«Trabajar para que el texto dé lugar a eso que no necesariamente querías decir»: una conversación con Amanda Olivares

Álvaro Gaete Escanilla

Se ubica en un cuerpo, publicado por Edicola, es el primer libro de Amanda Olivares (Valparaíso, 1986). Un proyecto complejo, una serie de poemas sin título que arman un relato a partir de una composición en collage. Escrito desde la distancia y el desacomodo, la forma de ubicarse para este hablante es a partir de datos, medidas. Hay una sensación de incomodidad, de estar sumido muy adentro del cuerpo, tanto así que logra una disociación. La relación entre la pisada y la forma física.


Amanda, ¿podrías contarnos sobre tus inicios en la escritura?

Empecé a escribir desde chica. Es simple escribir. Básicamente se necesita tiempo, tiempo a solas. Yo tenía tiempo a solas, y una relación cercana con la lectura, así que desde muy chica escribí cuentos, poemas. Tercero básico. Después, de una manera más consciente sería como en tercero medio, momento en que hice una primera lectura de poemas míos en el colegio. Pero algo muy circunstancial, no es que yo lo buscara. Se dio y lo hice. Y luego en la universidad tenía un grupo de amigos con los que escribíamos, nos mostrábamos textos, nos comentábamos mutuamente, compartíamos lecturas. Empezó a ser una actividad más compartida. Generar lazos a través de la escritura. Quizás se consolida cuando salgo de la U, comienzo a trabajar y decido meterme al taller de Nadia Prado. Eso implicó mostrar cosas que había escrito en la época universitaria, pero en un ambiente no familiar. Un desconocido frente a un grupo de desconocidos. Es muy distinto que mostrárselo al amigo. Otra experiencia.
Este proyecto empezó con algunos textos que había comenzado a escribir mientras trabajaba. Por el año 2016, trabajaba en una oficina de abogados. Tenía que hacer escritos, informes, etcétera, y lo que hacía era mantener siempre un word paralelo, donde iba pegando cosas que se me ocurrían, frases que me gustaban de alguna parte. Hacía una recolección de eventos del lenguaje, por decirlo de algún modo. Frases bonitas, otras que sonaban bien, que se me ocurrían, que decía «esto no se debería olvidar». Con ese material, que era una colección de hallazgos, empecé a armar un texto, varios poemas. Después, en un punto hicimos un taller en mi casa con Nicolás Labarca, Luz María Astudillo, Julieta Marchant, Maca Valenzuela. Mostré esos textos. En esta instancia empezó un proceso de mutación del texto, tomó otros rumbos. En ese taller y con ese trabajo, terminó en lo que ahora está publicado.

Tienes formación como abogada, ¿crees que la disciplina del derecho se cruza en algún momento con tu escritura?

Portada Se ubica en un cuerpoSí, hay una relación. Este libro, por ejemplo, son cosas que escribí mientras ejercía. Ahora fue publicado y dejé de trabajar como abogada, pero fue escrito en ese tiempo. Por lo pronto, hay una coincidencia de momentos, tramos de vida. Diría que es imposible que no haya una comunicación ahí. No me atrevo tanto a afirmar una relación directa. Varias lecturas que me han llegado sobre el libro lo piensan a partir de la incomodidad, esa distancia con lo más íntimo (el cuerpo). No sé si lo puedo relacionar con haber trabajado en esa época, pero es sugerente.
Relacionado con la incomodidad, también puedo decir que hay un trabajo importante con el lenguaje. Quizás el primer verso que escribí dista mucho de lo que está ahí, en el libro. Hay mucha edición, acomodación, trasladar palabras de un punto a otro. Es un trabajo minucioso. Escribir es un trabajo. No es que a uno le salga un enunciado literario, naturalmente. Surge después de todo un proceso, y ese proceso implica intervenir un enunciado en el que uno se puede sentir muy cómodo, un punto de partida, quizás lo primero que a uno se le ocurre escribir. Llego a mi casa, estoy cansada, abro mi computador, abro un word, escribo una frase. Creo que en esa comodidad —la de la primera frase— se trasluce o transmite algo que uno no siempre quiere revelar. Entonces empiezas a volverla gris, en eso recae el trabajo. Ir borrando pistas de eso que uno no quiere revelar.

