«Contar mi biografía por contarla, ¡qué paja!»: una conversación con Macarena Araya

Fotografías por Juan Pablo Sáez

En marzo de este año, Macarena Araya (1985) inauguró con Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento) el catálogo de Noctámbula, sello que tiene a la cabeza a los narradores Mónica Drouilly Hurtado y Eduardo Plaza. El libro destaca porque sus cuentos tienen la particularidad de que se pueden leer ya sea como relatos individuales o como una secuencia de episodios cuyas recurrencias dan forma a una suerte de novela. Y tal vez cerrando ya el ciclo del libro con esta entrevista, aprovechamos de hablar sobre su proceso de escritura, el haber sorteado la crítica, los problemas generacionales y los personajes olvidados.



Ya han pasado cuatro meses desde el lanzamiento de Paisajes… y has salido en varios lados. Además, la crítica fue favorable contigo.

Sí, y qué nervio ese proceso, aunque es bacán que el libro salga y recibir comentarios de la gente que lo compra. Que un desconocido invierta su plata en un libro tuyo es una gran responsabilidad, porque la plata cuesta mucho ganarla. Por una parte está eso y por otra «la crítica»: todos sabemos de ciertos personajes que hay, muy temidos, y pasar por ahí da cosita. Independiente de que haya «sobrevivido», lo que más me interesa es la lectura que hace la gente que no tiene el deber de decirte qué le pareció el libro y, por lo mismo, han aparecido cosas superinteresantes que no tenía presente.

¿Cómo ves Paisajes… luego de ya haber salido hace varios meses? ¿Lo has vuelto a leer?

La verdad es que no lo he vuelto a leer desde el proceso de edición. Hace mucho tiempo que no lo leo. Coincide con que mi verano fue muy intenso en términos de edición, sobre todo con Eduardo (Plaza), que es el editor del libro. Tuvimos que releer, releer, releer todos los días; pero llega el momento en que se publica, en que tu libro sale al mundo, en que adquiere vida propia, en que hay que dejarlo partir y ser. Además, uno siempre dice «esta coma no iba acá», «esto podría haber sido otro párrafo», «hubiese desarrollado esto de otra forma», en fin. Para mí, lo mejor ha sido no volver a verlo desde entonces.

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—A propósito de «dejar ser» al libro, ¿en qué punto se cede ante el criterio editorial?

Yo sé que hay distintas formas de llevar ese proceso: conozco casos de escritores que presentan el borrador prácticamente listo; entonces, un par de comas por aquí y por allá, se imprime, se publica y estamos. En mi caso, trabajamos harto. Le presenté el manuscrito a Mónica (Drouilly) y a Eduardo, diciéndoles que había que trabajarlo. De hecho, hay un cuento que casi se reescribió por completo. Fue un proceso creativo bien intenso y bien estimulante, por sus cambios. Y el texto se transformó y mejoró mil veces en relación con lo que les presenté al principio.

Una de las primeras cosas que asoman con la lectura (que quizás tiene que ver más con tu faceta de guionista) es que si bien los cuentos funcionan de manera independiente, también forman parte de una historia mayor cuyo desarrollo juega con las expectativas del lector. ¿Esto estaba ya pensado en la etapa del manuscrito primigenio o lo fuiste trabajando con los editores?

Lo fuimos trabajando con Eduardo. Yo sabía que ciertas historias se conectaban, porque de alguna forma era el mismo personaje. Pero también había otras en la que yo quería escribir sobre otras cosas, pero coincidía en que el personaje era mujer. Entonces, Eduardo fue el que vio eso y me dijo: «Maca, este personaje podría ser el mismo. Lee el manuscrito con eso y trata de vincularlo». Recuerdo haberle comentado que sentía que el personaje era siempre demasiado similar, cosa que veía como algo negativo. Pero si le damos la vuelta, que en realidad es el mismo personaje en distintos momentos, funciona. Entonces, ahí comencé a trabajarlo. Aunque tampoco fue escribir una cosa totalmente nueva o sacar en demasía, sino que ir pensando ciertas elementos e ir repitiendo ciertos personajes para que el lector tuviera esa experiencia. Creo que ahí funciona un poquito lo del guion, como un plot twist o un punto de unión. Por ejemplo, en el primer cuento hay un personaje que se llama Jorge Mendoza que vuelve a aparecer hacia el final del libro, y eso me pareció muy entretenido para el lector: «Oh, yo conozco este personaje». Entonces, si se puede leer como una especie de serie o película, para mí es maravilloso.

