«Como Sherazade, uno escribe para salvarse el pellejo»: Una entrevista a Américo Reyes

Por Matías Ávalos

Américo Reyes Vera (Curicó, 1960) publicó Los poemas plumaveral (1992), Boleros son boleros (1995), El centinela y su cántaro (2010), Que los cuerpos cumplan su destino (2012) y El flautista (2017). Su último libro, Black Waters City (Nueve Noventa, 2019), es una joya rara, una antología de todos los Américos que fue. La enumeración caótica es una figura literaria que se sirve de relaciones inéditas para abarcar un todo, producir el efecto de una totalidad. Me sirvo de ella para presentar este libro y a su autor: líricos, láricos, huasos de la lira chilena erótica; historiadores ensayistas, narradores marginales/marginales gays, feministas, whitmanianos, antipoéticos; surrealistas y psicóticos, mapuches. Si prefiere los objetos a las identidades, anteponga la palabra poema a esos motes; si, por el contrario, a usted le importan las identidades, ponga poeta o autor. Américo elige hablar de poesía, no del objeto, porque para él escribir es una forma de vida.

Germán Carrasco dice, en una reseña publicada en el The Clinic sobre Que los cuerpos cumplan su destino, que los grandes poemas americanos se escribieron en provincias. Yo me sumo a ese juicio. Las condiciones materiales del centro harían imposible «vivir en la poesía». En cualquier taller literario cool-hipster el lirismo, los poemas de amor, el amor por el lugar de pertenencia (amor, no ese antro del orgullo) o un proyecto de libro no-temático serían mal vistos; pero Américo afirma que escribe porque sí, que no se siente en la obligación de rendir pruebas y que si lo leen, bien, y si no, le da lo mismo. ¿Serán esas las condiciones materiales para una obra que valga la pena? ¿No es eso mismo lo que afirman muchos artistas visuales contemporáneos al ser consultados sobre sus obras que se escurren del discurso? ¿No es esa recursividad insolente la que hace que esa disciplina avance y deje atrás otras rezagadas más acá del imperio del significado? Si me preguntaran qué es la belleza (¡qué pregunta anacrónica, bebé!), diría que es sobre todo armonía. Black Waters City es un libro bello, de los más bellos, en ese sentido complejo de mantener en equilibrio elementos disímiles, que leí en los últimos años.

Portada Black Waters City

Para romper el hielo le pregunto por su adolescencia en dictadura. Américo me cuenta que vivió toda su juventud en esas condiciones, pero que en Curicó las cosas eran calmas. Por esa época ingresó a un grupo literario donde se cruzó con la escritura de autores como Roque Dalton, Ernesto Cardenal y Miguel Hernández. Me cuenta que él mismo fue vocero de las Juventudes Comunistas en los ochenta y que por ese entonces poesía y política eran la misma cosa. Sin embargo, no podía escribir poemas de protesta. «No me salían», dice.


¿Entonces tu ingreso en la escritura tiene que ver con este grupo literario?

No, creo que fue fortuito, siempre me ha interesado la poesía. Lo primero que escribí fue un pie forzado escolar que decía: «Escribe una narración de una mariposa que quiere llegar a la luna», y viéndolo a posteriori pienso que siempre me interesó eso, una cosa medio idílica pero no fuera de la realidad, lo bello de la realidad; quizás un poco para huir de lo terrible, aunque sin negarlo.

Esa es la sensación que me da. Tus poemas, no ingenuos, son conscientes de lo terrible del mundo, pero contienen esos elementos y los vuelven armónicos.

Hay una constancia o un testimonio de sufrimiento, de angustia. En la entrevista que me hizo Felipe Moncada, me pregunta qué pienso de esos poetas que se toman la vida más seriamente, que son más reflexivos, y yo… Ay, no me acuerdo qué le digo, pero me quedé pensando después. En Black Waters City hay un juego en el invento de personajes, pero sus preocupaciones son profundas, casi todos tienen que ver con la angustia de existir. La estructura del libro es lúdica, pero en las preocupaciones de todo poeta, así sea un poeta serio y fructífero o uno todo cagón, está el sufrimiento.

Por eso pensaba que la palabra armonía era mejor porque remite a la disposición orgánica de elementos disímiles. Por eso también quería preguntarte con respecto a la mención constante de la desnudez, la soledad. Son temas recurrentes. De hecho, la desnudez en tu poesía no es solo estar sin ropa.

