En diálogo con Inés Aráoz: «Lector, pequeño hermano»

[ENTREVISTA POR ALEJANDRA PULTRONE]

 


 

Hace más de quince años que Inés Aráoz que no daba una entrevista. A propósito del documental de Fabián Soberon Luna en llamas, Alejandra Pultrone tuvo la oportunidad de hablar con la laureada poeta argentina. Aquí la conversación.

 


 

 

Me gustaría que comenzáramos nuestro diálogo acercándonos a tu libro Al final del muelle. Mientras lo leía, pensaba que es un libro que habla en muchas lenguas: no me refiero solamente a los idiomas que lo habitan (hay textos en ruso e inglés) sino a la experiencia del yo en consonancia con la tierra, la geografía, la música y la poesía. Está atravesado por muchas experiencias vitales y estéticas. El lector en este libro vibra con una cuerda propia, hay una búsqueda muy sigilosa y humana de ese lector “hermano pequeño”…

Cada día nos regala una frase nueva que desbanca a la anterior. Supongo que han de ir perdiendo la frecuencia de sus vibraciones adverbiales. Lo dicho, dicho está, es así. Pero desbrozar el tiempo, para mí, parece no tener fin, quizás sea hasta sumirme en lo más simple, la armonía del ámbito de la música que, según creo, todo lo rige. Te agradezco tu lectura de Al final del muelle (y que te haya causado extrañeza el “hermano pequeño”), último libro después del último anterior que fue Haré del silencio mi corona. En verdad, cada acción (también en la escritura) es un acto de despedida. Y con la copa de vino de por medio, puedo decirte que no tengo ante mí Al final del muelle (¿qué sentido tendría tratar de desmenuzar lo ya dicho?) sino a Alejandra, su lectora, cuyo extrañamiento la convierte en mi pequeño hermano. Acaso no es en el lector donde el texto se cumple? Y en relación al pequeño hermano, quiero añadir para vos RIELES DE FUEGO y NO AMINORA EL TREN LA MARCHA (de Pero la piedra es piedra), que, a lo mejor, puedan sumarse al extrañamiento provocador, al foso de los dragones -de los cocodrilos entre nosotros.

 

NO AMINORA EL TREN LA MARCHA

Estaban quietos los cielos
En Yacanto
Al parecer moría, no lo sé
Mi hermano, el más pequeño
Los membrillos no habían madurado aún
Y en sus verdes huevos seguía guardada la cría del tero
Un cierto tinte rojo allá
Atrás, en la montaña
No lo he visto yo morir
Más que otros días
Al señalar alguna de esas florcitas tibias
Silvestres
Que esplenden en las lomadas
Esto me da paz –decía
Me hubiera gustado esa tarde
Echar un galope tendido, a campo traviesa
Saltar cercos, una y otra vez
Cruzar los ríos
En mi yegua baya
Correr, correr hacia los oradores de la montaña

(Dedicado a Isidora Aráoz)

RIELES DE FUEGO

Rodando están los cielos
En rieles de fuego
El tren no aminora la marcha
¿Se oye un silbato?
Al parecer ha muerto, no lo sé
Mi pequeño hermano
Me han dicho, sí, que en las estrellas
Y en los cuerpos
Está todo escrito
Y que no debo conjeturar
–¿Es eso todo?
Un niño dice Me asustan
Las mariposas amarillas
Oh bellas mariposas sombras
Las palabras (todas ellas)
Que están, que no están
Sólo viajeras
De la luz
Y así es la eternidad
-¿Es eso todo?
Lo es. Pero también es menester
Que esté la lámpara encendida

(Dedicado a Tata Páez de la Torre)

Y en estos poemas por añadidura, que tanto te agradezco, Inés, leo la muerte que no arriba porque siempre ha estado allí, entre nosotros, vestida de naturaleza derramada, colores en resplandor fugaz: No lo he visto yo morir / Más que otros días/ Al señalar alguna de esas florcitas tibias / Silvestres / Que esplenden en las lomadas , decíasQuizás el saber es un trastabillar donde la muerte camina sin dolor. Mientras, el escenario de la vida sigue pletórico de belleza frente a la ¿ausencia? La belleza no aminora la marcha.Y las palabras se ausentan, en viaje ¿Hacia dónde? Las palabras del pequeño hermano amado en tránsito: Las palabras (todas ellas)Que están, que no estánSólo viajeras, escribiste. ¿Acaso la muerte sea la ausencia de ciertas palabras, Inés?
¡No! No es eso. Quizás este poema de VIAJE DE INVIERNO que incluyo lo deje más claro:

