Reseña: «¿Qué tienen en común los dos lados de un corazón y de una almendra? Notas sobre Amor divino de Ángela Segovia» [Berta García Faet]

Empecé leyendo Amor divino presuponiendo que iba a ser poesía. Pero enseguida aparecieron señales. Las palabras fueron tramándose mitad poesía, mitad novela. Llevaban al límite del pensamiento la sintaxis de la imaginación. Porque, como dijo muy pronto Lonesom en la primera parte del libro: «Algunas veces me imagino que todas las normas de la gramática cambian de un día para otro». Y dijo, a su vez, El Forastero: «¿No sería como para volverse loco?». A lo que, misterioso, replicó Lonesom: «Posiblemente, pero sería lo más hermoso, como el último crepúsculo en la Tierra. Hermoso y aterrador».

Eso pasó. Señales hermosas y aterradoras, novelísticas y poéticas, iban imponiéndose. Y no solo porque el texto alternara entre ambas: primero unos diálogos, luego unos poemas que uno de los interlocutores invocaba, luego unas historias que el uno o el otro traía a colación, y así todo el rato en zigzag. También porque había signos sospechosos incluso en los poemas, es decir, señales; señales en el sentido de, uno, augurios, y dos, pistas, señas, santos y señas, pistas (de aterrizaje) que indicaban que me encontraba ante una grandísima novela que extremaba lo que podemos llegar a concebir, y lo que puede llegar a sernos revelado. Y es que todos (¿casi todos?) los cabos sueltos, a medida que avanzamos, se van reanudando en forma de corazón, corazón siempre abierto por el lado de lo que rompe delicadamente un círculo. Es decir, de narrativa —que progresa— y de poema —que vuela—. Por usar una de las imágenes más mágicas del libro, hemos de pensar, por ejemplo, en el número 9 como un anillo con rabito. Ese rabito es esa cosa increíble que descoloca lo perfectamente cerrado, es decir, la redundancia, la tautología, lo lindado, la lisura; ese rabito (de cereza o de zorro blanco) es el que hemos de seguir como Alicias dispuestos a encontrarnos, nel mezzo del cammin, con personajes y situaciones y ritmos y rimas y twists que desafiarán nuestra inteligencia y pincharán en nuestra sensibilidad. Porque, como desliza Ángela Segovia en algún momento, «nada es normal, todo está vivo».

Amor divino supura hibridez (de géneros literarios y de todo lo demás) y multiplicación (ídem). Y las señales se ponen a contar, con los dedos. Y cuentan que, si seguimos esos rabitos que Ángela Segovia desperdiga para excitar nuestra intriga, toparemos con sentidos y cambios de sentido. Toparemos con diferencias hechas seres y hechas páginas, no como intermezzos, sino como subtramas o metatramas que, desde lo otro, se arriman a lo mismo. Toparemos con, entre otras presencias, panteras, y toparemos con sus fauces, como grutas de iniciación o anagnórisis. Toparemos con chicas que se elevan en el cielo como la Remedios de Cien años de soledad o como Santa Teresa; con seres que vivían en una nave espacial y que ahora viven en una conversación-viaje-hacia-un-tal-desierto; con demonios y «spiritos». Toparemos con madres o, más bien, «mares», que escuchan, miran y sufren como en las jarchas; con organizadores de festivales de poesía asquerosos que violentan a una chica de pequeña y de mayor y que son como el demonio; con viajes en el tiempo saltando de cuadrante en cuadrante como en una especie de Jumanji. Toparemos con un hoyo que es una casa o que es un agujerito en un brazo de una chica que, como madre, lo adopta como hijo; con colores correquetecorre, corre-ve-y-dile, corre-ve-y-dinos, que se nos escapan como niños o como ninfas, porque nosotros no miramos a los colores, sino que «los colores nos miran». Toparemos con limones que oímos, con lunas que nos dan calor, con almendras que flotan en el cielo y que tienen mucho que ver con un limón, una luna y un corazón; con ángeles. Toparemos con apariciones sin tope; con visitas a la «Oficina de tus propios y peores miedos». Toparemos incluso con letras, letras sueltas y de vida independiente que importan en su especificidad, porque las letras son fe y tienen un reverso. La letra a tiene cabello. En la letra o, por dentro, por fuera, y en su mismo borde, pasan enigmas, enigmas en una, dos, tres y hasta cuatro dimensiones. La letra m es la letra del miedo, pero también la del miserere.

