Un grafiti decía «no tengamos miedo a la incertidumbre» [Mariela Malhue]

La interrupción de octubre todavía persiste. Desde muchas aristas es molesta. Al mismo tiempo, alegre. Molesta tener que autodemandarse creencias e ideas que parecían ya resueltas. Defenderlas ante los demás y de nosotros mismos. Buscar incansablemente lugares de enunciación, soportes.

Las grandes razones de la aflicción se han congregado en una especie de fractal: cada sujeto que está en las calles —o está en sus casas sabiendo que al mismo tiempo está en las calles— conoce las razones para arrojarnos fuera de nuestros hogares. Cada uno de nosotros contiene todas las quejas. Cada uno de nosotros es una multiplicidad expuesta.

Una ciudad que conocí por su silencio en este momento se dice desde lugares donde nadie se imaginó que surgirían textos. Al modo del axioma lacaniano «lo que no se inscribe en lo simbólico retorna en lo real», la ciudad reestablece su habla en las calles: papelitos, muros, la ropa que llevamos puesta, los troncos de los árboles, las antenas, balcones, monumentos, gritos que colapsan el aire. Santiago devenido un espacio verborrágico. Un espacio que nunca había contenido tanta información de parte nuestra. La orfandad de palabras en la que se construyó y sostuvo este lugar parece lejana: hoy nos nombramos y enunciamos el deseo, atiborrando cualquier espacio vacío de discurso. Ahora nos decimos, y nos escuchamos, nos observamos, compartimos los gestos voluntariosamente.

Pero no se trata de haber arribado a Cíbola. El tiempo actual no es un asentamiento. No se trata de alcanzar un territorio ejemplar y volver a la faena. No sabemos la precisión de cómo sigue todo, olvidemos la noción de paraíso. Suely Rolnik lo dice bastante claro: «En tal sentido, es preciso deshacerse de la creencia en el delirio de un control permanente y definitivo de los engranajes sociales que llevarían a una supuesta realización plena del potencial humano».

El comienzo —sin pretender un relato lineal— ocurre borrando las coordenadas geográficas, la línea subterránea que nos transportó, acumulados y mudos. Se clausura el transporte, se anula la señalética, se elimina cualquier punto que recuerde un ordenamiento no escogido. Una pausa a la brújula moral.

Porque este lugar no es nuestro.

Este asfalto no fue construido para nosotros.

No conocemos los nombres de estos monumentos que nos fueron obligados. Lo sabemos, por tal razón descomponemos el piso, una y otra vez, imaginando que es posible llegar a todas las capas de la tierra. Destruir la superficie que fue emblema de la tradición colonial capitalista. Como si el desollamiento de las calles y veredas permitiera confeccionar otro terreno para el sembradío. Lugar común el de la siembra, para referirnos episodios inéditos con un término esperanzador. No importa, algo de lo que imaginamos como el triunfo es parecido a esto.

Todo es posible de ser quemado. Santiago de Chile, septiembre de 1541.

Me pregunto si es posible responder a qué construcción subjetiva está ocurriendo. Solo pienso en los miles de ojitos (sí, en diminutivo, porque siempre están bien cubiertos y se asoman, pequeños) que se encuentran en el fragmento de la avenida principal. Cada día. Pienso en Claus y Lucas, los protagonistas de El gran cuaderno (Agota Kristof), cuyo propósito, o más bien, uno de ellos, es el fortalecimiento vía la crueldad. «Ejercicios de endurecimiento del cuerpo». La impiedad recibida y la autoimpuesta. La acumulación de crueldad recibida me hace sentirnos emparentados con ellos. Ese aparente sinsentido que nos agrupa cada tarde hace un mes en el tronco central de la ciudad. Le ofrecemos nuestro cuerpo a las avenidas, pues desistimos de ser seres para la muerte. Renunciamos a un territorio donde sea necesaria la caridad. Somos pequeños nudos unos con otros ahora.

Domingo 17 de noviembre del 2019


Foto Mariela MalhueMariela Malhue (Santiago, 1984). Licenciada en Pedagogía con Mención en Castellano por la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación y egresada de Psicología por la Universidad de Buenos Aires. En el 2010 publica su primer libro, Estancia y doméstica, por Libros del Perro Negro; el 2015 la plaquette Facciones de un trayecto, por Paisanita Editora (Buenos Aires), y en 2016 la plaquette online Diagramar una ruta para huir del invierno, por La Ubre Amarga (Cochabamba). Ha participado de las antologías Nunca nunca (Lingua Quiltra), Kumedun / Kumewirin. Antología poética de mujeres mapuches (siglos XX-XXI) (Lom) y Devenir isla. Hacia una cartografía de poetas cubanas y chilenas (Cinosargo). Actualmente prepara los libros Frontera pasaje y El libro de las renuncias.