Extracciones: Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento) [Macarena Araya Lira]

Lanzado recientemente, Paisajes… de Macarena Araya es el título que inaugura el catálogo de la flamante editorial Noctámbula, sello que tiene a la cabeza a los narradores Mónica Drouilly y Eduardo Plaza.

Los nueve relatos que componen este volumen tienen la particularidad de que se pueden leer ya sea como cuentos o como una secuencia de episodios cuyas recurrencias dan forma a una suerte de novela.


SANTIAGO
(SACA LA HUEÁ TE VOY A DESTRUIR ESTA CHATARRA DE MIERDA LOCA RECULIÁ)

Ella tenía un auto chino, vivía en el centro de Santiago y trabajaba haciendo clases en un instituto profesional en Puente Alto. Su auto había sido elegido el más inseguro a la venta en Chile.

Se levantaba a las seis de la mañana para salir a las siete y llegar a las ocho al instituto. Tenía clases diurnas y vespertinas. Terminaba de trabajar a las once de la noche. En las ventanas corregía trabajos, fumaba, leía o iba a comer comida china a la esquina. La comida china era su principal fuente de alimentación. El menú costaba 3.500 pesos e incluía Coca-Cola y wantán. Llegaba a su casa cerca de las doce de la noche. Le dolían las piernas y la espalda por estar tanto tiempo de pie. Para verse más adulta, usaba ropa de su mamá. Creía que así infundiría más respeto. Sus alumnos estudiaban Contabilidad, Ingeniería en Informática, Gastronomía y Administración de Empresas. Los de la noche eran casi todos mayores que ella. Los de la mañana acababan de salir del colegio. Una chica había estado en un programa de baile en la televisión y todos los muchachos estaban enamorados de ella. Siempre le pedían suspender clases cuando la selección de fútbol jugaba un partido. La comida china era triste. Los días, aunque soleados, tenían poca luz.

Ella y Gonzalo fumaban en el balcón que había a la salida de la sala de profesores. Gonzalo era profesor de Filosofía e impartía el mismo ramo que ella. Compartían un horario similar, se habían hecho amigos. Gonzalo tocaba el ukelele y cantaba en las micros. Es lo único que me hace feliz, decía. Fumaban cigarros, a veces llovía, a veces era tarde y a veces corría un viento cordillerano que congelaba hasta los ojos. Hablaban de comidas que les gustaría comer o viajes que les gustaría hacer, pero después llegaba la hora de volver a clases y se separaban. A veces las clases eran buenas. A veces no. A veces algunos alumnos le pedían más información sobre algo y ella pensaba que las clases eran buenas, como esa vez que leyeron un cuento de Salinger y se quedaron hablando incluso en el recreo. Pero casi nunca pasaba eso. A veces terminaba la clase un poco antes y pasaba por fuera de la sala de Gonzalo y lo veía tocando el ukelele y a sus alumnos haciendo cualquier cosa y pensaba que le gustaría atreverse a hacer algo así, pero sabía que no se atrevería nunca.

Las salas no tenían paredes de concreto. Todo era de vidrio. Los estudiantes parecían estar dentro de una pecera. Así se controla mejor lo que pasa, le había dicho el encargado de seguridad del instituto. Una vez, un muchacho que estudiaba contabilidad le había pegado a un profesor de inglés.

Ella veía su reflejo en el vidrio; vestía ropa que no le pertenecía y se veía extraña. ¿Quién es esa que está ahí?, se preguntaba a veces.

Algunos días llovía fuerte y el auto se empañaba y no se podía ver bien el camino. Lo bueno era que ya había memorizado casi todos los hoyos de Vicuña Mackenna y podía evadirlos para no reventar uno de los pequeños neumáticos. Había leído que la venta de ese auto estaba prohibida en Europa y en algunos países de Latinoamérica.

No tenía estacionamiento en su edificio y dejaba el auto en un pasaje donde vivían pacos activos y retirados. Todas las mañanas tenía una notita amenazante puesta en el vidrio: “No vuelvas a estacionar el auto aquí o te vamos a romper los vidrios”. O también: “No sabes leer conchatumadre aquí no se puede estacionar”. Una vez se encontró con una que solo tenía escrita: “Maraca”. Pero en ninguna parte decía no estacionar y ese era el único lugar disponible a las doce de la noche.

