«Si un poema es solo racionalidad, se nota. Se me hace necesaria esa intuición inicial»: Una entrevista a Victoria Ramírez

Para cualquiera que esté haciendo un seguimiento de la poesía joven (- joven) en Chile, Victoria Ramírez Mansilla no debería ser un nombre extraño. En magnolios (Overol, 2019), su primer libro, destaca la naturalidad con la que el poema se desplaza, sin generar jerarquías dentro del texto ni poemas conclusivos. La hablante se desvanece entre la historia familiar y los sueños. Conocimiento e información que no sabemos adónde llegan. La naturaleza se asoma. Las flores buscan su forma de existir, de abrirse paso, dispuestas a cambiar su significado en el trayecto.


¿Cómo fueron tus inicios en la escritura?

Comencé a escribir en el colegio; tenía un blog, escribía prosas, poemas. Luego entré a estudiar periodismo y ahí escribí más que nada crónicas y algunos cuentos. En ese tiempo quería hacer narrativa. Después de que salí de la U, me metí a un taller con Claudia Apablaza y a otro con Paula Ilabaca. Y después estuve en Balmaceda Arte Joven en un taller con Carlos Soto Román. Era de poesía experimental; más que nada fue conocer procedimientos, poetas extranjeros y extensiones de la poesía a otras artes. Vimos Señales de ruta, el documental sobre Juan Luis Martínez, a quien ya conocía. Fue un espacio clave como caldo de cultivo para que después me interesase escribir más. El año 2016 gané el premio Roberto Bolaño en poesía, que para mí fue una sorpresa, y después empecé a trabajar este proyecto con Overol. Estuve dos o tres años escribiendo, reescribiendo y editando. Entre medio saqué un fanzine (Alud) por la editorial Amistad el 2018. Son cinco poemas, con un trabajo gráfico muy bonito.

A simple vista, en magnolios pareciera que hay poemas independientes, que no hablan de un gran tema, pero por debajo hay una especie de historia. Y creo que tiene que ver con esto que hablábamos sobre el impulso narrativo. ¿Podrías comentarnos respecto de eso?

Imagen Victoria Ramírez 2Creo que nuestra «generación» está marcada por el cruce de géneros; no tenemos los prejuicios de lo que es novela o poesía, cuento o ensayo. Y eso nos da, de alguna forma, mayor libertad para poder trabajar nuestros textos. En magnolios creo que hay un relato matriz, que es la historia de mi familia materna, que vivió en Hueyusca, un sector cerca de Purranque, Osorno. Es un pueblo de una cuadra en el que llueve bastante. Fueron años duros para mi familia, porque se murió un tío a los cuatro años, hermano de mi mamá, que era el único hombre en una familia de muchas mujeres. Me llamó la atención cómo mi familia hablaba en los almuerzos familiares sobre este niño muerto. Sentía que había una especie de secreto. A partir de ahí surgieron algunos poemas. Si hubiera que anclar el libro a algo, diría que trata sobre relaciones familiares; pero también surgen otras inquietudes, como las relaciones amorosas, la relación con el tiempo, el cuestionamiento de la maternidad y sobre todo la forma en que se reescribe la memoria. Hay también una presencia violenta de la naturaleza. Y, claro, en el conjunto se podría pensar en un relato, porque es la voz que me acomodó en ese momento. Pero, por ejemplo, ahora estoy trabajando otro proyecto que está más relacionado con el ensayo y no me gustaría restringirme.

Me llamó mucho la atención eso de «la relación violenta con la naturaleza». ¿Cómo se expresa?

No sé si lo logré, porque hay un trecho entre lo que uno quiere hacer y el lector. Me interesaba desarrollar esto, porque Hueyusca es un lugar que no ha cambiado en décadas. Como yo nací y crecí en ciudad, siempre estuve cruzada por los relatos familiares, que hablaban sobre lo hermoso que era vivir en el campo y todo lo que se había perdido al llegar a Santiago. Hay una nostalgia por algo que no viví y me intriga la relación que la gente de ciudad tiene con el entorno. A veces es una relación solo posible en el turismo y las vacaciones; si se quiere, desde una mirada más crítica. Uno suele creer que solo la ciudad es violenta, idealiza los espacios naturales, pero creo que los vínculos humanos están sujetos a situaciones de violencia y dolor, y esta mezcla entre naturaleza y dolor me interesa.