Más allá de esta heterogeneidad de escenas, gestos y figuras, Amor divino destaca por su estructura. Si echamos un vistazo al índice de la última página, la Aventura (la Aventura con mayúsculas) se articula en tres colores (que, como ya sabemos, nos miran y a la vez hacen un ruido como de campanas; campanas, quizás, de anunciación, o simplemente de música). Se trata de los colores púrpura, dorado y verde esmeralda, que vienen a ser como el capítulo 1, 2 y 3 (pero no exactamente, aunque no hablaré de esto, como dice la muy medieval Ángela Segovia, «por ser muy largo de decir»)¹. A lo largo y ancho de estos tres capítulos (que deben leerse consecutivamente, confiando en el rítmico despliegue de la trama), surgen un roman de caballería, unas cuantas canciones, la historia de muerte (y de quizás algo más) de Señor Cuervo y Señora Sorrow (historia que, por cierto, incluye una metamorfosis olorosa y rojiza), una novela de anticipación, un western… La macronovela-macropoema lo toca todo: novelas de aventuras, novelas filosóficas, romances (en su triple acepción de poema-narración popular, de roman y de temática amorosa), cuentos infantiles, cuentos monterrosos, vidas de santos, autobiografías espirituales…

Algo en esta estructura de incorporación y de reescritura me hace pensar en el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita. No solo por sus presentaciones, contextualizaciones y problematizaciones sobre los poemas y/o historias por venir que se van incluyendo, a modo de introducción y exégesis meta (metaliterarias o metarreflexivas, en general). Sobre todo, pienso en su factura técnica exquisita, propia de una virtuosa, desplegada en un repertorio de posibilidades estéticas que parece abarcar todo lo hecho y por hacer en nuestra tradición literaria. Todos los géneros, todos los registros, siglos de reescrituras, todas las vaciladas posibles a la fucking RAE y al fucking imperialismo español y a la fucking esplendorosa fijeza del español no contaminado, todos los desvíos… Todo eso hace parte de Amor divino. Ángela Segovia nos ofrece no los despojos, sino los bellos desbrozos que señalan, significan y auguran nuevas rutas del decir, del hacer y del creer de todo corazón.

Y si son tres los, digamos, libros coloridos que articulan la narrativa poética en tres capítulos, son tres los personajes principales de estos versos-párrafos-dibujos. Volviendo a la cita del principio, acompañamos desde siempre y hasta siempre a dos amigos extraños que charlan muy extrañamente. Uno se llama Lonesom, y un día, más adelante, protagonizará una película del Oeste. El otro amigo se llama el Forastero, y su epíteto épico es «el de la piel transparente», algo así como un viajero interestelar. Lonesom y el Forastero se pasan incontables noches haciéndose preguntas difíciles que tienen que ver con lo general (con el mundo y la vida), pero también con lo particular de su situación; y es que los dos están metidos en algo, en algo que pinta bien y que está pintado; ambos han visto resplandecer un misterio en el cielo, un misterio coloreado, y no saben bien qué pasa. En otras palabras, a los dos les ha sido dada una visión, y sus caminos, por el medio, se han cruzado. La novela/el poema van de eso, caminan por esa mitad. Algo de ese dialogismo nos recuerda al Cipión y al Berganza de Cervantes en El coloquio de los perros, en las historias sobre historias sobre historias sobre historias, todo ese escalonado de las tramas. O quizás algo nos recuerda a toda la tradición de filosofía dialogada desde los toma y daca socráticos. O a las charlas infinitas y nocturnas en Rayuela, entre gente muy lista y muy perdida y muy curiosa. Pero en Amor divino no hay ni picaresca ni dogma ni conclusiones predirigidas, es decir, nuestros queridos personajes no conversan partiendo de puntos estables autointeresados: conversan, y conversan con gran belleza y gran verdad, en el mismo «corazón del movimiento». Hablan y suceden. Sus preguntas azuzan su y nuestro deseo: «¿en qué coinciden la muerte, la sangre y el amor?»; «¿qué hay que temer, la palabra o lo que representa?»; «y de morir, ¿cuál letra del alfabeto echarías a la muerte?».

