Crítica: «Problemáticas irresolutas. Sobre La buena educación de Amanda Teillery» [Paulette R. Fernández]

La buena educación (2019) es la primera novela de la autora nacional Amanda Teillery. Dentro de sus trabajos se encuentra otro libro, un compilado de cuentos titulado ¿Cuánto tiempo viven los perros? (2018). A sus 23 años, y sin aún terminar su carrera de Licenciatura Creativa, ya tiene dos libros publicados bajo su nombre.

La novela La buena educación narra una historia que, según la contraportada del libro, trata sobre problemáticas que atañen a la juventud de un sector social determinado pero que, sin embargo, podría ampliarse a un espectro mayor: la educación sexual, la exploración del placer corporal y los lugares que habitan estas corporalidades dentro de un marco más bien limitado por creencias y costumbres socialmente bien vistas. Si se toman en cuenta las palabras de la contraportada que afirman que trata sobre “la historia de una clase, de una cultura, de una religiosidad, de una noción de familia” desde esta perspectiva generalizadora, difiero en el tratamiento de los tópicos. Las problematizaciones que se vislumbran en los relatos en primera persona de la narradora –Sofía– se ven mediados por las rememoraciones de experiencias un tanto superficiales sobre la construcción de la realidad de una clase social que, además, es bastante acotada, pues solo se centra en tres personajes que constituyen la “buena” manera de ser mujer.

La narración se centra en la amistad de Sofía y Rosario, dos personajes aparentemente opuestos, dos adolescentes que se encuentran como adversarias en un mundo en el que el “qué dirán” es más fuerte que las conexiones íntimas entre dos personas. Las fragmentaciones de los relatos dan cuenta de esta historia cuya excusa es la indagación sexual de Rosario y la ingenuidad de Sofía. Se contraponen como dos estereotipos, dos formas de ser dentro de un contexto católico en donde:

“Parecía haber algo inherentemente violento en la palabra “mujeres”. Tenía demasiadas connotaciones. Nadie se atrevía a usarla para referirse a las alumnas. “Mujeres” evocaba curvas y piernas y pechos y miradas lascivas de hombres mayores. Era una palabra sexuada, al contrario de “niñitas”, infantil y amigable. La palabra “mujer” evocaba sexualidad. Y no querían que las niñas tuvieran una.”

Los temas que debiesen ser problematizados y cuestionados en la historia quedan solo en la mención. La “historia de una clase” se encuentra reducida a pequeñas anécdotas de dos adolescentes y algunos de sus conocidos. La clase social se estanca en la realidad de un colegio católico que basa sus creencias en las apariencias y la constante penitencia de la sexualidad como parte del pecado original:

“Hacía uno o dos años, su mamá le dio que a las mujeres no les debía gustar el sexo.”

Los cuestionamientos que se debieran asimilar dentro del proceso de lectura no quedan más que en la mención pasajera de algunas frases acertadas. La posición de la mujer dentro del contexto de la historia se encuentra en la pugna de las apariencias, de lo socialmente aceptado y las rebeldías de una adolescente que busca compensar el amor parental con el placer corporal. Finalmente se incurre en problemáticas aún más amplias al presentar el placer sexual como parte de la controversia dentro de la “buena” educación impartida por el colegio católico y frases bíblicas – que no hacen más que limitar la exploración– y la desarticula de modo que ahora el placer no es más que un señuelo para llenar un vacío.

“Porque cada hombre se volvía su hogar por un tiempo, un hogar que no podía encontrar en su casa. Pero pasados unos días, semanas, meses, todos los hogares terminaban por desmoronarse. Nunca podía encontrar lo que buscaba en ninguno.”

De esta manera, la supuesta profundización en tópicos como “lo femenino y la sexualidad” quedan confinados a un lugar aún más problemático, se caracteriza a la mujer de acuerdo a su valía desde la mirada masculina. Lo femenino no es lo que cada mujer decide definir como su propia femineidad, sino qué tan deseable es, y la figura masculina, a pesar de no tener mucho protagonismo en las historias pues son personajes secundarios, terminan teniendo más voz que las propias protagonistas. Son los hombres (como especie) quienes separan a Sofía y Rosario, son los hombres quienes les confieren importancia a las mujeres adultas de la historia, de acuerdo a la mirada masculina se puede tener una buena o mala reputación. La sororidad (tema para nada tocado en la novela) brilla por su ausencia en el trato de mujer a mujer. Las mujeres son competidoras, se destruyen entre ellas. Toman espacios comunes para desestimar la valía de una por sus (in)experiencias sexuales:

“Pero, mientras le echaba un inocente vistazo a la lista [negra], su despreocupada sonrisa se borró al ver su nombre. Comenzó a temblar, al mismo tiempo que se apresuró a leer su descripción, en pánico: por ser rígida, por no calentar a nadie […] Casi la podía escuchar una y otra vez: rígida, rígida, rígida, rígida.”

El único atisbo de resolución de alguna de las problemáticas mencionadas en el libro se hace en dos párrafos ya hacia el final del relato. La narradora muestra vulnerabilidad y se cuestiona su posición frente a la sexualidad.

“El problema con los asuntos amorosos era que, cada vez que había tenido alguna experiencia con un hombre, sentía que su cuerpo le pertenecía de alguna manera después. Que lo había dejado marcado, infectado, abandonado, lleno de huellas y manchas. Se sentía contaminada.

Pasaba meses y meses odiando su cuerpo en silencio, sintiendo asco hacia él, como si su piel le ardiera hasta el punto de querer arrancársela. Deseando limpiarlo, quitar todos los residuos que los hombres y el resto de la gente le habían dejado.” (125)

Y aun así no queda del todo resuelto. Finalmente, creo que la “buena” educación a la que apunta este libro con su título y la descripción en la contraportada, es hacer una descripción, una indagación superficial que se resume en esta frase: “¿Cómo se llega a ser una mujer correcta?”. Sofía es la mediadora entre el caos de hipocresía de un estrato social alto, el aborto como tópico se transforma en una experiencia compartida para hablar de una amistad que ya no existe, y el tema que problemático pasa a un segundo plano. Se replican los estereotipos, las rebeldías se olvidan, y la buena educación sigue su curso.

 

 


 

 

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Amanda Teillery, La buena educación. Emecé, 2019.

 

 


Foto Paulette RosalesPAULETTE R. FERNÁNDEZ (Santiago de Chile, 1992). Egresada de Licenciatura en Lengua y Literatura de la Universidad Alberto Hurtado. Forma parte del equipo editorial de la revista autogestionada Ouroboros-Sorobouro.