Entreamigos: «Para mí, la literatura es una forma de pedagogía» [una conversación con Nicolás Meneses]

El día de la máxima histórica en la región Metropolitana, Nicolás Meneses (1992) nos esperaba en la estación de Buin, su ciudad natal, para dar pie a esta conversación. Mientras caminábamos a la plaza de armas de la localidad buscando un lugar donde servirnos una cerveza, me iba contando de la idiosincrasia de la comuna: personajes, anécdotas, la literatura, la pedagogía y, por supuesto, Panaderos (Hueders, 2018), su primera novela. Finalmente, como el calor era demasiado, terminamos en una heladería.



Considerando que esta conversación está siendo en Buin para un medio «independiente», ¿te sientes un escritor de provincia, del margen?

Yo creo que sí y no. Sí porque estoy un poco integrado en Santiago: estoy viajando todo el tiempo, lo que involucra intercambio con gente de allá, obteniendo constantemente lecturas de allá e involucrándome, además, en espacios céntricos. De hecho, formativamente me inicié allá.

Y no porque, en términos escriturales, Santiago no aparece en lo que he publicado. Los escenarios de las cosas que hasta ahora he escrito ni siquiera se asoman por Santiago. De hecho, ni siquiera es Buin, es Linderos, una localidad que está entre Paine y Buin.

Hasta el momento, has hecho una carrera que puede considerarse ascendente. Partiste publicando en la editorial de Balmaceda 1215, luego saltaste a Hueders y ahora acabas de firmar con Emecé, filial de Planeta. Independiente de que tu discurso esté situado en la provincia, fuera del centro, tu visibilidad como escritor es desde el centro. ¿Cómo te sientes al respecto?

Siento que es muy cómodo publicar y mover tus libros en Santiago y que en Buin no pase nada, a pesar de que ahora hay gente en Buin que me conoce y que sabe que escribo y publico cosas. Me acomoda mucho que ellos no estén en ese centro, no tengan los libros, que no los lean…

Es como si Santiago fuera tu zona de confort escritural.

Sí, y es bastante confortable. Te quita una presión, estái tranquilo, te olvidái de escribir en función de. Por lo menos, siento que la atmósfera es mucho más distendida de lo que uno se propone al momento de escribir y de las expectativas de recepción.

Bolaño habla de que un escritor tiene que ser valiente. Creo que aquí no está esa obligación.

Es que aquí no tenía ninguna presión, hasta hace un par de meses no existía. Menos desde la poesía, que prácticamente no está. Si lo pienso, creo que ahora, en esta etapa, me está afectando un poco aquello porque la narrativa está asociada a esa presión. No obstante, siempre he tenido claro lo que quiero escribir y para dónde va la cuestión. Por lo mismo, no escribiría sobre Santiago porque no me interesa. En cambio, sí me interesa Buin, sí me interesa Linderos, sí me interesa lo que pasa en esta zona medio ambigua.

Se sabe que Buin era un pueblo que estaba fuera del área metropolitana y que ahora, como se está conurbando, de cierta manera, se está anexando a la capital.

Y es muy extraña esa sinergia, porque se producen fenómenos tan extraños como los de las zonas que están muy urbanizadas pero que igual tienen elementos rurales: presencia de caballos, gente que pasa en carreta. Que los feriantes dejen en estos lugares sus animales amarrados al poste, me parece algo superfuerte en términos de imagen. También, que Buin siga siendo una comuna agrícola y un sector productivo: la gente que me rodea sigue trabajando en los packings, porque están las grandes empresas de conservas, las frutícolas. Entonces, todo ese mundo, que es muy particular de Buin, que se está combinando ahora con lo urbano, genera actualmente una comuna muy extraña y que me parece interesante.

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Respecto a la claridad que sientes al momento de escribir, ¿sientes que te enmarca dentro una tradición o simplemente te sitúa geográficamente en un sector?