Todas las mañanas, cuando iba a buscar el auto, pensaba que lo encontraría con los vidrios rotos o, peor aún, que no lo encontraría, pero eso nunca pasaba. Quizás es alguien que disfruta amenazando, se decía. Mientras manejaba esquivando los hoyos del camino se preguntaba a qué hora dejarían el papel, cuántas personas eran, si era uno de los pacos retirados, si algún día se conocerían.

Un par de días a la semana se quedaba a dormir en la casa de su mamá y aprovechaba de comer mejor, porque en ese refrigerador, a diferencia del suyo, abundaba la comida. Además su mamá empezaba un proceso de quimioterapia. Dormían juntas en la misma cama, como cuando ella era chica y su mamá aún no estaba enferma.

Para ir de la casa de su madre al instituto debía tomar la autopista en Vespucio. En la autopista se leía “A Punta Arenas” y ella se imaginaba que seguía de largo y llegaba hasta la ciudad magallánica y besaba el dedo del pie del indio patagón. Pero, por supuesto, no lo hacía. Y cuando le tocaba su salida, ponía el señalizador y doblaba. Tomaba Froilán Roa, atravesaba La Florida. Llegaba.

Antes de cada clase tenía que pasar el libro de asistencia por una maquinita parecida a las que sirven para consultar los precios en el supermercado. Los colegas de Inglés siempre eran los que más se quejaban de la falta de tiempo y de lo bajos que eran los sueldos.

A veces, después del trabajo, llevaba a Gonzalo hasta su casa en el barrio Yungay. Él iba tocando en el ukelele canciones que inventaba, ella improvisaba la letra de las canciones y las canciones eran cursis y se reían. Gonzalo le contaba sobre sus problemas maritales y sobre el romance que estaba teniendo con la profesora de Inglés. Fumaban en el auto. Su ropa apestaba a tabaco.

Un jueves hubo un taco en la autopista por un accidente entre un camión y una moto. Cuando logró avanzar, vio un cuerpo cubierto con una sábana azul al costado del camino. Pensó que le daba miedo morir y decidió que apenas pudiera cambiaría el auto. Llegó tarde a clases. El encargado académico le dijo que no podía llegar a esa hora, que si eso se repetía tendrían que descontarle parte del sueldo. No le respondió nada, pero tuvo ganas de pegarle o tirarle un escupo. Se acordó de las manifestaciones estudiantiles y de cuando corría esquivando el agua tóxica del guanaco y quiso retroceder el tiempo, pero no pudo. Fue al balcón de la sala de profesores y volvió a fumar. Y cuando llegó la hora volvió a hacer clases. Y en las ventanas corrigió trabajos según las normas APA.

El martes era el día en que salía más temprano y cuando llegó a su casa, a las seis de la tarde, se acostó y se durmió, pero a las nueve de la noche la despertó el timbre. El conserje le dijo que la buscaban dos carabineros. Le pareció extraño. Bajó. Tenía el maquillaje corrido. En la entrada la estaban esperando una pareja de cabos jóvenes. Le preguntaron si conocía a Jorge Mendoza. Ella respondió que no. Escribieron eso en un cuaderno. La carabinera le preguntó hacía cuánto tiempo vivía ahí. Ella le respondió que llevaba un año y preguntó qué estaba pasando. El carabinero le dijo que había aparecido un cargamento de armas en La Pintana y que estas estaban vinculadas a la dirección de su casa. ¿Cómo tienen la dirección de mi casa?, les preguntó. No podemos revelar esa información, respondieron. Ella dijo que no sabía nada y que cómo era posible. Y la joven carabinera que no sonreía le dijo: “Es posible”. Le volvieron a preguntar por Jorge Mendoza. Nunca he escuchado ese nombre, respondió. Le pidieron sus datos, ella se los dio y la pareja se fue.