Mencionaste antes «una escribe», y siento que este texto tiene mucho de eso, de la condición de ser mujer. La pisada, el pie plano, la posición en el mundo. Pero también hay textos sobre los desórdenes alimenticios. Me interesa saber cómo se va recogiendo en su paso algo tan fuerte, personal, y que además va armando algo más grande. Cómo opera ese mapa borroneado.

Esa es una lectura que también me han comentado. Me han dicho que es un texto muy femenino.

Bueno, esa es una frase problemática…

Jajaja, sí, pero me la han dicho. No sé si trata sobre ser mujer, pero sí creo que hay una cosa que pasa y que el texto da entender: el cuerpo como un espacio que está muy afectado por eso que uno quería poder ser, o como quieren que una sea. Puede ser un contexto social, médico, sanitario, que te indica cómo hay que ir desenvolviendo ese cuerpo. En el libro hay una serie de experiencias que están escritas que tienen que ver con el pie plano, tener piojos, la rosácea, los olores, la cintura, cómo huele el cuerpo del otro. El cuerpo como una especie de tejido que está siempre afectado por la experiencia que uno tiene en el mundo, como un territorio donde ocurre la relación con el mundo.

¿Qué lecturas te ayudaron a armar este libro?

Esa es una pregunta difícil. No armé un aparato bibliográfico para escribir este libro. Es algo que escribí durante un período de tiempo donde leí muchas cosas. No podría nombrar una.

Por la naturaleza del proyecto, me interesaría saber cómo fue la respuesta de parte de los editores. ¿Qué te dijeron cuando les hiciste llegar este proyecto?

Primero hablé con Raúl Hernández, con él trabajé durante el proceso de edición. Le gustó. De hecho, fue extraño; la historia es un tanto divertida. Tenía el borrador guardado, y en un momento decidí hacer algo para publicarlo. Me conseguí el correo de Raúl y envié mi borrador a su correo. No me respondió nadie en meses, y estaba frustrada. Después descubrí que había escrito mal la dirección del correo, faltaba una letra [se ríe]. Así como nos pasó a nosotros*. No sé a quién le habré mandado el texto; alguien lo recibió, alguien llamado Raúl Hernández o que tiene un correo con ese nombre. Y, bueno, lo volví a enviar. Me respondió en muy poco tiempo, en un mes más o menos, diciéndome que le gustaba y que estaba interesado en publicarlo. Recuerdo que nos juntamos en un café que queda en Mosqueto y me dijo que el texto tenía algo muy particular y que estaba muy interesado en eso.

A propósito del correo erróneo, y que dijiste que tenías un interés particular en trabajar el lenguaje, lo que se nota mucho en Se ubica…, ¿qué ocurre en esa búsqueda del lenguaje?

Uno se vuelve ajeno a lo que escribe. Y eso que escribes te provoca cosas, que no son las que en uno en principio pensaba que iba a decir. Te termina sorprendiendo. El texto te conduce por ciertos rumbos, o por otros. Tiene casi como una regencia propia. Y, claro, por ahí tienen lugar las cosas que uno borra involuntariamente, los correos mal enviados que uno no sabe a quién llegaron [se ríe]. El imprevisto, aquello que se sale de control. Quizás por ahí va. Trabajar para que el texto dé lugar a eso que no necesariamente querías decir: el texto se escapa del sujeto que lo escribe.

Este texto muta constantemente. No es prosa ni verso. No tiene su lugar propio, y está muy consciente de sí.

No es que uno quiera decir algo. En mi caso —depende de quién escriba—, es una especie de ver qué pasa. Escribir una frase, darla vuelta. Moverla. Cambiarla de lugar. Y que provoque una cosa, y luego otra. No quiero conducirlo yo, quiero que me conduzca.

Más allá del lenguaje, hablando de la incomodidad, hay pocos textos que te hacen ver algo del hablante. Pienso que el mismo lenguaje te hizo aparecer al menos una vez en el texto.

