Para qué poetas en tiempos de miseria [Julieta Marchant]

Pero ¡amigo! llegamos demasiado tarde.
En verdad viven los dioses,
Pero sobre la cabeza allá arriba en otro mundo.
Sin fin actúan allí y parecen no prestar atención.
Si nosotros vivimos, con tanto cuidado nos tratan los celestes.
Mientras tanto pienso a menudo
Que mejor es dormir, que estar así sin compañeros,
Que aguantar así, y qué hacer entre tanto y qué decir,
No lo sé, y para qué poetas en tiempos de miseria.
Friedrich Hölderlin

Un objeto para la devoción desarrollada, un objeto latinoamericano como un fruto jugoso que cambió su acidez por un poco de aspartamo. Un poema como oferta y demanda, un poema canto presidencial, un poema alegoría de un lejano y angosto país. (…) Mi pobre boca que no dice lo que quiere, lo que puede no quiere decir. Lo que dice no quiere, lo que puede no quiere.
Nadia Prado

1.

Muchos escondemos la palabra «poeta» en algún hueco donde la tiramos junto con los objetos perdidos, los amores que terminaron mal y la pubertad —quién podría defender la pubertad como una experiencia placentera—. Yo misma la escondo y prefiero definirme como «editora» aunque, con el tiempo, he aprendido a acoger el término «escritora». No vengo a reivindicar una palabra que, como cualquier otra, no me pertenece en absoluto; ni siquiera pretendo escribir con algún grado de certeza: solo quisiera abrir ahí donde advierto apretado un tejido. Y más aún en un momento en que estamos todos pensando, o deseando pensar, otros modos de vincularnos y de habitar.

A principios de mes le escribí a un poeta extranjero, naufragando en la angustia de varios días seguidos de marchas, gritos, saltos, violencia estatal, ira, desazón y también, en medio de todo eso, una cuota de felicidad: «Me resuena diariamente la pregunta “cuándo es que el lenguaje del poema vale la pena”, me ofende incluso hacerme la pregunta en estas circunstancias y, sin embargo, no puedo sino hacérmela». Pensaba en George Oppen, el poeta estadounidense, y sus más de veinte años de silencio literario para dedicarse al activismo político. Me preguntaba cómo vivir si no puedo –o no podía– leer ni escribir ni editar, siendo que había llevado una vida adulta enteramente dedicada a leer, escribir y editar. Tenía clavada la reseña biográfica de Maurice Blanchot en la cabeza: «Su vida estuvo enteramente dedicada a la literatura», aunque había olvidado la segunda parte de esa reseña: «… y al silencio que le es propio», que leí mientras buscaba una plaquette de Blanchot para confirmar que, quizá, lo que me estaba dañando era el silencio.

El poeta al que le escribí, entre sus líneas, me dijo: «Escribir o no escribir no es la cuestión (Oppen dejó de escribir pero después volvió a escribir. Tal vez tuvo que hacer cosas antes de volver a escribir)». Qué cosas podríamos hacer los poetas, en tiempos de miseria, en el período que ocurre entre que no podemos escribir y cuando podemos volver a hacerlo.

2.

Improvisadamente, como todo en estos días, le escribí a otra escritora con el link de una columna que me pareció indignante de Rafael Gumucio donde trataba de acéfalo a un movimiento nacional que estaba tomándose las calles hace días. Aunque sabía que estaba tocando una fibra, la respuesta me golpeó: «No te he visto hacer declaraciones muy sesudas en este momento», como si escribir algo –lo que sea, porque eso hizo Gumucio: escribir cualquier cosa– fuera más deseable que no escribir nada en absoluto. Como si a todo escritor se le exigiera escribir declaraciones sobre el cemento caliente o como si los escritores –en general– debiéramos responder al unísono a lo que ocurre en nuestros territorios y además sesudamente. Exigencias hay en todas partes a la cultura: basta salir a la calle y ver los rayados o lienzos: «Creeré en el arte cuando esté hecho para la gente» o «Salgan a la calle!!! Burgueses culiaos del arte». Existe una interpelación, algo a pensar, no solo desde la calle hacia «la cultura» o «el arte», sino también entre nosotros mismos.