Siento que se ve en tu escritura, al menos en este proyecto, como rasgo el hablar del «niño muerto, del gran tema secreto», y lo hemos hablado, en este texto el hablante se diluye, las historias se van desvaneciendo y aparecen otros pensamientos. Esta gran historia, que aparece en algunos poemas, se oculta. Esa distancia con el relato está de la misma forma en que te llegó a ti. Bastante alegórica, de alguna manera. ¿Podrías hablarme sobre eso?

Me interesaba que no fuese una historia cerrada, porque la memoria está siempre resignificándose. Quizá por eso trabajé todo en tiempo presente. El hecho de no usar signos de puntuación también fue una decisión para no establecer jerarquías entre versos. Me pasó con este libro que, por un lado, estaban estos poemas familiares, y, por otro, tenía poemas que respondían a otras inquietudes, y se fueron mezclando al final, en una voz unitaria. Pero fundamentalmente quería que fuesen poemas que me gustaran a mí, poder disfrutarlos. Esa fue la guía al momento de unirlos y ordenarlos. Hay ciertas historias que se diluyen, pero eso puede ser valioso. Todo está por revelarse, nada está entregado explícitamente en la poesía. Al trabajar con memoria me parecía supercoherente apoyarme en fragmentos. Creo que es un libro bastante híbrido y he pensado harto en el ensayo de Dorothea Lasky, La poesía no es un proyecto, cuando plantea que la poesía no puede trabajarse como un proyecto de ciencia, sino que es un proceso intuitivo y de alguna forma también inexplicable y azaroso.

Me comentabas que te interesaba pensar el poema como pensamiento…

Lo que me gusta mucho de la poesía es el poder de síntesis que tiene, la intensidad que permite. Metáforas simples o cotidianas pueden llegar a complejizarse a través de capas en un poema. Creo que ese potencial de asociar ideas es similar en el cine. Realizas el montaje de una imagen con otra, y piensas que no podría existir en la realidad, como la imagen huidobriana. Hay algo inexplicable en esto y me atrae al momento de escribir. Me interesa la asociación de ideas que permite la poesía, porque creo que está muy conectada al pensamiento. Por eso quería trabajar cierta naturalidad en el libro, pasar de un poema a otro con fluidez.

La idea de naturalidad en el poema, ¿a partir de qué lecturas decantó?

No sabría decir si hay lecturas que me marcaron en esto. Blanca Varela trabaja una transparencia que me parece increíble, y es algo que explica muy bien Mario Montalbetti en El más crudo invierno al hablar del tránsito que tuvo desde una poesía metafórica a una aparentemente literal que no cancela la profundidad del texto, sino que la aumenta. Por otra parte, me interesa que exista cierta espontaneidad en el poema, y creo que Cecilia Pavón, por ejemplo, lo trabaja muy bien. En magnolios, sin embargo, hay un razonamiento, una maceración de las palabras, que no permite la total soltura. No usar signos de puntuación tiene que ver con esta idea de no hacer jerarquías dentro del poema, permitir que el lector elija su ritmo, sus versos, tener conciencia de un rol mucho más activo. En esta época es inevitable no generar vínculos entre un libro y una película, o entre una obra de teatro y algo que te pasó en redes sociales. En ese sentido, yo espero que la lectura de un libro de poemas se traduzca en una conexión sensible con el mundo.

¿Qué lecturas te sirvieron para escribir magnolios?

De lo que recuerdo ahora, El bebé de la muerte de Anne Sexton. De Sylvia Plath, Abejas, que si mal no recuerdo está en Ariel. De Carson, La belleza del marido. La poesía completa de Blanca Varela, que la leí el año pasado en Perú y me ayudó mucho para repensar algunas cosas que quería hacer. Y Louise Glück: Las siete edades y Ararat. Esta autora en particular trabaja lo familiar desde el dolor. Personalmente me parece aburrida la idea de familia feliz. Mi familia no es así, por eso fue natural trabajar esa tensión. Mirta Rosenberg, Damaris Calderón, Elvira Hernández, Emily Dickinson, muchas más. Leí a bastantes mujeres. Claro que tengo lecturas fundamentales de la adolescencia, que fueron poetas chilenos, hombres en su mayoría. A Mistral tuve que releerla por trabajo, y me interesó sobre todo la relación con la madre en sus poemas.