Llamó a su hermano. Tenía la costumbre de llamar a su madre o a su hermano cuando estaba nerviosa, cuando sentía que algo no andaba bien. Le preguntó cómo estaba, el hermano le contó cosas sobre el trabajo, le dijo que existía la posibilidad de irse un año al extranjero por un proyecto, quedaron de juntarse ese fin de semana y comer tacos. No le dijo nada sobre lo que acababa de ocurrir.

Se puso a buscar en internet sobre cargamentos de armas en La Pintana y encontró varias noticias, pero ninguna reciente. Escribió “Jorge Mendoza”. Descubrió que compartían ese nombre un jugador de fútbol, un profesor de química ariqueño, un joven argentino que había muerto en una riña. Encontró a varios Jorge Mendoza, pero nada relacionado con armas o tráfico.

Entonces pensó en su padre. Su padre había sido comunista y los había abandonado a fines de los años 90. ¿Lo que estaba pasando se relacionaba con él? Quiso llamar a su mamá y preguntarle si conocía a alguien llamado Jorge Mendoza. Pero prefirió no hacerlo. Su madre le preguntaría por qué, ella le contaría, le hablaría de su padre y la mamá cambiaría de tema. No la llamó.

Puso una silla en el balcón y se sentó a fumar. Desde el piso seis en el que vivía, alcanzaba a ver su auto estacionado. Quería descubrir quién era la persona que le dejaba notitas amenazantes. ¿Y si era Jorge Mendoza?, ¿y si las armas que habían aparecido en La Pintana eran una mentira para asustarla? Quizás Jorge Mendoza fuese un carabinero retirado que había mandado a la pareja de pacos nuevos a asustarla. Se fumó una cajetilla completa. No se movió del balcón.

A eso de las cinco de la mañana vio encenderse la luz en una casa del pasaje donde estaba estacionado el auto. Salió un hombre vestido con una bata. No lo veía muy bien, pero sí pudo notar una guata enorme. El tipo fue hasta su auto y pegó un papel en el limpiaparabrisas. Sintió que el corazón se le detenía. Jorge Mendoza, dijo en voz alta. Buscó un cigarro, pero la cajetilla estaba vacía.

A las siete de la mañana llamó al instituto y les dijo que no podría ir a trabajar porque estaba enferma. Nunca antes había faltado, había hecho clases con fiebre, había tomado pruebas con influenza. La mujer que la atendió le advirtió que tendría que recuperar las horas y ella respondió que ya lo sabía.

Tenía llamadas perdidas de Gonzalo. Seguro quería que lo pasara a buscar. Le daba lo mismo. No le importaban el instituto ni Gonzalo ni su aventura con la profesora de Inglés ni el sueldo que dejaría de recibir ni la comida china que no comería ni los alumnos indiferentes que le pedirían terminar antes la clase. Solo le importaba una cosa: entender qué estaba pasando, unir los puntos de la historia.

Manejaba tres teorías.

Primera teoría: el hombre de las notitas amenazantes había inventado lo de las armas. El tipo de la bata era efectivamente Jorge Mendoza, aunque probablemente ese no fuese su nombre real, sino un alias, una chapa. Seguramente era un expaco y había hecho todo el montaje con los pacos jóvenes que habían aparecido en el edificio para que ella se asustara y dejara de estacionar el auto frente a su casa.

Segunda teoría: todo esto se conectaba con su padre comunista, el que los había abandonado a su mamá, a su hermano y a ella en los 90. Quizás Jorge Mendoza había sido su compañero en el partido y se había enterado de que ella era su hija y le estaba tratando de dar un mensaje. Un mensaje en clave. Las armas serían la clave. Lo que había que descubrir ahora era el mensaje. En esta teoría el hombre de las notitas no tenía nada que ver, esa era otra historia.

