Adelanto: Mira lo que has visto [Eduardo Espina]

Mira lo que has visto (Traza editora, 2019), del poeta uruguayo Eduardo Espina (1954), recorre más de cuarenta años de indagación y transformación del lenguaje en el poema, entendiendo este género como un espacio en que los códigos se adensan, pero –y esto es curioso de lo propuesta de Espina- se mantienen en una superficie irregular, vana o transparente. Las palabras son una extrañeza en sí misma, el decir llano no hace sino sumar diferencias, opacidades a los objetos nombrados y aun cuando respondan en el verso, parezcan asentir el cliché, la contigüidad eufónica es su única garantía y la forma en que una duda persiste. En estos poemas, el habla representada -registro, puesta en común-  es una alteración que fuerza el eje del poema desde la mirada de un testigo –incrédulo, perplejo y reflexivo-, que demora en ordenar su experiencia, hasta la extensión enceguecida que este relato posee o despliega. De este modo, la muestra como retroceso va de la abstracción de un lugar vacante, y por ende incierto, a la aglomeración de los objetos, desde una meditación irónica que consiente el choque irrisorio de las representaciones hasta su aglomeración material, suspensiones para seguir hablando en la medida que las señas se pierden o superponen, pasado y futuro: desde la interrogación del vacío a la proliferación marginal de las significaciones: 2018 – 1977.

 


 

 

El palacio de la práctica
(Arte poética)

Hubo voces donde las oían, se dieron
a idolatrar la invencibilidad en bienes
debidos al cabildeo de quienes al caer
con cara de Ícaro abrían la brecha a la
dicha cada vez que del balcón hablara
sin ton ni son las nueve al descubrir el
desorden del destino entre gramáticas
cuyo logro lograra avivar el seso y cesa
de nacer, porque al César, lo que es del
César y a la Poesía, lo que imaginó Dios.
Asomándose al papiro apela al suspiro
para pasar la pócima a los escorpiones,
y todo, por un propósito, por no ver lo
porno cuyo porvenir pospone a medias
la verdad del hado al irse por las ramas
derramando ritmos para que nadie diga,
pues derrama, melodías, días, hipótesis.
Llega desde el hoy como asimismo algo.
Y pensar que todo era antes hasta ayer,
y pensar, que usaban lábaros y bibelot,
sílabas para releer sin mover los labios.
Al girar dejaba al ojo regio los espejos
junto a la jauría del animal geminiano,
y para el caracú rodeado de ocasiones,
salarios, lares, alrededores derribados.
Como buen anubis dispara su carabina
de pecados en época pasada y en esta,
ante la imposible misión se despluma
el plañidero que andaba de cara larga
viendo a las palabras morir abrazadas.
A la ebria letra le parece sentirse bien.
Ay o ah de mí mientras más me elogio,
ah del cielo por hacer que pasen cosas,
cosas como decir, tengo sed, afuera ya
es febrero, cada oído oye al santo botón,
iba la bizca al novio beodo atravesando
charcos con ronchas de la cintura para
abajo y va la sabiduría al arado debido
al buey cuyo valle, está de parabienes.
Cosas que para la poesía serían ahora.
Será para la página el país otra patria
aprendiendo a preguntarle al primero
que puso un pie donde el aire entrara.
Bajo la forma de nada cuanto era oral
por ser cuando el deseo tenía precio y
prisa la palabra para llegar al silencio,
son estrofas ante las cuales cualquiera
de las causas haría lo mismo: miraría.
Mirar o correr el riesgo de perder a la
era en hora buena, será cosa de saber
a quiénes les sirve pensar en voz baja.
¡Qué idioma para disecar en cantidad!
¡Cuánto eco a encontrar en cautiverio!
Sí, cosas veredes a partir de las silvas
cuya valía lo sabrá: difícil cantar todo.
Cantar a la pata y al pomo homónimo,
al mundo, con imágenes involuntarias.
Eso o a su vez sacar acaso de la galera
el canto a priori de un cuerpo privado
echándose a dormir la mona a lo largo
del ejemplo que fue planta o literatura,
sarandí y sentido en sentido contrario.
Debes suponer: nadie rasguea para oír
a la mano amontonada queriendo ver a
quien venga pues la noche se inicia con
acento de augur muy seguro que pocos
palpan, habrase visto pacto semejante.
Así por si un pulgar en el pulso asume
su amorío a las odas dando que hablar,
viene de pasear en ciempiés al poema
mencionado en las enciclopedias, dice,
la naturaleza lo pensó por sí sola, hizo
al universo sentirse bien aunque ceda
y de seda la prenda del buen aprendiz
apresurándose a borrar lo que razona.
Por ser cuando las cosas le salen bien,
el vértigo procura, al ritmo no le resta
importancia por quedarse un mes más
sin ir al cine ni sentir la voz del vecino.
Dando el brazo a torcer, asesina al Ser
para saber cómo será morir a su modo,
bailar la cumbia humana con algarabía.
Entonces, si poesía sería dudar de todo
para llamar la atención del tiempo, haz
que las eras arrasen los cielos al pasar,
haz un sonido donde nadie deba temer
al teruteru pues la historia, no terminó.
La poesía es hacer que lo callado llame
la atención del silencio, que lo sensible
hable bien de la idea durando donde el
músculo duerme y la muerte enternece.
Es hacer que lo cierto suceda despacio.
No da el idioma al alma consejo mejor:
paga las deudas con la palabra arábiga,
con el galimatías de la persona clásica.
Sintiendo sustantivos, alaba la manera
de prestar atención, osa tan astuto un
sudor apropiado, pensable, especular,
con rasgos inaugurados por quien a la
copla plana eligiera en plena parranda
para aclarar al otro tanto atorado en la
mirada si no comprendiera tan atraída.
Hablando, alaba a las sílabas al saberlo,
alaba a la lengua gratis salvada a gatas.
Lengua como guarao cuando empieza a
ser y no para, hasta perder la paciencia.
A modo de adornar los bajos instintos,
su imán no media ni cede. Dice: para la
vida un canon, para la poesía, un cañón.