Y acá pienso en la primera asamblea de escritores que se hizo en la Universidad de Chile y en las preguntas que intentamos respondernos –intentamos, pido perdón–. Una: «¿Qué podemos hacer desde nuestro oficio para apoyar la movilización social y las necesidades del pueblo?», que es, imagino, una pregunta que se hacen los profesores, los grafiteros, los médicos, los bailarines, los abogados, los bordadores, los artistas visuales, los vendedores ambulantes, las dueñas de casa y cualquiera que haya estado oficiando de algo en el momento en que estalló Chile. Como dice Josefina Ludmer, política puede hacerse en cualquier parte, incluso desde una mujer que decide quedarse en casa cuidando y criando a sus hijos. La política es posible de hacer en la cocina. Y una, como poeta, se siente a veces en la cocina, mucho más siendo mujer –para qué voy a empezar a hablar de los espacios que disputamos las poetas–. Si algo ha provocado nuestra Constitución a lo largo de los años es separar a la política de la gente que habita el país o, como decía en una asamblea Sofía Brito, la Constitución reemplazó con la palabra «nación» allí donde debía decir «pueblo», el lenguaje hizo lo suyo y eso suyo, en este caso, fue una grieta.

3.

Las respuestas que nos dimos en esa asamblea fueron más o menos unánimes: poner nuestras herramientas —el lenguaje principalmente— a disposición de la gente, visibilizar las historias de las víctimas, escribir sus relatos, humanizar los números que aparecen en la prensa (ponerles nombre, tiempo, cotidianidad, espesor), escribir lo que la prensa no escribe, recopilar información, hacer un gesto archivístico. Pero yo me quedé con una sensación a medias de que hay otras cosas que pensar, que necesitamos tiempo para pensarlas y, sobre todo, información para pensarlas. Que hay que saltar esa grieta de alguna —es Denise Levertov en todo caso quien habla de una grieta en el poema, vinculada a la comprensibilidad, y estoy sacando de ahí la palabra— que habita entre la cultura y la política. Y que esa grieta no puede terminar respondiéndose con estados de Facebook que leí los primeros días acerca de que ahora más que nunca hay que defender una poesía situada o política, porque ¿la respuesta entonces es comenzar a escribir poesía política entre todos, modificar nuestras estéticas, nuestra relación con la sintaxis, con la técnica y con una ética respecto del lenguaje? Es decir, homogenizar nuestras maneras de aproximación a la literatura y a la escritura –lo que, en cualquier caso, me parece próximo al fascismo–. Me hice esta pregunta en voz alta en la asamblea frente a un poeta mapuche y mi respuesta, y la suya, fue que no.

¿Entonces qué? Si no vamos a ser todos poetas situados y políticos —en términos de los asuntos que disponemos en nuestras obras—, ¿qué hacemos los poetas en tiempos de miseria? Una respuesta es callar, que es lo que también he leído en otros estados de Facebook, como por ejemplo este: «La poesía se está haciendo en las calles y la están haciendo otros más puros. Es momento de callar». ¿Qué significa callar? Dejar de escribir, hacer a un lado el teclado, bajar el lápiz. Pero ¿por qué? ¿Quiénes son esos «más puros»? ¿En qué estado de impureza estamos los poetas que escribir no solo es una imposibilidad —como lo ha sido cada vez que uno se enfrenta al lenguaje y a la insoberanía que experimentamos con las palabras—, sino que no escribir se vuelve una demanda?

