Inéditos: Poemas de Adalber Salas Hernández

Con siete libros de poesía y uno de ensayos publicados hasta la fecha, el nombre de Adalber Salas (1987) figura hace ya algunos años entre los más sobresalientes de la última generación de poetas venezolanos. También traductor, Zindo & Gafuri publicó recientemente en Argentina una traducción suya de Puerto oscuro de Mark Strand.

Para este número de Jámpster, Adalber nos compartió un adelanto de su próximo libro, Nuevas cartas náuticas.


LIII – Variaciones Palinuro
(Eneida, Publio Virgilio Marón)

Dicen que fue un accidente. Que la lancha
golpeó algo, no se sabe qué, algunos afirman
que un enorme pez barbudo, otros juran que
la punta de una montaña sumergida
desgarró con saña el vientre de madera
de la barca. Cuando hablan, tiritan.
Miran desde abajo; aunque sean más altos
que tú, miran desde abajo, miran desde el fondo
de la lancha, ese montón de tablas impares
que se dejó rasgar. Cuando hablan, dicen
que fue un accidente. Que la mañana
era blanca y temblaba como una hoja de papel.
Que cuando abrieron los ojos
el piloto ya no estaba, ni el motor,
ni el teléfono satelital con el que debía pedir
auxilio a los barcos sordos que atraviesan
las aguas internacionales. Barcos sordos, repiten,
barcos sordos. Descomunales bestias sin orejas,
con el vientre repleto de rocas y aceite amargo
y peces temblorosos. El piloto ya no estaba:
fue lo primero que vieron al abrir
los párpados salados. Palinuro no estaba. Algo
lo había tumbado, dicen, un accidente.
El sueño le clavó los dientes en la nuca, el sueño
le chupó la médula a sus huesos y la escupió
sobre las olas. Y luego el golpe, la barca
perforada como un animalito de tela flaca.
Así fue cómo terminaron en las costas de Cartago,
muchos ahogados, otros tantos rescatados por pescadores,
la madrugada del veintiséis de julio del año de gracia de 2019.
Ahora irán a un centro de detención a tiritar. Allí caen
bombas, declaran, y la mirada se les avinagra. Allí
no es a donde iban; iban a fundar Roma. Es
lo que han hecho durante siglos. No tenían nada,
insisten, pero iban a fundar Roma. Ahora no saben
si podrán hacerlo o si habrá Roma siquiera.
Todo en altamar es un accidente, dicen.


XXXIV
(The Rime of the Ancient Mariner, Samuel Taylor Coleridge)

Fuimos los primeros en irrumpir
en ese mar silencioso –

primero cayó la brisa, luego siguieron
las velas
………………a nuestro alrededor
esa calma que brilla difusa
iluminada desde ninguna parte

corrosiva y lenta –
………….,,,,,,,,,,,,,,,,,,…..hablábamos
sólo para romper la sordina.

El cielo era una plancha de cobre –
cielo sin nubes, descascarillado.

El maldito sol, al mediodía
se paraba sobre el mástil
como un pájaro idiota

y ya no se movía.

Día tras día, día tras día, atascados
día tras – sin movimiento
………….,,,,,,,,,,,,,…………,,,,,…..sin aliento –

como un barco pintado sobre
un océano pintado –
………….,,,,,,,,,,………,,,,,…..día tras día –

quietud acéfala que pone visiones
en la mirada.

Agua, agua por todos lados –

ni una gota para beber –

sólo el gris bruto del agua.

Las profundidades mismas se pudrían:
sargazos rodeaban el casco y era
como si murmuraran

y sobre el mar viscoso
se arrastraban cosas de patas enclenques.

Esperábamos la lluvia
como quien espera
un enjambre de moscas blandas.

Cada lengua arrasada –

marchita hasta la raíz.
Era ceniza lo que nos quedaba en la laringe.

A nuestro alrededor
cada noche bailaban los fuegos –

los ahogados no descansan:
nunca dejan de morir de sed.

Abajo están los peces
con su extraña inocencia ¬–

no serán juzgados

el día del juicio no serán juzgados

están absueltos de antemano –

abajo están los peces
abandonados como huesos
que nadie ha contado–


LXVIII – Vox mea muta sono: donde Ovidio monologa
(Tristia, Publio Ovidio Nasón)

No quiero decir que valgo mi peso en oro,
porque entonces me hundiría en el mar.
No quiero decir que valgo mi peso en sal, porque
el mar me reclamaría como suyo.
No quiero decir que valgo mi peso en sudor,
porque el mar me creería una ola extraviada en tierra.
No quiero decir que valgo mi peso en orina,
porque el mar me confundiría con la saliva ácida
de los tiburones. No quiero decir que valgo
mi peso en tinta, porque el mar me tomaría
por la tristeza y el miedo de los pulpos. No
quiero decir que valgo mi peso en sueño, porque
el mar entendería que soy una de las criaturas
contrahechas que pueblan sus profundidades.
No quiero decir que valgo mi peso en huesos,
porque le mar me colgaría de los acantilados
que ama roer. No quiero decir que valgo mi
peso en grasa, porque el mar me molería en espuma.
No quiero decir que valgo mi peso en sangre,
porque el mar me usaría para teñir sus corales díscolos.
No quiero decir que valgo mi peso en aliento, porque
el mar pondría mis pulmones entre sus medusas. No
quiero decir que valgo mi peso en palabras, porque el mar
es una palabra doblada sobre sí misma.


LXXII

El complejo de Medinet Habu, junto a la Tebas egipcia, alberga un convulso relieve en el templo funerario de Ramsés III. En él se halla representada una batalla marítima librada entre el faraón y los llamados Pueblos del Mar.

Los egipcios portan escudos rectangulares; los invasores, redondos.

Los egipcios se valen de arcos y flechas; los invasores, de lanzas.

De arriba a abajo, podemos ver la silueta elemental de los personajes contorsionarse en decenas de posturas. Algunas atravesadas por el metal escueto de las armas, otras amontonadas sobre cubierta. Cardúmenes apiñados, espinosos.

En ese agua sin olas, que hoy es polvo y pared sedienta, los cuerpos de uno y otro bando forman un mismo charco desabrido.

Bajo la batalla, la procesión de los vencidos: prisioneros de guerra obligados a avanzar, arrastrados con correas al cuello. Unos pocos, de rodillas, esperan el golpe de la mano interminablemente alzada del captor.


Foto Adalber Salas Hernández.png
Foto: Susanna Bozzetto

Adalber Salas Hernández (Caracas, 1987). Poeta, ensayista y traductor. Autor de los poemarios La arena, el vidrio (Equinoccio, 2008), Extranjero (Bid & Co. Editor, 2010; Común Presencia, 2012), Suturas (Bid & Co. Editor, 2012), Heredar la tierra (Común Presencia, 2013), Salvoconducto (Pre-textos, 2015; ganador del XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita), Río en blanco (Sudaquia, 2016) y mínimos (Amargord, 2016). Asimismo, ha publicado el volumen Insomnios. Ensayos sobre poesía venezolana (Bid & Co. Editor, 2013). Junto con Alejandro Sebastiani Verlezza editó las antologías Poetas venezolanos contemporáneos. Tramas cruzadas, destinos comunes Destinos portátiles. Poesía venezolana reciente. Entre otras, ha publicado traducciones de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Mário de Andrade y Hector de Saint-Denys Garneau. Cursa estudios doctorales en la New York University y forma parte del comité editorial de las revistas Poesía y Buenos Aires Poetry.