Extracciones: El perfecto transitivo [Francisco Marín Naritelli]

Yuxtaponiendo formatos, en El perfecto transitivo de Francisco Marín Naritelli vemos cómo un sujeto observa, reflexiona, toma la palabra y dialoga, desde la perspectiva de diversas voces que ponen en tensión la cuestión siempre problemática, siempre actual, del género literario. Los invitamos a leer un fragmento de este libro extraño e inclasificable recientemente publicado por el sello Filacteria.


7 a.m.

I
Otra vez el despertador,
celular atómico,
que te resbalas de mis manos innobles
para pensarme, esparcirme,
taladrarme suavemente en otra vida,
sucediendo en las sábanas
con la saliva dibujando gotitas de espesura
en la maleza.

II
Estigia de los días
que se yergue, altanera,
en el crepúsculo de las cortinas.
No la llamé
pero sigue ahí, golpecito
en la ventana, sonido sordo.
Tal vez una ramita que quisiera entrar,
alargando su sombra.

III
Hecho concreto: el televisor
tienta su advenimiento
con cuestiones de habladurías,
mientras el libro de Mario De Micheli
sigue en la misma posición de mañana.

IV
Leve coqueteo entre esas torres
llamadas pies,
leve brisa sonámbula.
Jean Cocteau me está soñando.
Me desdibujo, todavía.

V
Muy al fondo, ennegrecido,
círculo de los abismos, ya no será la hoguera
esa puerta al abrirse. Todavía es la madre,
voz abismal, qué retorno, pupila
de toda historia.
Esta vez abriré los ojos.

Mañana

Rock progresivo
para mis primaveras.
Máquina de lavados
para mis ojos.
Silueta nueva
para un traje desteñido.
Café con azúcar
para la justa errata.
Mañana en que te perdiste,
te recupero.

Así tan solo
reiniciar el día.


El pequeño Führer

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?Hay que exterminar a todos los gatos ?dice Martín.
?Sí, lo sé ?responde Alberto en voz baja.
?No es posible la perroformación, por evidentes motivos biológicos-evolutivos ?explica Martín?. Además hay demasiada inteligencia en aquellas pequeñas bolas de pelo, lo que resulta peligroso para nuestros intereses.
?Lo tengo más que claro ?replica Alberto, malhumorado?. Haré mi labor de la mejor forma posible, eficiente.
De ahí en más la Solución Final, los campos de concentración, las cámaras de gas, los nuevos juicios de Núremberg. Como dice Edgar Allan Poe: «La desgracia cunde multiforme sobre la tierra». Y se repite.

 

 


 

 

El futuro

La radio Kioto sigue ahí, con la misma casetera, arriba de la mesa café y frente a la puerta.
Revuelvo entre los papeles del closet, una vez, otra vez, a tientas. Busco la manera de hallarte, pequeño envoltorio de In Through the Out Door de Led Zeppelin, pequeño pasado en forma de cinta magnética, más allá de los calcetines Monarch, más allá del entusiasmo por esa camiseta cuadrillé, y más allá de las mismas cosas vistas, ordenadas y desordenadas.
Es increíble que te encuentres en esa caja de zapatos Bata. Tienes la carátula rota, algo informe, circunstancial. Te rescato. Dejo a un lado la corbata azul, las pelotas de tenis Dunlop, todo un mundo hincado después del terremoto de esa mano que es la mía.
Te llevo a mi habitación, porque el armario no está en mi habitación, sino en el pasillo, en esa sección oscura, donde tantas veces las arañas recuerdan sus tejidos, sus porfías.
Ahora que estás completamente desempolvado, con un lápiz Bic rebobino la cinta. Ajusto el enchufe en la pared y listo.
La melodía sale algo difusa. No importa. La melodía sale algo lejana. No importa.
Ahora botaré el MP3, el iPod y el Futuro.


