Extracción: Retamo [Eduardo Plaza]

A dos años desde la publicación de Hienas, Eduardo Plaza vuelve a la carga con su primera novela: Retamo (Librosdementira, 2019). En este introspectivo viaje desde el sur hasta la localidad homónima del norte de Chile, los silencios y las omisiones se vuelven más elocuentes que la propia palabra, sobre todo como forma de exorcizar los fantasmas personales y profesionales.


Lobos de mar

 

Javiera,
¿Sabías que la Tierra es plana? Mi padre me lo dijo. Yo estaba una mañana en las dunas de La Herradura y él llegó a sentarse conmigo y me lo explicó. A ti no te gusta que hable así. Se murió cuando yo tenía dieciocho y jamás pudiste entender que un sujeto muerto hablara con uno vivo. No lo ves, me dices. Sí lo veo, te respondo. O te respondía. No te gusta. Antes la gente pensaba que la Tierra era cilíndrica, me dijo mi papá ese día en las dunas. Se colgó un jueves. Pero ahora sé que es plana, continuó. Amarró una cuerda en la baranda del balcón de su departamento. Mira al fondo del mar, hijo. Se la ató al cuello. Al horizonte, dije corrigiéndolo. Él soltó una carcajada. Se subió al borde del balcón. Sí, al horizonte, eso quise decir: mira en línea recta, me dijo. Miró en línea recta. ¿Ves? La línea es recta, rectísima, ¿no? ¿No te basta con eso, Eduardo? Mira esa bella línea recta. ¿No te dice mucho? ¿No confías en lo que ves, hijo? ¿Para qué más?

Cuando nos avisaron fuimos con Laura. Ya lo habían levantado. Colgado solo quedaba el trozo de soga.

A ti esas conversaciones te ponen muy nerviosa. O te ponían, no sé. Sí: te ponían. Hace unos días en Tortel vimos un lobo de mar muerto. Tú y yo, quiero decir. ¿Te acuerdas? Mi papá estaba sentado sobre su lomo. Lo siento, nunca te dije eso, pero sí. Sentado estaba. Allí, justo frente a nosotros. A mí me pareció muy irrespetuoso. No le dije nada. Tú me preguntaste cuándo viajaba finalmente. Tu pregunta me incomodó. Cuándo me iba al norte. Sentí que me estabas empujando de un tren que todavía no terminaba de detenerse. Te respondí que no lo sabía, que mi mamá no contestaba mis correos, que en Retamo no tenía internet, que debía esperar a que bajara a Vallenar, que por qué pensabas que había muerto el lobo, que quién retiraba los lobos muertos de la playa, que si acaso subía la marea y las olas se lo llevaban de vuelta, que si acaso el lobo se despertaba de noche, abría los ojos de repente y rodaba todavía inerte hacia el agua, que si acaso se hundía, que si acaso se escondía, que si acaso se lo devoraban jaurías de perros salvajes, que si acaso se evaporaba, se desarmaba se desgranaba se deshacía.

Cuando era chico, Laura y yo vivimos en muchas casas. Varios años antes de colgarse, mi papá dejó de enviarnos plata y ella tuvo que hacerse cargo de todo, por lo que cada vez que encontraba una buena oferta de arriendo la tomaba, sin considerar si llevábamos apenas un par de meses en la casa que estábamos dejando atrás. Vivimos en varios lugares distintos de La Serena y Coquimbo. Coquimbo era mucho más barato, así que terminamos quedándonos ahí. La población Guayacán, El Llano, San Juan, Shangri-La. Esto fue antes de que volvieran a poner en pie la casa en Retamo y nos fuéramos a vivir allá. En uno de esos cambios viajó a ayudarnos desde Vallenar mi tío Jaime y se consiguió una camioneta. Con un par de viajes bastaba. No teníamos mucho y vivíamos tranquilos con la carga liviana: dos camas y dos colchones de una plaza; un televisor; un sofá retapizado pequeño y floreado, bajo el cual se asomaba ―al menos eso recuerdo, pero puede que sea un invento― una tela celeste gastada; una pequeña mesa de centro de madera; un anafre que nos servía cuando la casa que arrendábamos no tenía cocina; un ropero pequeño y otro mueble para la ropa; nuestra ropa; y tal vez unos pocos implementos de cocina. Estábamos terminando el último viaje. Laura estaba al interior de la casa ordenando. Entonces mi tío detuvo la camioneta afuera y me hizo unas preguntas muy incómodas: ¿por qué todavía quieres a tu papá? Efectivamente, en esos años yo seguía en contacto con él. Sabía dónde trabajaba y me pasaba a su oficina después del colegio. ¿Por qué lo sigues queriendo si tu papá no te quiere a ti? Yo no tenía más de seis años. Tal vez siete. ¿Has visto que le pase plata a tu mamá? Pero no se trataba de que yo lo amara. Se trataba de que mi papá hablaba mucho. ¿No sabes que la ropa que te pones la compramos nosotros, la familia de tu mamá, tus tíos y tu abuela? Y como mi papá hablaba mucho yo no necesitaba decir nada. Me escondía en sus palabras. ¿Por qué no nos quieres a nosotros como lo quieres a él? Yo era un niño muy tímido y me costaba hablar. Cuando mi tío iba a vernos con su familia, yo no salía y me encerraba en la pieza o me iba al fondo del patio. ¿Por qué no nos vas a ver a tus primos, a tu tía y a mí? Me costaba responder. Me evaporaba, me desarmaba, me desgranaba, me deshacía. ¿Por qué no le dices a tu mamá que se vengan a Vallenar?