Creo que ese «tengo claro» también es muy caprichoso, en el sentido de que los temas de un libro a otro están variando, aunque no se muevan radicalmente del eje espacial con el que estoy trabajando. Simplemente, intento no repetirme. Lo otro es que tampoco quiero ser el representante de este espacio. Es más que nada una cuestión de inquietud que quiero resolver, y que cuando lo resuelva, supongo me iré hacia otro lado. Pero por el momento, mi inquietud sigue acá.

O sea que no esperas ser «Hijo Ilustre de Buin».

No, de ninguna manera. No lo espero, no puedo competir con Claudio Bravo.

Pero son frentes distintos e incluso complementarios. Lo digo porque la literatura deportiva es algo que cultivas en la revista Tatami.

En todo caso, por términos de impacto, un jugador de fútbol frente a un escritor es ínfimo. Es increíble que aquí Claudio Bravo sea como el referente local a nivel mundial, ni siquiera nacional. Es el capitán de la generación dorada del fútbol chileno. Entonces, competir con eso es imposible. Pero, obvio, tampoco son cosas que se excluyan, por lo que me interesan mucho esas figuras, cómo se relacionan con Buin. Por ejemplo, la historia de Mauricio Isla es muy buena. Tengo un amigo que jugó con él en la básica y que era su amigo. Y, de hecho, de repente se lo ve en el supermercado y carreteando en la disco. Son personajes superinteresantes para lo que conforma la comuna.

¿Existe un sentido de pertenencia? ¿Genera eso Buin en sus habitantes?

Totalmente. Siento que esta comuna acepta mucho la influencia urbana y, al mismo tiempo, mantiene sus tradiciones. También es una comuna polarizada: siento que es una especie de Chile en pequeño. Porque todas esas grandes segregaciones que se ven en las grandes ciudades, aquí están. Por ejemplo, pasar de Puente Alto a Lo Barnechea (socioeconómicamente hablando), es algo que en Buin es posible ver solo con cruzar un paso bajonivel. Como si nada, llegái a un condominio donde viven los más pudientes de la zona, con campos de golf, colegios propios; todo eso en una sola comuna. Y desde hace mucho tiempo que están conviviendo esas dos realidades. Creo que a los santiaguinos con plata les gusta vivir cerca de Santiago, pero en este mito bucólico del campo, parcelas, chacras y fundos. Buin encarna eso también.

¿Te sientes escritor?

Me cuesta mucho sentirme escritor.

¿Cómo llevas esa dificultad con tu ejercicio de la pedagogía? Lo pregunto porque los profesores son una ventanita hacia el mundo para sus alumnos. Aunque, por lo general, ellos no generan conocimiento o arte con el que sus alumnos estudien. Por lo menos, al docente de Lengua y Literatura lo veo como a una especie de curador (mediado por el contexto del currículum nacional y su escuela en particular, por supuesto). Y si bien hay una tradición de escritores-profesores en Chile, siempre han sido dimensiones aparte de Neruda, Mistral, Rojas y Parra en sus inicios (por nombrar algunos).

En mi caso, siento que son ejercicios complementarios. De hecho, una vez que fui a hablar a un colegio por el día del libro, un alumno me preguntaba qué era la literatura para mí. Le respondí que es una forma de pedagogía. También le explicaba que, personalmente, creo que es mucho más valioso hacer clases que escribir y que mis intereses estaban centrados plenamente en lo primero. La verdad es que estoy más enfocado en mi ejercicio docente y en mi proyección en algún proyecto educativo que en ser escritor, porque vivo de dar clases. Y que creo que es lo que le pasa a la mayoría. En mi caso, tiene que ver con que me considero de tal oficio si puedo vivir de él.

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¿Y el tema del pudor escritural con tus alumnos? Puede sonar como pregunta superpendeja, pero el deber-ser de un profe es ser un ejemplo para sus alumnos, el cual puede tensionarse con su discurso literario, tanto por la temática y la posición política que encarna como por el vocabulario mismo, aunque suene más pacato esto último. De hecho, en Panaderos, el uso del lenguaje es bien coloquial y no se escatima en el uso de garabatos. Además, muestra cómo funciona una familia disfuncional, desde una perspectiva de clase. ¿Sentirías pudor si tus alumnos leyeran lo que escribes?

