Selected poems: Ida Gramcko

Imagen: © Archivo de Fotografía Urbana y Ediciones Letra Muerta.

Escasamente editada y leída fuera de su país, Ida Gramcko es, sin embargo, una figura central de la literatura venezolana del siglo XX. Dotada de una versatilidad que le permitió desenvolverse tanto en la dramaturgia como en el ensayo, la narrativa y la crónica periodística, Gramcko es reconocida principalmente por su poesía, caracterizada por la riqueza de recursos y por un verso donde el ímpetu verbal abre paso tanto a la emoción como al pensamiento.

Agradecimientos especiales a Regina Riveros, quien estuvo a cargo de hacer esta selección de poemas que abarca cronológicamente buena parte de la producción poética de la autora venezolana.


Inspiración

Con las manos atadas en cadenas de miedo
me acerqué a las montañas, tejieron un canto
y escaló como en alas la inquietud de mi anhelo
las grandiosas murallas.

Una sed de confines me cerraba los ojos
y me araba en los labios,
de la cumbre imposible me llegaban sonoros
los metales del agua.

Mil fantasmas de angustia con sus tétricas risas
me clavaban las garras,
y en mi ser, lentamente, se juntaron las fibras
y tejieron un canto.

Con esencias de campo, suave felpa de musgo
presintieron mis brazos,
y en mi boca dormida fue exprimiéndose el fruto
de los árboles mansos.

Fuerte el verso maduro penetró en mis alcobas
como el ave en su jaula,
desgranando cual trinos la emoción de las horas
convertida en palabras.

De Umbral (1942)


CARACOL, EL HERMANO,
el mismo yo, mas caracol. Concisa
su forma sigue sin barniz ni estrago
para que el hombre sufra un alma rica
un alma suya en el vellón y el gajo,
íntima, inmensa, siempre en sed y ahita.
Así construimos un lugar humano,
Pero tan lleno de él, como de brisa.
Inventamos
una pared de cal… ¡y tan distinta!
Un muro nuevo, ¿raro?
Sólo en su fresca soledad continua
—¿Soledad, otra vez lo solitario,
otra vez la distancia? ¿Y la caricia?—
Cálmate, amor; lo nuestro es lejano,
toca el largo perfil, la piedra lisa
dice por voz de su vigor: yo te amo.
La forma singular es la infinita.

*

ESTAR AFUERA es como estar adentro
de inagotable intimidad creadora.
No es perder cuerpo, es descubrir un centro
mayor que lo interior que nos demora.
Estar afuera, a pleno sol, al viento…
La noche ya no es más la mediadora,
Pues nos une a través de un mandamiento
de sombra impuesta que se ve o se ignora.
Escogida es la unión desde lo intenso.
Vivo nivel estalla con la aurora
y enlaza lo profundo con lo inmenso,
pues cada ser deviene lo que añora.
Y queda un solo ser, un gran suspenso,
mas el hombre lo sabe y lo atesora.

De Poemas (1952)