He cazado a la muerte
como si fuera una palabra nueva
La he rodeado, inquirido y bientratado
Hasta he escrito sobre ella
–vida es la palabra que he usado–
Y me ufano
de contemplar a cada instante
su aleteo furioso
en mi corazón

Claro, la muerte aquí  ingresa en el lenguaje y derriba las oposiciones elementales. La muerte en el como si de la escritura, el como sí de la invención.¿Acaso existe otra palabra más nueva o inaugural que aquella que la poesía encarna? Me has enviado generosamente tu excepcional Viaje de inviernoUn viaje, al menos, ubica dos espacios, un punto de partida, otro de llegada. Me gustaría que me contaras sobre esas locaciones, la geografía interior de tu travesía, la travesía de esos años que el libro exhibe (1985-1987).

LIMONES

TREINTA y tres mil cajones, dos trenes completos, setenta
contenedores.
Estaba todo dicho. El comienzo de la historia con sus
mismas tintas era un fracaso y me invadió la imagen del tren
a Olivos: lublúglazátuaí, moidrug.

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“Entre San Juan y San Pedro
hicieron un barco nuevo
La quilla era de plata
El barco era de acero
De San Juan iba San Pedro
De San Pedro iba San Juan
De Capitán General
Iba Jesús Nazareno
Una noche muy oscura
Cayó un marinero al agua
Se le aparece el demonio
Diciéndole estas palabras:
Qué me darás marinero
Si yo te saco del agua
Yo te daré mi navío
Cargado de oro y de plata
Yo no quiero tu navío
Cargado de oro y de plata
Yo quiero que cuando mueras
A mí me entregues tu alma
Mi alma la entrego a Dios
Mi cuerpo alagua salada
Y mi mujer y mis hijos
A la Virgen Soberana
Y mi mujer y mis hijos
A la Virgen Soberana.
Simplemente repetir, el bisel de las olas acuchillando la
memoria (oh, a quién dejaré esta memoria), borbotando
en ella Sirio
en un mar abierto como boca de peces
insuflando  el mar
bien entrada la madrugada,
última noche de San Juan en la cesta marina.”

¿Cómo hablar de la pura presencia? En verdad, yo no puedo hablar de la poesía. Me gustó acercar esas dos puntas y constatar que hasta el final, el movimiento no cesa. Dos trenes de carga, 70 contenedores y 33.ooo cajones de limones, bamboleándose sobre la frase de un poeta de Tarkovsky, en Stalker: lubluglazatuai, moidrug (amo tus ojos, mi amigo);  y bien entrada la madrugada,  “borbotando en ella Sirio” (nuestra estrella), sobre las olas en un mar abierto, el mundo entero en la cesta marina.

Encuentro este “modo”, un modo de escribir sobre poesía, Inés. Sobre la pura presencia que enunciabas.  Quizás esta antología que vas construyendo aquí,  se parezca a un viaje  que la poesía propone. Tarkovsky en Esculpir en el tiempo dice que la poesía es una forma especial de relación con la realidad; un modo, también, de ver el mundo.

Hablemos de esa forma.

LA HISTORIA DE RÍA

RÍA deja sus manos quietas para el fotógrafo. Sus manos muy laxas sobre la falda, no tienen más de doce años y su tersura habrá de ayudar a reconocer la diversidad de los rostros de RÍA.

