Reseña: Polvo de ladrillo de Andrés Urzúa de la Sotta [Sebastián Herrera]

El tenis no tiene más pretensión que el ejercicio, repetir de tal forma que, de pronto, un movimiento que desconocíamos se amolda a la propia biografía. Ahí, en la forma de empuñar, flectar, extender y recoger, se encuentran los nombres que hablan de lo cotidiano: un rastro que enuncia y denuncia ese sutil movimiento que se encuentra depositado en eso que se intenta rescatar.

Polvo de ladrillos de Andrés Urzúa de la Sotta (Pez Espiral, 2019) se escribe en el abandono, en el eriazo que alberga la cancha en desuso, en el rescate de las voces que quedan en la arcilla, entre las líneas y marcas. Un libro que registra los múltiples deslizamientos sobre la tierra; un cartógrafo que lee las huellas de la competencia, la ausencia de cuerpos, la nostalgia.

John Skinner llevó a cabo la serie 7-6 in the third, un trabajo que da cuenta de lo mismo que este libro: el relato de la maleza que crece donde no debería crecer, una historia que nadie quiere contar, otra forma de decir el eco sordo de lo que fue: solo unas vacas pastaban a unos metros de la cancha.

En el pie que se desliza en la arcilla, en la malla que se arrastra para cubrir las huellas, o en la repetición del movimiento y su domesticación, encontramos los cursos donde se aloja la tachadura; el texto que muestra sus aprendizajes, formas y estructuras, conformando el sistema que registrará las distintas posiciones del cuerpo y su relación con el campo: una sombra en el muro, una huella incrustada en la tierra, un recuerdo anterior al impacto: «Se trata de entrenar / para aprender a perder».

En la cancha, en el trazo o huincha hallamos los límites, el espacio de anticipación, el ejercicio y la imagen que aproximan a la tierra batida con la forma en que se conmemora la construcción del triunfo y su revés. En la continua y permanente derrota, se encuentran las esculturas de lo cotidiano; pequeños monumentos del fracaso, como la pelusilla del plátano oriental que cae, cubre el court y dice que «la victoria / es una cosa despreciable», como un muro que asume los golpes de la imaginación hasta que se desprende el rastro y sombra, o como incluso este texto que se dirige hacia su encuentro y choque, hacia el límite riguroso del ejercicio deportivo y su paralela vacuidad con lo doméstico.

En eso consiste el frontón: «en / golpear tu propia sombra contra // el muro —innumerables veces— / hasta que tu cuerpo comience // a sentir el dolor de la sombra. Hasta que te conviertas // en esa sombra o en ese muro / y no sepas si estás golpeando la pelota // o si la pelota te está golpeando a ti».

En el impacto, en el golpe de derecho o revés, se da cuenta de la historia, que suspendida en la arcilla tensa y vela el músculo que cursa el trayecto hacia la reconciliación con los nombres. Los invocados aquí reconocen su anterioridad, su función práctica con el momento que siempre antecede; el cuerpo que se recuerda rígido sobre el espacio, evidenciando los músculos y tendones que se vuelcan y enfrentan al ejercicio escritural: el tenis y el golpe de la pelota, la marca sobre la tierra, al último nombre que se encuentra en la cancha.

Tres elementos sobre la arcilla: el partido, el público y el tenista; la mirada, la escritura y el poema; la biografía, su cotidiano y los nombres. Tres elementos que sobre la hoja dan la idea que determinará el triunfo o fracaso del gesto, de la competencia que no puede sino simplemente reaccionar teniendo en mente el ideal previo, la cómoda postura del ejercicio o posición correcta: la pelota en mitad de la cintura, el brazo completamente extendido, para luego impactar y continuar un recorrido solitario.

En Polvo de ladrillo encontramos una forma de denominar la materialidad que se desprende coreográfica y disciplinarmente, un modo de observar lo inminente: todo golpe es triunfo o fracaso, el recuerdo de las cosas que se erraron, una voz que dice sobre la posible construcción de la historia, sus estructuras, móviles y recorridos; huellas, tierra y tiza. Sin embargo, ahí, en esa cartografía rojiza, solitaria y seca, una sola cosa es cierta: la derrota es inminente y el dictamen irrevocable.

Mi marido se instaló / con una tienda de deportes / que al poco tiempo quebró.

En los cruces, entre la idea y el impacto, se delinea el texto: ¿qué piensa el jugador que observa la pelota acercarse? ¿Qué aprendizajes, errores, miedos o promesas condicionan el trayecto? Un libro sobre el tenis y sus rituales, los protocolos que hacen llevadera la derrota: depositarse entre las manos del oponente, como transición y silencio de lo que se tiñe rojo en el curso del pie que tacha, mientras la arcilla anuncia el tránsito del cuerpo estremecido en su paisaje, voz y cotidiano.

Al entrar / a la ducha // después / del partido // la arcilla / desciende // como sangre / entre las piernas.

¿De qué otra forma si no en un poema? Entre el cuerpo y su relato, entre la arcilla y el pensamiento o entre el impacto y su memoria, existe la construcción de una posible idea que dé sentido al trayecto, así como todo golpe provoca que la red se estremezca.

Portada Polvo de ladrillo
Andrés Urzúa de la Sotta, Polvo de ladrillo. Libros del Pez Espiral, 2019.


Sebastián HerreraSebastián Herrera Gajardo (Concepción, 1984). Periodista. Realizó la investigación del documental La Colorina, sobre la vida y obra de la poeta Stella Díaz Varín. Obtuvo la beca de la Fundación Pablo Neruda en el año 2008. En el 2013 escribió y dirigió la obra En la medida de lo posible. Ha publicado la plaquette Copia oculta (Vox, 2011 / Cuadro de Tiza, 2012) y el libro Mesa familiar (La Calabaza del Diablo, 2018).