Ensayo: «Para que no termine de reverberar su compañía en nosotros. Pequeño homenaje a José Luis Bobadilla» [Lucas Costa]

Nunca se sabe cómo partir en estas ocasiones, son demasiados los estímulos que se vienen encima cuando intentamos traer al papel a un amigo que partió. A veces se parece a un acopio en el que uno queda comprimido como acordeón y la mente visita sola, arbitrariamente, ciertos lugares. En mi caso me fui a Mitla, a ciertos detalles de las grecas comentadas con paciencia y detenimiento; sentí el hervor en una sopa de piedras o las carcajadas entremedio de vasitos mezcales vacíos; volví a las canciones cantadas por milésima vez por avenidas chicas y luces reflejadas en la superficie de los adoquines y los ojos. Volví a en los contornos de una parrilla atizada, prendida a leña, el tizne en las yemas de los dedos y en la cara, el sudor y la risa de nuevo y todas esas palabras dichas en voz alta, con cautela, aparecidas en el momento propicio, como remedio o analgésico. Así era Boba, capaz de traer a colación algún poema cuando la ocasión lo requería. Se me viene esa vez en el auto por el DF cuando escuchamos por la radio la noticia de una explosión de gas en un hospital y los primeros versos de «Nosotros dos aún» de Michaux saliendo de su boca: Aire del fuego, no supiste jugar. A la manera de un wurlitzer calibrado con la realidad, había en ese gesto gratuito una especie de práctica sabia, como si los poemas nos ayudaran a seguir o detenernos lo necesario como para no olvidarnos y decir cosas que parecen innecesarias pero que son indispensables. Nunca había visto a nadie que hiciera algo así, con tan poco pudor, sin un ápice de pedantería, sino como quien ofrece un vaso de agua sin esperar nada a cambio.

Sabemos que no hay que ser ingenuos con los alcances de un poema, pero a veces es necesario confiar que la organización feliz de algunas palabras — cuando sacan chispas — podrían lentamente a lo largo del tiempo enriquecer y modificar la vida de muchos seres humanos. Si los poemas pueden dejar ondas diversas en las personas, vale la pena ir a buscarlos donde sea, para compartirlos. Así como la vida y el poema intercambian hilos que tejen una fina malla, también los encuentros con otras personas resultan detonantes para entender la naturaleza de ambos. La vida y el poema, en una marcha idéntica, recogen el mundo y sus efectos. Por lo mismo era (y es) una labor fundamental hacerlos circular, sin importar el contexto en que hayan sido escritos: un poema bueno, lo es en cualquier lugar y tiempo y queda abierto, pues apela directamente a nuestra naturaleza incompleta. Si realmente vinculamos esta práctica con lo que somos, esta debiese dar cuenta de nuestra imperfección. Y eso puede expresarse de muchas maneras (casi infinitas), pero su lenguaje no debiese estar del todo resuelto, sino estar desencajado o, al menos, incompleto.

Una razón ordena al mundo según sistemas que parten de no permitir ninguna fisura. La poesía también es un sistema — una construcción que se hace — pero del tipo cabaña que no cierra completamente los huecos entre un tablón y otro. Deja espacios para la luz — el viento. Imagino que el tiempo hizo su trabajo sobre esa cabaña, que fue cediendo con los años, los temblores, el clima o el uso, las diversas vibraciones del viento y del suelo. Digo vibraciones e imagino los anillos de la leña en el tronco del árbol, las fisuras donde uno tiene que acertar el golpe con filo del hacha. La leña está fuera de lugar: ha perdido la savia, la corteza, el peso probablemente, la humedad primigenia. La madera: dispuesta para cumplir con otros fines que el de oxigenar el ambiente. Me parece relevante que ese sea el material de la cabaña, no por su supuesta nobleza sino porque se trata del remanente de algo que tuvo vida (un árbol) y que, por lo pronto, será resucitado en una nueva función: leña, mango, pata de mesa, pipa, aserrín, qué sé yo. Y llega solo el poema de Snyder, que tanto me hace pensar en Boba, en la huella que dejó en tantos de nosotros:

