Extracciones: Población flotante [Carlos Araya Díaz]

Imagen: Aliaksei Skreidzeleu, Carretera Panamericana en la zona del desierto de Nazca – Perú, América del Sur

Un bus que transporta mineros, cesantes, videntes, turistas e inmigrantes, atraviesa la carretera Panamericana con dirección al norte de Chile, pero durante el viaje se cruza con un frente de mal tiempo que pone en jaque su llegada a destino.

Conocido por su prosa seca y precisa, en Población flotante (Emecé, 2018), Carlos Araya Díaz desarrolla un relato polifónico que explora en el tiempo, la geografía y las contradicciones del Chile contemporáneo. Un mosaico construido a través de las voces de dos tripulantes y sesenta pasajeros que sueñan con los espejismos del desierto.


Señores pasajeros, les damos una cordial bienvenida y les agradecemos su preferencia. Todo nuestro equipo está permanentemente trabajando para brindar el mejor servicio en todo momento. Los invitamos a poner atención a las siguientes recomendaciones para disfrutar el viaje.

VIDEO DE BIENVENIDA, Turbus

Milton Trejo (I)

Entro en la cabina del Espectro, un bus Modasa Zeus II con chasís Mercedes-Benz O-500RSD. Saboreo los últimos restos de pan y café. Enzo aún duerme en el asiento de copiloto. Miro las gotas de agua que caen sobre el espejo retrovisor. Bostezo. Muevo la cabeza de un lado a otro mientras Enzo habla dormido. Acomodo el ángulo de mi asiento pero el mecanismo cede. Respiro y vuelvo a intentarlo. Fallo varias veces más. Mi corazón late con fuerza y me detengo. Despierto a Enzo y bostezo. Giro la llave y el ruido a mi alrededor desaparece. El sonido del motor, de dos mil revoluciones por minuto, me calma.

Enzo Aguirre (I)

Guardo los equipajes y me escondo en la cabina del bus. Reviso mi WhatsApp pero no tengo mensajes de Naomi-K. Veo las fotografías de mis contactos y me quedo dormido. Don Milton me despierta y escucho su voz ronca.

—¿Qué estái soñando, hueón?
—No sé.
—Estabai diciendo algo.

En el sueño tengo quince años y aún vivo en el centro de menores Niño y Patria. No puedo dormir porque el Conrado, un amigo, comió vidrio molido para protestar y lo llevaron a la posta. Me arranco y corro bajo la lluvia para ir a verlo. En el camino, cuento todas las manchas que cubren el asfalto de las calles.

—Ya Enzo, arriba.
—Voy.

Don Milton enciende el motor y la máquina inicia su itinerario Santiago-Arica. Tomo la planilla en blanco y escribo en ella.

Máquina: 3172.
Itinerario: Santiago-Arica.
Hora de partida: 18:00 hrs.
Camino hacia el pasillo del primer piso a conocer el nombre de mis pasajeros.


PRIMER PISO

  1. Ventana

Corro hasta llegar al terminar de buses San Borja. Me aseguro de que nadie me esté siguiendo. Hay una fila interminable, y voy hasta la ventanilla de atención. Algunas personas pifias y otras me insultan, pero no importa. El vendedor tras el vidrio se da cuenta. Se hace el indiferente y me atiende igual. Le pregunto por un pasaje a Arica. Me dice que el próximo viaje parte en la madrugada, aunque probablemente se suspenderá por el clima. Le hago un gesto que le obliga a buscar una solución rápida; él baja la mirada y revisa nuevamente en el sistema. Presiona algunas teclas con rapidez y, sin mirarme a los ojos, me habla.

—Sólo queda uno, pero no creo que alcances.
—Démelo.
—Es el que está saliendo del andén 42.
—No importa.

Las pifias aumentan y yo los hago callar.

Cuando imprime el pasaje, veo mis ojos hinchados en el reflejo del vidrio y corro hasta alcanzar la máquina en plena marcha. El chofer me ve, pero no se detiene. Insisto, pero el chofer acelera. Corro con todas mis fuerzas y me pongo delante de la máquina. El chofer hace sonar el motor y da un pequeño avance. Retrocedo un paso y me detengo. El motor ruge con más fuerza, pero no me muevo. Suena la bocina. Levanto las manos y grito.

—Abre, hueón.

Un grupo de personas se acerca y me pongo nervioso. Miro en todas las direcciones y vuelvo a asegurarme de que nadie me sigue. Alguien saca su celular y me graba. Grito con más fuerza. El chofer, un hombre canoso y delgado, abre las puertas. Entro al primer piso y busco mi número. Hay dos asientos en el lado izquierdo y uno en el lado derecho. Cuando tomo asiento y me relajo, me doy cuenta de que el terno que llevo puesto me queda chico. Es el que mi madre me compró para ir a mi fiesta de graduación, hace más de diez años.

El olor a encierro me congestiona la nariz.

—¿Dónde te bajas?
—Arica.
—¿Entrada o terminal?
—Terminal.

El auxiliar se aleja, pero lo llamo con un silbido.
Me responde sin detenerse y apenas escucho su voz.

—Como en veintisiete horas más o menos.

Calculo la hora y busco mi cinturón de seguridad. Lo tiro con fuerza. Mi compañero de asiento, tapado con una frazada manchada de café, abre los ojos.