Así fue. Trabajé mucho con el impersonal, con la tercera persona. Probé muchas versiones de los poemas. Cambiando de personas o borrando directamente el sujeto. Pero la extrema impersonalidad provoca un texto difícil de leer. Entonces creí que era necesario ir introduciendo pequeños descansos donde se pudiera identificar más fácilmente cuáles son los rasgos de un quién que está hablando. Es necesario hacer una especie de balanza. Si se da mucho espacio a algo, el texto empieza a carecer de otra cosa y demanda. Por un lado, la impersonalidad; por otro, un sujeto que se pueda identificar —en este caso, una niña que está fumando y que teme—. Lo nuevo que implica haber fumado por primera vez, una experiencia que se reconoce y que acoge al lector.
También tiene que ver con lo que hablábamos del tránsito, con ser y llegar o no llegar a ser. Pero en todo caso hay esa especie de relación entre uno y un afuera de uno, que también es parte de uno, desdoblado permanentemente, disciplinándose. Normándose a sí mismo. Así también el cuerpo se vuelve un afuera, el entorno es un afuera, y la identidad se genera con ese entorno que no es propio. Tiene que ver con la escritura de esa relación, poder escribirla, ojalá. Poder testimoniarla.

¿Estás trabajando en otro proyecto?

Estoy trabajando en algo que me tiene entusiasmada porque es distinto. Trabajo con un elemento que me interesa mucho, que tiene que ver con el territorio. No territorio corporal, sino el barrio, donde también se habita. En mi caso es el barrio de Recoleta, el sector de La Vega, el río, el casco histórico de Santiago. Entonces estoy trabajando un texto donde introduzco ese elemento como una especie de espacio que está siendo habitado por una voz, que se relaciona con el espacio de cierta manera, y que se ve afectado por él de cierta manera. Tiene que ver también con el tipo de personas que habitan esos lugares, esos territorios.

¿Cómo te trata Francia?

Llevo apenas diez días, pero estoy supercontenta. Es raro, porque uno se imagina que París es como Sao Paulo, muy turbulento, una capital del mundo. Pensaba que iba a ser mucho más difícil. Pero a la fecha parece muy habitable, hecha para que la gente pueda vivir bien. El metro disponible para todas partes, hiperconectado. Las distancias no son largas, aunque hay perímetros a los que no he accedido. Hay una circunvalación que rodea la ciudad, y en el interior es muy habitable, muchos espacios verdes. Y la gente es superamable. Tenía la idea del parisino arisco, pero no parece que sea así. Respetuosos, aunque un poco tímidos. Las bibliotecas son fantásticas, otra cosa. Un lugar hecho para que uno pueda trabajar en su investigación. La Biblioteca Nacional de Francia es genial: puedes ir todos los días, pides tus libros, termina la jornada, te guardan los libros, y al otro día vuelves y los tienen reservados para ti. Como una oficina, adaptada perfectamente para que uno pueda investigar. Estoy muy contenta. Mi francés tiene muchas deficiencias, pero creo que se puede lograr.

* Estuvimos intentando establecer contacto por varios minutos, sin éxito, hasta que descubrimos que al correo le faltaba una letra.


Amanda Olivares ValenciaAmanda Leonor Olivares Valencia (Valparaíso, 1986). Abogada egresada de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile y Magíster en Pensamiento Contemporáneo por el Instituto de Filosofía de la Universidad Diego Portales. Actualmente es estudiante del Doctorado en Filosofía de la misma universidad. Ha escrito ensayos dedicados principalmente a pensar encuentros entre filosofía, literatura y ley. Se ubica en un cuerpo (Edicola, 2019) es su primer libro.

Álvaro Gaete EscanillaÁlvaro Gaete Escanilla (Lo Espejo, 1994). Estudiante de Pedagogía en Castellano y editor en las revistas digitales Jámpster y Tatami. En 2016 obtuvo una mención honrosa en el Premio Roberto Bolaño, categoría Poesía, y el 2018 fue becario de la Fundación Pablo Neruda. Poemas suyos aparecen en Maraña, Panorama de poesía chilena joven (Alquimia, 2019).