Mangos de hacha

Una tarde la última semana de abril
enseñando a Kai cómo manejar un hacha,
medio giro y se clava en el tocón.
Recuerda la cabeza de un hacha
sin mango en el taller,
y va por ella, la quiere para él.
Un mango de hacha roto detrás de la puerta,
es lo suficientemente largo para su hacha,
lo cortamos a la medida y lo llevamos
con la cabeza del hacha
y el hacha de trabajo, al bloque de madera.
Ahí comienzo a dar forma al viejo mango
con el hacha, y la frase
que aprendí primero de Ezra Pound:
¡Suena en mi cabeza!
«Al hacer un mango de hacha
el modelo no está lejos»
y le digo a Kai:
«Mira, vamos a hacer el mango
comparando el mango
del hacha que cortamos»
Y se da cuenta. Y lo oigo otra vez:
Está en el Wen Fu de Lu Chi, siglo cuarto
d. C. «Sobre el arte de las letras», en el
prefacio: «al hacer
el mango de un hacha
con un hacha,
el modelo está a la mano».
Mi maestro Shih-hsiang Chen
lo tradujo y lo enseñó hace años
y descubro: Pound era un hacha,
Chen era un hacha, yo soy un hacha
y mi hijo mango, listo
para dar forma de nuevo, modelo
y herramienta, pieza de cultura,
y así seguimos.

Porque las palabras vienen y van desde y hacia fuera de uno —cuñas que empujan una grieta hacia la libertad, sin una razón calculada, como lo decía Angelus Silesuis: «La rosa es sin por qué». No es nada nuevo que diga esto sobre alguien cercano a Hugo Gola, quien dejó esa impronta busquilla e insaciable a quienes enseñó, sabiendo que un poema —continúa el golpe —la incisión — después de su lectura. Y pienso en la práctica de la poesía como un estado de constante despojo y apropiación: vivimos utilizando el lenguaje dado por quienes nos antecedieron. La poesía — se ocupa de desajustar ese lenguaje — filtrarlo sin dejar de ser lo que es — palabras de todos los días. Entonces: ¿a quién le pertenecen realmente los poemas? Si son palabras de todos los días y es su simple y compleja nomenclatura la que hace se diferencien de esas que ocupamos día a día. No creo que un simple rótulo (con un nombre) hagan que eso se transforme en algo de ellos. Cuando digo poesía quiero decir generosidad, que para verla así tiene que haber un desprendimiento. Ingratitud o virtud de la poesía. Humildad — sin ella no es posible ir más allá de la mitad del camino. Ya lo decía Saer sobre el mismo Gola, «su trabajo de reflexión ha indicado la línea que debe seguir la actividad de los poetas, no únicamente en el plano de la realización personal, sino en el más amplio de la cultura y la sociedad. En estos tiempos en que la literatura se ha vuelto mercancía, únicamente el trabajo poético, elaborado y persistente, no lo es». Resulta imposible no afirmar haber sido un testigo de ese trabajo. Tan solo me basta pensar en los años dedicados por Boba a la promoción de la más diversa poesía en El poeta y su trabajo o Mula Blanca, otorgándonos la posibilidad de leer a otros; de lanzar más lejos nuestra mirada, salir del ensimismamiento o del ombliguismo al que nos tienen tan acostumbrados. No voy a olvidar que mirando más allá uno se olvida «de las reglas, de toda restricción, lo mismo que del gusto, de lo que se estima conveniente» (Williams). La tradición es entonces algo que se renueva permanentemente y que responde al tiempo presente, a las inquietudes más profundas, a las necesidades más personales.

Y conviene pensarla en constante mutación: la renovación — me parece — es lo más propio de la escritura. Toma la piedra y cámbiala de lugar. La renovación también es un proceso — una energía — un impulso que partiendo de una base — una tradición — un vector — se continúa. Ver entonces en la extensión una forma necesaria contra la uniformidad del pensamiento, algo tan necesario para un presente uniforme como el nuestro. Creo que Boba me lo dijo tal cual: en la diferencia donde reside el gusto por las cosas, en la bellísima e inabarcable multiplicidad. La poesía, entiendo ahora, es un regalo del cual no hay que esperar nada a cambio; un pensamiento que vive en constante cambio, ajeno a cualquier idolatría o fijeza. Puede pensarse en los poemas —en su lectura — en su escritura — según Paulo Leminski — como reservas ecológicas — últimas zonas de esperanza — libertad. Y esa libertad diseminada a través de sellos como Compañía y Mangos de Hacha, pausada pero prolíficamente, hicieron (y hacen) circular a mentes como Creeley (por primera vez traducido con el amor que se merece), McClure, Roubaud, Ponté, Magrelli, Gervitz, Olson, Zanzotto, Dragomoshchenko y tantos otros. Y fue un trabajo que nunca llevó a cabo solo, sino siempre acompañado de amigos y compañeros de ruta, en colectivo, eligiendo el significado de no ser uno, sino que numerosos. Por eso adquiere todo el sentido este poema de Gola:

