Reseña: «Entre cuadernos, Coyotes y Correcaminos. Sobre La próxima novela de Felipe Becerra» [Florencia Edwards]

Hace un tiempo le conté a Felipe que llevo dos años atrapada en un cuento que no puedo terminar. El llevaba diez años escribiendo su próximo libro, y pensé que podríamos conversar de esto. «Tal vez no es que no podamos, sino que en realidad no queremos terminar estas ficciones que nos acompañan. Tal vez es que no queremos abandonar esos mundos en los que hemos estado metidos tanto tiempo». Inmediatamente recordé algo que decía Philip K. Dick, en su ensayo «Notas escritas tarde en la noche por un cansado escritor de ciencia ficción»:

Lo que a mí me importa es la escritura , el hecho de manufacturar la novela, porque mientras lo estoy haciendo , en ese exacto momento, estoy adentro del mundo del cual escribo (…) después, cuando termino, y tengo que detenerme, separarme de ese mundo para siempre – eso me destruye. (…) Me prometo a mí mismo: Nunca volveré a escribir otra novela. No volveré a imaginar personas de las que eventualmente quedaré aislado. Me digo esto a mí mismo…y secretamente y con cautela, comienzo otro libro.

Este pasaje siguió retumbando en mi cabeza cuando, más tarde, Felipe me contó que estaba escribiendo unos cuadernos sobre las dificultades de terminar su novela, sobre lo que significa  estar atrapado en ese reino y otros temas afines. El conjunto de textos de los que me hablaba Felipe, es lo que hoy conocemos como su nuevo libro, La próxima novela, recién editado por Alquimia.

Ese pasaje del ensayo de Dick me hizo pensar que el de Felipe sería un libro trágico, sobre no querer dejar de lado a sus personajes, sobre tratar de evitar el abandono, lo que implica no poder terminar de escribir un mundo imaginario. Para mi sorpresa, La próxima novela es un libro que transmite un goce por la escritura y que está plagado de sentido del humor. Un humor, eso sí, algo masoquista. Felipe se ríe de sí mismo – casi de nervio-  como un niño pillo, de no lograr terminar la tarea que se espera de él y que él mismo se propuso. Por otro lado, deja a un grupo de personas en vilo, esperando a ver si termina o no su novela. Un grupo que quizás se quede con los brazos abiertos.  De hecho, yo me considero de ese grupo de personas que ha esperado Los cisnes de Ñache por años, y al leer La próxima novela me pregunto honestamente si alguna vez podré leer esa —su segunda novela— o si esta es la broma más grande que mi amigo me va a jugar, como si me entregara una caja gigante de regalo, pero vacía. Me sentí la presa perfecta de esta trampa cuando leí: «Publicar, después de una década, un librito titulado La próxima novela,  se acerca a una coartada perfecta, un libro que es a la vez la declaración de una pausa indefinida, de un diferimiento que no tiene solución».

Este sentido del humor que es sádico y masoquista a la vez, es muy parecido al de los dibujos animados clásicos con sus sketches de equivocaciones, sobre los cuales Felipe vuelve una y otra vez a lo largo de su libro. Sus páginas de tanto en tanto incluyen poemas que se abren con el verso “Quiero ser el dibujo animado”, y que van hilando una reflexión a otra. A estos dibujos animados se le atribuye incluso, de manera implícita, el carácter de diablillos, de traviesos que están confeccionando siempre delicadas trampas. Como Titivillus, aquel adorable diablillo medieval al que, como leemos en La próxima novela, «los monjes copistas atribuían las faltas ortográficas, las omisiones de palabras y todos los deslices en la transcripción de un manuscrito», y que reaparece  convertido en un dibujo animado medieval, un cartoon primigenio y asociado a la escritura:

Quiero ser el dibujo animado
del diablillo Titivillus
metiendo en su saco sin fondo
todo aquello que los escribanos
-por flojera, por desidia-
dejamos de escribir.

Pero esta reflexión, que me parece el corazón de La próxima novela, no se debe —al menos no solamente— a que a Felipe le gusten los dibujos animados —cuestión que me consta—.

La próxima novela nos muestra el oficio del escritor tras bambalinas, labor que en este libro aparece como algo ligado a la artesanía. El libro nació de notas reflexivas que han acompañado el proceso de escribir una larga ficción. En él incluso se discuten las distintas interfaces por las que el autor pasó en este proceso (escribir a mano, en computador, en post it, en hojas sueltas), hasta que finalmente  encuentra en el cuaderno escrito a mano con letra cursiva un lugar para quedarse (quizás para siempre), y nos describe en qué consiste su materialidad. Nos muestra los planos de ese espacio compuesto por trazos, por dibujos: «Me seduce la idea de que el escritor, al dibujar, suspende su condición de autor para recobrar su estatuto de escribano».

A medida que avanzamos por sus páginas, caemos en la cuenta de que el manuscrito de los cuadernos se va convirtiendo en trazos, en garabatos que van generando un largo dibujo. Una manera  de dilatar el proceso de terminar la novela prometida.

