Futuro esplendor: Poemas de Martín Núñez

Si entendemos la poesía como el sistema que metaboliza el lenguaje para poner en tensión sus propios estatutos, cabe preguntarse entonces si no es acaso el poema el lugar por excelencia de la sospecha y, por tanto, el de la transitoria disolución de los géneros. Poesía como sinónimo de escritura: despliegue de formas abiertas.

Es esta una de las preguntas que nos aparecieron con estos textos de Martín Núñez, donde una voz alucinatoria, colindante con el absurdo, da cuerpo a unas cartas cuyas destinatarias son distintas mujeres que nunca acusan recibo. Cartas que encuentran su razón de ser en la mera articulación. Poemas.


Lunes 8 de octubre

María:

Entiendo que por cuestiones profesionales —y considerando nuestra última conversación— no debiese escribirte; pero nunca te dije esto. Por mucho tiempo he vivido con un temor constante a los perros, especialmente a su ladrido. No es que me aterre la anatomía de alguna raza en particular, pero esos ladridos espontáneos son mi perdición. Al contar esto, mis familiares suelen hablar de esa vez que un perro me derribó e intentó morderme la cara; sin embargo, no creo que se deba a eso, ya para ese entonces sentía miedo a lo imprevisto. Hasta el día de hoy, trato de evadir las plazas o canchas de fútbol, vivo en una especie de pelotazo constante, aunque los balones tampoco me dan miedo. He estado pensando que quizá por este miedo empecé a fumar, aunque no me atreva a verme la campanilla. Tal vez por eso dejé de comer en mi adolescencia, aunque sabía que pararme significaría la fatiga y, con ello, el desmayo inminente. Un miedo que, al parecer, será eterno, Cristo e l’angelo nell’orto. Supongo que por este mismo miedo preferí alejarme de ti.


Martes 9 de octubre

Stephanie:

Ya que la mía sigue electrocutándose, se tuerce y quema gritando ceniza en Tu oído, aprovecho esta lengua aún inocente. Sigo aprendiendo la lira de Safo y espero zarpar a Tu natal Chipre dentro de poco. Para descubrir las cabezas de los amantes soldaron estatuillas de Eros a los faroles, y siguen como discurso ante el supongo. La «gran» respuesta: a diferencia de nosotros, los amantes y la punta de sus narices corren el velo sobre los labios que anhelan. Anoche Tu mandíbula incorrecta se volvió la imagen más grande, la orgullosa que —al reptar— mueve los serafines del pasillo. Pero atrás mío están esos libros de los que con tanto odio Te hablé, principalmente el de Neruda. Aunque lo compuse cuando tenía catorce años y pensé la mayor traición al verlo publicado, ahora el poema veinte es el índice que más fuerte toca mi espalda. Conocí a un viejo artesano que usa las lenguas de pájaros carpinteros como cuerdas de lira, incluso ocupa las de los que ya están muertos. El hombre es un genio, aunque dice ser más sabio. Ayer lo acompañé a cazar, construimos esta lira y la he estado tocando, por si Llegaras a escucharme.


Viernes 12 de octubre

Paz:

Profesora, aprovechando que las cartas ahora funcionan como vertedero, dejaré caer una anécdota ridícula. Cuando se fueron esos gatitos de los que te hablé, una palabra sin querer deleznó su oración. Decidió dormir junto a la estación de metro cercana a mi casa. Como una de esas palabras bastardas, ha estado mendigando de boca en boca, siendo maltratada en el proceso. Decidí buscarla entremedio de las pipas rotas y la gente perseguida por boinas, las cuales solo terminan de coronar su mediocridad. De hecho, el día anterior y poético, en uno de los tan poéticos vagones, un tonto poético golpeó mi codo poeta con su poético bolso y solo se dignó a decir: «Disculpe, maestro». Resulta que esta palabra bastarda apareció en el diario disfrazada de vida, y yo jurando que un cuchillo oxidado había pasado junto a mi casa. ¿Me creerías de lo que es capaz esta palabra maldita? Si la otra vez llegué molesto al departamento y no hablé con Beatriz por el resto de ese día. A la mañana siguiente, me preguntó: «¿Y tú eres la palabra bastarda?». Con mi boina nueva señalé una de mis tantas costillas y le respondí: «Obvio, siempre aquí dentro».


Domingo 14 de octubre

Valentina:

La pitón azabache tras los árboles y el espacio entre ellos han vuelto a susurrarme la rojez de los duraznos, que evoluciona en devoradora. Por culpa de un caballo, que vino del negro postizo, camino entre carneros degollados a lo largo de este naranjo sendero. El mismo caballo trota sobre mis costillas posiblemente aplastando algún órgano, pues vomito flema amarilla tal como las viejas escupen la negra en terminales. Este olor a vómito es la traición de la carne vencida, que parece ser protegida por los insectos. Voy pateando hormigueros, rasguñando los panales y castrando libélulas; solo el cítrico olor del tiempo en los limones me calma. Pronto entraré a ese túnel verde que —como siempre— parece el final; pero antes ordeno las flores que anticipen las dagas, por si aún te celan.


Foto Martín NúñezMARTÍN NÚÑEZ (Copiapó, 1999). Estudia Literatura Creativa en la Universidad Diego Portales. Por ahora no ha publicado.