Tercera teoría: Jorge Mendoza estaba involucrado con crímenes de la dictadura, podía tratarse de un exagente de la CNI. Esa era una idea que comúnmente le daba vueltas en la cabeza. Que había agentes de la CNI o la DINA que todavía estaban activos. Que se reunían y llevaban a cabo pequeñas misiones, pequeñas venganzas en contra de personas de izquierda. En esta teoría el hombre de las notitas era un exagente, los pacos jóvenes recibían sus instrucciones, ellos sabían que su padre había militado en el PC. Si esta teoría era efectiva, tenía que averiguar cómo habían logrado dar con su papá.

Apagó su último cigarro y bajó a la calle con decisión. En la cara se le notaba la falta de sueño. Fue hasta su auto y tomó el papel. Lo leyó. “Esta es la última vez”. Llevaba en la mano todas las otras notas amenazantes. Tocó el timbre de la casa del supuesto Jorge Mendoza, el paco retirado amedrentador, el de la primera teoría. El hombre abrió. Ya no estaba en bata, ahora vestía blue jeans y bajo una chaqueta de cuero llevaba una polera que decía Miami entremedio de dos palmeras. Ella saludó y sonrió y le dijo mucho gusto soy la dueña del auto. El tipo se puso rojo. Mucho gusto no puede estacionar el auto aquí, respondió. En ninguna parte dice no estacionar y no hay ninguna línea amarilla. No sé nada yo a su auto le puede pasar cualquier cosa si lo sigue dejando en el pasaje. Ella le mostró los papeles. ¿No le parece un poco matonesca su forma de actuar? Él subió el tono. Yo puedo hacer lo que me dé la gana así que tenga cuidado. Entonces ella le preguntó quién era Jorge Mendoza. El viejo gordo guardó silencio un par de segundos. No tengo idea de qué me está hablando. Mira viejo ceneta yo no te conozco y a mi papá no lo veo hace años así que no me metas en estas cosas. El paco retirado le gritó. Déjate de hablar hueás loca culiá. Él dio un portazo y ella se fue, pero no movió el auto.

Guardó las notas amenazantes en su chaqueta y caminó hasta un quiosco y compró cigarros. Se fumó dos al hilo y, ahora sí, llamó a su mamá. Ella la notó nerviosa y le preguntó si estaba todo bien. Le respondió que sí, que estaba resfriada y que se había quedado en casa. La madre le contó sobre sus clases de cerámica y sobre el cenicero que le había hecho. Le dijo, además, que la quimioterapia estaba resultando. Ella se alegró y después le preguntó si conocía a Jorge Mendoza. La madre repitió el nombre tres veces. Jorge Mendoza, Jorge Mendoza, Jorge Mendoza. No, no me suena para nada, le contestó. Preguntó por qué. Pensé que era conocido del papá, respondió. Y en dos segundos la madre le contó que tenía hora al médico y que se tenía que ir y le colgó. La palabra papá era una palabra prohibida.

Cuando volvió al departamento le preguntó al conserje, que era un hombre viejo y había trabajado varios años en ese edificio, si en su departamento había vivido alguien llamado Jorge Mendoza. El hombre respondió que no, pero que de todas maneras averiguaría. Ella le preguntó si estaba seguro. Y el hombre dijo que estaba seguro y agregó que tenía una memoria privilegiada y que recordaba toda la tabla periódica. Le recitó una parte y ella lo escuchó. Cuando terminó no le dijo nada, aunque era evidente que el hombre esperaba una felicitación. El conserje le preguntó si estaba todo bien y ella asintió con la cabeza y subió.

En su celular tenía más llamadas perdidas de Gonzalo. También de su hermano. No le respondió a nadie. Comió un yogur y volvió a sentarse en el balcón junto a sus cigarros.

¿Cuándo había dormido por última vez?

Recordó la cara de su padre. El recuerdo era difuso. El recuerdo se mezcló con la falta de sueño. Había una playa. Los dos caminaban de la mano y veían a las gaviotas, pero las gaviotas no sonaban como ellas, cantaban canciones italianas y otras sonaban como el agua hirviendo en la tetera.