Pienso que el de estos cuadernos no es cualquier tipo de dibujo, sino uno que finalmente toma la forma de una caricatura, un dibujo animado. Tal como Coyote y el Correcaminos, personajes mencionados en el libro, los dibujos animados que yo veo en los cuadernos de Felipe tienen esa personalidad tragicómica —como ya mencioné al ilustrar el sentido del humor del libro—, una personalidad parecida a los gestos de lanzar yunques, de generar explosiones, hasta que los personajes quedan arruinados y se vuelve a comenzar de cero en el siguiente «chiste»:

Sospecho que, de aquí en más, cada uno de mis libros, compondrá un intento por recomenzar desde cero. (…) Lo que impulsa esa hipotética insistencia es, más bien, una atracción infantil por las ruinas, por la posibilidad siempre imaginada de construir un mundo a partir de los escombros de otro mundo- el que heredamos.

Lectores, o incluso autores como Philip K Dick, pueden sentir como algo cruel la destrucción de un mundo y de sus personajes para volver a comenzar sobre sus ruinas. Pero en La próxima novela, esa “insistencia en la tabula rasa” se aprecia más bien como la posibilidad de un Reino del Juego, tal como ocurre en los dibujos animados que reviven de las formas más creativas e insólitas, creando una alegría de la repetición. El libro, de hecho, establece una analogía entre la escritura y los dibujos animados, en los cuales Felipe ve «una suerte de laboratorio donde los recursos de la narrativa se reducen a su mínima expresión para relucir de manera más intensa».

Me he atrevido a imaginar que en este montaje de La próxima novela el Coyote correspondería a los cuadernos de anotaciones, en los que se persigue repetitivamente entre ruinas, bromas y fracasos a Los cisnes de Ñache, esa novela de cuatrocientas páginas que se escabulle apenas aparece, como el Correcaminos. Quizá no sea casual que el correcaminos sea un ave, al igual que los cisnes.

Si uno ve un capítulo de estos dibujos animados —los volví a ver a partir de la lectura del libro— el correcaminos apenas se deja ver unos segundos por episodio, como un fantasma.  En cambio el Coyote está constantemente presente, creando artilugios para atraparlo, con los ojos amarillos de cansancio, siendo él el personaje que carga toda «las expresiones no lingüísticas» y móviles que generan las explosiones y los aplastamientos mientras intenta cazar a su enemigo.

A la manera del Coyote, son los cuadernos los que están más presentes en la elaboración de la novela, y los que atrapan el movimiento, el paso del tiempo y  el lenguaje no verbal del proyecto: los cuadernos están llenos de fechas, de contingencia, de recortes, dibujos, de desplazamientos caligráficos. Están llenos de inventos, de esbozos de teorías,  tal como el coyote cuando confecciona sus trampas. Si atendemos de cerca, vemos que aquello que impide al Coyote atrapar al Correcaminos no es que sus inventos sean inútiles, sino que en su excesiva sofisticación actúan como una manera de dilatar la tan anhelada captura. Al apreciar lo rebuscado de sus artilugios, sus espectadores nos preguntamos si su interés en atrapar al Correcaminos es auténtico. Me parece que en realidad, lo que a él le interesa es prototipar nuevos artefactos, crear de por vida grandes e inútiles máquinas de Rube Goldberg, de la misma manera que al escritor pospone la escritura mediante dibujos, esbozos e investigaciones que no llevan a ninguna parte.

Es esto lo que nos enseña y nos muestra La próxima novela. El goce y el aprendizaje que hay detrás de inventar un mundo se halla en dibujar su planos,  armar representaciones desde las ruinas. Desaparecer lentamente de la realidad y volverse un fantasma al imaginar representaciones paralelas y lejanas, al imitar desfachatadamente fragmentos de otros textos, trozos de películas y dibujos animados y al hacerlo todo en secreto, en cuadernos privados, como si fuese una travesura. Me parece que este libro en este sentido es absolutamente generoso en mostrarnos ese secreto –como la adolescente y los niños en la película descrita hacia el final de La próxima novela.

En fin, se trata de un libro lleno de referencias sabrosas, de una franqueza brutal. Cualquier lector apasionado, «autores sin obra» que están escribiendo a escondidas, escritores atrapados que no pueden terminar un libro, o personas simplemente curiosas sobre cómo funcionan otras disciplinas ajenas a la propia, estarán contentos de tener este libro como compañía. Una obra que termina mostrando la ingeniería detrás de una mente fantasiosa, desde la infancia hasta la publicación —y el intento por volver a un mundo ajeno a ella—.

 

 


 

 

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Felipe Becerra, La próxima novela. Alquimia, 2019.

 

 


Foto Florencia EdwardsFLORENCIA EDWARDS (Santiago, 1987). Trabaja en neurociencias. Armó un robot que recita un monólogo que se activa con el movimiento de las personas. Ha publicado libros de cuento y poesía.