Extracciones: Lo intacto [Claudia Masin]

Portada Lo intacto

Recientemente publicado en Argentina por Hilos Editora y próximo a editarse también en Chile, Lo intacto es el último libro de la poeta argentina Claudia Masin. Cada uno de los veintiocho poemas que componen el volumen, y aquí su particularidad, está basado en una película. Un libro bellísimo sobre el amor, el deseo, el cuerpo, el dolor y la fragilidad que confirma a Masin como una de las autoras más sobresalientes de la actualidad poética en Argentina.


Refugio

Yo no sabía
hacer otra cosa que aislarme de un mundo
al que no le interesaba más que como un animal exótico,
el último ejemplar de una especie
peligrosa y rara. Pero qué se hace cuando alguien
te mira con una delicadeza que ocupa el lugar
donde debería estar el asco o el miedo,
cuando el contacto de la vista ajena
es un abrazo del que no es posible
sustraerse, y no se quiere huir ni atacar sino quedarse
bajo su halo como si se tratara de un fuego
que mide su poder para no quemarte. Qué hago yo,
que sólo sé dañar como fuí dañado. Qué hago con la furia,
con el odio que me atraviesa el pecho de lado a lado
igual que una flecha
recién clavada. Qué hago sino cerrar los ojos
y dejar que esa mirada mansa y persistente como el agua
cicatrice las llagas, se meta en cada una de las fibras
maltrechas y las sane, aunque sepa –lo sé– que no hay nada
que vuelva a ser lo que fue, intacto,
nada que retroceda hasta el momento
en que fue doblegado. Perdón entonces
por no saber sanar al ser tocado por tus ojos y tus manos,
perdón por el dolor que voy a causarte sin querer
causarlo, y por la enfermedad y por la muerte,
por todo lo que no puedo detener, por la promesa
que sabemos imposible de cumplir
y sin embargo voy a hacerte.


Persona

Quien renuncia a hablar, a moverse, quien un día
se queda tercamente quieto, detiene el universo. Todo sigue
aparentemente igual pero empieza
a abrirse una grieta por donde se filtra lo que el mundo
trabaja día y noche para expulsar: lo que traía cada cuerpo
cuando vino y todavía no había sido confinado
a una serie de movimientos simples y seguros que no pueden
amenazar el orden ni romperlo. Lo que había antes
de que se pierda para siempre la magnífica,
inconcebible fuerza que nos estrella contra los otros y nos rompe
y a las astillas que quedan las reúne y las mezcla
hasta que no es posible saber dónde empieza, dónde termina
cada cuerpo. Un imán, una fuerza de atracción tan potente
como la que nos empuja hacia el núcleo de la tierra, se traga
desde entonces cualquier gesto de desobediencia: quien no acepte
ser uno, una, aislado y protegido de los otros por una corteza
mucho más gruesa que la de un árbol viejo, a ése
le será quitado todo, no tendrá ni el pobre consuelo
de las palabras para poder soportar
la magnitud de su pérdida. Yo, que decidí irme,
ya no tengo casa donde vivir ni materiales ni voluntad
para levantarla de nuevo. Se ha venido abajo el muro finalmente
y detrás no queda nada. Me dijiste que éramos
dos niños angustiados, llenos de buenas intenciones
pero gobernados por fuerzas
que solo controlamos parcialmente. Y los niños
no saben hacer pactos, no saben
más que andar descalzos por el monte plagado de serpientes,
sin escuchar las órdenes, los consejos que ayuda
a vivir sin arriesgarse y sin que duela
el dolor ajeno. No conocen
esa clase de indiferencia que –mezclada con el miedo–
es el antídoto más potente. Que sea en esa ley:
la de los niños. La que hace
que el propio cuero se revuelva de dolor
frente al tormento, la agonía lentísima
de cada animal malherido con el que nos crucemos,
que sea en esa ley que nos deja en carne viva y sin palabras
que protejan. Que volvamos a ser la criatura que fuimos, muda
frente al horror insoportable, que rechacemos
por pura furia visceral esas fuerzas
que nos amansan al punto de volvernos
sombras entre otras sombras, partículas desprendidas
de una luz intensísima que ahora esperan pacientes
apagarse del todo, sin haber iluminado siquiera
el punto pequeño, insignificante de la tierra en que un día,
por un breve momento, existieron.