Algo parecido nos pasó a los dos, Javiera, ¿o no? Tú y tu verborrea aplastante. Yo: un tipo breve que necesita que alguien más rompa esos silencios eternos. Tal vez por eso hablo con el fantasma de mi papá. Lo necesito. Quería escribir esto porque no sé cuándo volveremos a vernos. Por lo pronto, no me quedaré menos de cinco o seis meses con Laura, aunque ella no lo sabe. Se lo diré cuando llegue a Retamo. Me llevo casi todo lo que puedo cargar. Le regalé los libros al vecino gordo de la casa roja. Dejé en el hogar de ancianos la ropa que no me puedo llevar, tres pares de zapatillas, los zapatos para la lluvia, la pelota de fútbol y un sinfín de tonteras que no sé cómo conseguí ni de dónde salieron. Los cuadros que compré en Coyhaique se los vendí a los dueños del hostal de la plaza.

Intenté hacer el ejercicio: cuántas veces me he cambiado de casa desde que nací hasta hoy. Laura me tuvo en el hospital de La Serena y, dos semanas después, ella y mi papá se cambiaron a una casa más grande. Esa fue la primera vez. Tú y yo terminamos y yo voy a cruzar Chile y me voy a ir a Retamo a verla. Esa sería la última. Entremedio, algo así como doce o trece casas, departamentos y pensiones. Desde los seis o siete años en adelante tal vez. Antes de ese tiempo tendría que preguntarle a Laura.

Todos los recuerdos que tengo de Retamo antes del alud me los he inventado y creo que mereces saberlo. Nada es real. Eso que te contaba del río. Eso de los cerros. Ese juego en el que le preguntaba a Laura cuántos años tenían las cabras. Mentiras. O tal vez no mentiras: inventos. Quiero escribir un cuentito con mis inventos. Recordar inventando. A veces tengo pequeños flashes: veo el espino al que nos montamos con mi mamá y del que nos bajaron cuando salió el sol. A veces también lo sueño. Trepo. Me descuelgo. Trepo. Me descuelgo. Me aferro a los brazos de Laura. Laura llora y me ruega que no me suelte. Yo no lloro, aunque supongo que debo haber llorado muchísimo. Y eso es todo. Nunca he podido recordar ni un solo segundo más de los años previos al derrumbe de la casa y de nuestra familia. Del resto me he enterado por mi tío Jaime. Él me contó que mi papá no subió a buscarnos. Que se lo encontró tirado en una mediagua, entre borracho y en shock. Todo eso es cierto. Laura no me contó nada. Ni sobre eso, ni sobre lo que hablaron con mi papá a solas cuando él llegó a vernos al hospital, varias horas después. No recuerdo nada, Javiera. Nada. Ni el alud ni el hospital ni a mi papá ni el rescate ni mi llanto. Todo lo que puedo decir son inventos. Y me muero por saber. Me muero por los recuerdos que Laura prefiere borrar. Laura prefiere rebanarse un dedo para no sentir lo que siente cuando recuerda. No me va a decir nada y yo no me atrevo a preguntar.