 

 


 

 

El cine lo hizo casi todo por sí solo
(Los días cuando fuimos los mismos personajes)

Quién no quiso hacer suya a la rubia del descapotable
para preguntarle cómo ha sido ser la hetaira que atraía
a los ojos elegidos por las imágenes para dejarlos mirar.
Ocurría en una pantalla mientras alguien caído en la fila
de atrás decía, “cariño, dame más maníes con chocolate”.
La ilusión vivía de golosinas unas más chicas que otras,
al pretérito a pesar de haber sucedido le pasaban cosas
para querer enseguida, tal vez en algún país semejante.
Sin hacerle caso a las ocasiones perdidas salimos hacia
la cima llevando al idioma a donde más lo necesitaban,
al epílogo de las ideas al hacerlo por su cuenta porque,
la historia aquella podría pertenecer a los cortos antes
de cada película, cine de sinopsis, igual, a la vida misma.
La rapidez del hado dejó de lado el orden según el cual,
y lo supimos, mientras una mano entraba a los bolsillos
y la tuya al tocar el tambor ¡de mi duda!, tan abundante.
Acerca de un sentimiento subido de tono y de los labios
con olor a garrapiñada, no dijimos todo además de algo.
Pasamos la noche durmiendo una siesta en la tumba de
Onán donde de ida a dónde íbamos dimos al absurdo de
seguir un tiro de gracias y tú, por agarrarte de los pelos,
perdiste la oportunidad de entrar al pasado despeinada.
Pasó una hora y a la hora de haber pasado pasó otra, yo
pregunté lo que tú también, porque era sábado y llovía,
la vida iba y venía para que el destino a destajo la viera
verse al espejo cuan cante jondo muy de vez en cuando.
Dada la danza de ese sino los deseos sirvieron de poco,
el cine fue para la inercia lo que un canto para el cisne.
Había oraciones sórdidas escritas en la pared del baño,
“Beto marica y facho”, había, papeles en el piso con un
recado que no vimos de una vez por todas, ni tampoco,
a quien pedía socorro atropellado en pleno boulevard.
Durando a dos voces sentimos la sensación de saberlo,
lívidos y adivinos hasta perder la pista en paisajes que
fue necesario conocer con la certeza de un sentimiento.
Para entonces la luz con su azoro sorprendió a uno solo.
Con un ojo ajeno antes de ser tuyo, y luego dos, ¿míos?,
encontramos la realidad donde la vida supo qué hacer.
La muchacha corría con la amplia virtud de tener toda
la carne en el asador, un aspecto para mirar al mundo
desde la voluntad en representación del pensamiento.
Tenía el infinito a favor y la fe, con las horas contadas.
Su personaje en jaque prefirió no tener tan pronto frío,
no saber qué verdad vino al universo a quedar a mano
a modo de excusa, cuando bueno hubiera sido conocer.
Yo apenas supe preguntar y por guiar al entendimiento
las interrogantes dieron ganas de abrir varias ventanas,
ser parte otoñal de algún aledaño con sus años encima.
La respuesta estaba, y en la invisibilidad hablando sola
la niebla vino a visitar a quienes quisieron añadir ratos
a las horas del hombre y la mujer al perder su sombra.
El aire que la vio a vuelo de pájaro, oyó a la vida venir.
En la película mientras tanto, ambos a gachas vinimos
a conocer la zona menos cierta, a existir ante lo propio.
La novia del descapotable manejaba la verdad con ella