La venganza

A Vega Cerezo

Hay quienes se dedican a romper y hay quienes reparan,
me decías. A veces las cosas son así de simples. En el medio,
todos los matices, incluso uno
que desconcierta: quien sólo conoce el daño,
alguna vez, aunque sea por error, repara. Y viceversa.
Me hablaste de un médico, en un lugar
remoto del África, al que llaman el arregla-mujeres: su tarea
es remendar a las mujeres violadas. Reconstruye los tejidos,
une, cose, con una extraña y femenina
paciencia, los cuerpos deshechos.
La mayoría de las mujeres es llevada a él varias veces
en sus vidas, algunas vuelven
llevando a sus hijas. Son un trofeo de guerra y mutilarlas
es parte del privilegio
del guerrero, la demostración de fuerza del vencedor
hacia el vencido. ¿Cómo detener la rueda
que lleva del dolor hacia el dolor, la misma
que conocemos desde que sentimos la primera
punzada de injusticia, la que nos hace desear la mutilación
y la muerte de quien mata y mutila? ¿Cómo se hace
para ser quien cura lo que la propia peste y la ajena
contaminan? ¿Cómo esquivar el ramalazo
de odio que, como un viento que se levanta de repente,
nos convierte en lo mismo
que combatimos? Yo no sé la respuesta y hay preguntas
que producen en el pecho un estallido: dejan un cráter,
un extenso territorio vacío donde puede crecer
un tallo pequeñísimo después de muchos días
o puede no crecer nada, nunca, más que el brote
de una violencia infinita, que no va a detenerse
en su objeto, que va a irradiar hasta que lastime
incluso a quien ya ha sido víctima
de una violencia parecida. Habría que empezar de nuevo,
aprender a tocar las cosas, las personas
como aprendimos de niños. Pero en lugar del gesto
de apropiación, de la creciente codicia,
¿podría haber un modo, un modo que no existe todavía,
de tocarnos sin provocar una herida que va a llevar mucho tiempo
sanar, la vida entera, sin garantías de que esa restitución
sea posible? Que sea posible sin embargo, pido,
apenas eso: no causar más dolor que el que ya existe,
ante todo no dañar, como decían
los primeros médicos de la tribu.


La luz de la luna

y cuando hablamos
tememos que nuestras palabras
no sean escuchadas
ni bienvenidas,
pero cuando callamos
seguimos teniendo miedo.
Por eso, es mejor hablar
recordando
que no se esperaba que sobreviviéramos
Audre Lorde

Hay quienes no formamos parte de la especie
más que como el error, la anomalía que confirma la precisión
y el equilibrio de las cosas. Como las crías enfermas,
defectuosas, quelas perras apartan alzándolas del cuello con la boca,
no se espera de nosotros ninguna fortaleza ni coraje.
La mayoría de las veces no hace falta matarnos:
el cuerpo vaciado del amor
y del deseo de los otros pasa rápido. Una mancha en el cielo
que pocos llegan a ver antes de que se apague
a miles de años luz, sin poder hacer contacto con la tierra,
sin que nadie la extrañe. Pero algunas veces,
contra todas las probabilidades, una raíz crece desaforada,
sostenida en el aire hasta clavarse en la materia,
arrastrada por un deseo salvaje, por el empuje de la vida
que resiste aunque sepa que en ese esfuerzo descomunal
corre el riesgo de quebrarse. Dejá
que tu cabeza descanse en mis manos, me dijiste, prometo
no soltarte. Y yo, que lo único que sabía
era que había que escapar del amor como quien escapa
de una pedrada en el pecho, un golpe bien dado en el lugar
más vulnerable, me quedé
sin embargo en ese abrazo y fui curado
de las enfermedades de los otros, de lo que hicieron conmigo
para salvarse. No hizo falta que nadie más me tocara. Un cuerpo
sostenido en otro cuerpo se vuelve una casa.


Foto Claudia MasinCLAUDIA MASIN (Resistencia, 1972). Vive desde 1990 en Buenos Aires. Coordina talleres de escritura. Ha publicado Bizarría, Geología, La vista, AbrigoLa plenitud y Lo intacto, entre otros. Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés, portugués e italiano. Ha participado en varias antologías de poesía y ensayo, en su país y en el exterior.