Con respecto al pudor, siempre. De hecho, han sido contadas las veces que les he dicho a mis alumnos que escribo. Y cuando lo he hecho, es porque me lo han preguntado directamente o porque se ha hecho necesario para afrontar otro tema de verdad insoslayable. Ahora, de eso a usar la pedagogía como espacio para promover mis libros, de ninguna forma. Por otro lado, siento que escribir sí influye mucho en entender cómo uno entiende la enseñanza y la relación profesor-alumno. Y, en ese sentido, el nexo que he establecido entre pedagogía y literatura en mis clases, no solo ha sido a partir del deseo de que mis alumnos se acerquen al binomio lectura-escritura, sino que para que lo entiendan como un ejercicio de recepción y, sobre todo, de enunciación: que ellos sean capaces de elaborar sus propios discursos en torno a un libro, en torno a sus propias problemáticas, en torno a su mundo, a sus contextos, me parece fundamental. En ese sentido, mi labor es orientarlos y conversar con ellos en relación a la literatura y a lo que ellos están viviendo.

En ese sentido, no sé si Panaderos podría clasificarse como un libro pedagógico, pero sí es posible afirmar que se enmarca en la tradición de la literatura social, específicamente vinculada al mundo del trabajo y que tiene antecedentes potentes en nuestro país, pero que con el apagón cultural de los 70 se difuminó hasta ahora, que está siendo retomado, tal como plantea Felipe Reyes. Pienso en el final de Panaderos, el que siento como una apología del fracaso de clase, en la cual se toma conciencia de que la posibilidad de cambio y ascenso social está totalmente limitada al contexto de vida, independiente del esfuerzo personal. Por lo mismo, la lectura que hago de la novela es la de una crítica muy amarga cuyo afán sería el de generar impacto y promover la toma de conciencia a fin de producir un empoderamiento, reivindicaciones y finalmente un cambio, como lo busca la literatura social. ¿Es esto así o simplemente responde a los intereses personales que planteabas hace un momento?

Considero interesante la perspectiva que me mencionas, porque yo nunca me lo había planteado tan explícitamente. Si bien tenía nociones, sentí que era complejo desarrollarla desde la crítica en torno al trabajo asalariado del siglo XXI, sobre todo en un supermercado, que es un espacio tan precario. Entonces, pensé que lo más conveniente era tratar de retratar esa forma de trabajo y de explotación a partir de cómo asumían los trabajadores su rol, aunque no tanto desde la derrota, sino como desde la resistencia. Y ahí es donde entra el tema del humor, porque en cuanto a los aspectos laborales de sueldo y de condiciones de vida, es evidente que son insuficientes, que muchas veces las condiciones son terribles, que hay una naturalización en los roles y que no hay resistencia alguna. Pero al mismo tiempo, tampoco se trata de que el trabajo sea una tragedia: me parece importante rescatarlo y valorarlo. No es que el trabajador esté agonizando dentro del supermercado o se esté pudriendo. Dentro de toda esa precariedad, hay una dignidad que se manifiesta en diversas formas de resistencia como el humor y el hecho de «no echarse a morir».

Si pensamos en el humor dentro de la literatura en Chile, están Carlos Pezoa Véliz y, por extensión obvia, Parra; y desde la parodia, Lemebel. No obstante, como registro es complejísimo de trabajar. ¿Eres lector de literatura de humor? ¿Tienes algún referente en particular en el que te hayas inspirado para trabajar esta dimensión en Panaderos?