(la película la vimos en el cine Ambassador), y después
de American Grafitti vimos a una fila de seres y gente, al
malón humano esperando para ver la función siguiente
cuando eran las diez de una noche y dijiste, y ahora qué
cenamos, como antes habías dicho, qué ropa me pongo.
Hacía frío, del aire salía hielo y del tiempo, los minutos.
Cruzamos las avenidas buscando algo que desconocías
bien qué sería, quizá la pocilga donde engullir mollejas
viejas, miramos el menú, seguimos de largo, saludamos
a la ciudad cedida al convidado con manduca en la boca.
Antes de la penúltima vez de olvidar en vano movimos
las piernas como quien da el próximo paso, pensamos
en la película y no sé si yo, ¡o tú!, tarareó la canción del
asunto inusitado, Runaway porque el falsetto al vibrar
en la voz de Del Shannon dio la idea de que el destino
habría llegado, aunque volviera la pregunta al principio
del Espíritu Santo ansiando estar lejos, cuanto más lejos
mejor de los ojos, del torso al quedar perdonado recién.
Tal como creímos haberlo dicho, la dicha duró noventa
minutos durante los cuales fue su condición la culpable,
y para peor, el entusiasmo se hacía pasar por uruguayo.
En los sueños del azar el deseo iba de una vez por todas,
y más hacia delante iría el Thunderbird blanco, como si
la molicie del conocimiento hubiese tenido que ver con
la vida en días sin hoy, pero en los demás, quien maneja
el sedán descapotable cruza las calles por donde anduvo
el orvallo averiguando, ¿sería el halo iluso de la suerte el
del semáforo al hacer frente al fario del dolce far niente?
Como supuso alguien antes de que nadie más lo supiese,
a la ruina del yo llegaban autos amarillos hallados desde
ayer en la visible noche atravesada por rayos y centellas.
Era, 1974. En el país del año, nada existía por añadidura.
¿Debería agregar a la mirada las cosas oídas entre voces?
Porque el mundo humano de aquí en más es un misterio,
vimos a Lautréamont sin que fuera él, sino uno semejante
buscando en el eco candores que le hablaran en voz tenue.
A ese, con ansias e iniciales lo vimos a los pies del instinto
que entendía la dicha de una belleza cuya dosis salida del
error posterior al cuerpo reparaba entre remembranzas
la parsimonia de seres asomados a la mirada en cuclillas.
Vinimos a caer rendidos, a repetir en pleno solsticio una
cierta causa exterior ocupada por el clima a medianoche.
El esplín se llenó de parsimonia, como de horas hechas en
alguna noche, aparte del cuchitril a donde ínfimos fuimos
a morir pues, en las buenas películas, alguien debe morir.
Quedamos en eso, solos por ser dúo, sin orden ni dones
para darle a la duración del vacío mantenido en secreto.
Lo que vino además de muy poco, fue tiempo, despacio.
Parados a la salida del cine pensando en si lo haríamos,
pasamos a la próxima frase según la cual, dijimos algo.
Pasó la época sin que al río le pareciera bien, pasó esto,
pasaron taxis, ocupados, centímetros de introducción
al método, y una novia de cuyos labios abiertos salían
canciones suficientes para decirle al azar que siguiera
de largo. Vimos al mal estar cerca de las cosas ciertas.
Un hombre y una mujer, viendo desde donde estaban.
De a uno a solas, en cine serán como solo la vida sabe.