Pero fíjate que lo es también. Yo soy bien caliente, a mí me gusta la desnudez, esa cosa del cuerpo, la sensualidad; trato de disfrutarlo, aunque ahora estoy viejo y no me pescan mucho… Igual, de vez en cuando salta la liebre (se ríe). Pero, claro, tú te refieres a la desnudez profunda, que también está; esa que trasciende la piel también me interesa.

Los poemas plumaveral y Boleros son boleros aparecen como tus primeras publicaciones, pero luego aparecen como poemas en Que los cuerpos cumplan su destino. ¿Cómo es eso?

Los poemas plumaveral es una autoedición que yo hice en el año 92. Son treintaitrés poemas que algunos aparecen, modificados, en Que los cuerpos cumplan su destino. Y Boleros son boleros son veintiún poemas que publicó la editorial Mosquito en el 95. El título tiene que ver con que son puros poemas de amor homoerótico. Y de ahí no publico hasta que en 2012 sale Que los cuerpos cumplan su destino, que es una especie de antología entre esas dos publicaciones modificadas más lo que escribí después.

Eso me llama la atención. Escribís esos dos libros seguidos, siete años más tarde los incluís en un libro y queda homogéneo, después hacés Black Waters City, que tiene poemas de los tres anteriores y sigue funcionando.

Imagen Américo ReyesEs que en Black Waters City alguien me dijo: «Haz una antología de tu obra, con la edad que tienes», y eso de ser antologador, no sé, no me cerraba como la vez anterior. Empecé con un poema que se llamaba como el libro, donde quise ironizar sobre los usos del inglés que veía por todos lados: no sé, un café conocido de acá se llamaba el American Bar, decimos mall, los cabros chicos se empezaron a llamar Bryan, Kevin, entonces quise hacer un juego con eso y no me resultó. Después quise decir cosas que me daban lata y en algún momento dije: «Bueno, voy a jugar con eso, voy a hacer una antología de un pueblo ficticio», y obvio que no es tan ficticio porque Curicó significa aguas negras en mapudungún, por eso Black Waters, entonces es Curicó y no es, así puede ser cualquier pueblo. Ahí me lo impuse como desafío y empecé a jugar en serio con eso. Por eso están esos cuentos, esas historias. Yo había escrito unos cuentos que no me gustaron, pero otros sí, así que puse que los nuevos narradores de Black Waters City quisieron formar parte de la antología. Bueno, es una cosa literaria, no sé cómo lo ves tú.

Yo lo veo como poesía.

Yo a tu compatriota lo leo como poeta, leo los cuentos de Borges como poesía. Toda esa cosa como genética lo leo como poesía, a diferencia de Sábato que cuenta cosas. Yo no quiero contar cosas, aunque sí me interesa la experiencia.

Sí, hay algo del poema que está siempre presente en el libro más allá de las formas que emplee. Uno se puede reír de los títulos de los libros antologados, El flaitecito caliente y otros microcuentos, por ejemplo, pero tiene un final uno de esos relatos gays marginales que me gustó mucho y era algo así como «la vida se reduce a eso, a tirar y aflojar».

Qué bueno que traes ese a colación, se supone que los títulos son de libros que existen y de los cuales se eligen algunos textos. Yo escribí ese cuento para un novio que tuve y se lo regalé para un cumpleaños con un vinito, pero no me gustó tanto; sin embargo, quise que el título sobreviviera porque me parecía bonito.

Tienen esto del poema que te desconcierta, como el ensayo de este historiador de Black Waters City, que tiene una precisión en el lenguaje, un nivel de desparpajo, de ensayista clásico, de polemista.

Es que él es un amargado, su historia subterránea es que él está enamorado de la poeta suicida de la ciudad. Él era muy amigo de otro poeta, que es Óscar Barbarroja, y antes de que este le quitara la mina alababa su poesía. Después de eso empieza a verle todas la pifias, a concentrarse en lo malo. Eso se da harto. Se nota cuando hay un cambio en la relación afectiva entre poetas. Pero, bueno, vivimos todos en un gran conventillo, qué le vamos a hacer.

¿Y esa dimensión del trabajo de los personajes cómo fue? Porque vos decís que te interesa el poema, no contar, y eso se nota; sin embargo, este cahuín amoroso que alumbrás entre poetas, luego le da densidad a sus posturas. ¿Cómo fue ese trabajo?

Es una pregunta difícil de determinar. No sé, yo el manuscrito se lo pasé a algunos chiquillos de acá que escriben y ellos me fueron haciendo comentarios… Es que al imponerte un desafío, te entregas al cien por ciento; por ejemplo, yo escribía un poema y pensaba a cuál de los poetas de Black Waters le correspondía. A veces por tema, por forma, por tono, le correspondía claramente a uno u otro de los veinticuatro. Pero no sé po, es la pega, es desvelarse, es estar atento a las sugerencias, a los comentarios.