La primera lectura de RÍA está asentada sobre su desconfianza por la historia. Quizás porque ella sabe que, en verdad, las historias personales no son sino pequeñas anécdotas intercambiables. ¿Cómo es posible que RÍA llegara a esta certeza desde tan joven? No lo sabemos. Y que hasta pensara que el dulce llamado por la madre fuera un grito anterior a toda inocencia, una sed más bien cósmica. Un viento de alta montaña hubiera podido ser su madre; un cielo diáfano en el desplazamiento del águila hubiera podido ser su madre; el Espíritu Santo moldeando su cuerpo, el propio cuerpo de RÍA, para un poema, cómo no había de ser esa su madre! El tañido de las campanas en varias iglesias de Kiev fue, por momentos, su madre. Y así se desplazaba, en tantos cuerpos distintos que la conformaban por una especie de milagro de voluntad, a cambiantes velocidades, y a pesar de tanto esfuerzo, sufriendo los embates de la vida. Y entonces fue que decidió fotografiar sus manos como quien da forma al primer poema. Manos de doce años más bien chicas pero fuertes con leves aristas como huesitos de pollo, de uñas rosadas y cortas, las de una criatura que desde muy pequeña quiso aprender a tocar el piano. RÍA recordaría siempre a su maestra húngara que la hacía sostener un limón para enseñarle la posición de sus manos sobre el teclado. RÍA era música por doquier. La música, en esos días, debió ser su madre. Cruel desacierto porque RÍA, a través de la música, no podía expresarse. Y fue siempre así por un problema de intensidad. Sus sentimientos, literalmente, la ahogaban. Como un pura sangre al que se quiere sujetar para el salto, RÍA sentía que se le iba el cuerpo tras del alma y no podía asirla, se negaba al salto, no había forma de lograrlo, no había forma de sujetar lo que sentía por la música. Diez años fueron de piano y de buscar en otros instrumentos, la viola, la guitarra, la flauta dulce, su capacidad para la expresión. Y a los diecisiete, con un corajudo desgarrón, dijo basta. Otras madres para RÍA porque RÍA era lo inexpresable.

Pero no. Es solo una versión. Bien sabía RÍA que hay sustancias químicas que producen alegría.

¡Sonríe, hijita! ¡Sonríe! Cuánto mejor cuando sonríes, le decía su madre a RÍA cuya alegría, justamente, de puro atragantarla como una dulcísima montaña, terminaba por aplastarla. Pero RÍA era tozuda y había otros cuerpos. El cuerpo químico de la alegría, por ejemplo. Las carcajadas estridentes de ese cuerpo sorprendieron a sus amigos, más sorprendidos aún por las motivaciones profundamente estúpidas a las que respondían, un traspié, mirarse las uñas rosadas como el recuerdo que tenía de Juan Cristóbal, algún chiste primario. Entonces sí, RÍA lograba apropiarse por vía del rodeo, de la dichosa montaña de la alegría. Bien pronto había aprendido RÍA que todo, todo, se desvanecía al menor intento de aprehenderlo. La intensidad de RÍA constituiría el eje tiránico alrededor del cual construiría sus otros cuerpos en el afán a veces desesperado y siempre por vía del rodeo, en espiral, por abordar desde afuera esa sonrisa interna que su madre tantas veces le señalara.

¿Era ésa la tarea del creador? ¿Hacer coincidir el dentro y el fuera en una medida nueva que lo sustentara?

(De LAS HISTORIAS DE RÍA, El Imaginero, Miramar, 1993)

La idea de infinito me llegó de  niña  mirando, de reojo, un poste de telégrafo, un altísimo poste en cruz con aislantes de porcelana. Ha de haber sido una de mis primeras intuiciones ya que no había forma de decirlo con lentitud sin huir despavorida. Lo inconmensurable, su velocidad y la imposibilidad del lenguaje. Ahora, a lo mejor, pensaría en la imagen. Mi mundo, entonces, empieza a relacionarse con la palabra (atrás  queda la totalidad de la pequeña voz de la infancia):  lo que el lenguaje es, lo que implica, sus verdaderos alcances; lo real del lenguaje en cuanto significación. El entusiasmo que el lenguaje me provoca no solo por sus propios vericuetos sintácticos (gramática), sino por las maravillas de la comprensión y el entendimiento pero, por sobre todo, por el velamiento que el lenguaje necesariamente opera sobre  la así llamada realidad.  Artistas y pensadores excavan en su propio tiempo. Y cada palabra,  atenta a la mirada, se suma a la vida,  ajusta la sintonía. Sin embargo llega el amor (no me refiero al enamoramiento) y otra vez ella se retira cuando los cielos se parten  y dejan pasar la llamarada de luz que toca todas y cada cosa por un segundo sin fin. ¡Jaja! ¡Volvemos al principio, al poste de teléfono!