Dubois

2
Valparaíso, 26 de marzo de 1907.

Soy Émile Dubois, aunque mi verdadero nombre es Louis Amadeo. Se me acusa de asesino y probablemente lo soy.
Pero no pertenezco a la casta de los vulgares o mentecatos, menos a la de los mercenarios. Soy, más bien, un ejecutor, un libertario. Como dice Hamlet con voz perentoria: «¿Qué es mejor para el alma, sufrir insultos de fortuna, golpes, dardos, o levantarse en armas en contra del océano del mal, y oponerse a él y que así cesen?»
Morir es un acto de realidad. Y mis manos trituran hombres. Hombres de vida corrupta, estafadores, calaña miserable, los que desfalcan al pueblo con sus prebendas, confinándolo a cuchitriles sombríos. Ricos burgueses que vilipendian la dignidad de esta raza morena. Explotadores capitalistas que desdeñan el esfuerzo de miles y miles, los innombrados, los pobres.
¿Por hacer justicia acaso alguien podría condenarme? ¿Por no ser inmune a la corrupción moral de los usureros? ¿Acaso vale más alguno de estos que la mujer de manos callosas y frente sucia? Mi mandato es de ustedes. Vox populi, vox dei. A Ernesto Lafontaine le abrí el corazón con una daga. A Tillmanns lo hice pedazos con laque y puñal. A Gustavo Titius le cercené las manos. A Isidoro Challe, seis puñaladas coronan su vientre. Trabajo riguroso, higiénico, indispensable. La sangre espesa y turbia de los fariseos es la tinta más noble de la justicia. Hoy como nunca aquella palabra tiene sentido para mí y para ustedes: la justicia hoy, por fin ha acontecido.
Pero leerán la crónica roja. Aceptarán, por cierto, la infamia de la clase dirigente. Me tratarán de bestia sedienta o hiena enloquecida. El chacal sodomita del puerto. Ya me los imagino, con sus caras regordetas y sus trajes finos, apuntalando la satisfacción que les producirá mi fusilamiento. No importa. No me arrepiento. No han triunfado. Mi muerte no es vuestra conquista. No podrán amilanar mi espíritu. En mi corazón los caballos recorren furiosos, los dominios del siglo que recién comienza.
No es posible para mí falsear aquella emoción de muerte. Me gusta sentir esa fuerza liberadora, no lo dudo. Porque cada uno de mis actos proviene del más profundo amor. El amor a mi madre iracunda, mi herencia. El amor a esta ciudad, Valparaíso. Soy de aquí aunque nací en tierra extranjera. Soy la noche. El puerto. Las calles estrechas y empolvadas. Hasta aquel olor sanguinolento por las tardes. Soy este mar bravío, enhiesto. Soy cada una de las laceraciones de Cristo. Porque también soy un creador ¡Oh Dios! Hijo de Tánatos, mi boca profiere la severidad de la carne desnuda, cortada, escindida. ¡Qué belleza!
Ahora respiro. Sí, respiro. Tomo quizás la última bocanada de este aire libre y fresco. Mi corazón se detendrá en pocos minutos, acribillado, pero en este momento de la historia miraré fijamente la eternidad más allá de los ojos oscuros de mis ejecutores. De frente, indomable, porque mi sangre será la memoria y botará ceniza por los poros de mi estirpe.