 

 

 

[1] Los escasos segundos que tiene en la pantalla, y que apenas le dan para decir “I love you” (no la oímos, solo la vemos mover los labios), son los mejores en cine de la actriz Suzanne Somers (1946- ), “la rubia del descapotable”, quien en 1980 publicó el libro de poemas Touch Me. En el filme de George Lucas al que refiere el poema, su personaje carece de nombre y en los créditos aparece como The Blonde in T-Bird.
[2] En un Uruguay de hace bastante, que por una rara coincidencia de la historia tiene muchas similitudes con el de hoy en día, dije en un programa de radio que las cosas estaban tan mal a nivel nacional, que habíamos llegado al colmo de agradecer de que en una situación de violencia callejera nos dieran un solo balazo, y no varios. Agradecíamos a quien, por un acto de humana deferencia, no nos había agujereado de manera múltiple el cuerpo.  El tiro no era de gracia, y por eso le dábamos gracias.
[3] Cuando en “Runnin’ Down a Dream” Tom Petty canta: “It was a beautiful day, the sun beat down, / I had the radio on, I was drivin’ / Trees went by, me and Del were singin’ little Runaway / I was flyin’”, hace referencia a la canción “Runaway”, grabada en enero de 1961 por Del Shannon, y que a fines de abril de ese año llegó al número uno en el ranking de la revista Billboard, posición en la que permaneció por cuatro semanas.
[4] El 8 de febrero de 1990, Charles Weedon Westover se voló la cabeza de un escopetazo calibre 22. Al momento de su muerte, el ciudadano estadounidense de 55 años de edad, conocido por el nombre artístico Del Shannon, estaba tomando Prozac para combatir la depresión. Pidió que su cuerpo fuera cremado y las cenizas esparcidas en California. Una de las curiosidades de su carrera artística es el cover que hizo en 1963 de la canción de los Beatles “From Me to You”, y que tuvo difusión en las radios estadounidenses antes que el registro original. En 1981 grabó una magnífica versión del tema “Out of Time”, de los Rolling Stones, con el acompañamiento de Tom Petty and the Heartbreakers.

 

 


 

 

Juan Díaz de Solís ante la prueba del fin(*)
(El descubrimiento no tiene escapatoria)