Opuesto al silencio literario absoluto, podríamos pensar, se ubica lo interpretable como complicidad con el oficialismo. La seducción del mercado, a la que algunos escritores y editores intentan resistirse desde trincheras personales y colectivas. Pienso en «14 escritores narran la crisis como una ficción», publicado en La Tercera, un medio al que hemos visto manipular datos e inventar hechos, empapelar lo que pasa en las calles con una oscuridad que solo un ingenuo —o un oficialista— dejaría pasar por el lado. Y la reacción en mensajes privados, grupales y públicos como este estado de Facebook: «La Tercera lo presentó como literatura de ocasión, adorno —¡qué mierda están hablando!—, de un momento superchoro: despolitización y buena onda de sobremesa. Yo espero que este sea un gran ataúd para el reducido modo en que el neoliberalismo chileno ha querido entender la escritura, un gran ataúd para la literatura de mercado y la vitrina de personalidades que resume lo literario como una carrera». ¿Aquí estaba la impureza que impide que los poetas y escritores escribamos, que es, al fin, lo que sabemos hacer? ¿Qué operación mental ocurre cuando La Tercera le extiende a un escritor o escritora una invitación a escribir los hechos de otra manera, convirtiéndolos en ficción? Qué frivolidad, me dijo un amigo también escritor. ¿Vasta ingenuidad o utilización de los escritores por parte los medios en pos del mercado? Esa discusión apareció a partir del estado que cito. Tengo quizá otra intuición siempre parcial: allí donde la gente y la política ocurren en lugares separados, gracias a nuestro sistema profundamente neoliberal, es posible presenciar este desfiladero de autores, incluso disímiles entre sí en experiencia, radicalidad o servidumbre, agrupados en un medio oficialista en un momento social sensible y brutal (esa grieta está también en la literatura: un poema como oferta y demanda, un poema canto presidencial). Y entonces las interpretaciones obvias se asientan en el individualismo: ego, necesidad de figuración, deseo de participar del canon, literatura mesiánica, poesía épica mediante la apropiación de lo que le ocurre al pueblo y la ciudadanía —de la cual él no formaría parte: están los ciudadanos por un lado, los poetas por el otro—. El arte, que es de segundo orden, sabe que ser del primero en este mundo es ingresar al poder y el poder está en los medios oficiales. Tuve hace muy poco una discusión sobre esto en un chat grupal: no todos los periodistas de un medio oficial son iguales, pero esos medios son la única manera de sobrevivencia personal porque en Chile básicamente poseen el monopolio. Ya lo sé, todos lo sabemos (está lleno de comunicados de trabajadores de medios en contra de esos mismos medios). Pero en esto algunos abrazamos la intención de radicalidad: el deseo de generar otros medios y, por lo mismo, crear comunidades otras de lectores. Cómo vivir en un mundo que nos antecede y que nos sobrevivirá y pasar por él con la actitud del cínico moderno que afirma a diario que «no hay nada que pueda hacerse». Es posible hacer política en la cocina, es posible también la micropolítica y pensar el mundo desde ahí. Ninguno de nosotros será un gran héroe, pero eso no reduce nuestro campo de acción a cero ni implica pensar de dónde viene una invitación. Habitar una hiperhigienización —silencio— o una hipercontaminación —publicar en La Tercera— no pueden ser las únicas dos alternativas. Quisiera pensar que no son las únicas dos alternativas y que, ese mero hecho, involucra un inmenso estímulo a generar otras maneras.

4.

Quizá lo que me incomoda es esta capa de deberes: no escribir en absoluto o escribir pero de una manera determinada, con temas determinados, o ser didácticos —como si el pueblo requiriera una didáctica y, además, nosotros estuviéramos preparados para decidir cuál—. Quizá lo que me raspa es este momento en que nos decimos entre nosotros qué hacer o cómo, en que nos llamamos a ponernos en nuestro lugar. (Me pregunto qué otro oficio será llamado a callarse la boca). Y cuál es el lugar que nos corresponde y al que somos llamados a ocupar en silencio. Otra consigna en una pancarta: «Que los artistas tengan sueldo y los políticos sean voluntarios». ¿Quedarnos en silencio implicará quedarnos ahí, en el voluntariado resignado? A veces cuando estoy rodeada de otros escritores me pregunto de qué vivirán, de qué estarán compuestas sus cotidianidades y urgencias. Si me lo pregunto es siempre bajo la premisa general de que nadie vive del arte y que la mayoría, por no decir todos, escribimos en entretiempos en un mundo donde el arte siempre es de segundo orden. Mucho más la poesía, en esa insubordinación que ha mantenido respecto del mercado (no, poeta mesiánico, poeta héroe, hablar por el pueblo no te hará millonario y ya no te hizo millonario, a lo sumo podrías ser un orador, que se despoja de su singularidad y que despoja al pueblo de sus particularidades, pensaría Ben Lerner).

