación de mi parte, pero es un nombre bastante ambiguo en cuanto a identidad de género, ¿crees que estas posibilidades que se abren en el estado de coma de la protagonista funcione como una herramienta para problematizar temas como la identidad de género o sexual (teniendo en cuenta su infatuación con Nancy)?

Me gusta esa palabra: infatuación. No sé si me interesa hablar del concepto problematización sino más de, como vos decís, abrir posibilidades, pensar preguntas, repensar ideas que parecen estacas. Pero en el sentido contrario: poner en duda o rechazar, algo que vienen haciendo los feminismos desde los setenta —y otras poetas o militantes anteriores—, las formas de vincularnos que nos impone el sistema. Sobre todo, en este caso, en la niñez. Expandir el imaginario tiene que ver con vitalizar otras potencias posibles, algo que hace la poesía, la escritura, lxs niñxs, etcétera. Lo que debería ser un problema, supongo, es que la mayoría de las niñas no hayamos pensado, no hayamos podido pensar, no nos hayan otorgado las herramientas para pensar en otros amores, por fuera de los chicos cis del curso, que te corren en los recreos o te intimidan contra una pared. Que en nuestros diarios íntimos, que en nuestros secretos o poemas, no aparezca una Nancy. Que las Nancys que nos cuidaron o nos prestaron su mirada estén borradas, bloqueadas en nuestro mapa de afectos.

Por otro lado, este estado de coma abre la puerta a distintos tipos de críticas, y una de las fundamentales es esta que se vislumbra entre la pérdida de la fe en Dios, así como del sistema médico, por lo que se podría entender que este estado de coma, este estado de suspensión, es como un plano del cuestionamiento y del escepticismo. Con tu novela, ¿cuál es la postura que tienes respecto de la religión/fe y el sistema médico? ¿Es una problematización de la creencia ciega por discursos planteados como homogeneizantes o hay algo más detrás de esto?

Es una pregunta a cualquier creencia ciega sobre cualquier cosa. También a la creencia de la forma de hacer narrativa, de la forma binaria de construir los géneros literarios, a cómo se organizan esos dioses o esos médicos en la literatura, en el circuito de poder, de legitimación, a cómo puede hacerse poesía, a qué cuerpos pueden hacer poesía, a quiénes estamos dispuestos a escuchar y a quiénes les medimos la presión y los enchufamos en una categoría y lxs silenciamos. Ni hablar de los niñxs.

Cambio radical, como lo que ha estado ocurriendo en el país desde hace ya más de un mes, a propósito de un pasaje que tenía marcado de tu libro: «Ofrecé tu paz a la patria, nena, tu respeto, no sé qué es la patria, solo estudié a humanos muertos que dieron su vida en la guerra». De alguna manera me parece que podría aplicarse al estallido social chileno. Desde tu perspectiva, ¿crees que esta cita podría relacionarse de alguna forma a la contingencia chilena, siendo que esto, en la historia de tu libro, trata sobre la historia de Argentina?

Creo que en la novela existe por lo menos el intento, si forzamos la lectura, de una revuelta interior. Hay un cuerpo quieto que, frente a la urgencia de otros por que produzca sentido para el afuera, está resistiendo. En esa resistencia se arman distintas estrategias para seguir resistiendo. Respecto de la cita, esa en particular, en lo que avanza el fragmento hay una comparación de los héroes de la patria que aprendimos por obligación en el colegio con el héroe de la casa, de los que salen armados a defender símbolos con los padres que sacan escopetas para defender la propiedad privada. Bueno, deben haber otras analogías y lecturas que se me escapan en este momento, pero ahí hay una: en estos días la policía equipada y organizada, defensores de la patria, disparando a los ojos, asesinando, torturando, violando y, por otro lado, los mismos civiles saliendo a proteger sus intereses armados con bates, cuchillos y armas de fuego. Frente a eso, la desobediencia.

Foto 3 María Florencia Rua

Por otro lado, me parece necesario pedirte que comentes un poco tu perspectiva respecto de lo que has visto y vivido estas últimas semanas, ya que has estado participando en las marchas e incluso haciendo talleres para traducir los sentimientos a modo de escritura ficcional.

Me cuesta por el momento procesar todo lo que estamos viviendo. No dejo de abrir los ojos en señal de asombro por todas las formas de movilización espontánea y organizada del pueblo, por las evasiones al poder y al miedo, por las barricadas con el lenguaje, por la fuerza de la unión con escudos y piedras y con bailes y abrazos en el medio de los gases tóxicos y las ruinas de los próceres, por la generosidad y la preparación con la que se entrena la defensa y el cuidado colectivo, por la insistencia frente a un fascismo que no se detiene.

Creo que esta podría ser la cita que cerrara este espacio de la entrevista, no sé si estés de acuerdo. A modo muy personal, cuando leí estas frases la primera vez, las marqué porque es parte de una sensación que siempre he tenido, y me parece que encarna ese sentimiento de descontento con lo que, hasta ahora, ha representado la bandera: «Todo por una bandera, por la bandera de un país, por un territorio, como si el planeta pudiese ser de alguien, como si nosotras no fuésemos el planeta, señor cosmos, mi planeta soy yo, mi guerra soy yo, mi país, mi continente, sin tono ni frontera».


Foto Paulette RosalesPaulette R. Fernández (Santiago de Chile, 1992). Egresada de Licenciatura en Lengua y Literatura de la Universidad Alberto Hurtado. Forma parte del equipo editorial de la revista autogestionada Ouroboros-Sorobouro.