Superestrella o mordaza: ¿para qué poetas en tiempos de penuria?

Tras el estallido social del 18 de octubre, nuestra primera reacción como revista fue suspender el número que subiríamos esa semana. No solo porque la contingencia dejó fuera de contexto los contenidos que publicaríamos y nos sentimos obviamente compelidos a estar en las calles en lugar de ocupar las horas editando una revista, sino también porque lo que parece haber entrado en crisis fue el rol de los actores culturales en la sociedad. En tiempos de «paz social», la pregunta sobre la tarea que nos compete como medios de comunicación ligados al arte y la cultura parece relativamente resuelta. Sin embargo, qué hacer o para qué cuando en las calles el pueblo se moviliza por demandas sociales históricas y las fuerzas armadas y de orden torturan, violan, mutilan, asesinan. Qué puede uno, desde su absoluta insignificancia, aportar al movimiento social. Durante las semanas que siguieron nos hicimos esas preguntas a la vez que, en tanto individuos, nos hacíamos uno con ese enjambre de subjetividades que se manifestaban en las calles. «Obsesionados, perplejos // Por el naufragio / De lo singular // Hemos elegido el significado / De ser numerosos», escribió Oppen con bastante más belleza.

Aquella pregunta se puede extrapolar al oficio de quien ha hecho de la palabra su instrumento y su lugar en el mundo: para qué poetas en tiempos de penuria. Expresada textualmente o no, se trata de una interrogante que ha rondado como una sombra amenazante el medio literario y particularmente el poético (los narradores parecen haberla disipado con un mero movimiento de brazo). Personalmente, si en tiempos de paz tenía una idea más o menos articulada (en ningún caso concluyente) sobre la relación entre política y lenguaje, sus límites, sus posibilidades, en días convulsionados como los que vivimos la confusión es atmosférica y estamos todes buscando a tientas una forma de coordinar el pensamiento y la escritura. O de defender el silencio como una toma de posición. Mientras tanto, el contexto (y Pedro Engel) pareciera demandar que digamos algo, no importa qué. No adscribo a esa idea: ese algo a veces resta. Afirmo esto, y sin embargo no tengo una respuesta que considere suficiente, pero vuelvo a hacer una afirmación: en la búsqueda de una respuesta satisfactoria que probablemente nunca alcancemos, creo que hay que tratar de mantenerse operativo. Y aquí quisiera subrayar la doble faz que señalo en el párrafo anterior: hacerse preguntas / manifestarse. Porque si de algo estoy convencido, y en estas semanas de espesa bruma son pocas las cosas de las que tengo algún grado de convencimiento, es de que es posible articular en un doble movimiento la acción política y el pensamiento. Quiero decir, por obvio que parezca, que mientras hacemos podemos pensar. Y podemos, incluso, equivocarnos.

Dibujar para qué, tomar fotos para qué. Desde otras disciplinas la respuesta parece haber sido postergada hasta nuevo aviso porque así lo demanda el sentido de urgencia. O no, quizá la respuesta está puesta en escena, sin la mediación de una justificación no solicitada. Cabe preguntarse, entonces, a qué obedece la inclinación del medio poético por el pudor, el juicio moralizante, la culpa, el miedo al error. Una explicación posible sería que la figura del poeta mesiánico hace sombra, una sombra cuyo peso inmoviliza, acalla, y aquí el silencio adquiere acaso la forma del trauma. Nadie quiere ser ese profeta, nos da pudor la sola posibilidad de encarnarlo. Sin embargo, por qué la automordaza sería una mejor solución. No quiero caer en la demagogia, pero pienso en la famosa «primera línea»: chicos que ponen el cuerpo con la intuición de que se enfrentan a representaciones del sistema que los abandonó. Ponen el cuerpo, pierden ojos. La pregunta que me aparece, entonces, es qué estamos poniendo y qué estamos arriesgando perder. No menosprecio el pensamiento, la necesidad de reflexionar sobre la tarea del poeta y sobre lo que es posible hacer con el lenguaje, pero ojalá ese pensar no sea en realidad el aplazamiento indefinido del decir.

Por lo demás, ponerse en el lugar del Salvador de Chile o callar es una falsa dicotomía. Y aquí quisiera volver a la idea de la insignificancia. Nadie está esperando que escribamos el Gran Poema de la Primavera de Chile, nadie lo está escribiendo en papel, ese poema lo estamos escribiendo en las calles, con los cuerpos. Solo digo que si nuestra especialidad, nuestro oficio, es el trabajo con las palabras, tenemos el deber de ponerlo al servicio del pueblo. El poema es la forma más improductiva de poner el lenguaje verbal a disposición del movimiento social, podrá decir alguno. Incluso, estoy seguro, es una aseveración que hubiera hecho yo hace un mes. Sin embargo, basta darse una vuelta a la manzana para ver cómo la poesía, escrita o no por poetas autorizados, ha intervenido el espacio público. Paralelamente, otres poetas se han volcado a la crónica y a las columnas de opinión, o han puesto el ejercicio de la palabra al servicio de asambleas autoconvocadas y otras instancias de participación popular. ¿Qué quiero decir con esto? Que hay alternativas a los poemas en el cielo y a la doctrina de los lápices caídos.