¿Y cuántas horas le dedicás a la escritura?

Yo tengo un trabajo ideal para un poeta, sobre todo para uno de provincia: trabajo las puras mañanas. Ahora cuando termine de conversar contigo hay un vinito esperándome. Yo no escribo solo cuando escribo, estoy todo el día escribiendo; de pronto anoto una idea, me desvelo a medianoche, después la armo. Tiene que ver con la metodología de cada uno.

¿Y cómo es la tuya?

No tengo algo tan fijo, eso de escribir de tal hasta tal hora. En mi trabajo ando con un cuadernito y anoto una idea, y de pronto estoy conversando con alguien y estoy pensando en eso. Trabajo plastificando documentos en la plaza de Curicó, entonces alguien viene y me dice: «Me puede plastificar estos trescientos documentos», y yo le pongo mil obstáculos, porque puedo levantarme a las tres de la mañana por una idea de poema, pero no quiero perder tiempo por plata; para mí la prioridad es la escritura, por más que no gane ni uno, pero la ganancia espiritual es superior a cualquier billete.

Te preguntaba lo del tiempo por la extensión de tus libros. Tus últimos tres tienen más de 150 páginas cada uno.

Soy una persona muy ansiosa, pero para publicar no. Este libro quedó listo el año pasado, el 2018, y yo había publicado en 2015; son tres años, pero no me aproblema. Dejarlo reposar me permitió ajustar cosas; no sé po, a última hora pude agregarles sellos de estilo que aportaron al libro, lo que de apurarme no habría hecho. Poetas que empiezan todos los versos en mayúsculas, otros que cortan versos con guiones…

¿El lugar en el que vivís qué lugar tiene en tu escritura?

Eso es muy presente, yo trato de que mi obra tenga una identidad territorial bien situada. Para Black Waters City andaba preguntando qué cosas son solamente de Curicó, entonces aparece el cerro Condell o una calle que se llama Mónica Donoso, que es la que donó los terrenos para la ciudad. A pesar de todo yo amo a mi ciudad. Para mí es importante, porque disfruto de mi vida a través de la corporeidad física en la que me hallo.

¿Y qué estabas leyendo mientras escribías Black Waters City?

No sé, soy muy picaflor con la lectura. Ponte tú, ahora estoy leyendo una novela sobre La última cena de Leonardo que pillé en una feria y la poesía completa de Vallejo, que me trajo un amigo de La Habana. Me la paso volviendo a Kavafis, Whitman… ¿Sabes qué me marcó? Las mil y una noches. Son cuentos que me leía mi mamá, pero de grande cuando caí en la cuenta de que Simbad o Alí Babá fueron inventados por alguien para salvarse el pellejo, dije: «¡Qué!»… Lo encontré maravilloso.

¿Volvés a esa lectura?

Sí, es un libro total, más que la Biblia. Está todo: las reflexiones sobre el origen del humano, el verso, esa forma tan arbitraria de meter poesía… Alguien va caminando y de pronto se acordó de los versos del poeta. Qué poeta es, da lo mismo, al final es la excusa para decir unos versos que al autor se le ocurrieron. Uno también hace eso y por eso escribe, como si quisiéramos salvarnos de algo; como Sherazade, uno escribe para salvarse el pellejo. Después de ese libro la forma, la estructura, eso de no poder decir el autor, no saber si fue una, uno, varios, a mí me encanta.

¿Y un poema de Américo Reyes que te guste?

«Carta al niño que fui». Lo escribí cuando cumplí 30 años, en el 90. Ya había empezado la democracia, era un tiempo medio raro y tener 30 era dejar de ser joven; no ser viejo, pero ser irremediablemente adulto. Entonces en ese poema hay algo de tristeza, resignación, pero también esperanza. Y ese poema está en Los poemas plumaveral, mi primer libro, y también lo incluí en Que los cuerpos cumplan su destino y en Black Waters City. Y «Ejercicio legal de la mendicidad» también me gusta. Eso de «Si todo el mundo fuera como yo». Sobre todo porque me carga eso de los que tienen la razón, de ser mejor que todo el mundo, si ni uno puede ser como uno. Además, cuando tú dices «Al glorioso pueblo de Chile», en verdad le estás hablando a la clase trabajadora, a cierto grupo de gente, no sé, no le hablas al malandra. Y un pueblo lo componemos todos, lo que me gusta y lo que no. Por eso he estado más recluido.

