Extracciones: En obra [Cynthia Rimsky]

Recientemente publicado por Mundana Ediciones, En obra podría ser considerado como un volumen de dos historias, aunque bien podría ser solo una que muta en forma y dimensiones conforme se desarrolla. A partir de la conexión que logra Cynthia Rimsky de ambos flancos narrativos, la autora logra llevarnos a esa área que tanto nos gusta y por la que muchas veces sonamos repetitivos: el ominoso (pero maravilloso) territorio en el que el lenguaje surge. A continuación, una muestra de ello.

 


 

portada en obra cynthia rimsky


 

 

… y si realmente los pájaros se comunican entr ellos
a través de los oídos de los hombres
y sin que estos se den cuenta.
Juan Luis Martínez, La Nueva Novela

 

 

 

a Jamila Medina Ríos

 

Esta historia ocurre en un pueblo costero al oriente de la isla, un 28 de octubre de 2017, cuando se practica una fumigación controlada en cuatro momentos del día: de ocho a diez, de diez a doce, de dos a cuatro de la tarde y de cuatro a seis, las familias deberán estar preparadas para recibir a los brigadistas y no podrán existir casas cerradas.

Est_ visitante baja del auto norteamericano que abordó en la ciudad y camina hacia la costanera. Hasta donde alcanzan sus ojos, no hay indicio de lo que tendría que encontrar según los desconocidos que l_ empujaron a venir hasta acá. Sigue por el malecón, aunque es más largo y las veredas discontinuas son un problema para las ruedas de la maleta.

Galpones
fábricas calladas
o con poca vida
casas de un alambrito.
Asociaciones: de artesanos artistas, de industria, seguridad.
El trabajo digno, la educación edificante.
Control obrero-turno-muelle vacío.

Es difícil pensar que las asociaciones o el control obrero sigan respirando entre las partículas del jardín, las partículas de los muros, del techo. Se repite su impresión de que no levantan las ruinas porque desconocen qué podrían colocar en el lugar de la fábrica o del galpón. A menos que las partículas ya estén vendidas a uno que prefiere el anonimato o que, visionario, deja el control obrero como souvenir.

El muelle sí está vacío.

Antes de venir a la isla quiso averiguar cuáles fueron los lugares afectados por el huracán; la información le resultó confusa. Seguramente no querían espantar a los turistas y se fue corriendo con el curso hacia los bordes, por ahí llegó a la página de un organismo estatal y a una lista de las obras por hacer en los municipios afectados. Este pedazo derruido de costanera, delante de la placita triangular, debió figurar entre los daños y pasó de largo. Quién tendría deseos de viajar seis mil ochocientos veintidos kilómetros para alcanzar el derrumbe. La vuelta que dio para juntar nombres y cosas resultó bastante larga. El por hacer alude a que ya están aquí las piedras monumentales con las que está por construirse el muro defensivo. Los dólmenes, como damas plantadas, esperan obedientes en la costanera cambiar su condición verbal.

Teniendo todo para resultar una esquina bulliciosa, quienes pasan diariamente por la plaza, la estatua, la costanera, han desaparecido. La misma ausencia percibió al desviarse para entrar al centro por la calle que acaba de reponer a est_ visitante en la costanera, ahora del lado de la salida del pueblo. En la primera manzana le pareció que rentaban un cuarto. Abrió la puerta un hombre vestido de la cintura para arriba y con el pantalón del pijama a rayas. La silla de ruedas tenía los cojines que le faltaban al sillón; la hacía rodar con las manos. Por detrás de la sala fueron apareciendo personas de los cuartos que rodeaban un patio interior techado. El inválido les daba la espalda. Est_ visitante le explicó que buscaba un cuarto, y remarcó: con ventanas al exterior. Al segundo plano siguieron llegando personas, no les parecía extraño que el inválido estuviese conversando con est_ visitante en pantalón de pijama —seguramente ellos tomaron la decisión de dejar de vestirlo—. El inválido fue en la silla a buscar el celular para telefonear a una vecina; telefonear es un decir, para evadir el cobro los isleños usan un lenguaje con los timbres. Resultó que la vecina tenía un cuarto con vista. El inválido no hizo mención a los que alquilaba en su propia casa. Las personas en segundo plano seguían sin disimulo la escena. Seguramente el inválido los tenía convencidos de que era el único con conocimiento del mundo para tratar a quienes venían del exterior, aunque los cuartos seguían sin alquilar, por eso lo espiaban. Solo la mujer con la escoba se dignó a hacer un movimiento de cabeza. Est_ visitante se dispuso a devolver el saludo, pero tuvo la impresión de que iba a quedar en ridículo si hacía un gesto al aire.