Pasaron algunas horas y ella seguía sentada en el mismo lugar. Hacía frío y tiritaba. Sentía el peso de sus ojeras. Miró las hojas de los árboles, que se veían anaranjadas por la luz de los faroles. Tres muchachos que caminaban bebiendo cerveza se detuvieron a rayar un muro con sus firmas. Imaginó que su padre era uno de esos muchachos que se reían y la hizo feliz pensar en su papá sonriendo, tan distinto a toda la pena que ella recordaba.

Su teoría ahora era solo una: Jorge Mendoza, excarabinero, había estado involucrado en crímenes de lesa humanidad y se había cambiado el nombre. Seguía teniendo contacto con antiguos miembros de la CNI y carabineros retirados que se dedicaban a atormentar a gente de izquierda. Para su mala fortuna, ella estacionaba el auto frente a su casa. Y él la había investigado. Cuando supo que era hija de un exmilitante comunista, había empezado el acoso. Sí, esa era su teoría. Sí, ese era Mendoza. Los pacos jóvenes eran parte de una nueva generación de fascistas que buscaban imponer una tiranía en el país. Lo harían de a poco. El fascismo estaba reapareciendo en forma de pequeños actos violentos. Lo había descifrado, todo estaba relacionado, todo pasaba por algo. Ahora ella no se quedaría tranquila, los quería desenmascarar, iba a revelar lo que estaba sucediendo.

¿Cuánto tiempo llevaba sin dormir?

¡Jorge Mendoza!, gritó desde el balcón. El hombre gordo, que iba saliendo de su casa, se dio vuelta y la vio. Ella lo apuntaba con su encendedor, la ceniza se acumulaba en el cigarro que tenía en la boca. Voy a hacer justicia, dijo en voz alta.

Se puso zapatillas y bajó rápidamente. Quería tomar el auto y estrellarlo en la casa de Mendoza. ¡Señorita! Ya sé quién es la persona que anda buscando, dijo el conserje. Ella se detuvo. El hombre le explicó que habían vuelto los carabineros para decir que Jorge Mendoza era parte de una banda que se dedicaba al narcotráfico y que su hijo había vivido en el departamento que ahora ella arrendaba, que por eso había aparecido esa dirección. Padre e hijo compartían el nombre y el oficio. Parece que lo andan buscando al hijo, le dijo el conserje. ¿Estás seguro?, preguntó. El viejo conserje asintió. Tiene que estar tranquila, fue un malentendido, no va a pasar nada.

No se movió durante un buen rato. El conserje le preguntó si estaba bien. Subió por las escaleras. Abrió la puerta de su departamento: montañas de loza acumulada, ropa en el suelo, platos con colillas, la cama revuelta.

Ella quería que las armas de La Pintana las hubiese escondido su papá y que de alguna manera estuviese apareciendo otra vez. Ahora había una historia, sí, pero no era la historia que ella quería.

Al día siguiente fue al auto. Había, como era de esperar, un nuevo recadito en el parabrisas. “Saca la hueá te voy a destruir esta chatarra de mierda loca reculiá”. Le dio lo mismo. Lo metió en su bolsillo.

Manejó por Vicuña Mackenna y los hoyos seguían ahí. Los esquivó y llegó hasta el instituto. Tomó el libro de clases y lo pasó por la maquinita para registrar su llegada. Vio a Gonzalo conversando con la profesora de Inglés y le hizo un gesto de saludo y él se lo respondió. Les dijo a los alumnos que tenían que hacer un trabajo con nota para la próxima semana y los alumnos alegaron. Fue a almorzar comida china y volvió a leer la notita. Intentó hacer un barquito de papel, pero no le resultó. En la tarde, manejó de regreso a su casa y esquivó los hoyos; uno de los neumáticos del auto más inseguro del país se podía reventar.


Portada Paisajes
Macarena Araya Lira, Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento). Noctámbula, 2019.


Foto Macarena ArayaMACARENA ARAYA LIRA (Santiago, 1985). Estudió Teatro en la Universidad Diego Portales y es máster en Guión de Cine y Televisión de la Universidad de Barcelona. El año 2017 fue ganadora del concurso de cuentos Paula y el mismo año obtuvo el primer lugar del certamen de cuentos breves Santiago en 100 palabras.