Imagen Victoria Ramírez 1

A propósito de Blanca Varela y Anne Sexton, hay algo muy interesante sobre cómo se inscriben los sueños en magnolios.

Sí, hay algunos poemas que hablan explícitamente de sueños y otros que tienen un ambiente muy onírico. Es algo que está presente, muy permeado por el sur. La familia de mi mamá tiene una relación especial con los sueños y desde chica estoy acostumbrada a hablar de ellos. Te permiten arrancar de la realidad en el poema, como si fuese un relato fantástico, y eso ayuda a dar una impresión quebradiza del mundo. Y, bueno, se conecta a mi propia biografía, la importancia que pueden tener los sueños como una forma de estar alerta a la intuición.

¿Cómo controlas lo intuitivo dentro del poema (para no caer en el delirio)?

Creo que la corrección es fundamental. Hay momentos en que vas caminando o en la micro y te sucede algo que detona una idea que más adelante puede ser un poema. Ese momento tiene algo epifánico y pasa mucho al leer. Al menos para mí es importantísimo estar siempre leyendo cosas nuevas, que me enfrenten o incomoden. Luego hay un momento racional, pensando en el oficio de la escritura: sentarse a corregir, releer en voz alta. Pasa lo intuitivo, el hecho de no entender cien por ciento qué estoy escribiendo, y lo racionalizado: «Voy a escribir sobre esto, me lo voy a tomar en serio», etcétera. Creo que las dos cosas se conjugan en poesía. Si un poema es solo racionalidad, se nota. Se me hace necesaria esa intuición inicial.

¿Por qué magnolios? Parece tener relación con eso de la «naturaleza salvaje», que busca sus formas de aparecer en el poema, y aparece en las quemaduras.

Tenía el recuerdo de un magnolio grande en la esquina de la casa de mi infancia, y esa imagen volvió varias veces. También es el último poema del libro, de alguna forma cierra el conjunto. Sentía que un árbol tan delicado, tan puro, tenía la blancura necesaria para la sala de quemados de la Posta Central. Le di muchas vueltas al título del libro y creo que el magnolio da cuenta sobre aquello natural y doloroso a la vez, que son las experiencias cotidianas.

¿En qué estás trabajando?

Actualmente estoy trabajando en un libro de poemas sobre plantas domésticas, que juega con un lenguaje que intenta ser científico. Lo tengo un poco en stand-by, pero lo trabajaré durante este año. También tengo un proyecto que es una especie de diario de viaje en poemas, y que trata de hablar sobre las relaciones amorosas y el deseo.


Selección de poemas

Parentesco

a esta edad me preguntan
si deseo tener hijos
temo pensar que nadie sabe
cómo ser un buen pariente

sueño a veces con un niño sofocado
lo he olvidado en una camioneta
cuarenta grados y las puertas son ladrillos

otras veces es un trozo de carne
que deshielo paciente bajo el agua

en mis sueños no puede decir sí
al pasar los días nuestra afinidad crece
y cada noche devuelvo la habilidad
de escurrir agua por los ojos

*

Seda

recuerdo de una punta de grafito
enterrada en el muslo para siempre
vasos quebrados en la planta de los pies
sangre que cae en la jardinera nueva
accidentes domésticos y previsibles
el titanio se adapta al músculo
como la seda de los gusanos

es una sola la historia
de los niños tímidos
que observan en el patio

*

Mal de ojo

no se saben las causas exactas
pero el cuerpo se deteriora rápido
dedos índices dejan de ser propios
sacos de trigo saben a fardo
bosques tupidos aparecen en la llanura
noches marcadas con tiza en que los bueyes
pesan lo mismo que las garzas
y los niños aparecen o se esfuman
mientras vecinos ven en el flujo del río
los signos de un carnero que deambula
con la punta de los cuernos como un faro
y los dorsos se les llenan de mordiscos
pústulas caen de las sienes a la espalda

más tarde surte efecto el malestar
se concreta la venta del terreno
se bendice el plano de las casas



Álvaro Gaete EscanillaÁLVARO GAETE ESCANILLA (Lo Espejo, 1994). Estudiante de Pedagogía en Castellano (UMCE, ex Pedagógico). Mención honrosa en el Premio Roberto Bolaño 2016, categoría poesía. Fue becario de la Fundación Pablo Neruda (2018). Trabaja en su primer libro.