Otra de las miles de consignas que leímos en la calle decía: «En Chile la profesión artística es un hobby» (y nadie vive de un hobby, entonces hay que ser además otra cosa, hacerse de otras herramientas). O en otra pancarta: «Violencia es que se pierdan miles de talentos porque “no se vive del arte”» o «Violencia es que te digan que te vas a morir de hambre por ser artista». Mientras nosotros nos demandamos cosas entre pares, las calles hablan de bajar el arte del Olimpo y, a la vez, de dejar de precarizar a los artistas. Para nadie, entonces, sería una sorpresa que unos pocos suben al Olimpo y que la mayoría nos quedamos abajo buscando maneras de sobrevivencia. La precarización de los agentes de la cultura no es una novedad sino al contrario: la asumimos como base del oficio. Consideremos, además, la cantidad de presos políticos, torturados y exiliados que hay entre los artistas en la dictadura de nuestro país y en cualquier dictadura. Allí donde ocurre un gobierno autoritario, el arte suele ser golpeado por su insubordinación. Y resulta que ahora nosotros estamos llenándonos de normas, deberes y sentencias.

En principio, lo que hacemos los escritores —no quiero hablar por todos pero lo estoy haciendo— es ser un civil común y corriente. Y ser un civil común y corriente hoy significa, entre otras cosas, ser uno de los puntitos que salen en las fotos panorámicas en la plaza de la Dignidad (ex plaza Baquedano, ex plaza Italia), taparnos la cara o la boca, andar con lentes o antiparras, hacer pancartas o lienzos, ondear una bandera o darle a palos a una cacerola (no puedo olvidar un tuit del 19 de octubre en el que Adriana Valdés dice: «Solo espero que alguien sepa lo que está haciendo. Alguien» y Kena Lorenzini le responde: «Hago lo que puedo y he apaleado mis sartenes». Dudo que el 19 de octubre «los escritores» hayamos sabido qué hacer además de apalear nuestros sartenes que es lo que, de hecho, hicimos al menos una semana seguida completa). Pero luego de volver a nuestras casas y oír desde todas las ventanas «El derecho de vivir en paz» de Víctor Jara o el discurso de Allende en la parte que nos manda a nuestras casas («Les digo que se vayan a sus casas con la alegría sana de la limpia victoria alcanzada. Esta noche, cuando acaricien a sus hijos, cuando busquen el descanso, piensen en el mañana duro que tendremos por delante, cuando tengamos que poner más pasión, más cariño, para hacer cada vez más grande a Chile, y cada vez más justa la vida en nuestra patria»), una se sienta y piensa: bueno, no tengo hijos, con suerte tengo casa y buscando descanso me doy en la cabeza con un rize, un clona o —la pastilla más barata que encontré para dormir— un zopiclona, y ahora qué. Un amigo artista visual decía: poner más pasión y más cariño. Nos quedamos con esa parte: más pasión, más cariño.

5.