Una propuesta política interesante, porque vos ahora me hablás de ciudadanos, o el mundo, pero el poema termina en vos, en tu cuerpo, de forma situada y encima medio contradictoria, que sin embargo afirma. Problemas tan grandes y sin solución que al no poder trabajarlos, vos los abrazás, y eso es lindo, ese gesto de retrasar la certeza.

Claro, un poco como Bukowski, algo de no estar ni ahí con nada… Bah, en realidad yo no soy así, yo estoy ahí con hartas cosas. No sé si feliz o infelizmente hay hartas cosas que todavía me conmueven.

¿Qué?

El maltrato animal, el desastre ecológico, las injusticias con la migración, el extranjero que ha llegado a Chile, que no es un país tan próspero pero que es visto como la tierra prometida para tanta gente. Los haitianos vendiendo dulces, esa cosa tan difícil. Ahí en Black Waters City hay un cuento de un haitiano vendiendo banderitas para el 18, no sé. Algo me pasa. Estoy atento a eso, a esa contradicción. Hay una cosa muy triste detrás del enriquecimiento cultural. Eso me conmueve.


Carta al niño que fui

Cerrabas los ojos para mirarte el alma, amor mío,
no como la gaviota que planea
desenvolverse en ningún cielo
sino como el «pequeño dios» abandonado
en el jardín de una iglesia
y que después pidió perdón por llegar a un mundo
en donde todo se compra y se vende.

Tu padre te mostró la rayuela que un bandolero
disoluto había pintado en los zócalos
del expendio de bebidas alcohólicas El Golpe
pero tú eras un lagartijero obstinado,
aun más que yo
que me hice viejo bastante joven, mi pequeño,
antes de encontrarnos para desencontrarnos.

Has sido el primer hijo del río, un falso cazador.
Te gustaba el sol: subías a los árboles
para verlo más de cerca.
Así ponías tu penecillo floreciente
contra el musgo del Puente Colorado, a
un kilómetro de tu población y de la vida
de los demás niños.

Pegadas a ese mito que los alergólogos llaman realidad
quedaron tus orejas
en una RCA donde Eduardo Frei prometía, en 1964,
zapatos nuevos para los niños como tú.
Ya ves qué amarga puede llegar a ser la placidez
cuando nos pica el esqueleto
y el futuro parece ser nada más
que una justificación ontológica.

En cambio tú sabías caminar —millones de células
hicieron de ti el mejor solitario—.
Sabías caminar y llegaste primero que yo al cielo
porque eras —metáforas a un lado—
el más hermoso.

Fuiste capaz de esconder en un puño combado
el primer vello púbico, mi niño,
los primeros intentos de pajarear en la galega.

No en vano el devaneo es ya otra historia.
Aquel jardinero ensimismado —que se creía honesto
sólo porque era capaz de reconocer abiertamente
y a quien quisiera escucharle
que muy pocas veces decía la verdad,
y que hablaba tan bien del amor que parecía
que estaba hablando de otra cosa—
no pensó en nosotros cuando, herido acaso
en su ponzoñosa intimidad, reveló:
El presente me sigue adondequiera que vaya.

Éramos dos compatriotas lejos de su país
cuya única virtud consistía en ser
dos perfectos desliteraturalizados
en busca del literaturalizador ideal.

Y en eso estábamos cuando pasó el tiempo:
diez, veinte, treinta años…

Ahora yo me voy y tú te quedas.
Otro amor hará de payaso y de alquimista
en otro paraíso. He recordado:
la sangre es cruel.

P. D. ¡Dichosos los que han tenido una generación en la cual guarecerse, cuanto más para quienes no la hemos tenido, y hemos debido rendir cuentas, a pito de nada, en ac- tos a todas luces fuera de foco! Y ya se sabe que la generación es el hogar, los vínculos inestimables, las copuchas sacras, el origen de las glorias por cuyas conquistas se sa- crifica incluso el placer y el decoro, y también los chascos compartidos; la generación es el enardecimiento mismo vestido de gala.


Foto Matías ÁvalosMATÍAS ÁVALOS (Quilmes, 1989). Escribió y montó el drama Niñitos furiosos (La Sede, 2013), publicó en Chile Todos juntos estamos solos (Hojas Rudas, 2018) y recibió la beca de creación del Fondo del Libro y la Lectura por su libro de cuentos Todo lo que queda. Vive y trabaja en Valparaíso.