¿Te acuerdas de la vez en que celebramos mi último cumpleaños? Saliste tarde del trabajo y yo no pensaba hacer mucho. Había estado tomando piscolas toda la mañana y en la tarde me fui a dar un par de vueltas después de limpiar la cocina. Pasé por la botillería y traté de comprar un vino, pero la máquina me rechazó la tarjeta. Esos fueron mis peores tiempos financieros: estaba escribiendo mi tercer libro por encargo y el tipo no quería pagarme un avance mientras no revisáramos el primer borrador. Yo no sé si tenía miedo de que estuviera estafándolo o si pensaba que en Chile Chico no teníamos internet para conectarnos a Skype. Fui a la Fiscalía, a tu oficina, a pedirte plata, cosa que nunca era algo muy digno. Tus amigos abogados me saludaban efusivamente y me llamaban «el escritor a pedido», con un tono condescendiente. «¡Llegó el escritor! A ver, cuéntame, ¿la biografía de qué millonario estás escribiendo?». Tú decías que era solo mi inseguridad. Pero es cierto: escribir libros mal pagados, con mentiras heroicas de viejos cuicos para que lean sus nietos, es tocar fondo y, salvo por un par de excepciones, yo me dedico a eso. Las excepciones son mis libritos personales y pequeñitos que no lee nadie. Tomé los diez mil pesos y compré tres botellas de vino y con lo que me sobró le sumé una caja más. Como te demoraste en llegar a la casa, ya me había tomado dos botellas esperando. Te encontraste conmigo medio tumbado en la mesita del living. Esa vez me dejaste fumar adentro. Puta que sufría saliendo a fumar al patio con ese frío. ¡Mierda, Javiera!, nunca entendiste que un chango como yo no resiste temperaturas bajo cero. Esa vez bajamos el tinto en caja ―me bajé el tinto en caja― a las cinco de la mañana y decidimos tomar la camioneta y largarnos al valle lunar a ver el amanecer. A mí me gustaba mucho porque, de alguna forma, me hacía recordar el desierto de Atacama. Tú me contaste que antes había un volcán o el valle era un volcán o algo así. Partimos nomás, cagados de frío y todo. En el valle nos besamos, nos calentamos, te bajé los pantalones y empecé a masturbarte apoyada en el maletero. Te encantaba que te metiera los dedos y estoy seguro de que tenías mejores orgasmos así que tirando conmigo. Luego volvimos a la casa y no culiamos porque, como sabes, borracho no se me para. El punto es que hace unas semanas, cuando me pediste que fuéramos al mirador de la plaza del Viento, pensé que tenías el mismo plan: que nos besáramos y que te masturbara. Y como todavía estaba medio sobrio, con un poco de suerte, hasta podríamos terminar culiando. En realidad no sé por qué lo pensé, si llevábamos meses sin más contacto físico que el beso de despedida luego del desayuno. Aun así, no se me pasó por la cabeza que buscabas un momento y lugar memorables para decirme que no querías más. Que te habías cansado. No sé si era necesario tampoco escenificar esa conversación. Los amaneceres o las puestas de sol están sobrevalorados. Esa misma noche me fui a dormir al sillón. Me dijiste que no importaba seguir compartiendo la cama, que no dramatizara la situación, que me tomara los días que fuesen necesarios, pero no sé, creo que necesitaba dramatizarla y ser tonto y exagerar. Al día siguiente mi tío Jaime me avisó lo del accidente de Laura y de pronto a Laura le faltaba el índice izquierdo y yo tenía un plan y ahora resulta que me voy porque soy un buen hijo y no porque ya no quieres estar conmigo.

Tal vez, en otra circunstancia, me hubiese bastado con llamarla cuando ella bajara a Vallenar.

Nunca te gustó que le dijera Laura y casi nunca mamá y jamás mamita o mami.

Estoy escribiéndote en el barco que tomé en Chacabuco, camino a Puerto Montt. Durante el viaje en bus desde Puerto Ibáñez a Coyhaique vi tres cuerpos colgando en los árboles de la carretera. De tanto verlos he aprendido sobre ellos. Sobre los míos, quiero decir. Los rostros de mis colgados no tienen marcas de dolor: diría que en ellos la vida todavía no escapa. No se mecen, como dicen las películas. Un cadáver suspendido permanece firme y quieto como el martillo de una aldaba, haciendo mímica con el tronco. Uno de los cuerpos era el de una niña pequeña. Mi papá se intentó colgar una vez antes de conseguirlo. Fue su ensayo general. Todavía vivían juntos. Vivíamos. Yo tenía cinco años. Laura lo encontró simulando que se ahorcaba, amarrado a una viga en el patio de la casa. Él subido en una silla, llorando, meciéndose, sin atreverse a dejarse caer. Laura sosteniéndolo desde abajo e intentando subirse para cortar la cuerda. Cuando lo hizo, ambos cayeron al suelo y permanecieron allí, llorando como niños. Yo miraba por la ventana de la cocina meado de miedo. Estuvieron así por horas. No me atrevía a volver a mi cama por temor a que pasara algo, no sabía qué. Tampoco es justo que diga que mi papá simulaba, tal vez sí quería matarse, es decir, terminó haciéndolo. Nunca lo vi suspendido en ese balcón. No sé si se veía como se ven estos cuerpos-martillos camino a Coyhaique. Es lindo ese camino, cerca de la reserva Cerro Castillo. Nunca fuimos. ¿Por qué nunca fuimos?