Qué significa más pasión, más cariño, siendo «un artista», un escritor, un poeta. Al final el día podía irse en marchar y, en el camino a pie a casa, darles vuelta a esas preguntas que simplemente llevan a otras y a otras y se toman de las manos en una ronda nada agradable y, en principio, aparentemente inconducente. Quizá algunas ideas me aparecieron en una clase abierta que hizo Sofía Brito en la Casa FECH y la pregunta de una chica sobre el rol de la cultura en la Constitución del 80. Y la respuesta de Sofía fue «no existe la cultura en esa Constitución». Busqué la palabra en el texto, ya de vuelta a casa, y aparece muy ambiguamente: «Corresponderá al Estado, asimismo, fomentar el desarrollo de la educación en todos sus niveles; estimular la investigación científica y tecnológica, la creación artística y la protección e incremento del patrimonio cultural de la Nación» (en el número 10, «El derecho a la educación» del artículo 19). Es decir, el Estado estimula (pero no asegura) y, en todo caso, deposita en la municipalidades parte de la responsabilidad, según el artículo 118 («Administración comunal»): «Las municipalidades podrán asociarse entre ellas en conformidad a la ley orgánica constitucional respectiva, pudiendo dichas asociaciones gozar de personalidad jurídica de derecho privado. Asimismo, podrán constituir o integrar corporaciones o fundaciones de derecho privado sin fines de lucro cuyo objeto sea la promoción y difusión del arte, la cultura y el deporte, o el fomento de obras de desarrollo comunal y productivo». Lo que me hizo pensar en Recoletras, la librería popular que el alcalde Daniel Jadue implementó en la comuna este año. Y en las pataletas de algunos libreros que veían mermados –en su imaginación– sus locales y economía personal. Me pregunto qué pensarán hoy esos libreros que, además, al no ser libreros de grandes cadenas poseen en sus anaqueles ilustrísimos libros de pensadores reflexivos y «sesudos» que difícilmente hubieran aguantado la objeción, independiente del motivo.

6.

En Chile, un gran sector de los poetas somos editores u oficiamos en algún área de la cultura —hay que pagar cuentas, diría alguno—. Una manera de ingresar al asunto es hacernos interlocutores válidos en las asambleas para pensar qué de la cultura es necesario incluir en una nueva Constitución o en la discusión sobre ella. Una escritora llamaba por Instagram a «escribir colectivamente una ficción que construya un mundo posible entre nosotres» en un taller gratuito de escritura. Quizá no solo debiéramos escribir una ficción, sino pensar en qué podemos hacer en realidad, desde el mundo del libro, para darle un giro a las cosas. Qué significa que el arte esté hecho para la gente más allá de un tema, una corriente literaria o una manera de aproximarse al lenguaje. Y lo que Allende vio en un proyecto como Quimantú, que duró un par de años como editorial del Estado y tal como la Unidad Popular, y los trabajadores, la habían concebido, hasta que llegó el golpe que botó todo —Quimantú fue refundada y rebautizada en dictadura y, como si fuera poco, le pusieron Empresa Editora Nacional Gabriela Mistral—. O multiplicar la visión de Jadue y tener bibliotecas populares por jurisdicción o comunas. O ambas. Y eso, editor, librero, no va a arruinar tu PYME, no es el apocalipsis. Incluso pensaría que al contrario: allí donde hay una comunidad que no puede acceder al libro, proyectos estatales como librerías y editoriales populares crearían comunidades de lectores y potenciarían, de hecho, nuestros trabajos individuales. Como conocedores del mundo del libro, de sus precariedades, huecos, potencialidades y de los intereses y necesidades de los lectores, no podemos dejarle esa discusión a un comité de expertos que nunca en su vida hizo un libro o a un escritor que en sus ratos libres redacta los discursos de Piñera —llenen acá en quién podemos estar pensando—. Como tampoco queremos dejarle la creación de una Constitución nueva a un comité de expertos, sino que construirla mediante una asamblea constituyente en la que nos percibamos representados.

El silencio escritural es posible (lo siento, le digo a la escritora que me interpeló por mi reacción lenta de no empapelar internet con columnas de opinión propias, que, en cualquier caso, nunca ha sido mi lugar escritural), pero el silencio como civiles pensantes no puede —y ya lo sabía Oppen— comernos la cabeza. Y esa grieta entre la política y el pueblo que generó la Constitución ahora tomó un hermoso matiz: está para saltarla.

Martes 12 de noviembre del 2019


Julieta MarchantJulieta Marchant (Santiago, 1985). Codirectora de los sellos Cuadro de Tiza Ediciones y Editorial Bisturí 10. Ha publicado Urdimbre (Inubicalistas, 2009); Té de jazmín (Marea Baja, 2010); El nacimiento de la hebra (Edicola, 2015), parcialmente traducido al inglés como The Birth of Thread, traducción de Thomas Rothe (Tinfish Press, 2019); Habla el oído (Cuadro de Tiza, 2017) y Reclamar el derecho a decirlo todo (Pez Espiral, 2017).