Por un problema de intensidad.  ¿La poesía puede pensarse como un exceso de intensidad? ¿La escritura es mediadora de ese exceso?

Interlocutor distante es un texto que aparece en LOS INTERSTICIALES  (El Imaginero, 1986) y a lo mejor podría serme útil en este momento para intentar una respuesta: interlocutor distante. Quizás sea usted ese interlocutor distante a que me refiero. Ese interlocutor necesario y fantasmal, al mismo tiempo; el que nunca llega a serlo, que es solo su posibilidad y una posibilidad que se niega. La promesa de un oído que no llega a oír. Usted está y se produce a mi alrededor una SUSPENSIÓN DE MI POSIBILIDAD, palabra y demás, suspensión que se levanta en el momento en que usted me deja, que pareciera ser el cruce exacto de la posibilidad y la imposibilidad: el umbral profético de sus supersticiones formales. En ese preciso umbral –punto de nostalgia para mí, instante semimágico, eternidad, digamos– empieza a funcionar el interlocutor y se levanta asimismo la suspensión, pero ya todo lenguaje es inaudible; usted se ha ido. Seguramente la intensidad a que me refiero está, como decía,  relacionada con la velocidad. Y dada su naturaleza expansiva, quizás su mejor expresión sea el amor. Y sí, volvemos al poste, porque  la palabra sucumbe ante el amor. Mejor dicho, la palabra es siempre posterior al amor, a la más pura alegría, al júbilo,  al asombro. Por otro lado, mientras la escritura (palabra) porfía en su intento de búsqueda, la poesía no se da necesariamente a través de la palabra. Y es probable que se dé en ella cuando en verdad yazga oronda en el silencio que la gobierna.

Hablemos de la palabra que se aleja cuando el amor irrumpe.

En definitiva, la palabra es protagonista de sí misma (de su propia realidad) y de ninguna otra cosa. Mi relación con ella es de contienda y  -gracias sean dadas!- por lo general es ella quien sale airosa. Cada vez puedo decir menos cosas. ¿Estaré llegando al silencio?

Toco la piedra
Y sonrío

 

 

 


Inés AráozINÉS ARÁOZ (Tucumán, 1945). Realizó estudios de lengua y literatura inglesa y de música en la Universidad Nacional de Tucumán. Ha publicado La ecuación y la gracia (1971), Ciudades (1981) [mención del jurado del Premio Ricardo Jaimes Freyre, 1981], Mikrokosmos (1985), Los intersticiales (1986) [mención especial del jurado del Premio Nacional de Poesía 1984-1987]; Ría (1988) [Tercer premio de la Fundación Argentina para la Poesía], Viaje de invierno (1990); Las historias de Ría (1993); Balada para Román Schechaj, (1997), Cuadernos de navegación (2007), Echazón (2008), Pero la piedra es piedra (2009), Agüita (2010) Notas, bocetos y fotogramas (2011), Rojo torrente de fresas [traducciones del ruso de Anna Ajmátova y Marina Tsvjetáieva] (2012), Barcos y catedrales (2012) y Haré del silencio mi corona (2013).

 

Alejandra PultroneALEJANDRA PULTRONE (Buenos Aires, 1964) Licenciada en Letras. Co-dirigió con el escritor D.R. Mourelle el sello editorial de poesía Libros del Empedrado. Dirigió la Librería- Editorial Stevenson. Publicó La cuerda del silencio (Libros del Empedrado, 1991)  Hopper (Libros del Empedrado, 1995). Ciudad demolida (Nostromo Editores, 1999) Restos de poda, editado como libro electrónico por la revista literaria española “Teína”, 2004), Plaza Washington (Zindo & Gafuri Ediciones, 2017). Actualmente realiza talleres individuales de escritura y clínica de obra.  Desde 2015 coordina el taller de lectura Coleccionistas de Palabras.