El espectro

Sólo aquél que es capaz de perder su vida
es capaz de ganarla.
Carl Gustav Jung

Yo conocí dolores y miserias cuando era una mujer. Ahora que soy de nebulosa, no puedo comprender que mi rostro de bruma sea golpeado por un duro llanto. El llanto, además, sube al pecho de nicho igual que si subiera de los pies, paso a paso, punzada a punzada. No se lo deseo ni al más cruel. Es igual que un ovillo escalofriante que está dentro del seno fantasmal y no se libra nunca aunque por mis mejillas ya muertas corran fijas hilachas de lloro. Pareciera que es lo único firme que vuelve a ser en mi fantasma.
¿A dónde voy con esto? Tengo aún mi fragmento celestial pero es fino y elástico y yo quisiera un rincón pétreo para llorar y gritar como una fiera herida, y esperar, a sabiendas, de que después del fluido, surgirá el nuevo nudo y se desatarán todas las resistentes lágrimas. No sé ni lo que son. No se vuelvan. Me vuelcan. Azotan las mejillas. Son como granito inmortal en la espectral garganta.
Llorar no es lo mismo que fluir; es, sobre todo, despeñarse. ¡Oh, mi alado, que tu alegre sonrisa luminosa perdone a mi figura, que fue henchida y sedosa esperanza, ya no sólo mi espectro sino el agua cargada de columnas que fluye de mis ojos y me convierte en íngrima cariátide! ¡Ah, por Dios, sostenedme y echadme sobre un lecho muy férreo, cubierta por pesados arrecifes y con un hormigón por almohada! Nada puedo decirte de lo que ahora siento. Se me cerró la boca como cueva. Vuélvete, márchate, sonríe… Olvida mi dureza impregnada. Pero si existe el sitio que yo espero, ese sitio en que el lloro o la quemante lava, desciende en alarido de volcanes, hazme entrar y no pronuncies una sola palabra. Que tu voz generosa será solamente para mí una alegría ajena, apetecida, y dejará mis ojos convertidos en macizos chubascos. Que no escuches mi llanto, fuerte y gris como acero.
Ahora miro pequeños aludes en tus sienes y me maltrato el rostro con las sólidas manos cristalinas. Pero es inútil. El agua de mis ojos está llena de llorantes guijarros y un invencible, un recio arroyo desciende lentamente, cargado de balaustres, por mis párpados. Y ahora que tus ojos, como madera fina surcada por relámpagos, se posan en los míos, quisiera estarme quieta. Pero yo estoy atada a un amoroso y doloroso dolmen. Dentro de mi pecho se prepara un sollozante acantilado.

*

Lo máximo murmura

Si he sido fiel al colmo compartido
de lo divino, si desamparada
el amparo esencial he mantenido:
esta máxima y diáfana morada;
si en el dolor, de su inmutable nido
—colmena de una miel honda y dorada
donde brilla, lejana del sentido,
luz de esencial y única alborada—
no dudé y su fervor he sostenido
pese a estar triste, pese a estar turbada
por el miedo a la duda, y si he sentido
lo total, padeciendo mas callada,
si me alcé sobre el grito y su estallido
como entera confianza delicada,
si no he visto y en lo único he creído
soy la fe más bienaventurada,
¿puedo esperar lo que yo anhelo? Pido
sabiendo que mi voz será escuchada,
como se escucha un manantial sin ruido.
En esta unión altísima y sagrada
se oye la claridad y no el sonido,
se escucha el resplandor de la cascada.

*

INÚTIL YA LA MIES o la mejorana
Innecesarios trigo y amapola,
Pasajera y falaz esta genciana
Pues sólo olor expande su corola.

Y yo tengo aire azul, no filigrana
de olor. Poseo una flor sola
de luz inmensa, exacta y sobrehumana.
Sólo lo Eterno aspiro y me acrisola.

Aspiro lo infinito que me tiene
totalmente absorbida en su dulzura
tan distinta al almíbar cotidiano

porque es intenso y nada lo detiene
cual se detiene lo que el cuerpo apura
y vuelve a repetir porque fue vano.

De Poemas de una psicótica (1964)


Esto es lo que yo siento:
que si aquella presencia fue máxima semilla
para darme la luz, que si lo eterno con su arrobamiento
se me dio allí, es impar, incomparable y única su orilla
de cielo. Para lo eterno, sólo puede existir un perdurable,
invariable y clarísimo instrumento.

Se da lo eterno, lo que no cambia, lo que nos ilumina y arrodilla
sólo a través de lo que, para nosotros, es duradero y sin posible variación de aliento.

Lo eterno no se me puede dar a través de una frágil constancia que varía o se apolilla.

Lo único que da sólo en lo que para mí también es único en su límpido acento.

*

Si un único allegarse en mí se hizo
—¿sólo en mí?— y en luminosa, única, segura compañía
creció —¿tan solo en mí?— es natural que lúcido y preciso
se haga en quien tuvo conmigo esa increíble cercanía.