Le pregunté el otro día. ¿Estabas simulando o de verdad pensabas matarte conmigo en la casa la primera vez? ¿Lo hiciste para conseguir la atención de Laura? Por supuesto, mi papá no responde nada de esas cosas. Se puso a hablar de la estrella Polaris. Hijito, ¿por qué Polaris está estacionada en el mismo punto del cielo todos los días del año, año tras año, siglo tras siglo, milenio tras milenio, si la Vía Láctea se mueve y la Tierra tiene traslación y rotación? Piénsalo, hijo. La Tierra es plana, hijo. La Tierra no se mueve, hijo. Está quietita y silenciosa. Yo no sabía eso. ¿Cómo un tipo muerto puede explicarme algo que yo no sé? También me contó que vio una tropilla de guanacos corriendo por los bosques de lenga de la reserva, mientras yo dormía en el bus. Te quise despertar, me dijo. Te quise despertar para que los vieras conmigo.

En el alud del valle del Carmen murieron treinta personas y desaparecieron cuarenta y nueve. Esto no me lo contó nadie. Nadie habla de eso en mi familia. Lo leí en internet. Siempre me pasa eso. Obsesionarse con lo que encuentras en la web es sencillo. Laura no habla y yo lo encuentro en internet. Laura no habla y pierde el dedo índice de su mano izquierda. Mi papá muerto solo habla tonterías y los árboles patagones cargan con martillos de aldabas que el viento no podría jamás agitar. No hay suficientes espinos en la ribera del río para cargar setenta y nueve almas. Laura y yo nos subimos a uno y aguantamos como pudimos. Yo era apenas una guagua monito. Colgamos como el fruto del chañar. No sé si alguna vez Laura bajó.

Sé que en algún momento mi historia comenzó a darte miedo, probablemente desde la primera vez que me viste hablando con mi papá, la misma semana en que me descubriste tomando piscola en las mañanas. Yo no sé cómo lo logré; fueron años simulando que solo me emborrachaba de noche, lo que en sí ya era problemático. Volviste de la oficina porque se te había quedado algo y me viste vomitando la vida a las diez de la mañana. Me preguntaste desde cuándo lo hacía y no supe mentirte: te prometo que si lo recordara te lo diría. No me acuerdo. Puede que haya sido durante mi último año en la universidad. O en los primeros años trabajando. Como sea, muchísimo antes de conocerte. Mis respuestas abúlicas te enfurecieron y reventaste contra el piso del patio todas las botellas que encontraste en la casa. Una gota más de alcohol y te vas, me gritaste. Una gota más y te juro que te ahogo en el General Carrera. Dos noches después te despertaste con los ruidos que yo hacía en la cocina y me encontraste gritoneando susurros hacia el vacío. Creíste que era delírium trémens y no, Javiera, ya sabes que no, porque en esta delicada artesanía de esconderte cosas también estuve años sin contarte que hablo con mi papá desde que supe que se había ahorcado. Después de eso nada fue igual. Una cosa era lidiar con un borracho y otra muy distinta era cuidar a un borracho con alma de esquizofrénico. Ahora pienso que tal vez fue un error decírtelo. Debí seguir mintiéndote. Debí perfeccionar mis técnicas para fingir sobriedad y mantenerte ignorante de la basura que guardo dentro. O, no sé, decirte sí, qué locura esto del delírium trémens, mi amor. Pero ya pasó. La honestidad es tan peligrosa cuando no has leído las instrucciones, Javiera. Y el impulso final de esa carrera corta de decir la verdad fue contarte de los otros colgados. Qué tontería. Te imagino intentando dormir al lado de un tipo que alucina con muertos, como en una mala película de terror. Era tanto más simple seguir engañándote. Debí esconderlos. Nadie retira mis muertos de la playa. Nadie los baja de la horca. No hay olas que a pinceladas los devuelvan al mar, donde me vine a esconder.

¿Sabes lo que es un retamo? Es un arbusto. Mide como metro y medio y tiene muchas ramitas estriadas con flores amarillas. Racimos. Adaptó la estructura de sus hojas para sobrevivir en ambientes duros, secos. En algunos lugares, las mujeres pobres usan su flor para practicarse abortos.

No quiero irme corriendo. En Coyhaique me quedé un día. Pienso quedarme otro en Puerto Montt y tal vez un par en Temuco o en Concepción. También en Santiago. También en La Serena. Ver amigos. Tomar. Esas cosas.

Nunca había escrito un correo de despedida, Javiera. ¿Cómo se escriben los correos de despedida?

Retamo Portada
Eduardo Plaza, Retamo. Librosdementira, 2019.


Eduardo Plaza.jpgEduardo Plaza (La Serena, 1982). Narrador, editor y periodista. Es además cofundador de la editorial Noctámbula. Fue seleccionado en 2017 por el Hay Festival como uno de los mejores treinta y nueve escritores latinoamericanos de ficción menores de cuarenta años. Hienas (Librosdementira, 2017), su debut literario, ha sido publicado por distintos sellos en países de América Latina y sus relatos se han incluido en antologías de Estados Unidos, Inglaterra y Francia.