De pronto un buen día, en una buena página, aparece un tercer personaje, que en realidad había estado con nosotros desde antes. Se llama Elle. A Elle, medievalmente, la tentó la Vanidad y por tanto las fuerzas infernales, que quizás tiene algo que ver con la institucionalización del arte. A Elle le pasaron muchas cosas, que poco a poco vamos sabiendo. Y dice y hace muchas cosas que os sorprenderán y encandilarán. Cosas o palabras que tienen que ver con el milagro y, por tanto, con la página 32, y con el número 9, y con dos números 3 puestos frente a frente, mirándose. Elle, y Ángela Segovia, nos animan a poner dos números 3 frente a frente y ver.

Tres capítulos-tonos cromáticos. Tres personajes-destinos. Tres, tres, tres. En esta atención a los números (las cifras, las fechas, las sumas, las restas, etc.), pero también a las letras, que propone Amor divino, hay algo de poesía concreta, pero sobre todo hay algo de impulso cabalístico, de iconografía religiosa resplandeciente, de juego serio, de búsqueda y producción de sentido, en el límite entre el conocimiento, el cálculo matemático (subjetivo y subjuntivo) y el salto de fe.²

Más allá de esta estructura brillante, Amor divino destaca por sus intervenciones de extrañamiento lingüístico. Empecé leyéndolo presuponiendo que iba a ser poesía. Y, en cierto sentido, fue novela. Y, en cierto sentido, siempre desviado por el medio, fue poema. Y es que sus desautomatizaciones (que cabría calificar al tiempo de espectaculares y discretas) se desatan al ras, al nivel de las líneas, los trazos. A veces son gestos mínimos, casi imperceptibles: de repente falta un artículo («voy a ciudad»), o falta un plural («ojo lleno de lágrima»), o se troca un verbo («hacer mentiras»). A veces se espesan en imágenes que la autora ha imaginado para nosotros por primera vez.

Acabo con una de esas primera veces. Por primera vez, por ejemplo, con un cambio de color, con un golpe de sutileza, asistimos a esta genial transformación de la materia:

«El pasillo era pequeño
apenas medía lo que dos camisas verdes anudadas
y donde él corría
ella corría tras él siendo diminuta:
-Dibujo los gestos
de tu cara en mi cara
para volver con ellos de la muerte,
dijo ella
y lo azul de las camisas anudadas
descendía por sus pies siendo de agua
y los bañaba» (104)

Ángela Segovia nos comparte este tipo de imágenes. No imágenes de crepúsculos, de fines/finales, de mundos finiquitados. En Amor divino reinan las imágenes de mundos que continúan, mundos que nunca jamás se acaban, mundos que mutan su y nuestra gramática. Mundos amorosos y divinos que nos preguntan, como Lonesom: «¿qué tienen en común los dos lados de un corazón y de una almendra?». Y que nos dicen, como El Forastero: «no lo sé». Y que nos replican, como Lonesom: «Exacto. Veo que lo vas pillando, mi amigo».