Lo increíble, ¿puede volverse débil o indeciso?

Dios es tan grande que parece imposible su dádiva total de eterno día.

¿Dudar entonces de lo que se percibe más total? No ser sumiso
al máximo fulgor? ¿I pensar sólo que es locura mía?

Dudar, ¿no es enfermizo?
Dudar de lo más claro, de lo que me concede confianza y alegría,
¿no es volver a lo oscuro, a lo impreciso?
¿O la salud es una duda mórbida y sombría?

De Lo máximo murmura (1965)


LA SANGRE en su raudísimo reflujo
Satura lo corpóreo y contingente.
El perfil, como un pálido dibujo,
ceniza contenida y absorbente
aspira un vaho gris de escaramujo
pues flor es polvo claro y elocuente
menos la Flor de Luz que nos condujo
a eterno paraíso permanente.
Si el hueso se hace oír, siento que crujo
cual madera fugaz y pereciente.
Lo palpable ya es ráfaga o es flujo.
El cielo no se toca. Se lo siente.

*

«Lo absoluto tiene esencia propia, por lo tanto se reconoce siempre aun sin necesidad de comparaciones»

LO ABSOLUTO
no contiene recodo ni aledaño.
Libérrimo de pájaros y fruto,
de la escarcha o el pétalo del año.
Opuesto a ese despliegue disoluto
del cuerpo, de la cauda, del castaño.
Librado de lo móvil, del minuto,
conserva, como un lúcido rebaño,
oveja, esencia sin posible luto,
vellones no esquilmados, sin engaño,
aquel blancor divino e impoluto
que se hizo nuestro desde un día extraño.

**

¿IMPORTA AQUÍ la historia?
¿Acaso no forjamos del segundo
un hallazgo solar? La transitoria
piel se nos vuelve resplandor rotundo.
No sé sentirme miga migratoria
sino espiga del Sol fijo y fecundo.
Dime tú, mi honda, mi veraz victoria,
¿puedes sentirme breve o en el mundo?

De Salmos (1968)


