La necesidad del arte [Diego Alfaro Palma]

El hombre viene así, tocando un tambor y soplando una zampoña en medio de la noche. Su paso es lento y lleva un sombrero que le tapa la cara. Viene por una de las tantas calles empinadas de Valparaíso; se alcanzan a notar lejanas las luces de otros cerros, que aunque parezcan estrellas no lo son, sino luces de casas que no pueden dormir. Él viene así, con un sonido del norte, sereno, pero no resignado, de otro tiempo, de uno ancestral, tal vez de eso que llaman «el Chile profundo» y que es un lugar que fue registrado únicamente por los artistas, sobre todo por Violeta Parra. ¿Será un espectro en pleno toque de queda? ¿Un fantasma colonial que viene a visitarnos? ¿O es un estudiante que corrió todos los riesgos para estar ahí e igualmente darnos el mensaje? Para mí, el registro de esa figura y su melodía es quizás uno de los más intrigantes de estas jornadas y justamente en una de las ciudades que más mal lo han pasado con la acción represiva, con cédulas dispuestas a todo, bajo el brillo del sol en el mar, disparando a mansalva: perros de caza sin cazador ni presa.

No he estado en Valparaíso en estos días, pero ya lo comienzo a extrañar. Es sumamente difícil moverse alrededor del país en esta contingencia si no tienes alguien que te reciba y te salve del registro de identidad pasada la hora permitida (en Valpo a las 18:00 debe replegarse la ciudadanía). En general, es difícil todo, porque la realidad está a medias. Hoy trabajé desde mi casa, pero a medias. El país se prepara para un paro nacional, pero aún no sabemos si es a medias o completo. Lo que sí no es a medias es la libertad: eso es acceso restringido. Pero volvamos al plan, ya que en esta crónica quiero invitar a hablar a otro por mí, quiero invitar a un poeta joven que envió este mensaje desde el puerto:

«Reprimen durante todo el día las concentraciones con lacrimógenas y balas de goma. Se han encontrado también casquillos metálicos de balas. Al parecer el marino a cargo dijo por televisión abierta: “Nosotros no tenemos armas de juguetes” […] Ayer durante la noche miré por la ventana: vimos un grupo de milicos, cada uno pegándole a una vieja. Vi una caravana de más de cinco camiones con más de veinte militares arriba intimidando una barricada sostenida por 4 personas a las 00:00 […] Los puntos de resistencia son plazuela Ecuador y subida Cumming. En Cumming ayer se desplegó un camión de militares a las 13:00 más o menos. La plaza Aníbal Pinto estaba llena de gente gritando alegremente cuando vino el camión y corrieron para arriba; los milicos subieron y dispararon; durante la tarde vi cómo aguantaban todos en subida Ecuador, los intermitentes disparos y lacrimógenas […] Sé también que ha habido resistencia en los cerros y diferentes barrios. La gente está saliendo pese a que la reprimen con casi todo. Se hacen asambleas en las juntas de vecinos. La gente quiere conversar, definirse y estar en el lugar que está convencida que le corresponde».

Valparaíso históricamente es una ciudad de la resistencia, más allá de todas las convenciones que se puedan hacer de ella, y es ahí donde la brutalidad se ha hecho más patente. O también más al sur, en Curicó, donde fue asesinado José Miguel Uribe, un muchacho de veinticinco años, producto del accionar represivo. Ya van quince muertos en cuatro días en todo el país: quince muertos que en cualquiera de las circunstancias estarían ahora caminando por sus barrios, si no fuera por este fracaso político. En fin: algo que recuerda a la inestabilidad del gobierno de De la Rúa en la Argentina de 2001, cómplice de treinta y nueve civiles muertos en una de las crisis más dramáticas que haya tenido este continente.

Imagen 1 La necesidad del arte

Tanta imagen vista abruma, pero volver a salir de casa y reencontrarse con la juventud aplaca cualquier índice de ansiedad. Son ellos los que están dispuestos a encender el debate cada noche, son ellos los que siguen llevando el ritmo, cuchara mediante, silbato mediante, o limpiando con sus escobas, o a puro aplauso. Estamos cantando las veinticuatro horas, incluso en sueños, porque ellos cantaron primero; incluso los que montan guardias en sus barrios: algo cantan en la mente. Es posible que estas reuniones diarias de cacerolazos sean una especie de mantra necesario, un guillatún purgativo de una sociedad demasiado atrapada en sí misma y en rutinas contracturantes de lógicas sueldo / deuda: un chileno desde que nace hasta que muere está aquejado por el discurso de la insuficiencia de lo público y de imponer los años de su trabajo a un sistema privado. Es por eso que seguir «El baile de los que sobran» es tan oportuno en esta instancia, es el único baile que nos debemos permitir, desde el barrio más piñufla al más cuico, pero sobre todo en el más piñufla, porque es el baile de los que no tienen razón para retroceder.

Son esos jóvenes que vuelven cada tarde desde el centro de las ciudades, con sus pañuelos, sus limones cortados y sus botellas de agua con bicarbonato, los que nos dan la batería suficiente para persistir, para no dejarnos caer como unidad: no estamos en guerra —dice un rallado en la calle—, estamos unidos, y eso es justamente lo que presiona al gobierno y al congreso, porque no tienen a un representante con quien hablar, no tienen una cara, sino una gran suma, una comunidad en formación que cada día sale con más fuerza. Son las muchachas y los muchachos los que aparecen como el músico fantasmal de Valparaíso para decirnos que este país tiene que cambiar y que va a cambiar. Son ellos los que encarnan el verso que el poeta Raúl Zurita grabó en el desierto de Atacama: «Sin pena ni miedo». Yo, al momento de escribir esta crónica, sufría el peso de tanta incertidumbre, de tanta aflicción por los registros de barbarie, por la incontención de la violencia, cuando en pleno toque de queda crucé la calle para conversar con unos sentados junto al almacén y palabra a palabra todas esas oscuridades se convirtieron en un pulso, en un aire, en un fantasma significativamente real.

Martes 22 de octubre del 2019

 

* Este texto fue publicado originalmente en el blog personal de Diego Alfaro Palma, El panorama ante nosotros.


DIego Alfaro PalmaDiego Alfaro Palma (Limache, Chile, 1984). Ha publicado los libros de poesía Paseantes (Del Temple, 2009), Tordo (Cuneta, 2014; Del Dock, 2016), Litoral central (Audisea, 2017; Pez Espiral, 2017) y Bicicentrismo (Taller Perronautas, 2019). También realizó la antología de la Poesía reunida de Cecilia Casanova (Universidad de Valparaíso, 2014) y reeditó la Antología de Ezra Pound en Chile (Universitaria, 2011). Tradujo El pensamiento zorro, prosa de Ted Hughes (Limache250, 2013). Sus ensayos han aparecido en El horroroso Chile. Ensayos sobre las tensiones políticas en la obra de Enrique Lihn (Alquimia, 2014) y en varias revistas de Chile y el extranjero. Su libro Tordo recibió el Premio Municipal de Santiago en 2015.