Miro por la ventana y lo veo. El rostro de uno de los hombres que me busca entre la gente. Doy vuelta la cara y me tapo con una frazada.

Le escribo un WhatsApp a mi hermano y, minutos después, me llama. Intento calmar mi respiración y saco el agua que se me cayó sobre el suelo. Guardo silencio. Él repite mi nombre varias veces, pensando que no lo escucho.

—Diego.
—Diego.
—Dieguito.
—¿Estás ahí? Ya junté tres millones.
—Acá estoy, tengo recién quinientos mil. Acabo de subirme al bus. Cuando llegue te llamo y vemos qué hacer.

Corto.

Siento mi mano helada y la abrigo con mi aliento. Cuento el dinero que me queda en la billetera e intento calmar mi respiración.

  1. Pasillo

Cuando me transformé en minero, a los dieciséis años, no llovió, ningún día de ese año. Tal vez sí, pero no lo recuerdo. O no lo quiero ver de esa forma ahora.  El paisaje sin nada más que tierra. Viento y tierra. Sol y cobre. Ninguno de mis hijos lo puede creer cuando se los cuento: mi padre fue minero y mi abuelo también. Mi bisabuelo no lo fue. Yo he visto mucho, casi todo. Ya nadie me puede venir a contar cuentos a mí, ¿o no, Juica? Ahora hablo o guardo silencio cuando quiero, porque soy el único que recuerda y el que cuenta. A veces pienso en ellos; mi padre, mi abuelo. Pero esta tarde pienso en mi bisabuelo, el conductor de trenes. ¿Qué habrá ido a buscar al norte? Qué diría de mí si me viera con esta mirada clavada en el paisaje tras el vidrio de este bus, viajando a cien kilómetros por hora en una carretera que conozco como a mis propias manos, pero con los ojos rojos de aguantarse todo y seguir con la cabeza en alto. Ya lo he visto todo, Juica, he visto todas las noches. He visto morir a varios compañeros de trabajo en medio del desierto. Te vi morir a ti, en mis brazos. Sentí el peso de tu cuerpo en mis manos. Te decíamos El Juica. Yo soy una tumba, Juica, te lo dije cuando aún tenías el cuerpo caliente. Me cuesta recordar ese momento. En serio me cuesta, Juica. Pero a veces lo necesito. Tú lo sabes, cuando cavas la tierra, debes estar dispuesto a todo. Cuando cruzas esa línea, sabes que la muerte te rodea, Juica, y aún a esta edad me cuesta darles sentido a esas palabras, ¿por qué sigo aquí, Juica? Un sonido grave, que pareciera venir desde el segundo piso del bus, viene y va. Acomodo mi cuerpo y cierro los ojos para dormir un rato. Cuando en un sueño tomo una pala para cavar un hoyo e iniciar la construcción de mi casa en medio de la nada, un chorro de agua helada me cae sobre los ojos y despierto.


SEGUNDO PISO

 

  1. Ventana


SE NECESITAN

HOMBRES EXTRANJEROS de buena presencia

(NO HAITIANOS NI COLOMBIANOS),

Dispuestos a vivir en el norte de Chile.

Menores de 25 años. Buena higiene y cuerpo trabajado.

Contactar al correo: calamadream@gmail.com


La lluvia torrencial se transforma en una garúa que apenas golpea las ventanas. Un hombre sube por las escaleras y camina nervioso hacia el fondo del pasillo. Sus pasos despiertan al rucio hediondo a cerveza que va a mi lado.

Cuando termino de escuchar la Sinfonía de Luciano Berio, que hace algunos meses me recomendó un colega en la Escuela de Música de Guayaquil, abro el WhatsApp y abro el chat que tengo con Francisca. Vuelvo al inicio. Veo las fotografías y los videos que le envié. Solo veo una de las fotografías y me río. Deslizo el dedo por la pantalla. Me pregunta a qué me dedico, si tengo experiencia en hacer masajes. Si tengo disponibilidad inmediata. Me dice que hay sueldo base más propinas y puedo tener horarios flexibles. Confirmo la cifra que me ofrece. Horas después me envía un código de un pasaje a Calama que debo retirar en el terminal de buses San Borja.

Dice que su esposo me irá a buscar.

El rucio hediondo que va a mi lado me dice algo. Bloqueo el celular y lo guardo. No le entiendo e intenta otra vez. Cuando intento traducir lo que dice le dan arcadas.

  1. Ventana

Mi hija me mira y me hace una pregunta, con calma y en voz baja, que no sé cómo responder.

portada_poblacion-flotante_carlos-araya_201811261623
Carlos Araya Díaz, Población flotante. Emecé, 2018.


carlos-araya-diazCARLOS ARAYA DÍAZ (Calama, 1984). Kinesiólogo, cineasta y escritor. Publicó la novela Ejercicios de encuadre (Cuneta, 2014. Premio Juegos Florales Gabriela Mistral) e Historial de Navegación (Alquimia, 2016. Premio Municipal de Santiago). Escribió y dirigió el largometraje El hijo pródigo (2013), estrenado en FIC Valdivia; es correalizador del largometraje Propaganda (2014) y miembro de MAFI (Mapa Fílmico de un País). Con su cuento «Los mapas de mi padre» (incluido como «Fernando Jopia» en Historial de navegación), fue finalista del Concurso de Cuentos Paula 2014. Actualmente se desempeña como docente.