Un día comenzó

Ella despertó a medianoche, de sobresalto.
?¿Qué te ocurre, querida? ?le dijo él, bostezando y con los ojos entreabiertos.
?Es que vi algo ?dijo.
?¿Qué cosa viste?
?Que hoy será el último día de nuestra vida.
?¿Por qué?
?No sé, lo vi en mi sueño.
?¿En un sueño?
?Sí, en un sueño. Lo presiento. He estado soñando lo mismo últimamente.
Él se acercó, acurrucándola entre sus brazos. Ella comenzó a sollozar.
?No te preocupes, de seguro no es nada.
?Sí ?asintió ella, fingiendo tranquilidad.
Esa mañana él se levantó como siempre, comió tostadas con palta al desayuno, fue al baño y se arregló el bigote. Luego besó a su mujer, diciéndole cariñosamente que no se preocupara. Ella, como si no hubiera escuchado esas palabras de aliento, le respondió que tuviera cuidado y que no llegara tarde.
Caminó como siempre por una calle lateral que desembocaba en la principal avenida. Lo primero que notó fue el silencio absoluto, extraño a esas horas. ¿El taco? ¿Los bocinazos? ¿Las micros, los taxis, las motocicletas? ¿El murmullo de los transeúntes? ¿Los escolares? ¿El reclamo quejumbroso de los vagabundos? Nada. No le hizo ninguna gracia tampoco que el caballero del kiosco al que siempre le compraba un jugo natural con unas galletas de avena tuviera cerrado. No se alarmó, sin embargo. Bien sabía que en esa convulsionada ciudad lo fantástico podía ocurrir de un momento a otro. Recordó las explosiones eléctricas en los postes de luz que iluminaron el horizonte luego de las últimas nevadas y las familias que se congregaron a ver el espectáculo, casi como si fuera una película de trasnoche. También recordó el desborde del río y a los niños lanzándose piqueros como clavadistas en aguas olímpicas.
Se percató que ninguna tienda había abierto. Ningún escaparate con la última promoción. Incluso las bencineras, los colegios o las farmacias. Era como un relato escalofriante de H. P. Lovecraft.
El edificio de oficinas donde trabajaba hace diez años parecía un gran hongo mutante, pero ya no amenazaba a nadie porque nadie había. A diferencia de otros tiempos cuando más de algún manifestante pretendía entrar al hall principal para protestar contra una empresa de servicios sanitarios, cuyas oficinas de atención al cliente se encontraban en el segundo piso. Él se divertía siguiendo las escaramuzas, sacando fotografías con su teléfono celular. ¡Y pensar que solo ayer un tipo se desnudó a modo de protesta mientras los policías rodeaban el lugar!, exclamó con un dejo de tristeza al percatarse que nadie lo escuchaba. Esto es un sueño o una pesadilla, se dijo. Más parece lo segundo, precisó. Sobresaltado recordó las aprensiones de su mujer. El sueño. Se lamentó de no haber hecho más preguntas.
Ya en el sexto piso, no encontró pistas ni de la secretaria ni de sus compañeros. Ni siquiera del gerente que acostumbraba a pasearse malhumorado, arqueando las cejas. Al llegar a su cubículo, se dejó caer en el asiento. Acercó su portátil y trató de conectarse a internet. Nada. Luego trató de comunicarse con sus padres. Nada. Se levantó sin más y se dirigió al salón de reuniones. Allí encendió el televisor último modelo que, sujetado a una de las paredes, solo reproducía dibujos animados.
Cerró los ojos. En su mente trató de fijar ciertas imágenes del pasado, historias contadas por su padre o su abuelo (o ambos), historias con tintes dramáticos, de asaltos y controles de identidad, de detenciones arbitrarias, de cuarteles secretos, de corvos y shocks eléctricos, de colgamientos, de muslos lacerados, de penes destrozados, de libros quemados, de represión extendida durante años. Sentía cierta incomodidad, como si lo que ocurrió una vez volviera a repetirse, inexorable. No podía ser posible, se dijo apretando los puños, el gobierno jamás toleraría perturbaciones al orden democrático. Comenzó a invocar textos de estudio, documentos y reportajes, homenajes póstumos, acuerdos reparatorios; eran otros tiempos, son otros tiempos, como si la violencia no estuviera allí latente como bilis, como tantas veces acechando detrás de las máscaras del cinismo y los buenos modales, pero es infructuoso el ejercicio de la memoria, el imperativo de las leyes y la Constitución, cuando la sangre y la brutalidad fluyen en los ríos más hondos de la estirpe humana.
Adoptando un aire grave, febril, caminó por el pasillo rumbo al despacho del gerente. Revolvió papeles, documentos. Nada que pudiera dilucidar qué estaba pasando. Inútil. Sintió la urgencia de llamar a su señora, de saber que estaba todo bien. Ni su celular ni el teléfono de la oficina, que tantas veces le había permitido cerrar acuerdos o terminar contratos, pudieron comunicarlo. Todo parecía irremediablemente muerto. Decidió volver a casa.
Abajo, el panorama no era diferente. La ciudad yerma ya entraba en la hora de colación. Ningún comensal a las puertas del local de comida rápida ubicado en la esquina. Ningún perro ladrando. Salvo un hecho que le pareció del todo curioso. Un graffiti en una de las paredes laterales de una tienda de moda. Se acercó como si ese graffiti fuera lo más importante del mundo. Una especie de pez de color rojo acompañado de una frase perentoria: «¡La ciudad somos todos!»
Deletreó cada una de las palabras que conformaban el mensaje misterioso. Estaba seguro de que cuando pasó por ahí, horas atrás, no había ningún graffiti. Se preguntó si acaso lo inefable puede transformarse en arte urbano o resistencia. Luego volvió a pensar en el sueño de su mujer, esta vez asociado a ese graffiti.
Caminó rumbo a su casa con una sensación de miedo trepidante. De pronto sintió un largo chirrido a lo lejos. Trató de localizar el origen de ese sonido atroz en medio de los edificios aparentemente abandonados. Decidió caminar hasta la sede del gobierno central. Albergaba la esperanza que allí encontraría alguna respuesta. Cruzó la plaza, una o dos calles. Grande fue su sorpresa al constatar que el sonido que había escuchado procedía de un gran megáfono puesto estratégicamente en la cornisa de la fachada principal de la sede de gobierno, un edificio neoclásico coronado ahora con huellas de metralla. Se quedó observando, con estupefacción, unos cuerpos amontonados en la plazoleta delante del edificio. Cuerpos con evidentes signos de ensañamiento. El chirrido dio paso a una voz metálica e inflexible, que decía y repetía: «¡El toque de queda es inviolable! ¡Se les recuerda a los ciudadanos que cualquier acto de sabotaje será castigado de inmediato, de la forma más drástica, en el lugar mismo de los hechos!»
Él sintió que las fuerzas le abandonaban, justo cuando detrás suyo una voz de hombre lo obligó a reincorporarse. Casi como un aparecido o un fantasma, aquella voz le dijo: ¡Tiene que huir y esconderse, compañero!
Trató de darse vuelta, pero aquella voz le dijo que solo debía, desde ahora, mirar hacia adelante, que el futuro de muchos dependía de eso.
Escuchó un sonido de patrullas que se aproximaba desde la otra cuadra. Corrió con todas sus fuerzas en dirección contraria.
La redada había comenzado esa misma tarde.

Portada El perfecto transitivo

Francisco Marín Naritelli, El perfecto transitivo. Filacteria, 2019.

 


Foto Francisco Marín Naritelli.pngFrancisco Marín Naritelli (Talca, 1986). Periodista y magíster en Comunicación Política de la Universidad de Chile. Autor de los libros Otoño (Piélago, 2014), Las batallas por la Alameda. Arteria del Chile demoliberal (2014), Desaparecer (2015) e Interior con ceniza (2018), estos tres últimos por Ceibo Ediciones. También forma parte de la antología de cuentos Todo se derrumbó (2018), editada por Santiago-Ander.