Punto de partida: «Reconocer la voz. Acerca de Tierra impar de Francisco Layna Ranz» [Diego L. García]

Hoy hemos comido miel de hiedra, untada sobre pan
…..negro.
El humo era dulzón, parecía cegar a los que huían.
Teníamos en las manos la tajadura que nunca supimos
…..explicar.
Dos, tres veranos después surgió el recuerdo de la miel
…..primitiva. Lo hicimos en torno a una canción y a
…..una cosecha. También de esa época nuestro primer
…..cementerio.
Ahí empezó, inevitable, la historia de los muertos.

(«El descubrimiento de la miel»)

La historia de los muertos se cuenta en una lengua impar. No es que la palabra intente ocupar el espacio de los cuerpos, sino que se reconoce en lo incompleto como un susurro, un tanteo, una aproximación; a eso podemos llamarlo símbolo. Y el recorrido del símbolo siempre es una espiral donde conviven tanto la tradición esotérica como aquello inesperado que a veces definimos como lo poético: «miel de hiedra», el «verano», «una canción», «una cosecha», el «cementerio», una cadena con rastros míticos en dirección a una gran incertidumbre que la poesía de Francisco Layna Ranz resignifica en el código de sus espacios a veces oníricos, a veces bucólicos, a veces interiores. Espacios en los que puede desarrollar su plan: inscribirse en la ausencia y extraer lo que allí acontece.

Él era un bosque con sus pupilas inyectadas en resina y en
…..hielo de porcelana.
No cabían más imágenes en su edad, eso pensaba.”

(«Gigante que sueña»)

El gigante que sueña reaparece a lo largo del libro, ligado conceptualmente a la búsqueda: «buscar sentido siempre es labor posterior». Las ideas de nada, de vacío, de ausencia llevan a un agotamiento de lo real; «resina», «hielo», «porcelana», materiales para reconstruir una existencia que en torno al lenguaje resulta no solo posible, sino sanadora de las heridas del absurdo. «Nunca sabré la razón de la escritura. Todo sucede al / mismo tiempo, en eso consiste». Así, el sujeto poético irrumpe en la ubicación de su relato hacia la idea del desconocimiento que conlleva, y refuerza, la posibilidad de que algo persista en acción de todos modos. Ese estado refleja una manera de la conciencia escritural nada menos que como una conciencia gratuita del vivir. Resulta impactante indagar desde esta postura en las preguntas tradicionales que recorren el hecho poético (o artístico, en su sentido amplio). Desde allí es que debemos leer esta obra.

Los seres y sus contornos dejan tras de sí una estela de
…..nombres. Me apropio de ellos con tan solo observarlos.
…..Soy todo un ladrón de experiencias: eso creo.

(«Nadie en algún sitio»)

No sé lo que es el regreso. Tampoco sé si yo soy cierto, si
…..soy verdadero.
Siempre que abro una maleta me llega una voz que
…..reconozco.
Eso es ahora la vida: reconocer.
Tantear en las respiraciones, buscar en ellas, rastrear el
…..pacto.
Algún indicio de que aún existe lo que dejó de existir.

(«Prólogo para Fabio»)

El reconocer a pesar del no saber. Una forma del poema para aproximarse al sentido. Un tanteo «en las respiraciones», ritmo y distancia entre la vida y «lo que dejó de existir». El indicio de algo nombrable, esa fina línea por donde transita el poema. Parece no haber espacio para la soberbia plenitud de las voces. ¿Qué pueden decir quienes avanzan aturdidos en las cintas de la materia? El pacto apunta a un espacio menos aprehensible. Dirá en otro poema: «Lo nombrado solo queda en mi respiración».

El libro sigue en tramos impares, los números divinos según los antiguos, conformando una secuencia que desarma las leyes del tiempo.

Nos dijeron: el pasado es una probabilidad. El infinito es
…..anterior, nos dicen los caídos. La arena es un ejemplo
…..de lo eterno. Ni la duración ni la edad, ni siquiera la
…..mueca o el acento.
Luego discutimos, como solíamos, el matiz y el significado.
Lo nombrado solo queda en mi respiración, no distinto
…..de cualquier ruido, aunque sea el último torzal del
…..estallido.

(«Nueve»)

En el sueño de los gigantes caben todas las probabilidades y todas las caídas. La escritura del poema respira y se aproxima a ese infinito nuclear, donde las palabras alguna vez habitaron. No sé si Layna Ranz lo asimila a un dios o a la respiración de sus ausencias. Lo único claro es que el estallido de lo material permite que por fuera de su ley se gesten otros lenguajes. Si reconocer la voz implica una traducción del inframundo, habrá que salir sin voltear hacia las presencias que nos siguen, sin pretender confirmaciones ni recompensas más que la fugaz percepción de una dirección.

Portada Tierra impar
Francisco Layna Ranz, Tierra impar. Ril, 2018.

Diego L. García lee el poema «Tres» de Francisco Layna Ranz


diego-l-garciaDIEGO L. GARCÍA (Berazategui, 1983). Profesor en Letras. Escribe poesía y crítica literaria. Entre sus publicaciones se encuentran: Esa trampa de ver (Añosluz, 2016), una voz hervida (Jámpster, 2017; en coautoría con Ivankan), Una cuestión de diseño (Barnacle, 2018) y fotografías (Zindo & Gafuri, 2018). Su blog es: http://margendelpoema.blogspot.com.