En el esperanzarse por la zarza vacía
avistaba lo que vendría aborreciendo:
la ranura en lo numeroso, el modo de
un dominio hacia el cambiante babor,
cuántas cosas que podría si no fueran.
De obrables labranzas, luego del ego
en pleno gol a peligrar con la lengua
de grato trazo o de gato en el aceguá
y de cena unas onzas de ganso, glacé
por el galimatías, qué poca paciencia.
Mientras iba por la visión invencible
viendo en la bruma tanta abundancia,
surgían grajos, agrados, patizambos,
genealogía y no menos anual legión.
Por el borde de aborigen aborbotonó
cuanto tuvo que olvidarse de abrir al
palpar el perseguidor la bolsa baldía,
baldío el tiempo, el pie por la marea.
No hubo amor en la cancha, en el pie
para dar con la bola del gran salvaje.
Así la cigala a nacer del sentimiento,
ahí la menguante ágata o también no.
La imagen que mojada dejaba de ser
a sapos se parecía en boca de buitres,
al barbecho que lavaba las barbaries.
Ave por la que vence al buen talante
natal a los labios cuyo lar es longitud,
o dijo que desconocía la indecisión su
éxito por venir a verlo todavía muerto.
Playa, arena de nácares, aire como ya.
Surcaban quimeras al querer aquietar
la manera del mundo, pero más la era
del oro rodeada después de la persona
soñando mientras entre otras salía ella
rayada hacia el yo del soltero anterior.
Salir, porque nada detenía la felicidad
ni la fe que tenía que ver con visitarla.
Pasaba el tiempo, el pasado por abajo,
erudición, cuánto tendría con intentar.
A ras del ibis verían el astro austral al
acomodar lo que en el tamo mantuvo
su símbolo sintiendo la tropa de unos
ante un gol en Oslo, o solo salía al sol.
Gol, por decir, porque de ludens nada.
Vino a ese fútbol, a morir en el surco
cuyo Sur forzó a sudar la gota gorda.
Le quedaron por tarea estas banderas,
la evanescencia cambiando de vientos
cada vez que pudo para dar comienzo.
Bajo la quilla de todo aquello en ayer,
dieron las habas razón al relámpago
del pago y de por lo menos haberlo
visto durar orondo como debía una
de druida apercibida por la pradera
real y ese predicado ¿oh? cuando a
tan interminable tomo leía hasta ir,
no en odas de godos por las gomas,
mas al mar con pespuntes de plata.
Y vuelve: pone al brillo en peligro.

 

 

 

(*) Tras un viaje interminable en el que todos a bordo de la pequeña carabela pasaron sed y hambre, Juan Díaz de Solís descubrió el Río de la Plata, el 20 de enero de 1516, mismo día en que fue ejecutado por indígenas autóctonos del territorio que es hoy la República Oriental del Uruguay. Hay quienes dicen que fueron indios charrúas, otros afirman que se trató de guaraníes por su condición antropófaga. Antes de comérselo, ante la vista de la tribu enardecida, patearon el cadáver como si fuera una pelota de trapo, empezando por la cabeza. He llegado a creer que aquel, fue el primer match de fútbol disputado en el Río de la Plata, el cual terminó de manera caníbal y sanguinaria. ¿Habrá nacido en ese momento de violencia lúdica y real, con la arena ensangrentada como si se tratara de una corrida de toros, la leyenda de la “garra charrúa”?

 

 


 

 

Portada Mira lo que has visto
Eduardo Espina, Mira lo que has visto. Traza, 2019.

 

 


19663_bgr_EduardoEspina_220x500EDUARDO ESPINA (Montevideo, 1954). Poeta y ensayista, doctor en Filosofía. Sus más recientes libros son La imaginación invisible. Antología 1982-2015 (2015) y Tsurnamis. Vol. 1. (2017). Entre sus poemarios destacan Valores personales (1982), La caza nupcial (1993) y El cutis patrio (2004). En Uruguay ganó dos veces el Premio Nacional de Ensayo, y en 1998 obtuvo el Premio Municipal de Poesía. Sus poemas han sido traducidos parcialmente al inglés, francés, portugués, alemán, holandés, albanés, chino y croata. Está incluido en más de cuarenta antologías de poesía, entre ellas la muestra Medusario (1996). Sobre su obra se han escrito tesis doctorales y extensos artículos académicos. En 1980 fue el primer escritor uruguayo invitado al prestigioso International Writing Program de la Universidad de Iowa. Desde entonces, radica en un pequeño pueblo de Texas, Estados Unidos. En 2011 obtuvo la beca Guggenheim.