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¿Por qué decidiste cruzar hacia la vereda de la experimentación? Lo digo porque en varios cuentos, sobre todo en «Puerto Cisnes», se ve un trabajo con el espacio y la visualidad del texto, algo que se ve más en poesía que en narrativa.

De hecho, esa vereda la estoy cruzando con todo. Quizás es mucho, pero me interesa la ruptura, estos elementos extraños. Además, ese momento del libro ha resonado mucho en la gente.

Es que visualmente es muy llamativo.

Sí, es que incluso sin tener tan claro lo que esto significa (porque me han dicho muchas cosas), algo ocurre con ese cuento, con esas rayas, con esas líneas. Ha sido muy interesante. La idea de eso surge porque había presentado otro manuscrito, que es la novela que ahora estoy desarrollando, y había algo similar. Eduardo me dijo que eso igual podía funcionar en Paisajes…, y cuando lo cuajé, encontramos que sí. Algo ocurre que es distinto, que aporta a la historia y, aparte, visualmente es interesante a pesar de ser tan sencillo. Creo que este tipo de experimentación tiene que ver con mi formación como actriz: he leído mucha dramaturgia, dramaturgia alemana, extraña, que juega con el texto, que se acerca a la poesía. Entonces, hay ciertos elementos visuales que han acompañado mis lecturas. Creo que de ahí viene, como algo que siempre resuena en tu cabeza hasta que en algún momento lo usái.

Si estamos en Chile, no podemos dejar de hablar ni del Golpe ni de la autoficción, recursos utilizado en tu libro. ¿Hasta qué punto te ha supuesto un «riesgo» la autoficción, considerando que más de algún lector, sobre todo si es un conocido o un familiar, le va a costar más discriminar qué es real y qué no?

Hay mucha gente que cree que a mí me pasó lo que cuento en el libro, y eso me parece muy divertido. Hay muchas cosas en el libro que no tienen nada que ver con mi historia ni me han pasado porque son ficción; pero por lo que me he dado cuenta suenan como a que me hubieran pasado, se sienten verosímiles. Evidentemente hay coincidencias: el personaje del libro es guionista y yo estudié guion, las carreras frustradas, el personaje vivió en Barcelona y yo también; lo que no significa que lo que escribí haya ocurrido. Simplemente observo algunas historias, algunos personajes o algunas anécdotas, las tomo prestadas y las termino transformando en otra cosa. En ese sentido, la autoficción, tal como la ficción pura, me parece interesante como una puertita de entrada para empezar a desarrollar historias. Solo eso, porque contar mi biografía por contarla, ¡qué paja! Ni a mí me interesa, porque lo que me interesa son las historias. De repente, en tu historia, en la mía, en la de tus amigos, uno encuentra particularidades y un relato; mientras más particular es, más interesante se vuelve de leer. Que en un cuento del libro la madre y la hija viajen con los huesos de su abuela en el asiento de atrás, eso es muy particular.

Y respecto de si alguien me ha increpado, o algo por el estilo, más me han hecho preguntas algunas personas cercanas. Y yo les digo que «siempre voy a robar de ustedes, y, a veces, lo voy a transformar. Lo siento, es mi pega, es lo que me gusta hacer, escribir».

