Perfil editorial: Montacerdos

Nacido en medio del boom de las editoriales independientes, Montacerdos alcanzó rápidamente un sitial de prestigio y reconocimiento gracias a su catálogo, el que ha sabido hacer frente tanto a la emergencia como al rescate de voces interesantes pero olvidadas del panorama literario latinoamericano actual. Tomando en cuenta los antecedentes mencionados, aprovechamos de conversar con los responsables del sello sobre su origen, la construcción de su identidad y el futuro que se les viene.


¿Cómo nació Montacerdos? ¿Quiénes lo componen?

La idea de la editorial nace el año 2012 cuando nos reunimos Luis López-Aliaga, Diego Zúñiga y Juan Manuel Silva para levantar un proyecto que permitiese visibilizar, primero, la literatura latinoamericana que estábamos leyendo, y, luego, algunos textos de otras tradiciones que nos interesaba poner en circulación. El nombre, aunque suene curioso, proviene de una novela breve (o cuento largo) del autor peruano Cronwell Jara.

Desde el 2013, cuando publicamos nuestro primer libro, hemos tenido colaboradores ocasionales, como Claudio Silva Barandica, sumándose el 2019 de manera orgánica Katherinne Lincopil y Soledad Abarca, quienes han hecho posible repensar el sentido y destino de Montacerdos.

Su catálogo se especializa en cuento, pero han incursionado en la poesía, el ensayo, y, ahora último, en el cómic. ¿Qué les interesa publicar?

La verdad es que no sé si nos hemos especializado en «algo». Más bien, diría que hemos navegado por las intranquilas y vocacionales aguas del gusto, sin tener demasiado clara la meta (¿habrá meta o claridad? Lo ignoramos, por suerte). Por esto, creemos que la construcción de un catálogo no es más que la materialización de todos los fantasmas que habitan la lectura. Los cinco integrantes pensamos muy distinto y esperamos que esas diferencias se noten en los libros que publicamos. Con respecto a la apertura al cómic y la poesía, son géneros que leemos desde el principio. Nos encantaría publicar muchos otros libros, en diferentes formatos, pero es evidente que los límites de tales operaciones están delineados por asuntos absolutamente extraliterarios. La cantidad de ideas es inversamente proporcional a la cantidad de libros que somos capaces de producir.

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¿Es posible formular un catálogo más abierto desde la edición independiente?

No solo es posible, sino que es una necesidad. ¿Por qué? Porque al contrario de otras viejas tecnologías, el libro sigue siendo el ámbito más relevante en el que se produce, se mantiene y se comunica el conocimiento. Esto no quiere decir que el libro sea la tecnología más importante hoy en día; de hecho, no lo es. Pero, ¿por qué? Quizás justamente por la pléyade de nociones conservadoras que atrae. Cuando me preguntas por la ampliación del catálogo, infiero que hay una cierto punto inicial más o menos estable. ¿El conocimiento humano es estable? Ojalá que no lo fuera, sobre todo para esa gran parte de la población que no lee, pero bufa y relincha ante cada propuesta de cambio. Sería interesante devolverle esa incertidumbre y libertad a los libros. Que los libros sean imprevisibles (como siguen siéndolo en nuestras cabezas), salvajes, libres. Que los libros incomoden, se desplacen por superficies del deseo, que sean ejercicio del goce y posposición del placer, del significado, del resumen. Que vuelvan a su viejo estatuto literario, pero sin la naftalina y halitosis que se nos viene a la cabeza con todas las ideas en desuso.

¿Cuál es el problema más grande al que se enfrenta un editor?

El principal problema de un editor son la necedad, los prejuicios y la ignorancia de un editor, a saber: el editor mismo. El antídoto para tal afección es el ejercicio de la libertad en la lectura. Didi-Huberman compara el concepto de imagen con una mariposa: para atraparla hay que provocar que se extinga el deseo de atraparla; de alguna manera hay que respetar la distancia irreductible que nos separa, su frágil pertenencia a la vida y la enorme tentación de destruir su existencia solo por el control y la propiedad. Algo así ocurre con los textos y los libros: creemos en los jardines porque son habitados por la vida, por la energía de la vida, no porque nos gusten las rejas o los límites. Una antigua idea china dice que no sirve de nada imitar el agua o la vida; si lo que en verdad está en juego es comprender o participar, hay que ser como el agua y la vida: mutar, ser flexible, avanzar o retroceder poco importa.

¿Qué publicaciones tienen en camino?

Muchas, demasiadas, pocas para la cantidad de cosas que tenemos en la cabeza. Para este año: una selección de columnas de Mario Levrero, el diario de José Lezama Lima, un ensayo de H. D. Thoreau y una novela del colombiano Juan Cárdenas, en coedición con la nueva editorial  Banda Propia Editoras.


Álvaro Gaete EscanillaÁlvaro Gaete Escanilla (Lo Espejo, 1994). Estudiante de Pedagogía en Castellano y editor en las revistas digitales Jámpster y Tatami. En 2016 obtuvo una mención honrosa en el Premio Roberto Bolaño, categoría poesía, y el 2018 fue becario de la Fundación Pablo Neruda. Poemas suyos aparecen en Maraña. Panorama de poesía chilena joven (Alquimia, 2019).