a fuego lento

cociné
salmón rosado

no sólo para mí

su sabor

resultó delicioso

tal vez

por eso

precisamente
precisamente

Como pasa en los poemas, que nos dicen sin decirnos realmente, hay personas como Boba que aparecen en el camino y sin decírnoslo, lo muestran: uno no hace esto para uno. Y tampoco lo hacemos solos. La poesía se escribe entre muchos y no es para pertenecernos. La poesía es una experiencia que se comparte, a la manera de la comida o las conversaciones (larguísimas e intensas, como a las que nuestro amigo nos tenía acostumbrados, con maestría). Posteriormente — en casos afortunados y como consecuencia — nuestro ser responde — vive — si no le engañan — un tránsito al silencio — una calma. Esto deriva a su vez en un gozo profundo porque estamos con nosotros — estamos en nosotros — y porque la consciencia de la materia es tal que somos una sola cosa — estamos fundidos con todo — con todos desde los más hondo — desde los rincones — una experiencia compartida. Por último, le robo las palabras que ocupó él mismo para despedirse de su amigo Pepe Molina: «Fue tierno y firme como pocos. Jamás dejó de creer en la poesía. Eso estaba en el centro de su vida. Y sé, porque lo hablamos muchas veces, que la amistad no se termina nunca cuando uno de verdad confía». Acá un ejemplo, para que no termine de reverberar su compañía en nosotros:

nada de eso

frenético

instantáneo

se detiene

mas engarza a uno y dos

uno busca la medida

el compás

en el que la compañía lo es

casi todo

* Este texto está plagado de citas incidentales, que provienen de lo que escribió, a través de los años, José Luis. Pertenecen a varios contextos: a la sección Protopoética del libro Las máquinas simples, diversos prólogos y textos pertenecientes a la revista Mula Blanca.


Foto José Luis BobadillaJosé Luis Bobadilla (México DF, 1974-2019). Formó parte del consejo de la revista El poeta y su trabajo, dirigida por el poeta argentino Hugo Gola. Fue profesor de literatura en la Universidad Iberoamericana, CENTRO y la Universidad del Claustro de Sor Juana. Dirigió la revista Mula Blanca y fue editor del sello Mangos de Hacha (MdH). Publicó los libros de poesía Aquí (Oak, 2001) y Tanto depende de… (Poemas. MdH, 2006), del libro de poemas y ensayos Las máquinas simples (Tierra Adentro, 2009), y La realidad (Errr Books, 2015), que reúne tres novelas cortas. Preparó y tradujo la antología Grahhr (Compañía, 2005) de Michael McClure y Wen Fu de Lu Chi (MdH, 2010). Publicó junto con Ricardo Cázares una traducción de Pedazos (MdH, 2010) de Robert Creeley y la antología Renacimiento de la poesía inglesa (MdH, 2015). Tradujo además a Saigyô, Robin Blaser, Cid Corman, Bei Dao y George Oppen, entre otros. En el 2014 aparecieron en Chile la novela corta Veytia (Cuneta) y el libro de poesía Un mundo (La Calabaza del Diablo).

Lucas Costa_bioLucas Costa (Santiago, 1988). Ha publicado los libros Encomienda (Cuneta, 2013) y Playa de escombros (Alquimia, 2017). El año 2010 fue becario de la Fundación Pablo Neruda y el 2012 obtuvo el Premio Roberto Bolaño en poesía. Desde el 2011 dirige junto a Cristian Foerster el taller de escritura poética emergente «Al pulso de la letra». Trabaja, entre otras cosas, como mediador de lectura en cárceles de menores.