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A lo largo de la lectura de Paisajes…, me quedó la idea no solo de un relato generacional, por todo lo que estamos viviendo en cuanto a la precarización del trabajo.

Uno elige la forma de hacer crítica. Todos los temas que mencionas los trato en el libro, pero no de manera panfletaria, sino que se constituyen como parte del paisaje, de su contexto. No son temas que vayan en la primera línea, pero están ahí. El personaje constantemente fracasa y constantemente tiene que moverse porque no existe la estabilidad. No creo que exista la estabilidad para nuestra generación. Ese fenómeno, que no sé quién mencionó, de que la narrativa latinoamericana es más breve que la europea responde a que no nos alcanzan los tiempos, a que las condiciones laborales son mucho más precarias e inestables que las que gozaron nuestros padres. No obstante, el escritor es un sujeto de privilegio a pesar de estas precariedades. Si me preguntái, yo estoy sobreviviendo con pegas superinestables, las que, en todo caso, me permiten escribir, independiente de que uno escribe cuando puede: entre medio de la pega, en las noches, en las vacaciones, el fin de semana. Entonces, todo es rápido porque acá nadie tiene tiempo para desarrollar una obra, nadie tiene tiempo para pensar, estamos todos cagados de plata, nadie tiene pega. Y si me preguntas, el personaje de Paisajes… claramente no es pobre ni marginal, de ninguna manera: es un personaje privilegiado, pero que está en crisis por culpa de la precarización de nuestro sistema laboral.

¿Qué pregunta sobre PAISAJES no te han hecho y te hubiera gustado responder?

Tenía muchas ganas de que me preguntaran por Mirella Latorre, porque es un personaje que quiero traer al presente y el personaje principal lo dice en su cuento: «No quiero que te olviden», pero igual pasó eso al final. Como que no se repara ni se habla mucho de este personaje que da lo mismo y que, tristemente, sigue dando lo mismo. En ese cuento, está mencionado Marcelo Comparini porque él fue el último que le hizo una entrevista en Canal 13, y que yo no he podido encontrar. Y me di cuenta de esa entrevista porque en Youtube hay algunas notas sobre ella anunciado que había fallecido «la reconocida actriz y locutora Mirella Latorre…», en las que se incluían fragmentos. Le pedí a algunos amigos del canal que buscaran la entrevista y no la encontraron. Por mi parte, busqué todo lo que pude de ella durante mi estancia en TVN y tampoco pude hallar nada.

Es como si hubiera sido borrada.

Es que sí, y es muy cuático porque pasó. Lo único que hay es un pedacito de ella cantando con César Antonio Santis. Y era un personaje bien importante, igual que Augusto «El Perro» Olivares, su esposo, con quien tuvo una historia de amor muy bonita y en quien se basó la presentación de TVN durante la UP, con «Charagua» de Víctor Jara. Esta es una historia que me gusta mucho y es un personaje al que le tengo mucho cariño; además, porque tengo una relación con ella, al igual que la protagonista de la historia. Y la relación que tiene Mirella con Chile me hace pensar mucho en los personajes olvidados, y eso me sigue dando mucha pena y mucha rabia. Aparte, tengo otra conexión con ella, porque hace como tres años que estoy investigando la historia de Carlos Lorca, un diputado detenido desaparecido, y él fue pololo de la hija de Mirella. Entonces, que además se conecten las historias que uno está investigando es una cosa tan mágica que cada vez que pueda mencionar la historia de Mirella y la historia de Carlos y tantos otros personajes, me tomo el espacio de hacerlo porque para mí es un objetivo hablar de la memoria, del sistema neoliberal, de las crisis que estamos viviendo. Para mí, es importante; imagino que para otros escritores no, y está bien. Para mí, es una pulsión, como una rabia. Siento que la rabia es un motor importante para escribir como primer impulso, para querer decir algo, para traer a estos personajes que a nadie les importa.



Matías Fuentes Aguirre (Santiago, 1990). Editor de la revista y editorial Jámpster.