En fin, en ningún caso creo tener la respuesta a la pregunta que nos asedia hace semanas, pero no parece superfluo que tratemos entre todes de contestarla. Por lo mismo, en la revista contactamos a veintitrés poetas de distintas generaciones (doce mujeres y once hombres) para que la respondieran. Cuatro se excusaron de contestar por no sentirse aptos y catorce prefirieron el silencio absoluto. Estos son los cinco poetas que se animaron a responder: para qué poetas en tiempos de penuria.

Tito Manfred


Pa desarticular engaños
en la palabra del poder
y ampliar la realidad posible
desde el poder de la palabra.

Enrique Winter

 

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¿Para qué en tiempos de bonanza? ¿Para qué levantarse a las 5 am a leer poemas en silencio antes de que se despierte la guagua? ¿Para qué escribir poemas? ¿Qué poemas sobreviven? ¿A cuáles se les cae la cara de vergüenza y fueron borrados después de escuchar a un estudiante decir «quiero mirarlos con el ojo que me queda»? ¿Qué poetas frecuentar? ¿Con quiénes relacionarme? ¿Qué tipo de poemas leímos, si es que los leímos, cuando las papas quemaban, cuando tuvimos miedo de lo peor, cuando todo lo leído en prosa sobre torturas se deshizo apenas amigas contaron de un amigo suyo colgado en Baquedano por las muñecas, golpeado con toallas mojadas? Una señora dijo: «De la noche a la nada». No sé qué significado tiene, pero no deja de horadar en mí, una forma de comprensión anterior a esto que estamos viviendo. De transformarme. Zurita, el Zurita que hizo que Zurita sea Zurita y no ese señor desatinado que compara molotov con napalm, se tiró acido en la cara. Yo no creo que lo haya hecho para sentir dolor sino para ofrecer su sensibilidad a una época, y que la experiencia de esa época sobreviva en el poema como no sobrevivió en los textos descriptivos sobre torturas, apremios ilegales y violencia estatal que no me prepararon para lo que vivimos estos días. De la noche a la nada. Qué verso más valiente. Y en tiempos de penurias, el poeta para eso.

Matías Ávalos

 

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En medio del banquete los nobles comen y beben en vajilla robada. En medio del banquete Baltasar levanta la copa y aúlla como un lobo en su propio honor. Presumen los bandidos brindan sobre los huesos el corvo aún tibio entre las manos escancian el vino de la victoria hablan con la boca llena de arroz se tropiezan caen.

En medio del banquete una mano aparece de la oscuridad.

En medio del banquete la mano flota en el aire se detiene y escribe un poema en la pared que nadie lee un poema que nadie entiende un poema en lengua extranjera.

Y entonces la tierra se mueve y tiemblan los cubiertos se estremece el azar como la porcelana. Tiritan Baltasar y sus hombres aúllan como hienas y la nación arde por los cuatro costados y tú y yo ardemos por dentro entumidos y tiritando ardemos incandescentes sobre las sábanas. Una ola atraviesa la tierra como un acontecimiento que viene de un lugar a otro una ola seca nos sacude y nos derriba mientras tañen las campanas a medianoche en la ciudad unos niños han entrado a incendiar el altar. Y el poema se multiplica en las paredes de todos los templos el poema arde como una estrella los inocentes lo llevan como antorcha.

Baltasar el analfabeto. Baltasar el ciego. Baltasar el manco. Baltasar el cojo. Baltasar no sabe lo que es un poema.

Antonia Torres Agüero

 

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Creo que el rol más activo que debería tener el poeta —o el que se jacta de serlo— en el movimiento social es estar con y entre la gente viviendo el estallido, empatizando con las demandas y la violencia de la represión. Pienso que no son momentos de únicamente sentarse a escribir, hay en eso un dejo burgués y privilegiado, y son esos privilegios los que hay que cuestionarse. La poesía y sus formas podrán venir después, probablemente nutridas de todo lo que implica ser parte del movimiento, lo importante ahora es bajarse de ese estante intelectual y salir a la calle.

Catalina Ríos Muñoz

 

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no logré dar con una respuesta decente a tu pregunta. también pienso que estos no son tiempos de penurias, sino más bien de incertidumbre y caos. yo estoy contenta. es una alegría con rabia. no me atrevo a decir qué deben o no deben hacer los poetas. o para qué. supongo que es inevitable ser poeta. por elección nadie se queda en la poesía. las más valientes. los más rayados. tkm para elles. yo no me considero poeta. como dijo la clarice lispector, hago poesía para ejercitar mi alma. supongo que los lectores de este medio tienen alguna idea respecto de las singularidades y diferencias entre poesía, poema y poeta. es difícil imaginar también de una manera generalizada la figura del «poeta» como si fuera una identidad coherente y cerrada. ahora, el trabajo de la gente que se dice poeta, de las oficinas de la poesía, debería ser quizás, en estos momentos de batallas semánticas e ideológicas, de verborrea apasionada, de incontinencia de opinión, de sobreproducción de puntos de vista (que es lindo igual), debería ser quizás procurar proteger aquello que es tan importante y necesario en la poesía y en la música y que en estos tiempos se ve claramente en peligro: los silencios. No el silencio vacío, pasivo, sino esa especie particular de silencio que corta y define la forma de aquello que las palabras pueden llegar a construir o a demoler.

Naomi Orellana