Había sido llamada al palacio del lenguaje. Llego a una nave industrial. Con letras negras está escrito el nombre del palacio por encima de la puerta. Entro, pero alguien me informa que han trasladado el palacio a otro edificio, en otra ciudad. Camino buscando un medio de transporte que me lleve a la otra ciudad. En una cabaña venden billetes y comida rápida. Hay un bebé que no me deja mirar la ruta ni los horarios del transporte. Juego con él para retirarlo amablemente. Se convierte en un cacharrito de metal del tamaño de una almendra, algo como un pequeño robot. Lo sostengo entre mis dedos y mis ojos se asustan de mirarlo. El cacharrito dice: “Llevadme hasta el vado de la Aventura. Allí hay un espino blanco con un agujero debajo. Me ponéis allí dentro y vos esperáis fuera, y me oiréis hablar”. Cojo el cacharrito y me lo guardo en la boca. Pienso que ahí no me lo descubren los varones del palacio cuando vayan a buscarme. Llego al vado de la Aventura, la manera no la digo, por ser muy larga de decir. Hay un puente. Lo cruzo. Veo el espino blanco. Lo toco. Escupo el cacharrito. Ha caído al agujero envuelto en una capa de saliva. Parece una almendra con cáscara. Entonces el espino se mueve y tapa el agujero, de los pinchos salen flamas. “Enemigos son la retórica, la gramática y la falta de amor”, susurran las flamas. Luego el arbolito enmudece, las flamas vierten flores y de ellas cae un fruto pequeño, rojo, parecido a una almendra, parecido a un corazón, parecido a un pequeñísimo melocotón. Si me lo como me protejo de enemigos, pienso. Cojo uno y me
lo como
pero aunque se haya ido a mi tripa
yo lo sigo notándolo en la boca
muy redondo y caliente para
sempre.

 

*

 

Elle ha llegado al corazón de su miedo

Una hoja rueda en el aire arenoso. Ha cantado un pájaro y a la vez ha pasado un guardia de seguridad y a la vez una flor ha caído en el regazo de un poeta. Un niño camina carabajo por el techo del edificio. Nos espían las luces verdes. Ellas a nosotros. En los tejados ruedan las hojas, al menos una, al menos esa. El fantasma de un perro negro se mueve a nuestro lado
como movería
una letra m
una letra a
su fibra altamente musculosa de
vacío

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Ángela Segovia, Amor divino. La Uña 
Rota, 2018.


[1] Cuando acabamos el libro, las señales se reorganizan en una estructura, que siempre estuvo ahí, en ese índice, aunque que no cobra pleno sentido sino en ese instante final. Pero el final (que no es tal) de Amor divino invita a releerlo, a repensar todo el trayecto. Cuando lo acabamos, no lo acabamos, lo empezamos.
[2] Y, como es un viaje espiritual que no quiero limitar con spoilers, me limito a señalar aquí lo que no señalaré pero que, a modo de pistas de patinaje (de las estrellas-señales), brilla en el cielo. En la página 154, hay una respuesta a la pregunta de cómo parar la muerte. En la página 95, hay unas palabras de amor como aletheia o aleteo intertemporal, y en la página 106 también. En la página 191, sale una silla que no es sólida. En la página 158, sale una cintura. En la página 208, sale toda una teoría sobre la significación, es decir, sobre lo que no se solapa entre sonidos y semánticas, a partir de Bob Dylan. En la página 21, sale una alegoría doble con una casa, una reina y un cuchillo. En la página 45, quizás se responde (con palabras que no quieren ser razón) a eso de «¿qué es la poesía?», ya que, como se atisba en la página 86, hay una cosa que quizás sea un diccionario amoroso llamada «la señalética» en la que el cerebro poco tiene y poco ve.


Berta García FaetBERTA GARCÍA FAET (Valencia, 1988). Es autora de los libros Manojo de abominaciones (2008), Night club para alumnas aplicadas (2009), Introducción a todo (2011), Fresa y herida (2011), La edad de merecer (2015) y Los salmos fosforitos (2017), título por el cual en 2018 fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández que concede el Ministerio de Cultura español. Actualmente en Providence (Estados Unidos), donde es doctoranda en Hispanic Studies en Brown University.