Sabís que nunca pensé en un referente para armar la novela, mis referentes siempre fueron las experiencias por sí mismas o los trabajadores que conozco, que conocí, o los ambientes de trabajo mismo que te dan los códigos del humor que utilicé en la novela. Y también porque es un tipo de humor que tengo pegado con mi familia. Mi familia tiene ese humor, quizás mucho más pesado y cruel que el que aparece en la novela, y quería retratarlo. No obstante, sí puedo decir que tanto la obra como el humor de Parra, me pegan mucho; también la obra de Andrés Gallardo, que me parece muy ingenioso: Obituario y Cátedras paralelas me parecen textos muy agudos.

Creo que el humor es algo que se ha postergado bastante en la narrativa chilena, sobre todo en la actual. Más allá de lo que te mencioné, y las crónicas del Paco Lira (que son muy genuinas y que retratan magistralmente, por ejemplo, a un chofer de micro, a sus compañeros de trabajo o ciertas situaciones, de forma muy clara y ágil), creo que de ahí bebo, aunque no sé si haya una especie de canon que tenga como referencia en cuanto al tratamiento del humor en la literatura.

Llega el momento en que firmas con Hueders. Das el salto del sello de Balmaceda (que ya no existe) y que apelaba a un contexto mucho más cerrado. ¿Esto hace cambiar tus expectativas de recepción en torno la novela?

Creo que sí, y dado que la novela ya la tenía escrita, la editorial cambió radicalmente las expectativas de recepción que tenía de la novela, aunque esas expectativas no estaban del todo definidas en aquel momento. La envíe a dos editoriales y, como Hueders me respondió primero y diligentemente, decidí trabajar con ellos. Volviendo a lo de las expectativas, me pasó en Balmaceda que, si bien Camarote estuvo circulando varios años en ferias, nunca estuvo en librerías. Pasar a Hueders, con distribución en ferias, librerías y prensa, ha sido muy distinto. Aparte que uno lo nota altiro, en ciertas instancias como los lanzamientos y las ferias, que Hueders tiene sus lectores y que van a buscar sus libros: esa diferencia se nota e influye en qué esperas con tu libro.

Igual Hueders tiene un rollo con el pan.

Sí, tienen La historia del pan, un libro muy bonito. Y sacaron como una especie de plaquette recetario de pan.

Pero es extraño, además de lo de Hueders (que se podría decir que hay casi una línea referente al pan, en la cual está tu libro), son contados los títulos que hacen referencia al pan en nuestro país y eso que Chile es reconocido mundialmente por su altísimo consumo.

-No sé si tanto, porque tengo la idea de que han salido bastantes libros de pan últimamente, aunque todos con sello periodístico. El de Ocho Libros, por ejemplo, y el de Mandrágora, que es Santiago Panadero, que está bien interesante y tuvo una muestra fotográfica bien linda. Son libros que han salido seguidos, pero todos a partir de un trabajo de investigación acerca del pan. Pero literaturizar de eso, no he visto nada más que los relatos de Ocho Libros y la novela de Nicomedes Guzmán donde aparecen los industriales panaderos en huelga y son los que dejan la cagá al final.

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Nicolás Meneses con un perro buinense.

El inconsciente colectivo tiende a asociar el oficio panadero con la política, específicamente al anarquismo.

-Sí, de hecho, me lo han dicho bastante. Pero, claro, ver cómo todo eso ha evolucionado y ahora está el supermercado y las industrias del pan congelado, y cómo van muriendo todas esas panaderías tradicionales (aunque algunas siguen subsistiendo), y todas las variaciones de negocios y partes de la cadena industrial del pan que van desde la amasandería hasta la panificadora, es cuático, sobre todo porque ese trasfondo político prácticamente ya no está. Aunque nunca es tarde para que vuelva. Algo que ya han dicho las críticas respecto del libro, específicamente lo que rescatan de él es que hacen hincapié en la existencia de pocos libros que se aventuren a hablar del pan y del mundo del trabajo en la narrativa chilena actual. Habrá que seguir explotándolo entonces.



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MATÍAS FUENTES AGUIRRE (Santiago, 1990). Editor de Jámpster.cl.