Biografía de las alas

Pero algo surge repentinamente.
El mar, que era todo una tierna arboleda, tibia y henchida ramazón con
la curiosa sedosidad de las hortensias que abren su bravío cogollo tierna-
mente, es lo que siempre ha sido: elevación.
Dos olas, dos góticas aristas se levantan.
Mansas, melódicas agujas tocan infinitud.
Lo auténtico del mar no es el refugio. Es el disparo hacia lo inmenso.
La niña se encuentra ante las olas.
Inservible e inútil para el impulso alado, como un objeto olvidado por un
pirata de la vida, por un usurpador de los husos con hilos irisados el
reloj, agobiante, goteando su insistencia.
El cráneo puede deshacerse bajo el golpe seguido de una gota. Un
minúsculo redondel continuado atraviesa la roca más férrea.
Y es un morir despacio. Es preferible el tajo en la garganta. El boquete
del cuchillo en el pecho. Tales acabamientos son sangrantes, espectacu-
lares, pero esa muerte morosa, minuciosa, meticulosa, de la gota cayendo
es un escalofrío sin escape. No parece solucionarse. Agonía en suspenso.
Jadeo, respiro, estertor, bocanada… El pollo picotea. Se detiene. Vuelve
a picotear. El perforador hiende el asfalto. Hace una pausa. Torna a
perforar.
Son más aniquiladoras las muertes que no acaban de serlo que las muertes.
Es mejor despeñarse por un acantilado, destrozándose, que permanecer,
impotente, atado en un sillón, siendo devorado, a pequeños bocados, por
un hambriento insecto.
No es un crónico goterón. Es más agudo que el estruendo de las cataratas.
Porque no dice nada, no hace ruido. No proclama su devastación. Va
hendiendo, por tiempo indefinido, como una carcoma roe un mueble.
Una grieta pulmonar, de las que consumían a los antepasados, con su
escenografía de almohadones y sábanas tiznadas, con sus acordes de
expectoraciones y quejidos, de fatigas y flemas, podía soportarse pues
se trataba de un estallido sin ambigüedad.
Pero hay estallidos sin escena. Irrupciones sin violencia aparente. Una
tos seca, graznadora, que prosigue entre lapsos, que persiste detrás de la
pared de nuestra habitación, es un cronómetro insufrible que no se quiebra
de una vez y que, repetitivamente, sigue con su sonido ya esperado de
voraz y sin fin pájaro carpintero.
Si se pudiese oír la circulación de la sangre, nada sucedería. Se sentiría,
quizás, una movediza corriente. Si el párpado sonara cada vez que des-
ciende, tendría que anhelarse estar sordo. Si viésemos desplegar un
mantel, aspiraríamos quizás una ráfaga de retallones. Pero si escuchára-
mos un tejido parlante —puntada, paréntesis, puntada— seríamos capa-
ces de meter un pedrusco en cada oreja.
Así es la gota.
Pero las olas se remontan. Y la balandra las contempla, ágiles dunas lige-
rísimas que ascienden sin ninguna demora, que no han sido formadas en
la arcilla, que son un triángulo azul e interminable, lo que hace sentir que
las espaldas son sensoriales y superfluas.
A un ser humano le han crecido, de pronto, dos grandes hojas en los
hombros: eso es un ángel. Pero las hojas no son de la naturaleza. No se
mustian. No caen en la enramada. Esa criatura retoñada, el ángel, tiene
olas u hojas para alcanzar el resplandor de la perpetua primavera.
Todo el mar convertido en dos pirámides livianas, formadas por un haz
de aires marineros, en dos puntiagudas catedrales que suben sin cesar, y
sin que sean de piedra, sino de espirales de brisa. Volutas de inasible
zafiro. Humo de cobaltos etéreos.
La espuma parece enroscarse, ensortijarse, elaborando una pluma en las
olas luminosas y leves. Llega un momento en que las olas, que parecían
al comienzo las enormes velas de un barco sumergido, son asimiladas de
tal modo que ya no hay olas sino alas. No hay mar. Hay un alado, ilimi-
tado, inagotable azul supremo.

De 0 grados norte franco (1969)


EN LO QUEBRADO UN ÁMBITO COMIENZA.
Nueva modalidad se imprime al mundo.
El dolor ya tan diáfano destrenza
venas que vibran; vástago rotundo
cristaliza en lo cárdeno, condensa
lo que quemó. Sin dejo gemebundo
gotean aguas gárrulas. Se inciensa
en humareda prístina e intensa
fuego fluvial fosfórico, que fundo.
Persona, pulpa pálida propensa
a predicar vitalidad. Profundo
pulso de perfilar deja indefensa
la tez que trama tréboles y trenza
trinos. Salobre ceguedad suspensa
donde lo humano es hálito fecundo
fraguando fuentes. Al plasmar se piensa
que lo fundado deja sin defensa
pues con soma solícito secundo
toda explosión errática y extensa
y una hilación intrépida le infundo.
Rostro rasgado por la extraña ofensa
de dibujar dinteles que difundo
permite al corazón que lo convenza:
el llanto no es total si es errabundo.
Ya destinado a diluviar, dispensa
un destello jerárquico y jocundo
de arroyos. Algo aislado se avergüenza
desconcertada dulcedumbre densa,
una rareza interna donde me hundo,
la intimidad patética e inmensa
y un beso como un día meditabundo.
Mas la rosa no tiene recompensa.
Rosa con nadie, soledad circundo.

De Salto ángel (1985)


Ida_GramckoIda Gramcko (Puerto Cabello, 1924 – Caracas, 1994). Poeta, dramaturga, ensayista, novelista, cuentista y periodista venezolana. Publicó más de una treintena de libros y obtuvo numerosos reconocimientos tanto por su obra en poesía como en dramaturgia y narrativa.