La búsqueda del cuarto de la vecina fue en vano. El nombre de la calle era correcto, el número cayó en una memoria equivocada o el inválido lo hizo a propósito para que volviese directo a su patio interior. Desde que puso un pie en la isla, las cosas aparecen en un segundo plano respecto a los nombres. Se resiste a pensar en un engaño, una falsificación, un delito; ya no está segur_ de qué nombre dar a lo que ve.

Las casas de un piso en la vereda contraria a la costanera son tan sencillas; únicamente dos ventanas modestas sin terraza ni galería para aprovechar la vista, como si el mar fuese un accidente que las postró allí contra su voluntad. Resulta increíble que no alquilen cuartos o pongan un restorán a la orilla de playa. A excepción del quiosco cerrado que encontró antes de entrar al pueblo del que acaba de salir, no vio ningún negocio en la costanera. Algo obvio: comer los frutos del mar contemplando el mar parece inaudito para los isleños. El restorán que le recomendó el pasajero del auto colectivo queda hacia el pueblo, seguramente con vista a una casa. El pasajero apareció a último momento con la intención de ocupar el puesto junto a la ventana que est_ visitante había reservado; como era conocido del chofer, también se sentó adelante y, en vez de viajar cómodamente, llevó la manilla de la ventana enterrada en su costilla.

El chofer le había vendido al pasajero un auto norteamericano que se le echó a perder antes de llegar a su casa. El pasajero tenía acento extranjero pero vivía en la isla. Hablaba sin resentimiento; con la ayuda del chofer, más una comisión, consiguió vendérselo a otro y, aunque sumando y restando perdió dinero, al menos se lo quitó de encima. Hablando de autos, el pasajero le preguntó al chofer si vendía el suyo. Llenaron el silencio con las normas que el Estado impondrá a los transportistas privados. No se permitirán más los pisitos o asientos hechizos en el maletero; un auto con tres hileras podrá llevar ocho pasajeros y los comunes, como ese, cuatro. En aquel momento viajaban ocho. El chofer era consciente de que el negocio estaba por acabarse, que la próxima vez pedirán seguros, control técnico, extintor, espejos. Será el fin.

El pasajero le preguntó cuánto dinero estaban pidiendo por un auto de fines de los 60 como aquel. Si no hubiese escuchado la pregunta que le hizo al comienzo del viaje, lo hubiese interpretado como un interés general por todos los autos de los años 60 y no por el del chofer. Repasaron los vehículos del pueblo y los que conocía solo el chofer; todos con setenta u ochenta años de vida sobreviven a base de repuestos hechizos. Un comprador necesita un mecánico de confianza y dinero para pagarle mes a mes. No se compra un auto sino el derecho a seguir haciéndolo circular. Con estas argucias de por medio, le costaba entender si habían olvidado la pregunta inicial o esperaban con paciencia a que el dilema encontrara su camino en la mente del chofer. Doblaron por un camino lateral, supuso que hacia la costa. El chofer dijo que sí, que vendería su auto si el precio era bueno. El pasajero no hizo ninguna oferta. ¿Lo estaba obligando a que él mismo le pusiera precio a su fin? El chofer le contó que los de la dignidad del trabajo se habían reunido con gente del Gobierno para pedirles que postergaran la norma. Él no estuvo de acuerdo; seis meses, un año, el trabajo se va a terminar igual.

—En verdad, a mí no me falta nada —les dijo. Y enumeró los bienes que le quedarían después del fin.

—¿Para qué pide tanto por el auto, entonces? —bromeó el pasajero.

—Así que te interesa mi auto —lo jodió el chofer.

—Claro, si me dejaste sin auto y más encima tengo que pagarte pasaje —se rió.

—Pregúntele cómo se compra las casas y las vende —lo acusó el chofer.

Est_ visitante se enteró de que el pasajero se dedicaba a comprar y vender bienes raíces. El negocio suena bien, pero si la historia del auto es cierta, debe perder tanto como gana. El riesgo mayor lo corre a causa de la ley que prohibe a los extranjeros comprar tierras. En un momento de la conversación el pasajero mencionó “mi esposa cubana”. Omitió si se casó antes o después de su interés inmobiliario. Al ir acercándose a la costa fueron apareciendo unas fortalezas que en pequeña escala y con sus terrazas descubiertas en el segundo y hasta el tercer piso, desafiaban a los huracanes. En comparación, las casas de los lugareños parecían livianas y fáciles de reconstituir. Las afuerinas las construían a la orilla del camino, de a dos o de a tres, como si necesitaran cuidarse la espalda. Si me comprara una casa no escribiría en la fachada cuánto dinero poseo, piensa est_ visitante.

 

 

 


Cynthia RimskyCYNTHIA RIMSKY (Santiago, 1962). Ha publicado los libros Poste restante, La novela de otro, Los perplejos, Ramal, Fui y El futuro es un lugar extraño (Premio Municipal de Literatura y MOL 2017). Actualmente vive en Argentina.